Los fotogramas de Muriel

 


Lucía Victoria Torres

 


De haber sabido que el robo de los fotogramas de Muriel sería innecesario, aunque no del todo en vano, jamás hubiera osado convertirme en un ladrón, ni ultrajado mis principios por saciar el capricho de un día, capricho que al final se me convirtió en la ambición de una vida.
—Soy Alfredo Domínguez, de Teleduca. Dirijo Perfiles —le dije a Paco Muriel por el teléfono la primera vez que le hablé. Aún no podía imaginar cómo sería el último momento de mi encuentro con aquel personaje, quien por su parte ya venía salpicado por el pecado.
El viejo cineasta acababa de recibir el Premio a las Artes por su trabajo. La idea de entrevistarlo me tenía bastante nervioso, con una excitación que nunca antes había experimentado ante otros invitados a mi programa. Obvio. Mi gran pasión ha sido, es y será el cine, así me haya quedado sin dirigir una película.
—Tu visita será única —me dijo el productor—. Muriel nunca da entrevistas. Aceptó por tratarse del canal cultural del gobierno que le ha hecho la distinción. A lo mejor éste sea el único registro que quede de él. Vive solo en una casa grande llena de gatos.
A Muriel no tuve que aclararle quién era yo, ni explicarle de qué se trataba el programa. Mi espacio sobre la vida y obra de artistas y hombres destacados tenía buena audiencia. Creo que por eso le inspiré confianza y desde la primera ida a su casa me descubrió el secreto que me enamoró y me llevó a comportarme como un granuja. Visto desde la distancia del tiempo, que mira con benevolencia nuestros peores actos del pasado, el robo de los fotogramas podría equipararse a una travesura de niños, considerarse un delito menor. Sin embargo, por su inesperado desenlace, aquel suceso no me ha dejado vivir tranquilo conmigo mismo. Sé que no debería mantener sobre mi escritorio la bella cajita con los fotogramas de Muriel. Inevitablemente, me hacen recordar lo ocurrido, así como el objetivo que les tenía fijado. Algunos días su presencia consigue mortificarme, pero jamás he sido capaz de ceder a la intención de guardarlos en un cajón y olvidarme de ellos.
La cara de Muriel se iluminó cuando le conté acerca de mi proyecto de montar un pequeño museo de la imagen, el sueño que yo mismo esperaba administrar durante mi retiro del oficio de periodista; un museo donde la gente, en forma muy didáctica, pudiera conocer las maravillas del cine, y para el cual venía recopilando objetos y documentos desde mi adolescencia. Ese fue el detonante. De una manera desprevenida, libre de suspicacias o cautelas, el viejo me mostró varios fotogramas sacados del copión original de “La quimera del oro”, y me contó que los había sustraído en su juventud cuando él trabajaba como auxiliar de archivo en una productora en Hollywood y Chaplin se perfilaba como un mito. Por unos instantes, Muriel me permitió tener en mis manos los trozos de cinta. Sentí como si me acariciaran los dedos. Deseé que fueran míos.
Con la misma confianza con la que me había revelado su secreto, Muriel lo guardó de nuevo. Lo vi ordenar los fotogramas en la caja más pequeña de un juego de tres preciosuras chinas que estaban en la vitrina ubicada entre el pasillo y la sala. Luego dio vuelta a la llave y la dejó pegada del picaporte. Me dijo que aquello no era para mencionar, ni en el programa ni fuera de su casa. Le prometí discreción al respecto. Pero mi fascinación con esos benditos pedazos de película se volvió obsesión y degeneró en la imprudencia que me llevó a contarle a Yudy. Fue ella quien me sugirió sustraerlos durante la grabación. Yo me escandalicé con la propuesta y la descarté de plano, incluso regañé a mi asistente y le pedí olvidarse del asunto, como yo no pude. Mi mente se empecinó y con los días terminó persuadiéndome, con argumentos como la ausencia de herederos de Muriel, su cercanía a la muerte, el hecho de que él también se había robado los fotogramas y la buena causa de mi futuro museo, que en realidad sería para disfrute de la gente. Con estas reflexiones, dictadas por mi lado oscuro del deseo, concluí que quedaban a salvo mi inteligencia, mi ética, mi prestigiosa carrera profesional y mi intolerancia frente a la derrota: otra de mis debilidades además de las películas. Fue así como, por mi cuenta y riesgo, decidí robarme los fotogramas el día de la grabación, con la complicidad de Yudy, una aliada incomparable teniendo en cuenta que había sido la primera en verbalizar la idea. Yudy; Alonso era su nombre completo y la tenía como asistente desde hacía un par de años; talentosa, entusiasta, arriesgada y con tan solo veintipico de años, ejercía una gran influencia en mí: un incipiente cuarentón para entonces. Fue ella quien me convenció de que debíamos volver a la casa de Muriel antes de la grabación. Allá estuvimos con la excusa de hacer un mejor reconocimiento de la locación para el desglose del guión técnico. En nuestra visita corroboramos que la llave de la vitrina seguía pegada del picaporte. Descubrimos además que Muriel contaba con un servicio de seguridad que lo proveía de cámaras en algunos puntos de la casa. Se nos ocurrió que, así no se necesitaran, podíamos ubicar lámparas de manera que taparan el registro del circuito de seguridad. Ello implicó pedir más luces de las programadas, pero lo justificamos diciendo que se trataba de una producción especial. Muriel nos dio libertad para escoger los lugares de la casa motivo de las tomas. En cuanto a la mujer que iba a cocinar y a hacer aseo, yo sugerí que no estuviera ese día. El viejo me agradeció que le hubiera hecho notar algo de lo que no se había percatado; consideró que sin la mujer estaría más cómodo, ya que las empleadas del servicio, como dijo: “aunque se hacen las bobas y parece que no se enteran de nada, siempre se dan cuenta de todo, lo conocen a uno más de lo que uno mismo cree en realidad; me haría sentir como si yo fuera un niño que se presenta en un acto público del colegio y ella mi madre que está mezclada entre el auditorio”.
En algún momento llegué a pensar que era un plan descabellado y dudé. El hecho de que sólo nosotros dos tuviéramos que llevarlo a cabo, y delante de otras seis personas, tal vez lo hacía más complicado. Contemplé la posibilidad de involucrar a los camarógrafos, el sonidista, el luminotécnico y los asistentes, pero tantos ayudantes para cometer un delito tan simple era arriesgarse y comprometerse demasiado. Además, ¿cómo hacerle semejante propuesta al equipo?, ¿dónde quedarían mi dignidad y la autoridad ganada ante el personal? Terminé diciéndome que la aventura haría más emocionante la producción.
Mientras yo hacía la entrevista, Yudy tendría que sacar los fotogramas y dejar las cajas como estaban para no despertar sospechas. Ubicamos a Muriel de espaldas al pasillo para evitar que notara algo. Yo, en contraplano frente a él, podía ver todas las acciones de Yudy. El camarógrafo detrás de mí era el responsable del plano del viejo.
—Cuando te haga la seña, empiezas a hacer los acercamientos para los detalles de los ojos, las manos, el rostro —le dije.
Al otro lo tenía en diagonal a mí, detrás de Muriel y de espaldas a Yudy.
—Y tú me sacas de cuadro y te concentras en hacer el subjetivo de las manos y luego una toma aérea, bien picadita, en ángulo de 45º, desplazándote más hacia el pasillo —le dije. Le pareció una toma extraña, pero yo era el director y sabía de qué manera podría tenerlos a todos más concentrados en el viejo para evitar que se dieran cuenta.
—Y a ustedes los quiero lejos de aquí. El maestro puede ponerse nervioso con tanta gente —le dije a los asistentes. A ellos les dio lo mismo, irse a recorrer los exteriores de la casona mientras grabábamos. Siempre es más placentero fisgonear la residencia de un artista que quedarse manicruzado mirando lo que otros hacen.
La misión de Yudy tuvo dos intentos fallidos. El primero, por la presencia de los gatos que la atemorizaron; unos gatos con el pelo más enmarañado que el de Muriel y que él había pedido dejar rondar por la casa libremente, como solían hacerlo. El segundo, por la curiosidad de uno de los asistentes, que se asomó por una ventana desde la cual podía verse lo que hacíamos. Cuando Yudy fue a ajustarla, el camarógrafo detrás de mí le dijo que dejara corrida la cortina porque entraba un rayo de luz bastante interesante. Ella entonces le ordenó al asistente que se retirara de la ventana porque podía quedar en la toma. En el tercer intento, Yudy tuvo tiempo de sobra para manipular el juego de cajas, extraer los fotogramas y echarlos en su riñorera. Yo pude mantenerme al tanto. Aunque viví segundos de pánico, la operación resultó ser más simple de lo que nos imaginamos. La suerte estuvo de nuestra parte, excepto a la hora de marcharnos cuando parecieron complicarse. Ya nos habíamos despedido de Muriel. Él se había quedado por un momento mirándonos desde la puerta. Luego se había entrado y cerrado, pero cuando arrancábamos, uno de los asistentes atrás de la camioneta gritó “¡Ey, el viejito volvió a salir! Don Alfredo, vea, que vaya, lo está llamando”.
Me sentí como un niño que hace una travesura y lo han pillado. Me bajé tembloroso.
—Espérese un momentico —me dijo Muriel después de hacerme regresar a la sala. Se fue hasta la vitrina y tomó la caja de los fotogramas. Experimenté una gran debilidad en las piernas y me parecieron casi dolorosas las palpitaciones de mi corazón. Imagino que yo estaba tan pálido como el rostro de Yudy, a lo cual busqué, desamparado, cuando me bajé del auto.
—Realmente usted me ha sorprendido mucho —me dijo el viejo—. Parece que su pasión por el cine en verdad es grande y podría llevarlo a hacer muchas cosas, como por ejemplo el museo con el que sueña. Por eso quiero darle esto —agregó, y me regaló los fotogramas. Luego me hizo prometer que, tarde o temprano, haría realidad el museo.
Nunca supe si Muriel verificó o no el contenido de las cajas. Desconocer si se dio cuenta de que le había robado su tesoro ha sido el castigo para mi delito. Es mejor suponer que él creía que seguían adentro; es mejor pensar que nunca quedé en evidencia ante aquel viejo entrañable, cuya actitud me pareció de total inocencia a pesar de que me sonó a ironía aquello de: “El contenido de las cajas con seguridad será la pieza más valiosa de su museo, el lugar donde algo así debe estar. ¿No le parece?”, que fue la última frase que escuché de sus labios.
El robo que cometí ha sido el más inútil que se haya visto, pues, aparte de que el cuerpo del delito se me entregó en las propias manos, el museo sigue siendo una idea, cada vez más vaga. Ahora llevo encima tantos años como Muriel, pero, a diferencia de él, sigo sin poderme desprender de las tres cajitas chinas y su contenido. Volverme el propietario de los valiosos fotogramas me hizo renunciar al sueño de mi vida y, por ahí derecho, incumplir la promesa sobre su destino.


Lucía Victoria Torres
Comunicadora Social y Periodista, ha trabajado como redactora y corresponsal. Su otra pasión, el cine y la televisión, la han llevado a dedicarse al documental, a realizar estudios de escritura para televisión y cine en Barcelona. También ha sido becaria de la universidad de Navarra y ha contribuido a la formación de nuevos realizadores como docente universitaria. Escribe cuentos y ha publicado tres libros: El amor no es una rosa, El soldado de cuerda y Dejó una rosa su capullo. Con Rojo como tu pelo, su primera novela, ganó la Beca a la Creación Ciudad de Medellín en 2007.


www.odradekelcuento.com

Anterior | Siguiente