Coffe songs


Elkin Restrepo

 


No sé si a todos les ocurra, que uno piense en una fulana y ésta de repente aparezca. Aunque mi fe en la parasicología es ninguna, debo admitir que a veces me suceden cosas, que ni parasicólogo que fuera. Aquella vez, por ejemplo, el nombre de Nicetta me llegó de repente y no dejé de pensar en ella hasta que ya no fue sorpresa encontrármela de sopetón, probando un plato de berenjenas rellenas y un vaso de yogur en el café La Comedia. El hecho no pasaría de ser una simple coincidencia, sino fuera porque a ella no la veía hacía nueve años, cuando voló a Brasilia a casarse con el hombre a quien traicionaba conmigo, sin que después volviera a tener noticias suyas; nueve años en que, ahogada toda rabia, sucesivamente la olvidé y recordé, la recordé y otra vez la olvidé.
Mi primera intención, más allá de corroborar vanidosamente mis facultades telepáticas, fue escapar de allí, pero me retuvo el poder que alguna vez, para mi felicidad y mi desgracia, me ató durante unas breves semanas a aquella mujer.
Nicetta estaba en una mesa al fondo, de manera que busqué un lugar en la barra, desde donde pudiera observarla sin que ella lo advirtiera. Aunque era temprano, pedí al barman una ginebra y después de revolverla un poco empecé mi examen de entomólogo aprovechando la clase de bicho que tenía allí cerca.
A Nicetta la conocí de manera casual una tarde en que una lluvia torrencial nos obligó a guarecernos en la entrada de la vieja facultad de Derecho. Ella se dirigía al teatro Metropolitano a escuchar el concierto de rock sinfónico programado para esa noche, sólo que con tal temporal dudaba mucho de que pudiera llegar a tiempo. Yo, por mi parte, andaba sin plan alguno pero con ganas de distraerme de modo que compartir aquel tiempo muerto con una bella desconocida fue una bendición.
Terminamos en El Dorado, La Playa arriba, tomándonos unos vinos y conversando de todo y de nada, como si nos conociéramos de toda la vida. Al final, quise acompañarla a su casa. En el camino, cuando imaginaba que todo terminaría así, me dijo que ella no tenía afán de ir a ninguna parte. Ordené al taxista que diera vuelta y aquella noche, en un reservado de la Avenida 33, nos hicimos amantes.
A partir de entonces nos vimos a diario.
Nicetta estudiaba Ingeniería y preparaba su trabajo final. Un día, como regalo, me trajo un viejo ejemplar de la revista Life, con una entrevista a Andrew Wyath, mi pintor favorito; otro, un suéter con la inscripción Yale University y una serie de postales de escritores norteamericanos donde había una foto hermosa de Walt Whitman acompañado de sus pequeños sobrinos. Nicetta siempre tenía para mí finas atenciones que yo trataba de devolverle de igual modo. Recuerdo que le regalé El cazador oculto de D. J. Salinger, una novela que sabía la iba a impactar, además de un par de cabecitas de cerámica Tumaco y una mochila arhuaca. Con cosas así, es como se fabrican las verdaderas amistades y la nuestra, según creía, tal como iba, iba bien y estaba llamada a perdurar.
Pero me equivocaba. Cualquier día, Nicetta no apareció dejándome con las boletas de cine compradas. Llamé a dos o tres partes pero en ninguna me supieron dar razón de ella. Tal como había aparecido mi amiga se había esfumado y, preocupado, me di a las averiguaciones. Fue cuando supe que Nicetta tenía un novio en el extranjero, algo que me había ocultado, y que a veces viajaba a encontrarse con él. ¿Dónde? No se sabía, pero no eran ausencias largas, ocho o diez días a lo sumo, de las cuales volvía aún más enamorada. Su novio era un funcionario de la Unesco que iba y venía por el mundo y del cual apenas sabían algo. Según noticias, pronto se casarían.
Sentí rabia y mi primera reacción fue dejar las cosas así y no ir más allá: de aventuras pasajeras está lleno el reino de los cielos. Pero los días pasaban y el desespero empezó a llamar a mi puerta. Por ningún lado Nicetta aparecía y, a fuer de ser las mismas, las noticias me hacían doler el alma. Conocí entonces lo que eran los celos, ese monstruo verde y cruel que se alimenta de sí mismo, y perdí el rumbo. No acepté, no podía aceptar, que Nicetta no fuera mía, y por primera vez quise hacerle daño, a ella y a cuanta cosa tuviera que ver con ella.
Una mañana reuní sus fotos y regalos mentirosos y les prendí fuego pero la ceniza avivó aún más los sentimientos. Ahora, sin nada suyo, me sentía terriblemente solo y desamparado. Para empeorarlo todo, un mes después, el rumor de que se había casado era ya un hecho. Nicetta se había casado con un tal Rouben Aguiar, su novio brasileño y echando por la borda los estudios se había ido a vivir a Montevideo.
Durante un tiempo esperé en vano, un mensaje, una llamada, al menos unas palabras de despedida y maldije al amor porque de pasajero no tiene nada. Pronto me venció la tristeza y tuve que enfrentarme a un día a día que me mantenía atrapado y no me daba salida. Tan grande fue el desengaño que juré no volverme a enamorar jamás. Por primera vez lo había hecho y burla y desengaño fue lo que obtuve. Aunque tardé en arrancarme el aguijón, un día el nombre de Nicetta volvió a ser un nombre cualquiera y, como si hubiera sanado de golpe, su recuerdo dejó de importarme. Así pasaron nueve años. Ahora, por una casualidad, volvía a encontrármela.
Nicetta seguía retraída frente a su plato de ensalada. Por lo que advertía, el tiempo había sido gentil con ella. Seguía igual de atractiva, un poco más gruesa, quizá, pero sin huella notoria de pasarla mal. Era como si la suerte, siempre tan caprichosa con los humanos, hubiera estado de su lado todos estos años. Imaginé que junto al funcionario internacional la vida había sido color de rosa. Viajes, amigos, dinero, lo que suele darse fácil a una mujer como ella. Calculé que tendría dos o tres hijos y que si estaba allí era porque andaba de vacaciones.
Estuve observándola, hasta que advirtiendo seguramente mi presencia, levantó los ojos. A diferencia suya, mucho deben haberme cambiado los años porque no hizo ningún signo de reconocimiento. Quizá fuera mejor así, pensé, que nos miráramos como un par de desconocidos, como si no existiera el pasado y la vida sólo corriera hacia adelante.
Siguió abstraída, pero cuando ya ponía punto final a la comida, acosada por mi insistencia, volvió a mirar como preguntándose el por qué de tanta atención. Sonrió levemente, por cortesía, aunque dejando en claro que los extraños no hacían parte de su programa ese día. Después pidió un café y encendió un cigarrillo.
Ahora, al bajar el sol, reinaba en el lugar una penumbra dorada y una clientela más amplia y bulliciosa empezaba a ocupar las mesas. En el ambiente se escuchaba la voz bella y triste de Norah Jones. Tan bella y triste como una pena de amor, me dije, sin evitar la cursilería de repetirlo. ¿Pero qué otra cosa más cursi que el amor? Pedí otra ginebra para dejar correr el tiempo y ver en qué terminaba este suceso inesperado.
Nicetta sacó del bolso un libro, pero pronto lo devolvió a su lugar, reemplazándolo por una revista del corazón. No parecía tener afán alguno, ni esperar a nadie. Así pasó el tiempo, yo fingiendo no observarla y ella entretenida en ojear las noticias de la farándula. Entonces, como una herida mal cosida, sentí que el viejo dolor volvía y que el aire me faltaba. Tuve que apoyar las manos en la barra y respirar profundo. Era falso que la hubiera olvidado y que ya no significara nada para mí. Falso de toda falsedad que ya no la amara. Bastó encontrármela, un poco de ginebra y Norah Jones para saber hasta dónde continuaba vivo este amor. Un amor lleno a la vez de odio y rencor, de malas yerbas.
Nicetta seguía siendo bella, pero su belleza ahora me hería. Recordé los días en que, agradecido con la vida, no podía creer que ella fuera mía. Era como si por alguna razón desconocida se me hubiera dado un bien inmerecido, que yo no podía pagar. ¡Criatura llegada de otras vecindades, joya encontrada, diosa prehispánica! ¡Eso era ella! Y la cubría de obscenidades y labores canallescas cada que el amor nos daba una oportunidad en algún lugar de paso.
Fue así, con un vocabulario de escarnio, pecado y humillación, que su condición se hizo más terrena. Un día en que los ángeles no eran preocupación mayor, la llevé a un prostíbulo y pagué con albricias sus viles servicios minuciosos, su acendrada liturgia de hetaira. Con lágrimas diminutas, selló aquel episodio de mutua y brutal condescendencia, de húmedos besos, rehusándose luego a una segunda vez.
Pronto se hizo tarde. El humo y el bullicio daban una nota espectral a aquel ambiente sofocante. Nicetta continuaba en su sitio, fumando con languidez un cigarrillo tras otro. Había puesto la revista sobre la mesa y, perdida en sus pensamientos, miraba a ninguna parte. Quizás este fuera un hábito suyo porque no le inquietaba permanecer sola. En algún momento sonó Pink Floyd, en otro más allá, Paul Anka. Yo la miraba ahora de manera más descarada. No era posible que no me hubiera reconocido. Aunque el tiempo puede hacer de uno un extraño, rara vez lo torna irreconocible. ¿Y si fuera una estratagema? ¿Debía acercarme y hablarle? ¿Estaría esperando sólo esto? ¿Por qué no se había ido si nada la retenía? En éstas y otras cavilaciones, que poco ayudaban a mi dolor de abandonado, pasó el tiempo hasta que, urgido por la necesidad, me levanté y fui al baño. Allí decidí que, cualquiera fuera el daño que Nicetta me hubiera ocasionado, no cometería la cobardía de no acercármele. Tantas cosas habían sucedido entre ella y yo, que una más no importaba. Respiré hondo y salí.
Nicetta no estaba por ninguna parte.

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