Rosario

 


Consuelo Posada

 


...porque yéndose camino de la plaza iba Alina Reyes
lindísima en su sastre gris, el pelo un poco suelto
contra el viento, sin dar vuelta la cara y yéndose.

Lejana de Julio Cortázar


Rosario tenía menos de veinte años y un hijo muy pequeño y, tal vez por eso, creía ciertas las amenazas de su marido para obligarla a quedarse. Él estaba emparentado con las familias poderosas de esa ciudad y ya había mostrado ser capaz de oprobios y escándalos. La buscaría, olfatearía sus huellas y le quitaría al niño.
Entonces, para olvidarse temporalmente del encierro, cuando estuvo segura de que no le sería fácil escapar y entendió que faltaba algún tiempo para construir ese túnel secreto que pudiera devolverla a la libertad, se refugió en los libros. Pero no se trataba solamente de gastarse muchas horas, concentrada en una lectura juiciosa y ordenada. Ella, además, seguía con pasión la trama, vivía como propia la suerte de los personajes y los acompañaba, hasta quedarse con ellos en esa otra orilla de la ficción y no querer volver a los salones de la vieja casona cartagenera.
Se cambió por la mendiga atormentada que cruzó el puente de Budapest. O se encontraba con Oliveira, en el pequeño apartamento de París, en las lecturas de Cortázar. Fue la Armanda del Bazar de los idiotas en la historia de Hesse o se ensayaba el vestido de terciopelo rojo que un amante secreto le traía a Irene en el cuento de Silvina Ocampo.
Esta pasión por los libros, que nació estimulada por su padre, desde los años de la infancia, cuando él no sólo le obsequiaba libros hermosos, sino que quería saber su opinión y se enorgullecía de los apuntes de la niña, se hizo más fuerte en los pocos semestres que pudo estar en la universidad, antes de que el esposo la obligara a retirarse con el pretexto del embarazo. Ahora, confinada a este encierro, era uno de los pocos placeres permitidos por su carcelero. Él respetó sus libros y su afición, tal vez como una manera de mantenerla aislada.
—No es necesario estar en una universidad para leer literatura. Así que si quieres leer, lee. Sólo tienes que decir los nombres. —Y ella pedía y él los miraba por dentro y por fuera antes de entregarlos.
Amaba tanto esas historias; y se sintió tan cerca de esas vidas que las cambió por la suya, y un día empezó a imaginar capítulos adicionales que contenían sus propias aventuras junto a los héroes amados y se pasaba los días escondida en los cómodos rincones de estas páginas. Ahora el hijo de la Maga, en Rayuela, se confundía con su propio niño y en otro cuento de Cortázar se conmovía con la piedad de la protagonista por esa mendiga lejana, que también era parte de ella. Alina Reyes parecía concentrada en sentir el sufrimiento de esa pobre mujer ausente y descuidaba los preparativos de su propio matrimonio.
Entonces, Rosario escribía cada noche una página en el diario de Alina Reyes para comunicarse con la mendiga de Budapest. Le decía que también ella sentía pena por su dolor, por sus zapatos rotos y por el frío que se metía en sus pies.

Escondida en los libros, ya no temía la violencia de su marido. Durante el día se repetía lentamente los pasajes que después le aliviarían los momentos de terror de su realidad y le ayudarían a soportar la presencia enemiga. Ya no quiso pensar en el hombre rudo que, pasadas las seis de la tarde, abriría la puerta así que cuando oía la llave, le daba vuelta en su interior a la caja musical que le prestaba la Maga y se preparaba para pasear con Oliveira por las viejas murallas.
Mientras tanto, a la lectora ya no le importaba lo que pasaba en su propia casa. No intervenía en la marcha de las cosas. Ninguna orden a la señora de la cocina y ninguna indicación a la muchacha de la limpieza. Solamente veía y sentía a su pequeño, y jugueteaba y cantaba para él los poemas de la Maga a Rocamadour.
El marido acaso podía intuir ese mundo secreto y miraba con recelo los libros amontonados, y hurgaba sin entender el rastro de la mujer que ya había empezado a abandonarlo. Ella lo sabía lejos de su vida y medía su desespero. Podía recorrer mentalmente su camino siguiendo las líneas que ella trazaba. Lo vio enloquecerse poco a poco en el silencio de la casa, donde él debía contentarse con las pocas palabras de las dos empleadas, porque su esposa ya no le hablaba más allá de los monosílabos precisos, en las respuestas indispensables.
Ella nunca más había mirado con pasión a un hombre de carne y hueso pero le era milimétricamente infiel con cada uno de los héroes masculinos. Pero a él, los celos le inventaron fantasmas y perseguía evidencias imposibles de encontrar. Primero abrió los colchones para descubrir alguna prueba escondida y después, con el pretexto de la humedad, ordenó desbaratar el cielo raso del baño. Siguió buscando en las líneas subrayadas de los libros que ella leía y trataba, en vano, de unir pistas de un lenguaje secreto.
En un llamado ahogado, cuando ya la sentía perdida, le descosía los dobladillos de la ropa colgada en su armario, pero ella sólo acumulaba rencores callados que le darían más fuerzas para el final previsto. Aunque, de verdad, no buscó nunca con perversión premeditada exasperarlo, él terminaba extenuado luego de cada batalla de esa guerra silenciosa que ella sabía ganada.
Ahora el pasado de miedos quedaba atrás. Cercada, el esposo la había obligado a seguir con él y le había hecho ofensas que, repetidas tantas veces, ya no dolían. Su violencia era también previsible y no lograba lastimarla. Ella aprendió a seguir allí, mirándolo sin verlo, mientras él graduaba los insultos. Hasta esa tarde, cuando sentados a la mesa de ese restaurante, con el niño enfrente, le escuchó el rosario de insultos que él fue dejando salir, con las peores palabras que ella había oído hasta entonces y con acusaciones groseras sobre posibles relaciones suyas con otros hombres, por las que en otros días lejanos habría llorado hasta agotarse y que ahora sólo oía como quien toma una nota, distante y casi cruel: “un día voy a dejarte solo y saborearé con placer tu dolor”.
Esta vez, en medio de la explosión de la escena de celos, ella repasó la llegada de Alina Reyes a Budapest, después de su matrimonio.  Era su personaje favorito y conocía casi de memoria las páginas de su diario. Sabía que la luna de miel era sólo un pretexto para viajar a Budapest y encontrarse con la otra. Volvió a sentir los momentos previos al encuentro de la mujer bella y distinguida con la mendiga solitaria. Las dos mujeres eran una sola. Alina Reyes, la exquisita recién casada, llegaba con su marido a esa distante ciudad porque la alimentaba el deseo ferviente de abrazar a la solitaria harapienta cuyo dolor le llegaba cada noche. La siguió en su recorrido de esa tarde, caminando sola y buscando vagamente algo,
cambiando de aceras y escaparates. La vio llegar al puente y cruzarlo hasta el centro, en medio de la nieve y encima del Danubio. Palpitando de emoción, reconoció a la harapienta de pelo negro y lacio que se abrazaba con Alina y volvió a contemplar el cruce de los dos cuerpos y la nueva Alina Reyes que ahora lloraba de frío, con los zapatos rotos.

Se las arregló para ir a la cama antes o después de él, para tener un pretexto que la incomunicación normal no obligara a detallar, estar profundamente dormida si él hacía algún intento por acercarse. Y muchas veces, mientras ella leía, lo sintió esperar despierto hasta la madrugada, controlando el sueño que terminaba por vencerlo, sabiendo que estaba allí velando, incapaz de acercarse, de pedir perdón, cuando ya se habían amontonado demasiadas culpas y no era posible volver atrás. Pero en alguna mañana se sintió atrapada y no pudo evitar la sorpresa de un amanecer no previsto. Entonces, estuvo quieta, contándose pedacitos de una historia ajena y, mientras él se desgarraba de rabia, ella se recitaba entero un pasaje de Oliveira y la Maga.
Con el Conde de Montecristo había entendido que existía una alternativa para escapar del castillo de If. Sólo tenía que imaginar la prisión perfecta, de la que resultara imposible fugarse y, entonces, debía compararla con su propia cárcel. De esta manera se harían evidentes los puntos débiles y podría planear una alternativa de libertad.
Así como el personaje de Dumas, también Rosario intentaba construir, con el pensamiento, una fortaleza de la cual no fuera posible huir. Si la prisión imaginada era igual a su casa-prisión, entonces era cierto que no habría esperanzas y no podría nunca salir. Pero si esa fortaleza imaginada resultaba una construcción absolutamente imposible de ser vencida, cabría la esperanza de que su prisión tuviera un túnel de escape. Y para ubicarlo, bastaría identificar el punto en el cual la fortaleza pensada no coincidía con aquella verdadera.

Hoy su reclusión estaba pronta a cumplirse. Hacía tiempo que había terminado de despedirse de las cosas que todavía la ligaban a ese espacio: las enredaderas siempre florecidas del patio trasero y las miradas y gestos amables de la vecina del segundo piso que, a través del balcón interno, parecía mostrarle su solidaridad. Tenía separadas las pocas pertenencias que se llevaría el día señalado y todo estaba en un pequeño maletín, con apuntes de todos los libros que habían llenado sus días.
Ella había encontrado, por fin, el punto secreto, la escalera interna ubicada al fondo del jardín, que unía la parte baja del caserón con ese segundo piso, aparentemente independiente, pero que un día hizo parte de la vieja casa. Ahora el ingreso resultaba casi invisible, porque había sido cerrado con una puerta que estaba como escondida entre las ramas del patio trasero, matizada entre la maleza y la herrumbre.
Es sábado y el hombre estará por fuera hasta la tarde, en asuntos de su consultorio, y las dos empleadas de la casa gozarán de su día libre mensual para visitar la lejana casa paterna. La puerta de la calle tiene echado el doble seguro de siempre, pero su única cómplice silenciosa la espera en el segundo piso. La anciana, con una hija lejana mal casada, volverá a abrir la puerta cerrada por años, al final de los escalones enmohecidos.
Rosario mirará por última vez la casa y debajo de la ventana del último cuarto, sin abrirla siquiera, asegurará la carta: la larga carta que ha escrito durante todas esas semanas, dejando caer despacio cada motivo y recobrando el odio de cada día. Sólo lleva un pequeño maletín con alguna ropa del niño, los apuntes de los libros amados y esa vieja edición de la novela de Dumas que tantas veces releyó en memoria de su padre. Con el pequeño en brazos y disfrazada con una pañoleta y grandes gafas oscuras, como las que usan las turistas, pasará inadvertida cuando salga a la calle, por una puerta diferente a la suya, para tomar el taxi. La señora no hará preguntas, no querrá saber el destino inmediato, pero encenderá una veladora a la Virgen para que todo salga bien y para que esa joven, que se ganó su simpatía en los cortos saludos de la tarde, pueda retomar su vida.
Ahora ella va sola a abrazar el mundo de afuera, igual que Alina Reyes, cuando logró el momento de su reencuentro. Ella también estará segura de su victoria, respirará ese aire dulce de su primer día de libertad y, como aquel personaje tan querido, podrá sentir un crecer de felicidad igual a un himno, a un soltarse de palomas, a un río cantando.


Consuelo Posada Giraldo

Vivo en Barranquilla, donde quiero envejecer y pasar la última etapa de mi vida, junto al mar. A cambio de los estudios, los análisis y los informes, deseo dedicarme a la escritura de los relatos literarios que siempre estuvieron presentes, pero que apenas ahora logro tener como un objetivo primordial.


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