Miedo

 


Carlos Albeiro Agudelo

 


Tengo miedo. Tengo miedo de que ella no abra la puerta. Ya han pasado más de diez minutos y continúa allá adentro. Qué tonto soy al tener miedo de una bobada como ésa, cuántas veces entran las mujeres al baño después de hacer el amor y se quedan allí durante minutos, que a los hombres nos parecen horas (por supuesto).
Pero, aun así, tengo miedo. Y es que ya me pasó una vez; ya antes me asusté por una mujer. Claro que en esa ocasión ella no estaba en el baño. No, todo había ocurrido en la cama.
¿Será que mejor me acerco a la puerta y escucho si todavía está adentro?
Sí, está bien. O mejor, en todo caso. Le pregunté en voz alta si se demoraba mucho y ella dijo que un poco. Eso puede durar una hora más o menos.
Pero, ¿y si no sale? No creo que soporte volver a pasar por lo del otro día.
Era medio día, el sol golpeaba fuertemente. La ciudad se preparaba para un pequeño receso. El espacio del almuerzo. Muchas oficinas cierran, los bancos se toman un respiro. Mientras la urbe se prepara para el descanso, algunos lugares esperan con impaciencia un poco de actividad. En esos días estaba saliendo con una muchacha que alguna vez trabajó en la oficina. Por alguna razón la habían despedido. A mí siempre me había gustado, pero nunca pasó nada entre nosotros, hasta que una tarde me la encontré caminando por la calle, la saludé, y ella me reconoció y pareció alegrarse al verme.
A veces no comprendo por qué se fijan en mí. Soy un pobre diablo. Tengo un trabajo medio, no soy alto ni tengo un gran físico, mi rostro es normal. No soy de los que se recuerdan con facilidad. Claro que todo eso lo veo más como un acierto que como un defecto. Mi apariencia frágil y de hombre bueno le despierta ternura a cierto tipo de mujeres.
Pero bueno, mejor no me salgo del tema.
Luisa —así se llamaba mi ex compañera de trabajo— y yo nos hicimos amantes. Ella conoció algunos meses después a un tipo del que empezó a enamorarse, pero no fue capaz de dejarme. No entiendo por qué no lo hizo. Su nueva relación había reducido nuestros encuentros a un día a la semana en un motel cerca del centro. Exactamente en el punto medio de la ciudad. A mí también me convenía el encuentro a esas horas, porque me permitía llegar temprano a casa y así mi esposa no sospechaba mucho de mis tardanzas. Claro que algunas noches aprovechaba y escapaba con otra amiga.
Ese día llegamos al motel. Ella se desnudó mientras conversábamos. Ya la pasión se había quedado atrás. Yo me quité la ropa y la acerqué a mí sin emoción. Le di un beso parco. Nuestros encuentros comenzaban a hacerse monótonos. Sin embargo, hasta ese día no tenía ninguna intención de dejarla. Estaba empezando a tomarle cariño.
La atención en el motel me encanta. Se entra en el carro hasta el garaje que está ubicado debajo de la habitación. No le ves la cara a nadie y por ende nadie te la ve a ti. Al final, cuando vas a pagar, simplemente marcas un timbre y dejas el dinero por una ventana.
Cuando ella se terminó de quitar la ropa, entró al baño. Desde afuera se escuchó la ducha abrirse. Ese era uno de los detalles que me encantaban de ella. Me gusta hacer el amor con la piel fresca, la siento más provocativa. Luisa salió del baño y se tendió en la cama. Después entré y me duché. Tardé algunos minutos. Al salir la vi tendida, boca abajo con su cabeza puesta hacia otro lugar. Desde que la vi se me despertó el deseo. Tenía frente a mí lo que más me gustaba de ella: su culo. Comencé por besarla desde los pies, pero lo hice muy rápido, mucho más rápido de lo que lo hubiera hecho si esa hubiera sido nuestra primera vez. En esas ocasiones me esfuerzo por complacerlas, por brindarles placer. Pero como ya habíamos estado juntos muchas veces, llegué pronto a sus labios, la acaricié un poco, acomodé mi cuerpo sobre el de ella y la penetré. Sin rodeos: ya no deseaba perder el tiempo en esos detalles.
Lo hicimos con un ritmo lento (o sería mejor decir: lo hice con un ritmo lento), prácticamente sin movernos mucho y sin mirarnos a la cara. Incluso la besé y ella no respondió a mis besos. Al principio me pareció normal. Estaba casi seguro de que ella había llegado a la misma conclusión que yo. Sin embargo, me pareció que era demasiado frígida, como si no disfrutara del momento. Se me vino a la mente una prostituta que visito de vez en cuando: ellas no muestran deseo ni placer, solamente esperan a que el tipo se venga para salir a esperar otro cliente. Así sentía que se estaba comportando Luisa, pero no me importó: continúe en lo mío hasta que todo terminó.
Me tendí a un lado de la cama. No voltee a mirarla. Simplemente le dije:
—Creo que ésta es nuestra última vez.
Ella continúo callada. Tomé una parte de la sábana y me limpié. Comencé a vestirme. Luisa seguía sin moverse.
—Es hora de que te vistas. Debemos regresar al trabajo.
En un encuentro normal ella se levantaba de la cama y entraba de nuevo al baño. Tardaba allí quince minutos más o menos. El tiempo suficiente para dejar el pago en la ventana y arreglarme. Pero nada. Ella no se movía. Terminé de vestirme. Estaba perdiendo la paciencia: no sólo había estado frígida, sino que se las daba de rebelde.
—Pues bien, si no te vistes, me voy sin ti.
Luisa no se movía. Desde el lugar donde estaba parado no podía verle la cara. Me acerqué a ella y le giré el rostro con brusquedad.
—¡Vamos, vístete de una buena vez!
No me es fácil describir lo que sentí. Recorrió por mi cuerpo una extraña sensación.
Sentí pánico.
Luisa tenía los ojos abiertos pero inexpresivos: estaban fijos mirando algo o nada. Se me pareció a los muertos de las películas. Llevé las manos a mi boca y retrocedí. Creo que caí al suelo y me arrinconé contra una pared.
—Está muerta… —murmuré—. ¡Oh, Dios mío, está muerta!
Todo era tan irreal. Lo primero que se me vino a la mente fue salir corriendo, entrar en mi auto y huir, huir muy lejos. En ese momento no se me ocurrió pensar qué habría pasado. ¿Como era eso de que estaba muerta? ¿Cuándo murió? ¿Le hice el amor a una muerta?
Mi mente fue rápida. No podía marcharme solo y dejarla ahí. El primer sospechoso sería yo. Y, aunque no tenían nada de mí, su principal pista sería mi auto. Tarde o temprano llegarían a mí. Pensé en llamar yo mismo a la policía y contarles todo. Yo no había hecho nada. Ella simplemente murió.
Eso suena demasiado ilógico. “Ella simplemente murió”. Ni yo mismo me lo creía.
Además, estaba todo el papeleo, las indagatorias. Tarde o temprano Sandra terminaría por enterarse de todo. Y eso es lo que menos quería.
Sólo hallé una solución. Sacarla de allí y dejarla en algún lugar.
La vestí lo mejor que pude. Se veía un poco pálida. Busqué en su cartera algo que sirviera y la maquillé un poco. Cerré sus ojos. Encontré unos anteojos negros y se los puse. Pagué el servicio y la bajé al auto. La senté al lado del puesto del conductor, como si estuviera dormida. Esperé a que autorizaran mi salida.
Hasta ahí todo iba bien.
Logré salir y comencé a conducir por la ciudad. Eran la 1:20 pm. Tenía que estar a las dos en la oficina para que mi día no pareciera anormal. Soy un neurótico. Me gusta todo hecho a la precisión, la puntualidad y todo eso.
¿Dónde podría dejarla sin generar sospechas?
Era medio día así que la ciudad estaba demasiado activa para poder dejarla en algún lado. Comencé a dar vueltas sin sentido. Pensé en llevarla al norte. Después de la estación Niquía del metro hay muchos lugares posibles. El problema era que habría tardado más de media hora yendo y media hora regresando, sin contar el tiempo de bajarla del carro. Descarté esa posibilidad. Una segunda opción podría ser el camino a Santafe de Antioquia, pero pasaba igual que con la anterior: no tenía tiempo.
Estaba tan metido en todo eso, que no sabía bien por dónde estaba conduciendo. Hasta que un pito me sacó del trance. Era un policía. Me señalaba que me orillara. Había llegado a un retén. Mi respiración se agitó por un momento. Miré a Luisa y en realidad parecía dormida.
Me orillé. No podía hacer nada más: si no lo hacía, me perseguirían y luego vendrían todas las preguntas, y descubrirían el cuerpo a mi lado. Detuve el auto y esperé. Durante los segundos que el policía gastó para llegar a mi lado me rendí: ya era inevitable. Miré la hora: era la 1:38 p.m.
Contemplé mis últimos segundos en libertad.
—Buenas tardes. Sus papeles por favor.
—Buenas tardes —me escuché contestar. Busqué mis papeles y se los entregué. El policía miró a Luisa pero no dijo nada.
—Al parecer todo está en orden —me regresó los papeles—. ¿Le pasa algo a la señora?
—No, es que venimos de un examen médico donde la sedaron un poco. Se siente un poco mareada de modo que prefiere dormir… Vamos camino a casa para que descanse.
El policía miró de nuevo a Luisa. Pareció dudar, pero no insistió más.
—Muy bien. Que tengan un feliz día. Puede continuar.
Uff, eso estuvo muy cerca. Miré de nuevo el reloj. La 1:45 p.m. Hora de regresar al trabajo. No podría sacarla de la ciudad hasta la noche. Me dirigí sin perder tiempo a una calle poco transitada. Busqué con impaciencia un lugar completamente solitario y cuando estuve seguro de haberlo encontrado, me detuve. Abrí la maleta del carro y, tan rápido como pude, saqué a Luisa del asiento y la llevé hasta la maleta. La encerré con todas su pertenencias adentro. En ese momento pensé en que debí haber hecho eso desde el principio.
Las 2:05 p.m., ya iba tarde a trabajar.
Conduje lo más rápido que pude hasta el trabajo. Dejé el carro parqueado como de costumbre y llegué a mi oficina. Las 2:25 p.m. No recuerdo ni qué hice esa tarde en el trabajo. No podía sacarme de la cabeza a Luisa en la maleta de mi auto. Incluso la recordé en su antiguo escritorio. Sentí su presencia en todas partes y, cuando sonaba el teléfono, pensaba que tal vez era ella para pedirme alguna información como lo hacía antes.
Cerca de las seis de la tarde aún no había decidido qué hacer.
—Aló, hola mi amor, tardaré un poco... Sí, algo de urgencia... Nos vemos más tarde, un beso. Chao.
Con eso gané una parte de la noche. Mi esposa estaba acostumbrada a mis llegadas tarde de vez en cuando, así que no había sospechas.
Salí como de costumbre. Bajé en el ascensor hasta el parqueadero. Cuando vi el auto, me sorprendió que nadie hubiera descubierto nada. Algo en mí quería que todo se descubriera de una vez.
Yo no era culpable de nada.
¿Por qué me iban a juzgar? Mi único delito era echarme un polvo clandestino de vez en cuando. Nunca había matado a nadie. No había matado a Luisa. Durante toda la tarde tomé el teléfono unas veinte veces para llamar a la policía, pero en el último instante me arrepentía. El discurso que me repetía en la cabeza sonaba cada vez menos convincente.
Dudé por un segundo de lo que estaba pasando. Como cuando salgo de casa y no estoy seguro de haber apagado los electrodomésticos, o de haber cerrado correctamente para que los ladrones no entren. Siempre regreso a mirar que todo haya quedado bien. Quité el seguro al carro y, en lugar de abrir inmediatamente la puerta del conductor, seguí derecho hasta la maleta. Necesitaba mirar qué había dentro. Pensé que tal vez todo lo que había pasado hasta ese momento podía ser una broma de mi mente. Eso suele suceder: hay cientos de personas que juran pasar por algo que jamás ocurrió. Pensé que tal vez ese era mi caso. Deseé fuera mi caso.
—¿Nicanor?
Alguien más estaba en el estacionamiento conmigo.
—Ah, hola.
—Disculpa, pero me preguntaba si tal vez podrías llevarme. Me siento un poco mal, estoy cansada y no tengo ánimos de viajar en bus; el metro definitivamente no me sirve. Tal vez tú podrías dejarme en camino a tu casa.
—Eh, sí, claro. Pero no voy directamente a mi casa.
—Ah, perdona, entonces no te molesto.
—No, no es ninguna molestia. Te puedo llevar a alguna parte.
No sé por qué dije eso. Debí de dejar que se fuera. Suficiente tenía ya como para ponerme a hacer favores.
—¿Seguro que no es un problema?
—Sí, seguro.
Caminé hacia la puerta del conductor. Abrí y me senté. Ella rodeó el carro y se sentó a mi lado. Al principio conduje despacio. No podía concentrarme fácilmente.
—Disculpa, pero no recuerdo dónde vives.
—En Buenos Aires, pero en la parte alta del barrio. En el camino hacia Santa Elena.
—¿Crees que por allá pueda encontrar un lugar para comprar una pala y otras herramientas? En casa harán unos arreglos y necesito comprar una.
—No sé, creo que sí. Tal vez en un depósito de materiales que queda en el camino vendan alguna. Pero no tienes que llevarme hasta mi casa. Me puedes dejar en Ayacucho con Córdoba o cerca. Desde ahí un taxi me cuesta muy poco.
—No, te llevaré hasta tu casa. Necesito pensar y conducir me relaja.
—Muchas gracias. Casi no me atrevo a pedirte que me llevaras, pero cuando te vi tomar el ascensor decidí seguirte.
Que Milena apareciera y me hiciera hacer todas esas cosas fue mi salvación. No tuve que pensar mucho. Simplemente conduje por la ciudad hasta llevarla a su casa. En el camino me detuve, compré la pala y la dejé en el asiento trasero. Había abandonado la idea de que nada había ocurrido. Luisa estaba en la maleta y debía deshacerme de ella. No recuerdo muy bien todo lo que hablamos Milena y yo durante el trayecto, pero la conversación de esa noche nos tiene aquí. Ella en el baño y yo pensando en todo lo que pasó aquel día.
—Muchas gracias por traerme.
—El placer fue todo mío.
La dejé en la esquina de su casa. Bajé por las calles hasta encontrarme con la carretera hacia Santa Elena. Es una carretera oscura y por eso tenía algunos lugares donde podía dejar a Luisa.
Manejé durante media hora más o menos, hasta que decidí entrar por un lugar que parecía desierto. Me adentré por otros diez minutos hasta que me encontré en un lugar por donde supuse no pasaría nadie esa noche.
Bajé del auto. Estaba haciendo un frío horrible, pero tenía que quitarme casi toda mi ropa para no llenarla de tierra. Me quité el saco, la corbata y la camisa. Doblé un poco la bota del pantalón y abrí la maleta. Ahí estaba ella. Se veía tan indefensa que me hizo sentir mal.
Estaba haciendo algo peor que el haberme acostado con ella. Me estaba hundiendo con su muerte. Pero estaba seguro de que nadie me creería. Desde que la vi muerta en el motel, todo me señalaba como el asesino. ¡Cómo diablos se le había ocurrido a ella venirse a morir estando conmigo! ¡Quién sabe de qué enfermedad sufría y no me había dicho nada! Comencé a llenarme de enojo. Ella era culpable de todo por lo que había pasado aquel día. Era culpable de todo lo que me ocurriría en adelante si descubrían su cuerpo.
Entonces fui consciente de que estaba haciendo lo correcto.
Apagué el auto y todas las luces. Cavé en total oscuridad por algunos minutos, hasta que la luna evadió varias nubes y me brindó un poco de luz. No sé por cuánto tiempo hundí la pala en la tierra, pero no me conformé hasta que el hueco llegó un poco más abajo de mi cintura. Pensé que sería suficiente.
Caminé hacía el carro, tomé el cuerpo de Luisa y lo deposité en el hueco con calma. La traté bien; nunca me comporté como un patán. Ella había muerto sola y yo me estaba hundiendo con ella, pero no me importó. La traté siempre bien. Yo no era un asesino.
Salí del hueco y comencé a llenarlo con tierra. Inicié por los pies. No recuerdo cuándo, pero empecé a llorar. Mis ojos se llenaron de lágrimas, tal vez por la impotencia o por lo difícil que había sido aquel día. O tal vez lloraba por ella. De alguna forma le tenía cariño y ahora estaba muerta.
Creí ver que el cuerpo se movía.
Pensé que era una ilusión causada por la oscuridad y el llanto. Se movió de nuevo. Era un movimiento casi imperceptible, pero parecía un movimiento después de todo. Recordé haber escuchado que algunos cuerpos guardan movimientos involuntarios después de muertos.
Me asusté, así que comencé a echar la tierra más rápido. Pensé en correr hasta el auto y encender las luces. Así me aseguraría si se estaba moviendo o no. Pero ese pensamiento duró solo un segundo. ¿Qué diablos me importaba a mí si el cuerpo se movía? Después de todo por lo que había pasado, sería más peligroso que estuviera viva que muerta.
Lo mejor sería asegurarme definitivamente de que estaba muerta. Caminé hasta donde seguramente estaba la cabeza. Levanté la pala para dejar caer un golpe seco y terminar de una vez con todo eso. ¿Qué problema había en matar a una muerta? Ya estaba muerta y yo simplemente me aseguraba de ello.
Cuando estaba a punto de asestar el golpe, escuché un sonido. Pareció un lamento. Luego sonó algo parecido a una respiración profunda.
Durante unos segundos me petrifiqué. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué debía hacer?
Creo que el cuerpo se movió de nuevo. No sé por qué, si por miedo o por algo parecido, pero mis manos fueron más rápidas que mi mente. Solté un golpe tan seco y tan fuerte que se me acabaron las dudas.
Era demasiado tarde para cambiar de opinión.
Continué echando tierra hasta que el hoyo quedó completamente cubierto.
Fue un día horrible, creo que el peor de mi vida, y no deseo volver a repetirlo. Por eso tengo miedo. Ojalá que Milena no tarde más en el baño y salga de una buena vez.


Carlos Albeiro Agudelo
Intenta terminar antropología en la Universidad de Antioquia, pero la literatura le roba todo el tiempo como buena amante que es. Espera publicar su primera novela infantil a finales de este año. Le encantan la novela negra, histórica y la literatura infantil y juvenil.


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