Buscando a Bukowski

 


Wilson Orozco

 


Mis palabras estarán por todas partes. Se crearán clubes y sociedades. Será espantoso. Harán una película sobre mi vida. Ahí seré un hombre mucho más valiente y talentoso de lo que realmente soy. Mucho más. Con eso será suficiente para que los dioses se vomiten. La raza humana lo exagera todo: sus héroes, sus enemigos, su importancia.
Charles Bukowski


Siempre quise seguir los pasos de Charles Bukowski, el más grande escritor que para mí ha parido esta tierra llena de escritorzuelos farsantes y casposos. No sé por qué es el más grande. Tal vez no interese demasiado.
Como me acabo de separar de mi esposa, se vende el apartamento donde fuimos felices y miserables a la vez. Me dan la plata que me corresponde. Decido gastármela yendo a Los Ángeles, tras las huellas de un Bukowski ya muerto desde 1994.


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Antes de viajar, reconozco que tengo que leer más a Bukowski. Eso es lo principal, por ahí se inicia, ¿no? Pero me da pereza. Es mejor leer sobre él, ver sus fotografías con el cigarrillo y la botella en la mano, siempre con esa actitud de querer demostrar que era un borracho y un decadente, alimentar todavía más en mí el mito, glorificarlo a más no poder. El farsante parece que soy yo.
No sé ni siquiera a qué voy a ir a Los Ángeles. O tal vez sí: a pasear, a gastarme la plata. Me pica la plata. Así siempre me ha dicho mi papá. También me ha dicho que yo solo pienso en viajar y en pasar bueno y que no pienso en el futuro. Todos los papás piensan lo mismo. Incluido el de Bukowski. Por eso estamos como estamos.


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¿Y para qué quiero seguir los pasos de Bukowski? Tal vez para hacer un documental sobre él. Pero sería un documental más. Un documentalcito como si fuera un adolescente con cámara al hombro. Sebastián, un amigo play y documentalista, me da ideas. Tengo que tomar fotos con una buena cámara, me dice. Me da todas las características e indicaciones que no entiendo y que no quiero entender. Siento que lo que había pensado hacer como algo artesanal se me va a convertir en uno más de sus proyectos. Pero no puedo dejar que meta sus manos pulcras y delicadas en mi proyecto. No quiero participar de su linda estética. Quiero ser feo y salvaje como Bukowski. Pero viajar en primera clase a Los Ángeles. Un whisky por favor, señorita azafata...


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Busco en Internet sobre Bukowski. Lo dicho: debería leerlo, no buscar sus chismes. Leo una página que dice que hay cuatro palabras que lo definen: trabajo, mujeres, licor y sexo. Dice además que cuando escribía, lo hacía intoxicado de alcohol. Entonces voy y me compro seis cervezas e intento hacer lo mismo que él. No me da ni siquiera pena.
Hay otra página donde se anuncia un tour que recorre sus lugares más significativos: bares, casas, trabajos, etc. ¿Qué pensaría él de todo esto? Unos jóvenes lindos haciendo plata de su miseria. Sí, seguro los habría insultado.


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Ya me han dicho que me creo Bukowski, tanto amigos como enemigos. Y no hay nada que hacer. Lo admito. Por eso es que voy a ir a Los Ángeles: para vagar por sus calles, tomar su cerveza, y por último visitar su tumba a ver si con todo eso se me pegan las ganas de escribir y por ahí derecho su éxito. Pero, desafortunadamente, yo soy un profesorcito. Eso no le habría gustado a él y el problema es que yo lo quiero complacer en todo. ¿Como el hijo que complace al padre?
Ya estoy en la fase de buscar los hoteluchos en los que estaré hospedado y ya como que no me dan tantas ganas de ir. Lo dicho: soy un profesorcito.


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Voy a Bantú con una estudiante que me dice:
—Sos un maldito bukowskiano.
Mientras lo dice, baila y mueve su enorme culo. Me la quiero comer y ella por supuesto lo sabe. Pero estamos en una lucha denodada para que yo lo admita. Y ella pone el estándar algo alto: quiere que me enamore de ella, como todas. Que sólo así me la puedo comer. Como tal vez la siguiente condición sea que me case con ella, le digo que me tengo que ir. Ya borracha se despide con un:
—Maldito bukowskiano de mierda.


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¿Y de dónde viene todo esto de Charles Bukowski? Todo empezó en Londres. Haciendo mi tour de tercermundano por el gran mundo. ¡Ja! De Manrique a Chelsea. Ni yo me lo creo. Ando como un pobre miserable, aguantando hambre porque así lo he querido. Quiero completar mi maldita vida de académico que estudia y sufre en el gran mundo.
Es sábado. Llueve. Leo en The Guardian sobre un tipo. ¿Un escritor? No, no lo parece. Dice que este hombre trabajaba todo un año completo y al siguiente se dedicaba solamente a escribir. ¡Esto es lo mío!, me dije. Hay un tipo que viene de abajo, que ha hecho trabajos duros y cuya única pasión ha sido la de escribir. En adelante, mi santo será Bu—kows—ki. Así lo dije, lentamente.
Al llegar a Medellín busqué algo de él y encontré su novela Cartero. Empecé a leer. Nada me podía detener. Bukowski se convirtió en mi héroe, en mi patrón, en mi padre putativo.


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Llego a Los Ángeles. Moverme allí es ir de un lugar a otro y repetir la misma experiencia: los mismos almacenes, los mismos carros, la misma arquitectura. ¿O será porque me muevo en zonas pobres? Casi los únicos que montan en los sistemas masivos de transporte son los negros y los hispanos: por eso las señales también están en español.
Uno de los hoteles más baratos que encontré está en Bell Gardens. Una zona invadida por mexicanos. De hecho, la mitad de la población hispana vive en Los Ángeles. Dato inútil.
En los buses hay televisores. Ahí presentan noticias y desde ahí me di cuenta de la muerte física de Tirofijo. Dicen que esto es un éxito más en la cadena de éxitos de Uribe (¿?). Que esa guerrilla, la más antigua del mundo (como reza el cliché), está sin líderes porque además han matado a Reyes y a un mando medio lo han traicionado sus mismos compañeros de lucha, que le han cortado una mano por ahí derecho. En cuanto a sus enemigos, los paramilitares, dicen que Uribe extraditó a sus jefes a los Estados Unidos. Que a lo mejor todo eso sí nos ayude para que nos aprueben el TLC.


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¿Por dónde empieza uno a buscar a Bukowski? Me imagino que por su infancia, como hacen los sicoanalistas. Por eso voy a una de las casas donde vivió de niño. Al llegar al barrio, veo que un policía parece multar a una mujer. O darle una recomendación. O regañarla. No se sabe nunca aquí. Hay tantas formas de la seguridad que uno nunca puede estar seguro.
La casa donde Bukowski vivió de niño ya está protegida por una empresa de seguridad. Incluso tiene ahí su dirección de Internet: www.brinks.com. Desisto de la idea de tocar y hacer preguntas sobre un tipo que vivió allí hace más de setenta años. Presiento que ese sistema de seguridad debe ser muy efectivo.
Me conformo con ver la casa por fuera. Está situada en el 2.122 S. Longwood Avenue y tiene una manguita afuera. Bukowski relata que el papá no lo dejaba salir a jugar los sábados hasta que no tuviera el césped absoluta y maniáticamente cortado. Si veía un solo pelito resaltar, le pegaba sádicamente.
Me voy de allí. En La Brea Avenue, a unas cuantas cuadras de esa casa, queda la biblioteca de Baldwin Hills. Allí iba el niño Bukowski cuando no tenía nada que hacer, que era casi siempre. Además de tener que cortar el pasto, sus papás no lo dejaban jugar con otros niños. Por su origen alemán, se creían superiores a todo el barrio.
En la biblioteca nadie sabe de las andanzas de Bukowski cuando leía allá. Es lógico. Pero tampoco hay nada registrado. La bibliotecaria me hace saber que ellos hacen parte de la Biblioteca Pública de Los Ángeles. Es decir, que allá se le respeta la intimidad a todo el mundo. ¿Sí me habrá querido decir eso? En fin, encuentro dos libros de Bukowski. Y también Ask the dust, de John Fante, su gran influencia. Leo la introducción del libro hecha precisamente por Bukowski. Dice algo que se debería aplicar a mí:
“Fante era mi dios, pero yo sabía que uno no molesta a los dioses, que uno no debe tocar a su puerta”


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Camino por el centro de Los Ángeles. Hay tres alcohólicos en una esquina. Están al lado de una puerta. Miro hacia adentro; es un bar muy bukowskiano: oscuro, feo, sórdido. Se llama King Edward Saloon. Decido entrar. Todos me miran: debo tener cara de turista. La mochilita atrás no me ayuda mucho. Me atiende un mexicano. Pido una cerveza y me pregunta:
—¿De dónde eres?
—Colombia
—Pensé que eras peruano.
Me dice que él es de Tijuana, a dos horas de Los Ángeles. Un joven gringo se hace a mi lado. Es serio, pero seguramente tiene ganas de hablar. Veo que puedo pedir una copa de vino. A lo Bukowski. Hacia el final de sus días, Bukowski sólo tomaba vino por recomendación de Linda Lee, que se creía una gurú de la vida sana. Bukowski pasó del “chandoso” al burgués.
Juan, uno de los borrachos de Bantú, siempre se refiere a Bukowski como “Chandoski”. Alguna vez leyó a Bukowski por recomendación de una novia alcohólica y marihuanera. “Muy loca”, siempre me dice. Es la más loca que ha tenido. Pelo rapado. Flaca. Inteligente. Y autodestructiva. Estudiaba arquitectura en Bolivariana y ahora pide dinero en las calles.
El gringo ve que he mezclado cerveza con vino. Me pregunta si es bueno eso. Yo le digo que es la primera vez que lo hago. Es mentira. No sé qué otra cosa responderle. El barman mexicano se mete y dice:
—The Peruvian’s here for the first time too.
Para devolverle la gran cortesía al gringo por hablarme, le pregunto si va mucho al bar. Me dice que sí. Que es barato y nada pretencioso. Hace un gesto con su nariz como diciéndome que no es nada estirado. Le digo que he visto ese mismo gesto en Medellín. También que estoy allí por un escritor llamado Charles Bukowski. No sabe quién es. Pero sí sabe que Medellín es la tierra de Pablo Escobar. El mexicano tampoco sabe quién es Bukowski. Pregunta si es un autor de superación personal. Digo que no. Pago, me despido y salgo.
Camino unas cuadras y veo una calle llena de drogadictos, de­sechables y alcohólicos: todos esperan el turno para bañarse en un edificio. Estoy asustado y perdido. Para rematar, un tipo con cara de mexicano me pregunta que si yo “speak spanish”. No le contesto pero me entrega un papelito donde dice que Jesús es el único camino, la única opción y me invita a una celebración en una hora. Opto por devolverme y no seguir por esa calle infernal. Aunque al fondo me espera el Señor Jesucristo, que es la única opción. Pero no, mejor no.
Siento que nunca he visto tantos alcohólicos en mi vida. Con razón Bukowski es de aquí. Hay bares en todas partes y en todo momento: desempleados frente a una cerveza durante horas, una ejecutiva con sus compañeros de trabajo. Todos alargando el momento de llegar a un aburrido y reconocido hogar.
Después de su chandosa infancia, Bukowski se vino de joven a vivir al centro de Los Ángeles. Allí bebía, leía a Fante, escribía, trabajaba, peleaba con sus mujeres y comía en la Cafetería Clifton’s (donde la gente paga lo que puede). Ahora todo el mundo ha abandonado el centro. O al menos la gente decente. Ahora está llena de toda la selva humana.


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Decido ir a uno de los apartamentos donde Bukowski vivió en su época de borracho y escritor. Mis apuntes dicen que es en Mariposa Avenue. Pero llegué a una calle en un barrio de ricos. ¿Estaré perdido? Sí, estoy en el otro polo. No leí bien que decía NORTH Mariposa Avenue. Tengo que intentar al día siguiente. Un día perdido el de hoy.
North Mariposa Avenue está en East Hollywood que es la parte pobre y decadente de esa zona farandulera. Camino por Hollywood Boulevard. Ahora sí noto que esta ciudad es costera y superficial: abundan las palmas y los carros deportivos.
Veo a otro alcohólico, a otro extraño que no casa ni se inserta en esta sociedad. Viene detrás de mí. Vamos a cruzar la calle. Viene una ambulancia, yo me detengo porque va a voltear por donde vamos a cruzar. El alcohólico cruza porque no escucha la sirena. La ambulancia frena y le pita. Después cruzamos y el alcohólico me alega durante media cuadra porque no le avisé. Y remata su retahíla con un irónico: “¡Thank you!”
Hollywood es por excelencia el Bukowskian Land. Allí vivió gran parte de su vida. Allí está su pequeño apartamento en De Longpre Avenue donde bebió, escribió e hizo todo el estudio antropológico para su novela Se busca una mujer. Cerca están sus licoreras, una de ellas, y la más reconocida, Pink Elephant. Cerca está Musso and Frank, un restaurante que solía ser visitado por todas las estrellas de Hollywood. Bukowski en algún momento relata que él se burlaba de toda la parafernalia de las estrellas cuando entraba allí. Irónicamente, él también se convirtió en una estrella underground que también entraba al restaurante después de haber filmado la película Barfly.


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El principal empleo que tuvo Bukowski fue en una oficina postal, como clasificador de correo. Definitivamente tengo que ir allá. Cojo el metro. Un niño negro hace monerías y un bebé blanco se ríe. “No es sino que crezcan”, pienso, “y el odio, el resentimiento se les van a salir por los poros”. Porque la impresión que da todo es de una normalidad y tranquilidad patológicas; pero en el fondo se nota que el negro odia al latino, el latino al negro, el negro al blanco, el blanco al chino y el judío a todos los anteriores. En el fondo hay una gran frustración y dolor. Pero todo está aplacado por el consumo.
El bebé blanco tiene unos ojos claros hermosos, y su mamá, tatuajes. Me fijo en la camiseta verde del bebé: BÉSAME, SOY IRLANDÉS, dice. Los irlandeses, como todas las otras nacionalidades, explotan su estereotipo a más no poder: nos quieren asegurar que son borrachos, trabajadores y literatos. Veo la camiseta de la mamá que cierra la espiral del cinismo: una cantidad de tipos en todas las posiciones horizontales posibles; están perdidos en la borrachera y al final dice: YOGA IRLANDÉS.
Me bajo del tren. Tengo que buscar las malditas paradas del bus en sus malditas calles. Tal vez, más que leer a Bukowski, lo único que he hecho es leer mapas. Doy vueltas y choco con dos oficinistas que salen a fumar aburridamente un cigarrillo. Parecen parias, desterradas. Sus trajes son grises. Y todavía les falta la mitad de la jornada laboral.
Llega el bus. Meto dos billetes en la máquina. Uno de ellos no entra. El conductor negro empieza con una cantaleta que no logro entender. Es negro: eso lo explica todo. Me hace señales para que me siente. Pero no me ha dado el tiquete. Por último, me grita: “HAVE A SEAT!”. Mientras camino humillado, digo mentalmente: “negro marica”.
Ya en el bus, lleno de mexicanos y gringos pobres, veo en el televisor dos noticias que me llaman la atención: una es sobre unos “guerrilleros” que siembran matas en lugares abandonados. Se llaman guerrilleros porque siembran sin permiso. En la imagen sale un tipo muy rudo con gafas oscuras al lado de su jardín. Totalmente reconocible para la policía.
Otra es la de un profesor al que le encontraron en su carro un arma y marihuana para vender. Se las vendía a sus alumnos de secundaria. Uno de ellos lo denunció. Y yo que me preocupo porque pongo música en un bar decadente a niños universitarios.
Paso por el lado de un edificio de AT&T. Recuerdo un poema de Bukowski que dice algo como:


Tenemos edificios y
Tenemos gente y
Metemos a la gente en los edificios
Y a unos les damos buenos trabajos
Y a otros trabajos no tan buenos
Pero a todos les damos
Teléfonos


Llego a la oficina postal. Éste fue el último trabajo de Bukowski. Al final, John Martín, su principal editor, le ofreció cien dólares de por vida si se dedicaba solamente a escribir. Ahí empezó a crecer todo el mito bukowskiano.
Veo un tour que está recorriendo los principales sitios bukowskianos, entre ellos éste. El guía es amanerado y habla sin pasión. Resulta entendible: éste no es más que un tour entre muchos que tienen dedicados a escritores de Los Ángeles. Me voy deprimido.


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Bukowski ya en sus últimos veinte años se convirtió en una figura de culto. Sus libros se empezaron a vender vertiginosamente. Lo traducían, lo entrevistaban, le pagaban lecturas de poesía, en ellas se emborrachaba e insultaba al público y éste a su vez le tiraba cosas. También lo invitaron a Francia y allí se fue en medio de un programa de televisión, harto de los intelectualoides con los que estaba reunido.
Linda Lee Bukowski fue su última esposa. La conoció en Redondo Beach donde tenía un restaurante de comida sana y naturista. Lo más decepcionante de Bukowski fue que se metió, ya en sus últimos días, en la meditación trascendental. Increíble. El miedo a la muerte y a las mujeres definitivamente lo cambian a uno.
En Redondo Beach están algunas de las grandes playas de Los Ángeles y su fauna: tipos cuajos, hippies, comercio, policía, comederos y marihuaneros. También librerías. Entro a una de ellas. Le pregunto al serio dependiente por la sección de literatura. Me lleva cansadamente hasta ella. Le pregunto por Bukowski. Se le ilumina la cara, me da la mano y me dice:
—Ey, man, that’s my favorite author too.
Hay un estante visible y dedicado exclusivamente a BUKOWSKI. Definitivamente entiendo que Los Ángeles y Bukowski son lo mismo. El dependiente me cuenta además que tiene más de veinte libros de él. También entiendo que con este escritor nunca hay términos medios.


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Ya mi tour y mi plata se acercan a su fin. En mi última parada, quiero ir a su tumba. Es en San Pedro. En esa misma zona pasó Bukowski sus últimos días. Ya era famoso, rico y se aburría. Lejos estaban Hollywood y su vida de excesos.
Le muestro el número de la tumba al portero para que me ubique. Es la 875. Cuando ve el número me dice:
—Ah, Bukowski...
Me sonrío. Él me dice que alguna gente viene a visitarlo. Le pregunto:
—Crazy people?
—No, nice people.

Llego a la famosa tumba:
Henry Charles Bukowski Jr.
Aparece además el nombre de su alter ego: Hank. Y más abajo, en una salida muy bukowskiana, aparece un tipo con guantes de boxeo acompañado de las palabras: “No lo intentes”.
Hay dos ramos de flores artificiales. En uno de ellos hay una nota, ya mojada, donde se alcanza a leer algo así como “gracias por tus palabras…”. Es la primera vez que siento celos. Hay más bukowskianos en este mundo. Y lo que me da más putería son dos tapas de cerveza de países que no reconozco. Me da rabia porque uno siempre cree suyos a los autores a los que ama, y segundo, porque no se me ocurrió traerme unas cervezas para tomármelas al lado de los huesos de Hank.
El día es hermoso. Tranquilo. Ya una parte de mí se ha reestructurado. Además, intento adivinar en cuál casa vivía este viejo indecente.


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Llego a Medellín. ¿Qué me queda? El vacío, simplemente. El viejo Bukowski hizo lo que tenía que hacer. ¿Qué me toca a mí? No lo sé. Lo que sí sé es que no son los signos exteriores los que hacen al escritor.
Atrás quedan las tontas ilusiones de la escritura: la cerveza, el cigarrillo y la música. Como me dijo mi analista, Bukowski es único e irrepetible. Que no tratara de ser como él. Eso le valió que no volviera al análisis. Menos plata para él. Porque como decía Bukowski, los “sicolocos” no están interesados en tu dolor: están interesados en tu plata.
Atrás quedan también las mujeres borrachas y sus: “Sos un maldito bukowskiano”. Ya todo es un poco más claro: lo que he sido es un maldito mujeriego con todos sus disfraces; ah, el gran machote con sus mujeres, la cerveza, el cigarrillo, la noche y el sufrimiento fingido y exagerado. Qué patético fui.
No más Bukowski. Y puede que una de las obviedades más interesantes que tenga el sicoanálisis sea ésta: para liberarse del padre hay que matar al padre.


Wilson Orozco
Traductor y profesor de la Universidad de Antioquia. Este es su primer relato publicado.


www.odradekelcuento.com

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