Servicio a bordo

 


Roberto Rubiano Vargas

 


La película en la pantalla al frente suyo no le interesaba. Unas ardillas en animación digital corrían por Central Park en Nueva York. Afuera el océano, o el cielo, era un gran espacio oscuro; un agujero negro que devoraba el avión. En ese momento podían estar en medio del Atlántico o sobre África. A Carrillo le daba lo mismo.
En los audífonos de su iPod sonaba un cuarteto de Beethoven, uno de muchos cuartetos que había escuchado durante el vuelo; llevaba largas horas parapetado en la música, para no tener que soportar el cotorreo de los vecinos de las sillas 2A y 2B.
De repente, la rutina del vuelo fue interrumpida por un llamado a través del altoparlante de la cabina. Pudo escucharlo pese a los audífonos y al cuarteto de cuerdas: “Si hay un médico a bordo, por favor preséntese en la parte trasera del avión”.
Carrillo miró a su alrededor. En la cabina ejecutiva había trece pasajeros y, salvo los contertulios de la segunda fila, todos dormitaban. Nadie respondió al llamado. Él era el único que tenía un asiento libre a su lado y, por tanto, nadie le hizo comentarios sobre el llamado de emergencia ni le preguntó si era médico.
Se durmió.
Tuvo un sueño con violines. O quizá con imágenes de la animación de los estudios Disney, con ardillas, osos y Nueva York. Sintió algún movimiento a su alrededor, pero entre sueños decidió que se trataba de un poco de turbulencia.
Siguió soñando hasta que el cuarteto de Beethoven terminó y el silencio lo despertó.
Junto a él había una pasajera dormida. Le pareció muy extraño, pero se le ocurrió que siempre había estado ahí y que, como él era tan descuidado, no lo había notado antes. Luego pensó en otras opciones, que tal vez era amiga de alguien de la tripulación que se había pasado subrepticiamente a la sección ejecutiva.
Decidió levantarse para ir al baño. La mujer estaba totalmente acostada y había extendido el apoyo para los pies. Le pareció una falta de cortesía despertarla (aunque fuera una especie de polizón) así que pasó junto a ella con cuidado. El generoso espacio de las sillas le permitió hacerlo sin problema. Le pareció que la mujer se sacudía, así que le preguntó:
—¿Me permite? —dijo y al hacerlo observó que la mujer usaba un exceso de maquillaje.
En ese momento una cabinera vino en su auxilio.
—Espere, por favor. Le ayudo.
Movió a la mujer y lo ayudó a pasar junto a ella. Carrillo caminó unos pocos pasos hacia el área de servicio, donde se encontraba el baño de uso exclusivo para los pasajeros de clase ejecutiva.
Antes de que cerrara la puerta del cubículo, la cabinera se acercó.
—Espero que no le moleste lo de la señora —dijo—. Estaba indispuesta y tuvimos que cambiarla de asiento.
Carrillo miró a la polizón.
—No hay problema –dijo.
Entonces se encerró en el baño. El pequeño espacio multiplicaba el ruido de la maquinaria que mantenía en funcionamiento el avión. Una vez más volvía a tener la sensación de que estaba en la entraña de una máquina cuya invención había quedado a medio hacer. Volvió a enumerar de memoria las razones que siempre se repetía acerca de la seguridad en los viajes aéreos. Que el avión es más seguro que viajar en carro, que más gente muere en la ducha que en un avión, etc.
Cuando salió, buscó a la cabinera pero no la encontró. Eso era otra cosa que le parecía sorprendente, ¿dónde había tantos escondrijos en un avión? Las únicas personas que había en la cabina ejecutiva eran los pasajeros dormidos, o somnolientos, que miraban a las ardillas digitales corriendo en la pantalla de video. Y, claro, la mujer con el rostro pintarrajeado por el exceso de maquillaje, que seguía durmiendo junto a su silla.
—Permiso —volvió a decir, pero ella no respondió. La mujer debía haber tomado un ansiolítico o alguna píldora para dormir, así que pasó por encima de ella y se sentó. Volvió a ponerse los audífonos del iPod y aguardó pacientemente el final del vuelo. Miró el reloj. En un par de horas aterrizaría en París o a lo mejor en el Congo; a lo mejor el avión estaba extraviado y él seguía sentado en una silla, convencido de que iban por buen camino. Le parecía que la posibilidad de que un avión equivocara su camino no era muy remota.
Se adormeció. En algún momento la mujer cabeceó. Entonces, de la oscuridad, apareció la cabinera y la acomodó sobre la silla. Le pareció que le prestaba demasiadas atenciones a esa pasajera. Seguro la pobre mujer se había excedido con la dosis de ansiolíticos.
Finalmente las luces de la cabina se encendieron y, a través del altoparante, anunciaron que estaban por aterrizar en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Algunas de las pasajeras se levantaron al baño y volvieron perfumadas. Otras se arreglaban la ropa. Las cabineras traían los abrigos colgados en ganchos y los entregaban a los pasajeros. Pero nadie se fijaba en su acompañante. Carrillo continuó con los audífonos puestos, hasta que la cabinera le recordó que los pasajeros debían desconectar todos los aparatos electrónicos y ajustar sus cinturones. Apagó el iPod de mala gana y miró por la ventanilla del avión. Comenzaba a amanecer y llovía sobre Roissy.
Le llamó la atención que no obligaran a la pasajera junto a él a levantar el respaldo de la silla. Por eso no se sorprendió cuando el avión tocó tierra y la mujer se fue hacia delante como un muñeco de pruebas. Un dummy, como los que usan al estrellar automóviles para probar sus sistemas de seguridad. Lo que sí le sorprendió es que aún así la mujer no se despertara.
Carrillo comenzó a alarmarse, pero nadie más parecía interesado en la situación. Así estuvo hasta que se abrió la puerta del avión y lo primero que sucedió fue que apareció un equipo de paramédicos con una camilla.
Tomaron a la señora de los brazos y de las piernas y la acomodaron en la camilla. Carrillo observó la operación sin mayor interés. Sólo se sobresaltó un poco cuando vio que acomodaban a la mujer en una bolsa oscura y subían la cremallera hasta arriba, cubriéndole el rostro: ese rostro en cuya palidez comenzaba a destacar el exceso de maquillaje.


Roberto Rubiano Vargas
Se dedica, además de la escritura, a esos vagos oficios de fotógrafo, conferencista y realizador. En 2001 obtuvo el premio nacional de cuento corto otorgado por El Tiempo. Sus libros más recientes son: 50 agujeros negros (cuentos). Necesitaba una historia de amor (cuentos). Alquimia de Escritor, selección de textos sobre el oficio de escribir.


www.odradekelcuento.com

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