¿Qué es una minestra?

 


Saúl Álvarez Lara

 


Sólo quedaba una mesa libre en el restaurante frente al jardín del campus pero no parecía disponible. Un libro dejado al descuido anunciaba que alguien había estado o estaba allí. La cubierta del libro, blanca como el mantel, sobresalía por un rectángulo oscuro, lo suficiente para hacerla visible entre platos, servilletas y cubiertos. Era una mesa para una sola persona. El resto de la terraza estaba completo, eran más de las doce y no había puestos libres, aparte de la mesa donde se encontraba el libro y nadie se arriesgaba a ocupar. Parecía reservada.
Me aproximé hasta el límite de las primeras mesas. Un hombre vestido de negro me indicó la mesa disponible. Le advertí con una seña que me encontraba solo. Él respondió con otra que no importaba e insistió, con movimientos exagerados de sus manos, que la ocupara. Para no continuar con el trajín de señas a distancia acepté tomar posesión del puesto tal vez reservado por la presencia del libro. Ocupé el asiento que mira hacia el jardín del campus. No sé por qué, pero tuve la intuición de que si usaba otra silla con vista hacia la sala, podía interrumpir algo que no era de mi incumbencia. Sentí que los presentes, hasta ese momento distraídos en sus conversaciones o con sus pedidos, se detenían para mirarme. Por unos segundos escuché un silencio profundo a mis espaldas y luego un cuchicheo fino. Apenas tuve tiempo de percibirlo, porque poco a poco el ruido de los pedidos, las conversaciones y el tintineo de los cubiertos que chocan, regresó con su volumen natural.
Vine a este restaurante por sugerencia de mi amiga Agustina. Soy poco conocedor de estos lugares y no se cómo se debe comportar uno en ellos. Nadie se acercó a mí y tampoco me atreví a mirar hacia el salón. Ni siquiera intenté llamar el servicio por temor a llamar la atención y provocar, de nuevo, un silencio expectante. Me quedé quieto en mi puesto con la mirada fija al frente, como si estuviera en posición “firmes”. Supuse que los clientes estaban concentrados en sus platos, en su placer, sin preocuparse por lo que sucedía alrededor. Sin embargo, la sensación de haberme convertido en el centro de todas las miradas, conversaciones, señalamientos y dudas, me invadió. Mi timidez natural me impedía imaginar un comportamiento para momentos así. “Soy aquel que ocupa la mesa especial”, pensé. “Aquel que nadie sabe por qué, sin ser cliente cotidiano, tiene el derecho a instalarse en el lugar reservado para los habituales. ¿Será culpa de ellos?”, me pregunté. “¿O son mis temores innatos los que me previenen contra todo: la mesa libre, el libro, la probable reserva, el silencio de los parroquianos? Pero lo hecho, hecho está. Ocupé el lugar y no debo ceder ante la presión, silenciosa, de la concurrencia a mis espaldas”.
Ese fue mi error, si error hubo. Si me hubiese sentado en el costado opuesto, enfrentando la sala en desafío, ninguno de los presentes se hubiese atrevido a considerar si era merecedor, o no, de ocupar el puesto. Porque se trata de eso. Imagino que todos están preguntándose “¿Quién será ese que viene por primera vez, ocupa uno de los mejores puestos y nos obliga a apretujarnos en mesas armadas a la carrera y con sillas de emergencia? ¿Qué ha hecho para merecerlo? ¿Por qué él y no alguno de nosotros con mayor antigüedad?” Por primera vez en la vida sufría un ataque de timidez extrema. “¿Seré yo el culpable? ¿Debí seguir de largo sin mirarlos hasta encontrar otro restaurante donde me aceptaran sin recelo? ¿Debí aceptar la insinuación por gestos del hombre de negro para ocupar la mesa? ¿Por qué me la habrá propuesto, a mí, un desconocido, que solamente quiere probar la minestra, el plato más barato de la carta? ¿Será que Agustina le anunció mi visita y él no se lo dijo a nadie?”. Dudo y mis dudas son cada vez más angustiosas.
A pesar de la crisis, un instinto elemental de conservación se puso en marcha y sin que nadie lo percibiera, comencé a mover los ojos de un lado para otro en un intento por encontrar la solución que me liberara del atolladero. Después del tercer movimiento circular de mis ojos, el libro olvidado sobre la mesa entró en mi campo de visión como si estuviera a la espera de que lo tomara, lo abriera y lo ojeara: las únicas acciones que podría hacer sin que los parroquianos a mis espaldas, cuestionaran aún más mi presencia. No sabría calcular si habían pasado horas o apenas minutos desde mi llegada, pero nadie, absolutamente nadie, habian venido a saludar, preguntar, sugerir el vino de la casa, el plato del día, o, simplemente decir que ocupaba un lugar reservado y lo tenía que liberar.
Mis ojos llegaron hasta la cubierta del libro. Nadie percibió ese movimiento, fue secreto, debía serlo: no sabía si su dueño era parte de la jauría a mis espaldas y podía correr el riesgo de que alguien se abalanzara sobre mí en el momento de tomarlo entre mis manos. No sólo invadía sus predios, también me adueñaba de sus pertenencias.
Levanté mi cara en un intento por tomar distancia del libro cuando sentí un leve golpe sobre mi hombro, tan leve que si hubiera estado distraído o conversando con otra persona, no lo hubiera notado. Pero lo sentí. Mis ojos se desviaron al lugar donde recibí el impacto sobre el hombro y un brillo en movimiento los llevó detrás de una diminuta bola de papel que rebotó tres veces y se detuvo sobre el mismo libro “¿Qué es esto?”. Sin separar el brazo del cuerpo y sólo moviendo desde la mano hasta el codo para no despertar sospechas ni mostrar reacción, tomé el papel entre las yemas de mis dedos y lo miré profundamente: era un recorte de servilleta apretujado con fuerza, como una bala. Era un ataque verdadero y con munición. Hasta ese momento sólo habían sido presiones psicológicas acompañadas por la indecisión de mi parte. Podía considerar que quienes se encontraban a mis espaldas tenían intereses específicos en mí. ¿Cuáles? No lo sabía. Mi presencia los perturbaba.
Intenté mirar de nuevo el libro, alargué el brazo hasta lograr el contacto, lo tomé como si tuviera pinzas para manipular a distancia y lo acerqué en un movimiento que duró una eternidad. Cuando lo tuve al alcance de la mano, cayó el segundo proyectil. Como el primero, me golpeó en el hombro, pero debo decir que esta vez sentí el impacto con más fuerza. Otra bolita de papel apretujado cayó sobre la mesa, al alcance de mis dedos. La oprimí. En una maniobra mecánica la hice rodar con el índice sobre el mantel blanco y luego, entre anular y pulgar, con movimientos de ida y vuelta, intenté hacerla más redonda de lo que era. Me pareció extrañamente dura y más pesada de lo normal. Con razón el golpe fue más fuerte. Llevé la mano izquierda al lugar donde el impacto dejó un punto de dolor, como una punzada y palpé una humedad que bien hubiera podido ser sudor. Miré mis dedos. La sangre me paralizó. Mis ojos se movieron hacia el dolor y encontraron una mancha que indicaba el lugar de una herida en la camisa blanca de los miércoles, la misma de las visitas. Después de almuerzo, en casa de mi tía, tomábamos café, recordábamos cosas de la familia; siempre preguntaba por lo que se decía al otro lado de la puerta, en la calle, y después de un par de horas de preguntas, silencios, frases sueltas, a eso de las cuatro y media, volvía a casa para trabajar en el computador, a veces hasta el amanecer. Todos los miércoles había sido igual, hasta hoy que acepté comprobar lo dicho por Agustina sobre la minestra.
No podía creer que mis dedos estuvieran tocando sangre, con olor, textura y color de sangre de verdad. Tuve un desvanecimiento, un mareo, cerré los ojos y solté el libro que había mantenido atenazado todo el tiempo. La presencia de la sangre me recordó que había sido ella precisamente la que me hizo renunciar a una promisoria carrera de medicina. Tuve ganas de salir corriendo como la primera vez que estuve con ella, con la diferencia de que ahora la sangre era mía y, en lugar de una carrera desaforada hacia cualquier parte, quedé paralizado, como estaba desde mi llegada. En ese momento otro golpe tan fuerte como el anterior, pero esta vez en la espalda, me sacudió hasta hacerme chocar con el borde de la mesa.
Una pesadilla, no podía ser sino una pesadilla, un error, o una broma de Agustina. Mi relación con ella fue siempre de amistad, como hermanos le decía y era cierto. Entre ella y yo no podía haber nada, por lo menos en lo que a mí concierne. Desde cuando nos conocimos, éramos niños y nuestros padres amigos, supe que nunca habría nada entre nosotros. Hemos dormido juntos muchas veces, en paseos, en su finca, o incluso en su casa. Una vez me pidió que le acariciara los senos porque tenía frío, y lo hice, se pegó a mí para que le trasmitiera calor y no me dejó hasta que los temblores, del frío o del deseo, se desvanecieron. Ese día me reprochó que, aunque fuéramos como hermanos, yo podía hacerle el amor. Para mí era impensable.
El golpe en la espalda fue el más fuerte y me inundó con una oleada de calor y de humedad que se regó por mi espalda. Imaginé la camisa blanca de los miércoles con la mancha roja brotando de mi interior. Después de ese impacto escuché, por primera vez, voces lejanas detrás de mí. Llegaron como murmullos y poco a poco se hicieron comprensibles. Hablaban entre ellos, era difícil hilar las palabras “¿...án seguros? no... ...odemos ...vocarnos. Ese es... el hij... uta, el que... se...urla de Ag... tina. Cuidado... se va... ...oltear”. Una voz que sonaba por encima de las otras dijo una orden que escuché entrecortada “Si ...ce algú... movi... ...to, manten... ...lo a raya”. Después vino el silencio, el calor de mi espalda se apagó y en su lugar quedó el dolor sordo, mudo, lejano, acompañado de una quietud que parecía eterna. “¿Se habrán ido? ¿Quienes son? ¿Qué hora es? ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Cuánto tiempo van a esperar? Pero, ¿esperar qué?”. La inmovilidad, las dudas, el dolor intenso, voces lejanas, una orden o una contraorden, me hundieron en el sopor.
En un instante de claridad, me encontré con uno de los proyectiles entre los dedos, hice una catapulta entre índice y pulgar y devolví el proyectil al lugar de donde había venido. Escuché un grito de dolor que se convirtió en alarma, pasos apresurados y el estruendo de una silla al chocar contra el piso. Una voz por encima de todas las otras tronó una orden y tres impactos hicieron blanco en mi cuerpo, otros dos, por lo que pude ver con ojos cada vez más pesados, cayeron sobre la mesa al lado del libro, uno de ellos hirió mi mano y la sangre brotó. Después vino la calma. Imaginé mis agresores escondidos detrás de los espaldares de las sillas, o entre las mesas, como si se tratara de las trincheras pantanosas de la batalla de la Marne donde el tatarabuelo combatió. Me perdí en la intermitencia que viene con la pérdida de sangre. Miré hacia el jardín del campus esperando que alguien viniera en mi rescate, pero no vi a nadie, otras veces, creí que una multitud me observaba, en una de esas ocasiones me pareció que cruzaban apuestas. “Tres a uno a que cae con el próximo impacto”.
Mis ojos se cerraban bajo los párpados pesados, cada vez que intentaba moverme un dolor sin fin me recorría el cuerpo, la camisa blanca de los miércoles, regalo de Agustina en un día de amor y amistad estaba roja sangre. Alucinaba. Me parecía escuchar su voz desde el jardín del campus, o desde el salón, donde se encontraban mis atacantes, como si estuviera confabulada con ellos. Todo era distante. Un nuevo impacto me hizo perder el equilibrio y debí hacer un esfuerzo para no caer al piso.
Si no hubiera preguntado qué era una minestra y aceptado la explicación de Agustina. Si en lugar de subir al taxi que me dejó en la esquina, hubiera tomado el metro que va directamente a casa de mi tía. O mejor, si le hubiera insinuado al conductor que siguiera derecho y no me dejara donde lo hizo, nada de esto habría sucedido. Desfallecía. Me alejé de este lugar sin probar la minestra que con tanto entusiasmo me sugirió Agustina que probara; si no la hubiera conocido; si no hubiera pasado tanto tiempo a su lado como un hermano; si le hubiera puesto atención cada vez que me insinuaba su amor; si no hubiera pensado que había sido sólo un amor de juego. Ahora me daba cuenta. Lo que para mí eran cosas de niños cuando nos escondíamos detrás de las puertas para jugar al papá y a la mamá o, a la médica y el enfermo, y aún, ya grandes, cuando me pedía que la acariciara y para mí seguía siendo un juego, para ella, ahora me daba cuenta, era cosa seria.
La camisa estaba completamente roja, el último impacto lo recibí en la cabeza y perdí el sentido. Cuando volví en mí, una cortina de sangre cubría mis ojos y el jardín del campus había desaparecido de mi vista. En un arranque de última hora devolví con mi catapulta improvisada uno de sus proyectiles, escuché movimientos y gritos de trinchera atacada por sorpresa. De nuevo la voz por encima de las otras lanzó su orden y el silencio volvió. Para confirmarlo, otro impacto sacudió mi brazo derecho dejándolo inmovilizado.
Agustina cambió cuando le conté mi compromiso con Raffaella. Una amiga le dije. Después, la última vez que hablamos de ella, agregué que me gustaba, que estaba enamorado y tal vez nos casáramos. Sucedió hace unos tres meses; por esos días, lo recordaba ahora bañado en mi sangre. Agustina comenzó por hablarme de su interés por lo italiano. Primero las ciudades: Roma, Venecia, Módena, Florencia, Riminí, San Pascuale. Después habló de los pintores: Canaletto, Caravaggio, Rafael, Leonardo, Miguel Angel, Veronesse. Y casi al mismo tiempo de algunos escritores que había encontrado en la biblioteca: Sciaccia, Tabucchi, Calvino, Eco, Buffalino. Me sorprendió. Cada vez que regresaba de mis visitas de novio en casa de Raffaella y me encontraba con Agustina en el descanso de su apartamento, antes de llegar al mío, siempre tenía un descubrimiento para contarme: los canales de Venecia, las esculturas de Miguel Angel, los frescos de las Estancias, las villas de Palladio, los inventos de cocina de Leonardo, La Divina Comedia, Ocho y medio, Fellini.
Hace apenas una semana me habló de la cocina italiana: las pastas, las salsas, los raviolis, el risotto, el osso bucco, el aceite de oliva; mencionó con propiedad platos y especialidades. “Los he probado todos”, dijo. “Las obras de arte, las ciudades, los monumentos, los he visto en fotografías y reproducciones, pero la comida, ¡Ah, la comida!”, insistió saboreándose, “la he probado toda. ¿Sabes lo que es una minestra? ¿No? El próximo miércoles antes de que vayas donde tu tía, irás al restaurante de unos amigos que saben sazonarla: la vas a probar, ya verás, no la olvidarás nunca”.


Saúl Álvarez Lara
Primero, desvalido por completo, me tuvieron que enseñar a caminar, a hablar, a leer. Durante mucho tiempo me pagaron todo, hasta los pasajes. Cuando tuve alas, me pareció que el mundo estaba ahí para verlo, nadie se opuso y fui a ver cómo era. Por allá encontré una frase que siempre achaco a Henri Matisse, “paso la vida aprendiendo a ver”. Mientras intentaba aprender, representé lo visto en dibujos y cuadros de todos los tamaños. Después decidí que me sentía más cómodo escribiendo lo visto. A veces me encuentro con personajes que me hacen ver más o distinto y los pongo en cuentos, por supuesto, ellos hacen lo que les provoca en esos cuentos, yo sólo los escribo.


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