Arturo Echeverri Mejía

 

Rocío Vélez de Piedrahita


Antes de entrar a comentar la obra de Arturo Echeverri Mejía, conviene dar algunos datos sobre su vida y ubicarlo un poco en el tiempo porque, como dice Ortega y Gasset, uno es uno y su circunstancia; el medio que lo rodea influye en su manera de pensar y por lo tanto de escribir.
Arturo Echeverri nació en Rionegro en 1918 o sea que está ubicado en lo que Abel Naranjo Villegas —Generaciones colombianas— denomina la ‘Generación Socializadora’, los que nacen entre 1910 y 1940 y tienen influencia entre 1950 y 1980. Según Naranjo Villegas, es una generación con marcado tinte anti-burgués, vocación socialista, estilo político y literatura protestataria. Es la generación de Otto Morales Benítez, Belisario Betancur, empeñados en lograr la paz a base de acuerdos; Indalecio Liévano Aguirre, Manuel Mejía Vallejo, Jaime Sanín Echeverri, Carlos Castro Saavedra, Gonzalo Cadavid Uribe, Adel López Gómez, Regina Mejía, Gabriel García Márquez, Leonel Estrada, María Helena Uribe, yo misma, y un grupo de poetisas: Meira del Mar, Maruja Vieira, Dora Castellanos, Olga Helena Mattei, Blanca Isaza de Jaramillo. Desde diferentes ángulos, es una generación que ya pone los pies sobre una Colombia más verdadera que la de Guillermo Valencia, cuyos temas y nombres no son de nuestra cultura, o Lorenzo Marroquín, con aires de nobleza increíbles en nuestros medios provincianos; una cultura que había retratado Carrasquilla, sin idealizar, como fotógrafo. Ya todos ellos escriben sobre lo que ven, lo que viven o lo que les consta; Arturo Echeverri Mejía escribió sobre lo que conocía de primera mano, su literatura es testimonial. De alma aventurera, su vida fue un reto.
Nació en un pueblo ‘del puro maíz’, Rionegro, en un hogar con disciplina: cuarto hijo entre doce, en casa enorme, con solar; el papá tenía almacén, fincas y peones. Es decir, cero remilgos, obligación de trabajar, obedecer, cumplir o, menos visible, el deseo de recorrer —de ‘aventuriar’—, con gran admiración por los paisajes, ‘la divisa’. Lo único en su vida que no es típico del paisa, es la vocación inicial por la milicia.
En el colegio José María Córdoba de Rionegro cursó hasta cuarto de bachillerato y a los 14 años sintió que se asfixiaba en el pueblo. Si bien Rionegro posiblemente no era tan tremendamente estrecho como el pueblo de Gonzalo Cadavid Uribe en “Visibilidad cero”, sí debía ser limitante para un adolescente que sentía crecer sus alas y no tenía dónde volar. Con ayuda de Baldomero Sanín Cano se instaló en Bogotá y entró a la escuela militar, donde terminó el bachillerato. Cuatro años después —1936, a los 18 años— se inicia una carrera de ascensos: cadete supernumerario, cadete efectivo, alférez del ejército, subteniente y finalmente entra al batallón de Infantería N.o 10, “Girardot”, de Medellín.
En 1941, ya como teniente del ejército, lo enviaron a Barranquilla y Tunja y, después de una estadía en Florencia, pidió que lo trasladaran. En el 42 entró a la Armada y fue a Leguízamo, Putumayo; a los 28 años asciende a capitán de infantería de marina.
Estando en la base naval en Bolívar pidió una licencia de tres meses, sin sueldo, e inició su gran aventura de Antares, una odisea que le valió la Orden de Boyacá en grado de oficial. En 1947 lo trasladaron a Bogotá como capitán ayudante, pero no era Echeverri hombre para trabajo de oficina en escritorio; pidió la baja y escribió Antares.
Es entonces cuando se vincula a una tertulia literaria que se reunía en el Café Madrid. Viajó a Ecuador, Perú, Chile y Argentina. A los 30 años publicó Antares, del mar verde al mar de los caribes, libro en el cual relató su aventura en el yate Antares. Debido a su formación militar y a esta experiencia, podía tomar distancia de los hechos y, ya desde el inicio, escribió con sencillez.
Sigue una serie de actividades variadas: montó una industria de muebles, fabricó palos de escoba, esponjas de cocina, baos, bolas de billar, envases de yeso, etc. Finalmente decidió irse —1950— como colonizador a abrir una finca a orillas del Cauca, en una vereda selvática del municipio de Caucasia —Antioquia— llamada Colorado, donde se carecía de cualquier tipo de comodidades; territorio que se conoce como Bajo Cauca y que, según Gonzalo Arango, es “una región bestial donde te pueden suceder cosas increíbles”. Allí escribió Esteban Gamborena, Marea de ratas, Bajo Cauca, El hombre de Talara.
En una venida a Medellín contrajo matrimonio con Beatriz Harry y con ella regresó al Cauca. En los diversos relatos que se han hecho sobre fincas y finqueros, los que abren monte y cultivan, se pasa por alto hablar de las mujeres que abandonaron la ciudad y se trasladaron a esas temperaturas de fuego, sin comodidades, entre culebras, ratas, música estridente, con hijos pequeños y, sin darse cuenta, por su sola presencia y modo de vivir, llevaron a esos medios inhóspitos civilización, cultura, educación. Son, en todo el sentido de la palabra, colonizadoras y merecen admiración. Beatriz Harry, de aspecto menudo y sin mucho alboroto, parece haber sido una de esas valerosas.
Debido a que Colombia atravesaba un período de feroz violencia, y por causas no muy claras, enviaron desde Medellín a un par de policías con el encargo de asesinar a Echeverri, los cuales ofrecían cinco mil pesos a quien ayudara ‘en el trabajito’. Cuando sintió que ya los asesinos estaban demasiado cerca, regresó a Medellín con dos hijas: Francisca y Adriana.
Reinició sus variopintas actividades: una pequeña industria de frutas cristalizadas, utensilios de madera, y de nuevo asistió a una tertulia literaria. En 1960 publicó Marea de ratas.
Tuve el gusto de tratarlo personalmente en La Tertulia, un grupo que se reunió durante varios años en la rectoría de la Universidad de Antioquia; su personalidad era una mezcla de ternura y dureza —o, mejor dicho, fortaleza—; era un hombre de pocas palabras, trato gentil, interés por todos los temas. Pese a los riesgos que podía correr, volvió a Urabá en el 62 a montar una finca de banano y palma africana; regresó un año después, bastante enfermo, y al año siguiente murió.
Durante mucho tiempo no tuvo reconocimiento sino como autor de Antares; en 1966 se recogieron algunas de sus obras por ‘subversivas’, calificativo que hoy resulta incomprensible.

Estilo
A veces habla típico y a veces fino. Esto hace pensar en Carrasquilla quien tiene tres idiomas: el típico muy popular, de difícil lectura —Palonegro—; el normal paisa, —Frutos de mi tierra—; y el español clásico —El relato de Francisco Vera—.
Realista; sin adornos, diálogo escueto, muy exacto en cuanto a lo que se dice en esos ambientes.
Sorprende que a veces los personajes se tratan de tú, algo que en el campo paisa no se usaba en esos años; incluso cuando se está en Talara, por los lados del Chocó, ese trato suena extraño.
No falta el humor: al llegar a un poblado, los personajes piden un baño, les advierten que no hay papel higiénico y, antes de darles una hoja de periódico, el dueño del establecimiento la mira ¡para ver si hay algo interesante! En Bajo Cauca, el capítulo VI es una historia muy triste, puede servir como ejemplo de excelente redacción, interés, tensión.
Sus descripciones son estupendas y lacónicas, del que conoce de primera mano lo que está describiendo. Por ejemplo, hay que empacar de afán: “Le eché mano al hacha, a la rula, a la hamaca, y llevé todo a la canoa. Al embarcarme me despedí de Tere. No la besé ni nada por el estilo. Simplemente le advertí que no consiguiera nuevo marido pues en ese caso le quitaría al niño”. Paisaje: “Mientras remaba, a cada golpe del canalete, se rompían en el agua los reflejos de la luna.”
Muchas escenas son impecables, como la de una velación en Bajo Cauca: a Colorado lo enterraron en la colinita del cementerio, “después de un velorio muy bueno en donde mi padre se gastó una fortuna en aguardiente”, o la descripción de un negro bailando.
El diálogo es lacónico, tajante: “¿Cómo te fue?; Mal; ¿Qué trajiste?; nada.” En otro pasaje: “Dime Cholito ¿qué sabes tú de mujeres?; Nada.” Pero el Cholo, mas adelante aclara algo estupendo: “Las esposas, mucho tiempo esposas, no son mujeres...”. Otro aspecto que hace pensar en Carrasquilla. No pretendo decir que los estilos se parecen, sino algunas características. Carrasquilla es el rey del diálogo. No se comenta —o yo no he oído comentar— que García Márquez no es autor de diálogo; sus mejores páginas son descripciones de estados de ánimo, de lugares.
Uno de los aciertos de Echeverri son las descripciones de pensamientos, estados de ánimo y paisajes: “... una fe ciega como aquella que arde en los agricultores y los obliga a cultivar año tras año tierras enfermas y cansadas ...”. En lo relacionado con descripción de tierras campesinas, se asoma su alma de paisa: las conoce, le gustan, las siente: “En ese momento una canoa blanca cruzó por delante dejando una estela y un murmullo y arriba, sentado sobre un madero, un alcatraz viejo y cansado lo miraba sin inmutarse. La tarde era hermosa, vientos frescos soplaban y, al fondo, más allá de los últimos mástiles, bandadas de gaviotas trazaban en el cielo extrañas figuras geométricas”. Hay muchas más sin adornos poéticos innecesarios, la poesía surge de la precisión, y se comprende que el autor ha visto ese paisaje.
Hay frases tajantes para describir el criterio de las gentes: “Era mil veces preferible que la gente dijera que por aquí había pasado corriendo un cobarde y no que había muerto un valiente”. “Fue entonces cuando aprendí que poseer dinero era el requisito clave para certificar una buena conducta ante la gente”. En Novelas (Arturo Echeverri Mejía, p. 363) se lee: “Los hombres y las mujeres lo miraron y en los ojos de todos podía verse la legendaria dureza del odio y la tensa soledad del miedo”.
Antares fue la aventura que lo volvió escritor. Echeverri tenía 26 años cuando una noche de agosto en Puerto Leguízamo, pequeña base naval sobre el Putumayo al sur de Colombia, prestaba servicio con el teniente Jaime Parra. Uno de los dos propuso construir un bote de madera y salir al mar por el Putumayo y el Amazonas hasta llegar a Cartagena. Una fantasía que iniciaron al día siguiente. Parra se metió a la selva con unos soldados y regresó con un tronco de 16 metros de largo por 1.50 de ancho. Diseñaron el barco, lo construyeron y a los ocho meses lo botaron al agua e iniciaron la navegación con el capitán Agustín Smith, un viejo compañero ya retirado, y el marinero Bartolomé Cagua. Esa navegación a vela por agua dulce fue una verdadera hazaña, que los enfrentó con los límites de resistencia física, la cercanía de la muerte y peligros enormes. Con esa aventura ganó la cruz de Boyacá. Echeverri y sus compañeros rifaron el bote para pagar deudas.
Belchite, libro que a él le parecía obra de infancia, fue publicado 25 años después de su muerte. No es fácil clasificar como novela una sucesión de hechos sin mucha importancia, ocurridos cuando tenía 12 o 13 años; sin embargo los que la han leído dicen que tiene personajes bien logrados.
El hombre de Talara, es una obra estupenda; muestra un gran conocimiento de la sensibilidad femenina. A la mujer no le interesa la pesca, ni el dinero, ni los pescados, ni la opinión de María, ni de Tobías, ni nada de lo que dice el marido: solo necesita, de urgencia, amor. Hay muchas agresiones verbales entre los esposos, de gran realismo; él hombre no acepta, porque no entiende, que a la mujer no le importe la pobreza sino su ausencia, su falta de amor. Y ella no acepta que él no se dé cuenta, pero se niega a decirle francamente que es lo que añora. Ese problema está tratado con finura y hace pensar nuevamente en Carrasquilla, que fue un penetrante conocedor de las mujeres. Además Echeverri las describe, físicamente, muy bien: “Ella era una mestiza de cuerpo rudo, rasgos mongólicos, carnes sólidas y senos pequeños con algunos rastros de amargura en sus facciones y muchos anillos en los dedos”. También están bien descritas las prostitutas, en momentos feroces de la narración. En Bajo Cauca cuando la mujer comprende que el que creía un ‘cliente’, no tiene un peso: “Su mirada, ahora, era de odio. Cruzó rápidamente las faldas de la levantadora cubriéndose las formas, como si la vergüenza y el recato de ella fuesen consecuencia del hecho de tener o no tener dinero. Segundos después una risa salvaje y nerviosa se apoderó de ella”.
La descripción de una pesca que, por la infinidad de detalles debería ser lectura pesada, no se puede interrumpir porque contagia lo que sienten los pescadores. Contagiar un sentimiento al lector es lo que habla de un buen escritor. En este caso, el lector se interesa en la descripción de los aparejos y los preparativos para sacar un tiburón. Impacta un final imprevisible entre esas personas: después de atrapar 13 tiburones, ¡una riqueza!, los arrojan al mar para salvar a 14 náufragos.
Bajo Cauca es un relato escrito en primera persona, sórdido, amargo. El protagonista recuerda una vida miserable sembrando para otro y mal pagado.
Es difícil opinar sobre un ambiente que uno no conoce, pero está escrito de manera que convence de su autenticidad. Por ejemplo donde se ocupa de cuánto creían en los efectos milagrosos de los rezanderos y en la realidad del mal de ojo. “Toribio era el mejor rezador del Bajo Cauca, desde Margento al caño de la Mojana. Rezaba los gusanos de los ganados y las plagas del maíz y del arroz y nunca oí decir que sus rezos maravillosos fracasaran”.
La escena del burdel transcurre en Barranquilla. El final es feroz. El relator busca a la prostituta Giomar —su descripción es todo menos romántica—, la encuentra cariñosa pero en su pensamiento la califica de perra vagabunda, “la asquerosa esa”; al saberlo sin dinero “una risa salvaje y nerviosa se apoderó de ella”. “Blasfemó, chilló, gritó, dijo todo lo sucio habido y por haber y yo allí, frente a ella, sin saber qué camino tomar.”; lo insulta “mira qué tipo puerco y asqueroso…! ¡vete, perro inmundo! Y lo escupió”. Acude gente. “La copa se había llenado. Calculé la distancia y salté hecho un tigre”. La agarró del pelo, la sacudió violentamente, ella pataleaba, daba puñetazos al aire. Mientras ella más pateaba, más jalaba él del pelo “las greñas grasosas”. “Chillaba como una gallina al despescuezarla”. Llega la dueña con cuchillo…y etc. Para darle lo que pudiéramos llamar un toque de humor, sale de una pieza un hombre en calzoncillos y dice que allí “no se puede dormir”.
Esta obra, y en especial estas escenas finales, fueron la causa por la cual en un comentario sobre la obra de Arturo Echeverri, yo la catalogué como algo que en su momento se llamó “literatura de alcantarilla”, calificativo que se utilizaba para referirse a una tendencia literaria de hace más o menos 50 años, en la cual se hacía gran despliegue de escenas de burdel, en un lenguaje salpicado de expresiones soeces que en ese momento parecían atrevidas y hoy no molestan a nadie. Como en todos los géneros, en este se dan obras mediocres y aciertos, como en el caso de Arturo en Bajo Cauca. Hay obras románticas que son un confite rosado, empalagoso, y las hay geniales; hay aventuras malas y excelentes, obras históricas igualmente, y así en todos los géneros. El hecho de que ocurra una escena o todo el libro entre burdeles y con groserías verbales, es lo que permite clasificar una obra en ese género; luego viene la apreciación sobre su calidad. Y la de Arturo Echeverri es de las mejores.
En Marea de ratas el período que se llamó ‘la violencia’ es el tema central. A partir de la muerte de Gaitán —1948— se partió el eje de la vida en Colombia. Una situación atroz que resultaba ineludible para un escritor; sobre todo para uno que hubiera vivido lejos de la ciudad, pues en ésta las gentes estaban aisladas de la realidad que arrasaba el país. Empieza, de una vez, agresivo. A un puerto aislado y sano, llega un batalloncito y empieza a perseguir al otro partido, partido que el lector que vivió en esa época supone que es el liberal. Echeverri tiene el tacto de no poner nombres concretos de políticos, lo cual le da al libro una intemporalidad que permite que los hechos puedan interesar en cualquier época, como fenómeno de violencia que puede ocurrir —y de hecho ocurre— en cualquier lugar y tiempo.
La imagen del cura es desastrosa, frecuente en la literatura de Colombia en ese momento; torpe, temeroso, gordo, sólo lo detiene la inmoralidad, entendida como lo que se refiere al sexto mandamiento. Hay un momento del relato en el cual la vida de todos depende de Nelly, de que ella se entregue al capitán que la desea; y le dicen al cura que le pida ese sacrificio a la muchacha, algo terriblemente difícil para un sacerdote. Nelly no tiene alternativa y acepta; invita al capitán a su casa y este le explica que a quién desea no es a ella, sino a su hermano. Está dispuesto a liberarlos a todos y no matar a ninguno, si Nelly le pide al joven que se le entregue. Hacen el trato y ella, discretamente, coloca bajo la almohada de su hermano un cuchillo afilado. El desenlace se deja totalmente en manos del lector que, naturalmente, supone que cuando el militar aborde al hermano, este lo matará con el cuchillo.
Las novelas... Es una opinión discutible, como todas las opiniones que se basan en hechos no demostrables, pero sus novelas o cuentos muy breves parecen más débiles que sus obras de mayor aliento.
Resulta oportuno, y ya se hacía necesario, no solamente un homenaje a la obra de Arturo Echeverri Mejía, sino despertar la curiosidad por leerlo, y poder apreciar y disfrutar de la calidad de su pluma, la precisión con la cual dejó testimonio de tipos de gentes, costumbres, sucesos nacionales, que sin escritores como él se borrarían, poco a poco, del recuerdo de sus compatriotas.


Reseña de Rocío Vélez de Piedrahita (Colombia)
Novelista, cuentista y ensayista. Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua. Tiene publicadas las novelas: El hombre, la mujer y la vaca; El pacto de las dos Rosas, La tercera generación. La Cisterna; Terrateniente, 1980 (finalista en el concurso Nadal 1978). Por los caminos del sur; Muellemente tendida en la llanura; y Los que se van y no vuelven (aventuras con fondo histórico). Y las obras: Entre Nos, crónicas humorísticas, dos tomos; Comentarios sobre la vida y la obra de algunos autores colombianos, (La colonia). Guía de literatura infantil; El diálogo y la paz —Mi perspectiva—. El sietecueros de Lía —relatos; Breve Historia de Medellín —ensayo—.
Ha sido Miembro de la Comisión de Negociación y Diálogo; y de la Comisión de Paz, Diálogo y Verificación, durante el Proceso de Paz del gobierno de Belisario Betancur. Ha recibido, entre otras, las siguientes distinciones, Medalla Simón Bolívar del Ministerio de Educación;1997 Reconocimiento de Mérito, Gobernación de Antioquia; 2008 octubre: Medalla Porfirio Barba Jacob Alcaldía de Medellín.


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