La ecuación del azar


Julio César Londoño


Ahora que lo pienso me pregunto cómo no se me había ocurrido antes, ¡cómo no se le había ocurrido a nadie antes! Siglos de juego y obsesión, y nadie había emprendido un estudio serio de la lotería. Aunque, pensándolo bien, lo raro sería que alguien lo hubiera intentado. En Occidente somos racionalistas pero el Azar es tabú. Oriente no padece esta superstición, pero la razón ha cedido allí el puesto a la intuición, la ciencia a la magia, la fórmula al conjuro.
A mí me inspiró la verdadera madre de las musas, la Necesidad. Había una princesa al alcance de mis garras y yo no tenía ni un infeliz reino que ofrecerle. Pero no me desanimé. Si el hombre ha sido capaz de descifrar el genoma, pensé, ¿por qué no podía yo enfrentar el problema de la lotería, ese arcano menor? (Reconozco que no carezco de audacia; en lo demás no me diferencio del resto de los mortales: pertenezco a esa vasta legión de hombres que en público hablan bellezas del trabajo pero compran lotería en privado).
Decidí que tratándose de una materia tan exótica lo mejor sería olvidarse del método científico y abandonarse a la intuición. Así perdí varios meses y algunos miles de pesos. Recorría las calles observando los loteros, tratando de adivinar alguna señal de la Fortuna en sus rostros, y eligiendo números al dictado de cábalas diversas: la fecha, la nomenclatura, el Azar, los números importantes de mi vida. El día que gané una suma irrisoria al acertar las tres últimas cifras, rompí el billete y juré no volver a jugar. Pero volví. Al cabo de un tiempo tuve que reconocer que si existía un sentido de la intuición, los occidentales debíamos tenerlo completamente atrofiado.
Una noche me encerré en la Biblioteca Municipal, pedí los ejemplares del último año de uno de los diarios, y anoté los resultados de la Lotería Nacional —que era la más tentadora y jugaba diariamente—. Dos meses después tenía compilados los resultados de los últimos 60 años. El paso siguiente fue introducir esta información al computador y pedirle que la analizara en búsqueda de simetrías, repeticiones, singularidades y frecuencias. Le pedí también que dedujera la ley de la secuencia de variación del Premio Mayor.
El computador encontró —apoyado en un programa que diseñé yo mismo, todo hay que decirlo— que los resultados de la lotería se repetían en ciclos de 28 años, unos diez mil sorteos, aunque sin orden aparente. Era como si la Fortuna quisiera premiar todos los números; o casi todos, porque los resultados de cuatro cifras iguales eran muy escasos. La probabilidad real de que saliera el 7777, por ejemplo, era de una en un millón, muy por debajo de su probabilidad teórica: una entre diez mil. El 0000 no había salido nunca en esos 60 años. Unos pocos números se habían repetido en un mismo ciclo. Recuerdo el 2098, el 4745 y el 7013, que habían salido dos veces. Sus vecinos inmediatos, en cambio, no salieron en ese ciclo. Sobre la ley de la secuencia de variación del Mayor, el computador no adelantó gran cosa. El genio de la era del silicio se limitó a responder que el resultado del próximo sorteo sería, casi con toda certeza, un número que no hubiera salido en el ciclo, y que el margen de error de los pronósticos, si lo hubiere, disminuiría a medida que se avanzara en el ciclo.
Defraudado, le ordené que a la información inicial añadiera sus propias conclusiones y volviera a procesarlo todo. Durante dos minutos la pantalla del monitor quedó a oscuras, y sólo se escuchaban unos ruidos como fonemas de bestia sagrada. De pronto la pantalla se iluminó. Decía que estábamos en el año 27 del ciclo 3, ¡hecho que reducía los resultados probables a unos 400 números! Le pedí la lista y me di a su búsqueda.
Era difícil porque los billetes estaban dispersos por todo el país. Con frecuencia la princesa tenía que viajar en busca de un número, y hablar con los loteros y las agencias para conseguirlo. Con todo, apenas lográbamos reunir unos pocos números de la lista en cada sorteo. Y aunque no pude acertarle al Mayor, supe que iba en la dirección correcta porque día tras día comprobaba que el número premiado estaba en la lista de los 400 —que ahora eran sólo unos 300—. En esta etapa invertí tres meses, todos mis ahorros y una suma considerable de los fondos fiduciarios, que estaba bajo mi cuidado, del banco donde trabajaba.
Entonces me acordé de Jaime Fleizsaker, un matemático judío que había conocido en la universidad. Si había alguien capaz de arrancarle el velo a la Fortuna y descubrir el algoritmo del Azar, era él. Claro que la idea de compartir mi secreto (y los millones) con alguien distinto a la princesa no me gustaba. Si me decidí a hacerlo fue porque la fecha del balance semestral se acercaba. También por la princesa. Habíase convertido en modelo de joyas y haute couture, y vivía rodeada de pretendientes que ponían el mundo a sus pies. Seguía firme a mi lado. Trabajaba duro y le pagaban bien —dinero que yo me apresuraba a convertir en papel de lotería—, pero el fracaso me estaba minando. Mi fe flaqueó y comencé a fastidiarla. Los celos me roían como una rata que engordara ovillada en el alma. La ciudad olía a pecado. Las baladas, las noches y los sitios exclusivos me enfermaban. También los autos caros. Me parecía que en cada uno de ellos se llevaban a mi princesa y que los guiños de sus stops se burlaban de mi dolor. Comparado con lo que viví en esa época, el infierno me parecerá llevadero.
No fue muy difícil dar con Fleizsaker. Trabajaba en una librería. Al principio la idea le pareció descabellada: “El Azar es una progresión numérica de razón desconocida —dijo—. Lo único que se ha hecho en este campo es la Teoría de la Probabilidad, que nació de la correspondencia entre un matemático, un filósofo y un tahur franceses en el siglo XVII. La teoría sostiene que mañana puede llover o salir el sol; que al lanzar una moneda puede caer cara o sello; y que tu princesa puede quedarse o irse”, y cerró su discurso con una sonrisita cabrona. Pero cuando le mostré mis estadísticas y tabulados, vi un brillo judío en sus ojos. Y cuando comprobó por sí mismo en los días siguientes que los resultados del Mayor estaban siempre en la lista —cuyos números se había reducido ya a unos 200— abandonó su empleo, se mudó a mi apartamento sin consultarme y se consagró al problema.
Transcurrieron cuatro angustiosas semanas. Faltaban sólo dos meses para el balance, y los pulpos estrechaban el cerco en torno a mi Penélope. Durante el día ella fatigaba las calles en busca de las cifras de la felicidad. A la salida del banco yo me le unía, y hacia la medianoche llegábamos al apartamento donde el judío velaba febril con sus libros, los tabulados, el lápiz, la calculadora y el computador, y dosis altas de whisky, café y cigarrillos.
Un día irrumpió bruscamente en el cuarto —yo medía a mordiscos las largas piernas de la princesa. Ni siquiera se percató de nuestra desnudez. Sus ojos saltaban en medio de dos profundas ojeras. “¡Lo tengo!”, dijo extendiendo papeles sobre la cama. Hablaba atropelladamente de “la ley de los grandes números”, de “la constante de recurrencia”, de “la esperanza matemática”, de “la campana de Gauss”, de “la integral de Newman” y de no sé cuántas cosas más, para señalar finalmente con un índice trémulo y manchado de nicotina una fórmula:

ecuación


—Es la Ecuación del Azar —dijo solemne—: a y b son los valores extremos de la lista; t es el momento del ciclo en que nos hallamos; k es igual a p/7, la constante de recurrencia; y, la función de periodicidad; Z, la dicha.
—¿Y la w? —pregunté.
—Es la variable de incertidumbre de Fleizsaker: mi secreto.
Una semana después nos sacamos el Mayor. Al cabo de unos meses, habíamos acumulado una suma desmesurada cuyas terceras partes eran números para los cuales los matemáticos aún no habían acuñado un nombre.
Cuando la Lotería Nacional quebró, ya estábamos desquiciados. Jaime compró y cerró la librería —que convirtió en su sala de lectura—, construyó una mansión de obsceno diseño, llevó una vida disipada, se marchó a Israel, donó toda su fortuna a la causa sionista y ahora trabaja como voluntario en una granja comunal.
La princesa se dedicó a comprar joyas y convirtió su casa en una bóveda de seguridad para guardarlas. A pesar de los altos y gruesos muros, los perros, las alarmas, las cajas blindadas y los vigilantes, noche a noche se repetía la pesadilla de los ladridos de los perros, la traición de los guardas y el ruido de las cerraduras, y cada dispositivo de seguridad que añadía al aparatoso sistema era un ruido que se sumaba a sus alucinaciones acústicas. Tuvo un final monstruoso: engordó.
Yo compré un apartamento de cuatro turbinas y erré por el mundo. Cada día despertaba en un puerto distinto y, al descorrer las cortinas de las ventanillas, encontraba las sensuales líneas de una pagoda o la hierática esfinge, el Himalaya o las torres de babel de Rockefeller, el aroma de la mirra en una aldea hindú o el smog de México, el chador de las iraníes o las tangas de Ipanema, el trino de un pájaro en Sumatra o el alarido de un hombre en Rumania, el piano fervor de la plegaria, el rumor de los mantras, los rituales de la macumba, el aquelarre y el vudú; y las tiendas, los museos, las tabernas... Minuciosamente me di a la tarea de satisfacer los sueños acumulados en treinta años de privaciones. Cuando hube satisfecho el último, comprendí que nada de eso era esencial, que eran sólo caprichos de la pobreza, y que desde siempre había sido dueño del universo porque lo había tenido todo sin importarme la posesión de nada. Aterricé en una de las islas de mi archipiélago, hice una escultura con la aeronave y volví a la pintura —una pasión que tenía archivada desde mi ingreso al banco—.
A la princesa la había perdido ya. Su pasión por las joyas y la mía por los viajes fueron superiores a nuestro amor —que yo creía infinito, pero bastó el brillo del oro para eclipsarlo.
Un día llegó carta de Jaime. “Lejano amigo —me decía—: cae la tarde sobre el Egeo. A dos pasos de mí, terca y querida, entre las rocas crece una rosa salmón que se nutre de esperanza, supongo. ¿De qué otra cosa? ¿Qué, si no la esperanza, es lo que nos alienta? ¿O usted se ha creído esas simplezas del oxígeno, las proteínas, el oro y demás? ¡Claro que no! Si alguna fuerza puede resistir al caos y la entropía, es la esperanza.
“Por más que juego al despilfarro y la caridad no consigo arruinarme. La riqueza vuelve a mis manos como un bumerán que no encuentra su blanco. Ahora soy el patriarca, el filántropo, el poeta, y siempre encuentro a mi puerta —ofrendados— flores, libros, frutas y muchachos. Y si no soy feliz, es por estética. La felicidad es un estado vulgar —o al menos sospechoso. (Siempre emana de ella un tufillo fundamentalista). La tragedia es más grande que la comedia, y la serenidad más alta que ambas. Por eso es Homero el padre, no Esquilo ni Aristófanes. Si usted es feliz, disimúlelo.
“Hoy quiero renunciar a mi secreto, al último tesoro: la variable de incertidumbre de Fleizsaker. Como recordará, era el factor que ajustaba la Ecuación del Azar y tenía que ser, por simetría y poética, azaroso. Se calculaba así: todas las mañanas, un poco después de que usted se marchaba para las elegantes mazmorras del banco, la princesa se metía en mi cuarto y contaba los arabescos de la piel de la serpiente, el número de pétalos de una flor o el de las colillas del cenicero. Con estos números trazábamos el hexagrama, y juntos leíamos el libro que consultaron Confucio, Borges y Jung. Luego yo contaba los poros de su cuerpo perfecto, auscultaba con mi pecho los latidos de su corazón y, mientras ella se olvidaba de todo yo retenía la suma, calculaba la integral, y era el oro.
“Si le cuento estas cosas, amigo mío, es porque sé que usted ya está a salvo de los comunes afanes de la gente (he tenido noticias suyas que me han alegrado el corazón). En cualquier caso, le ruego no divulgue ninguno de los pasos que nos llevaron a la formulación de la Ecuación del Azar. Hacerlo sería el final de las loterías, la muerte de un sueño recurrente de los hombres, y el principio de la desesperanza.
“Suyo, mientras perdure la rosa del Egeo, Jaime Fleizsaker”.

Julio César Londoño (Colombia)
Ha publicado un libro de cuentos, Los geógrafos, uno de divulgación científica, ¿Por qué las moscas no van a cine?, y un tercero de perfiles de colombianos notables, Nuestros ídolos. Escribe para El País, El Espectador, Arcadia y Don Juan. Editorial Planeta publicó su novela Proyecto piel.


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