Xerox.Man

 


Ilan Stavans

 


Mi participación fue muy pequeña en el explosivo caso del llamado Xerox.Man, como los tabloides de Nueva York se deleitaban en describir a Reuben Staflovich, poco después de su sonado arresto, y como lo reiteraba el perfil del Harper’s Magazine. Se reduce a sólo quince minutos de conversación de los que, por desgracia, tengo sólo un recuerdo demasiado vago.
Oí hablar por primera vez de él en Foxy Copies, un pequeño establecimiento de fotocopiado ubicado precisamente junto al edificio de apartamentos de la época de preguerra, donde pasé algunos de mis mejores años en Manhattan. Su propietario era un generoso cincuentón de apellido Morris que atendía a sus clientes con una clase de cortesía y sencillez que ya no estaba de moda en la ciudad.
Acostumbraba yo visitar Foxy Copies casi diariamente, ya que mi trabajo exigía copiar material periódicamente y enviarlo por fax. Me rehusé a dejar que mi casa se viera invadida por equipo tecnológico, de modo que Morris, por una suma no astronómica, me hacía ese trabajo.
Siempre me recibía con los brazos abiertos. Si el tiempo lo permitía, me invitaba a charlar un rato mientras él estaba en su escritorio, detrás de una de las grandes fotocopiadoras. Discutíamos sobre el último juego de los Yanquis o sobre el escándalo de la semana en Washington. Luego él procesaba mis documentos como si fueran suyos. Había leído uno de mis artículos en una revista de su especialidad, y se sentía orgulloso de tener lo que llamaba “una lista distinguida de clientes”, en la que me incluía. “Me harás famoso algún día”, me decía con frecuencia.
En una de nuestras conversaciones le pregunté a Morris, sólo por fastidiar, si alguna vez sintió curiosidad acerca de sus clientes y el material que fotocopiaban.
—¿Por que habría de sentirla? —replicó rápidamente, pero luego bajó la guardia—: ¿Quieres que realmente responda a tu pregunta? Entonces, ven conmigo —caminamos hacia una trastienda con un enorme gabinete, que Morris abrió de inmediato. Frente a mí, vi una pila desordenada de papeles.
—En Brooklyn —dijo— a un viejo maestro mío le gustaban las palabras raras. Cuando adquirí Foxy Copies vino a mi memoria una de estas palabras: paralipómena. Significa “sobrantes que todavía tienen algo de valor”. Lo que ves aquí son pilas de copias Xerox que los clientes dejan o descartan.
La vista me recordó una genizah, el anexo de toda sinagoga, generalmente bajo el arco donde se almacenan los viejos libros de oración. Los libros judíos inservibles no se pueden tirar a la basura, porque podrían contener el nombre de Dios, que puede caer en malas manos y ser profanado. Por esta razón, estos libros se almacenan hasta que la genizah está demasiado llena, y en ese momento alguien, generalmente un anciano, entierra los libros en el patio trasero.
—Una especie de genizah, ¿verdad? —dije.
—Sí —contestó Morris—, salvo que una empresa especializada viene cada tres meses o algo así para recoger este material. Me enoja que no se recicle debidamente.
Hojeé las viejas copias Xerox.
—Basura, realmente —dijo Morris—. La mayor parte está en inglés normal, excepto el material descartado que dejó el señor Staflovich —y al pronunciar el nombre señaló un montón de menor altura. Lo miré de cerca, y me pareció que sus páginas estaban escritas en viejos idiomas semíticos.
A Morris no le gustaba hablar acerca de sus clientes; pero en el fondo todos los neoyorquinos son indiscretos, y él también lo era. De modo que me contó que Reuben Staflovich —según recuerdo, él usó el nombre completo por primera vez en ese momento— era con mucho el más taciturno de sus clientes. Lo describió como corpulento, de altura promedio, siempre vestido con un traje negro, camisa blanca y mocasines bien lustrados, con una barba desarreglada y su distintivo sombrero tipo Humphrey Bogart.
—Viene con un maletín negro de médico aproximadamente cada dos o tres semanas —añadió Morris—, normalmente a la hora de cerrar, alrededor de las 6:30 p. m. Pide una máquina Xerox sólo para él. Con extrema meticulosidad, procede a sacar del maletín de médico un volumen de anticuario, que tarda entre 30 y 40 minutos para fotocopiar. Luego lo vuelve a colocar en el maletín, envuelve en plástico las copias, paga al cajero y se marcha. Se dicen pocas palabras, y no hay contacto humano. Sale exactamente del mismo modo en que llega: en silencio absoluto
Recuerdo haber hablado con Morris sobre otros temas ese día, pero Staflovich era el único que realmente cautivó mi imaginación
—¿Sabes? —continuó Morris—, es asombroso verlo hacer su trabajo. Fotocopia sin fallas, sin desperdiciar una sola página. Pero, poco después de terminar, mete sus dedos en el montón y toma una sola copia, una sola, y la descarta. No tengo idea de por qué hace esto. Nunca me atreví a preguntarle. Pero guardaba la página excluida por lástima.
Saqué del gabinete la página de encima de la pila de Staflovich.
—¿Me la puedo llevar?
—Por supuesto— contestó Morris.
Aquella noche, en mi soledad, la descifré: venía de una traducción latina de la Guía de perplejos de Maimónides.

No mucho tiempo después, estando en Broadway, vi a Staflovich en persona. La descripción de Morris era impecable. Salvo por el sombrero tipo Humphrey Bogart, parecía tan corriente como lo había imaginado: un judío ortodoxo anodino exactamente como los que se encuentran en Delancey Street. Caminaba de prisa y nerviosamente, con su maletín en la mano derecha. Una corazonada me hizo seguirlo. Se dirigió hacia las afueras, hacia la estación del subterráneo de la calle 96; pero siguió caminando muchas cuadras más —casi treinta— hasta que llegó a los escalones de la entrada del Seminario Teológico Judío donde, cruzando la reja, despareció de mi vista.
Esperé durante unos minutos, lo vi reaparecer y caminar de nuevo hacia las afueras, esta vez a Columbus Avenue, y desaparecer definitivamente en un edificio de apartamentos. “Ésta debe ser su casa”, me dije a mí mismo. Me sentí angustiado, sin embargo, deseando haberlo encontrado frente a frente. Estaba intrigado por su identidad misteriosa: ¿era casado? ¿Vivía solo? ¿De qué vivía? ¿Y por qué copiaba libros viejos en forma tan religiosa?
La siguiente vez que vi a Morris, le mencioné mi persecución.
—Ahora me siento culpable —confesó—. Puedes estar siguiendo a un desalmado.

 Alrededor de un mes más tarde tuvo lugar mi conversación de quince minutos con Staflovich. Fue al salir de la Universidad de Columbia, después de un día muy pesado en mi trabajo de profesor. Él entraba a la estación del subterráneo en la calle 116. Por coincidencia, ambos bajamos juntos por la escalera. Volví la cara fingiendo sorpresa por la coincidencia y dije:
—Yo lo he visto a usted antes, ¿no es cierto? ¿No es usted cliente de Foxy Copies?
Su respuesta fue evasiva: —Bueno, realmente no. No me gusta la zona... Es decir, ¿por qué? ¿Usted me ha visto allí?
Noté de inmediato su fuerte acento hispánico, que después fue objeto de bromas por parte de los medios, especialmente de la televisión.
—¿Es usted de Argentina?
—¿Qué le importa?
—Bueno, es que yo soy judío mexicano...
—¿De veras? No sabía que allá hubiera. De otro modo...
Con la clara intención de evadirme, Staflovich sacó una ficha y pasó por el torniquete. Yo no tenía fichas, de modo que tuve que formarme en la fila, con la consecuente demora. Pero lo alcancé una vez que bajé a los andenes. Él estaba tan cerca como era posible de la orilla de la plataforma. El tren tardaba en llegar, y yo no me sentía intimidado por la renuencia de Staflovich a hablar. De modo que me dirigí nuevamente a él:
—Veo que usted trabaja en el fotocopiado de documentos antiguos...
—¿Cómo lo sabe?
No recuerdo exactamente la conversación que siguió, pero, al cabo de pocos minutos, Staflovich me había explicado el resumen total de sus tesis teológicas, que son las mismas que expuso ante varios periodistas después de su detención. Lo que sí recuerdo es haber sentido un verdadero torrente de ideas descender sin piedad, repentinamente, sobre mí. Algo así como que el mundo en que vivimos —o más bien, en el que se nos ha obligado a vivir— es una copia Xerox de un original perdido.
Nada en él es auténtico; todo copia de una copia. También dijo que nos gobierna la más absoluta aleatoriedad, y que Dios es un loco a quien no le interesa la autenticidad.
Creo que le pregunté qué le había traído a Manhattan, a lo que replicó: —Ésta es la capital del siglo veinte. Las memorias judías están depositadas en esta ciudad. Pero la manera en que se han almacenado es ofensiva e inhumana y se debe corregir de inmediato...
La palabra inhumana se me clavó en la mente. Staflovich la había subrayado claramente, como si esperara que yo saboreara su significado durante un largo tiempo.
—Tengo una misión —concluyó—. Servir como intermediario en la producción de una obra maestra que refleje verdaderamente los inescrutables caminos de la mente de Dios.
—Usted es del Upper West Side, ¿verdad? —le pregunté—. El otro día lo vi cerca del Seminario Teológico Judío.
Pero en ese instante, ya no tuvo más paciencia y comenzó a gritar: —No quiero hablar con usted... Déjeme solo. Nada que decir. No tengo nada que decir.
Di un paso atrás y, en ese momento, por una curiosa sincronía llegó el tren local. Al entrar yo, vi a Staflovich volverse y caminar en la dirección opuesta, hacia la salida de la estación.
Una semana después los encabezados de los tabloides decían: Pesadilla de un copión y Xerox Man: un auténtico bandido y The New York Times presentaba una escandalosa noticia sobre Staflovich en su primera plana. Se le había arrestado por cargos de robo y destrucción de una gran cantidad de libros raros judíos de inestimable valor.
Al parecer, se las había arreglado para robar, mediante estratagemas extremadamente astutas, unos trescientos preciosos volúmenes —entre ellos ediciones del Sefer Hobot ha-Lebabot de Bahya ibn Paquda, y una generosa porción del Talmud babilónico, una versión con dedicatoria del Tractatus theologico-politicus de Spinoza, publicado en Amsterdam, y una Haggadah iluminada impresa en Egipto, todas de colecciones privadas de renombradas universidades como Yale, Yeshiva, Columbia y Princeton. Su único objetivo, según afirmaban al principio los reporteros, era apoderarse de lo más raro de obras relacionadas con la historia judaica, sólo para destruirlas en la forma más dramática: quemándolas al atardecer dentro de los cubos para basura ubicados junto a Riverside Park. Pero sólo destruía la literatura después de copiarla totalmente. Se citaba la afirmación de un funcionario: “El señor Staflovich es un maniático de las copias Xerox. Las réplicas son su único objeto de adoración”.
Poco a poco salieron a la luz sus odiseas personales. Se había criado en Buenos Aires, en un ambiente ortodoxo estricto. Cuando lo arrestaron, su padre era un famoso rabino hasídico de Jerusalén, con quien tenía frecuentes discusiones violentas, sobre todo tocantes a la naturaleza de Dios y al papel de los judíos en el mundo secular. En su adolescencia, Staflovich llegó a convencerse de que el hecho de que antiguos libros judíos fuesen propiedad de instituciones no ortodoxas era un mal que necesitaba desesperadamente corregirse. Pero su obsesión tenía menos que ver con la transferencia de propiedad que con una compleja teoría del caos que él había adoptado mientras estuvo en Berkeley en un breve período académico de rebelión a principios de la década de los ochenta. “Para él, el desorden es el verdadero orden”, decía el psicólogo de la prisión, y añadía: “Irónicamente, dejó de moverse entre los judíos ortodoxos hace tiempo. Está convencido de que Dios en realidad no gobierna el universo; simplemente lo deja mover en una cadencia libre para todos, y los humanos, emulando a la divinidad, deben copiar dicha cadencia”.
Cuando la policía inspeccionó su apartamento de la avenida Columbus, encontró grandes cajas que contenían fotocopias. Estas cajas no se habían catalogado ni por título ni por nombre. Simplemente se habían vaciado en desorden, aunque las fotocopias mismas nunca se mezclaron.
El caso de Staflovich ocasionó un candente debate sobre temas relacionados con el copyright y con los sistemas de préstamo de las bibliotecas. También generó animosidad contra los judíos ortodoxos que no querían formar parte de la modernidad.
—Aunque parezca curioso —me dijo Morris cuando lo vi en Foxy Copies después de que el alboroto se calmó en cierta medida— la policía nunca me vino a ver. Supongo que Staflovich, con el objetivo de evitar sospechas, tuvo que haber contratado los servicios de varios centros de copiado. Seguro que nunca lo vi copiar más de una docena de libros de los trescientos que tenía escondidos en su apartamento.
Morris y yo seguimos hablando acerca de su cliente más famoso, pero mientras más reflexionaba yo en todo este asunto, menos cerca me sentía de su esencia. Con frecuencia me imaginaba a Staflovich en su celda de la prisión, solo pero no solitario, preguntándose a sí mismo qué se habría hecho con su colección de copias.
No fue sino hasta que apareció la semblanza publicada por el Harper’s Magazine, un par de meses después, cuando surgió una visión más completa, por lo menos ante mis ojos. El autor de dicha semblanza fue al único que se le permitió entrevistar personalmente a Staflovich en dos ocasiones, y él desenterró fragmentos de información acerca de su pasado que nadie había tenido en cuenta. Por ejemplo, sus raíces argentinas y su conexión con Nueva York. “Yo odiaba mi educación judía ortodoxa de Buenos Aires —le dijo Staflovich—. Todo en ella era derivado. La América de habla hispana es pura imitación. Lucha por ser como Europa, como Estados Unidos; pero nunca lo será...”. Y sobre Nueva York, dijo:
“Cubría mis gastos de manutención con el legado que recibí después de la muerte de mi madre. Siempre pensé que esta ciudad era la más cercana a Dios, no porque fuese más auténtica —que obviamente no es—, sino porque ninguna otra metrópoli del mundo se le acerca siquiera en la cantidad de fotocopiado que se hace normalmente. En Manhattan se hacen millones y millones de copias diariamente. Pero todo lo demás —arquitectura, las artes, la literatura— es también una imitación, si bien una imitación disimulada. A diferencia del resto de América, Nueva York no lucha por ser como ningún otro sitio. Simplemente se remeda a sí misma. Allí estriba su verdadera originalidad”.
Hacia el final de la semblanza, el autor le concede a Staflovich un momento de franqueza cuando le pregunta acerca de “su misión”, y leyen­do esta parte, de repente recordé que fue acerca de su misión de lo que me habló más elocuentemente en la estación del subterráneo.
—¿Se habría dado cuenta la policía de que las copias Xerox que están en mi apartamento están todas incompletas? —pregunta— ¿Habrían verificado cada paquete y visto que a todos les falta una sola página.
—¿Eliminó usted esa sola página? —le pregunta el entrevistador.
—Sí, por supuesto. Lo hice para dejar un cuadro más claro y convincente de nuestro universo, siempre esforzándome por su realización, sin conseguirla realmente nunca.
—¿Y qué hizo con esas páginas faltantes?
— Ah, he ahí el secreto... Mi sueño era servir como intermediario en la producción de una obra maestra que reflejara verazmente los caminos inescrutables de la mente de Dios: un libro hecho al azar, arbitrariamente, con páginas de otros libros. Pero ésta es una tarea condenada al fracaso, irrealizable, por supuesto, y por esto dejé esas páginas desprendidas en los cestos de basura de los centros de copiado que frecuentaba.
Cuando leí este renglón, de inmediato pensé en la genizah de Morris y en cómo la misión de Staflovich no tenía que ver con la duplicación sino con la creación. Rápidamente bajé las escaleras hacia Foxy Copies. Morris era con seguridad el único propietario de un centro de copiado que tuvo el sentido común de rescatar las copias descartadas. Todavía tenía conmigo la página de Maimónides, pero deseaba desesperadamente poner mis manos en las páginas restantes del montón, para estudiadas, para captar el caos acerca del que Staflovich hablaba con tanto entusiasmo. Paralipómena: éste es el legado que me dejó Xerox man, me dije
Morris no se encontraba en el centro de copiado, pero uno de sus empleados me dijo, cuando le expliqué mi intención, que el personal de la empresa de reciclaje había venido para limpiar la trastienda apenas dos días antes.


Ilan Stavans (??)


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