Alí Babá


José Zuleta


"Galopa caballo cuatralbo" . R. A.

Lo primero que preguntamos fue qué quería decir La Buitrera. La explicación nos ensombreció y asociamos el lugar con el olor de la mortecina. "¿Allá viven los gallinazos?", preguntó mi hermano a nuestra hermana mayor. Ella no supo responder. Tampoco estaba a gusto con el nombre del lugar donde viviríamos. "¿Será que estamos muy pobres?", volvió a preguntar mi hermano. En medio de esas expectativas, el camión del trasteo avanzaba por la calle Quinta hacia el sur de Cali. En un lugar de la vía giró hacia Los Farallones y tomó una carretera sin pavimentar. El aire era limpio y lo que veíamos era grato, pero aguardábamos a que, en algún lugar, nubes de gallinazos nos anunciaran que estábamos en La Buitrera.
Pasaron garzas como trazos de tiza contra el verde oscuro del farallón. Después oímos la algarabía de una bandada de loras. Más adelante vimos volar varias parejas de torcazas moradas. A todas estas, ningún gallinazo. La cumbre abrupta y altísima de Los Farallones estaba despejada y marcaba contra el cielo una silueta como el gráfico de un electrocardiograma.
Los buitres no aparecieron y llegamos a una colina desde donde se veía el valle y el sur de la ciudad. Allí quedaba nuestra nueva morada.
La casa era de altos muros, amplios corredores y salones generosos. Un prado muy cuidado la rodeaba. Abajo pasaba el río Meléndez y al frente, en la montaña vecina, estaba Polvorines: las rigurosamente vigiladas santabárbaras del Batallón Pichincha.
Pasarnos a esa casa fue una novedad: no había agua, ni baño dentro de la casa, y Pedro, el jardinero, con una mula negra en unas tinas de aluminio, como las de la leche del campo, traía del río el agua que consumíamos.
Los fines de semana la casa se llenaba de amigos de mi padre que leían con él y hablaban de política. Alguna vez dijo, jocosamente, que el lugar de la casa era estratégico porque "los arsenales del capital estaban a tiro de cauchera".
El 19 de abril de 1970 llegaron a la casa los amigos a oír los escrutinios de las elecciones para presidente. Los candidatos eran Misael Pastrana y el general Rojas Pinilla, que tenía, según les oí decir: "...serias posibilidades de acabar con el negocio de la repartición del Estado entre los partidos liberal y conservador".
Sentados en el corredor, sumaban las cifras que la radio iba dando. A las siete de la noche el general Rojas Pinilla ganaba las elecciones. Mi padre y sus amigos estaban muy felices. "Se acabó el Frente Nacional", decían, se abrazaban, brindaban a la salud de un nuevo país, bebían cerveza y ron. En lo más animado de la celebración se fue la luz y toda Colombia quedó en penumbras, a los niños también nos mandaron a dormir. Al día siguiente nuestro padre vaticinó muy indignado que se habían robado las elecciones, y que lo que vendría no iba a ser bueno para nadie.
Cerca de la casa, subiendo hacia la montaña, había una tienda que también servía de cantina y era lugar de encuentro del vecindario. Se llamaba El Portento. Mi padre iba a beber allí, mis hermanos y yo lo acompañábamos para que nos comprara mecato. Un domingo, llegó un señor a caballo. Nos quedamos mirando el achacado animal y acariciamos su cuello y la frente en la que resplandecía una estrella blanca. El caballo, de un marrón claro, un poco rojizo, tenía botines blancos en las cuatro patas, era pequeño y estaba flaco y mugroso, pero olía a ese aroma manso y vigoroso de los caballos. Rosendo, el dueño de la tienda, nos dio trozos de panela para que le diéramos de comer. El caballo tomaba con sus hábiles labios de nuestras manos los trozos de panela y se los comía con mucho placer. El dueño del caballo, al ver nuestro entusiasmo, le dijo a nuestro padre: "¿Por qué no le compra el caballo a los niños?". Regatearon un poco y al final por mil quinientos pesos (sin la silla) fue nuestro.
Alí Babá era brioso, engordó y su pelaje se tornó brillante. Toleraba los excesos, y los pequeños jinetes nos entregamos a él con todo el amor de la infancia. Aprendimos a montar a pelo, le enseñamos a saltar sobre las zanjas y en la noche escuchábamos, desde la cama, el sonido de sus dientes rasgando la hierba.
Una mañana salimos a buscar a Alí Babá y no lo encontramos por ninguna parte. Preguntamos a Pedro el jardinero y él señaló la montaña mientras decía: "Está en Polvorines". Desde donde nos encontrábamos vimos un grupo de caballos en la montaña de enfrente y creímos distinguir entre ellos a Alí Babá. Sin decir nada, tomamos un lazo y bajamos corriendo hasta el río, lo cruzamos por un charco que llaman El Remanso y subimos la montaña de Polvorines. Ni los letreros de "Zona Militar", ni los avisos de "Peligro" y "Prohibida la entrada a particulares" nos detuvieron en la carrera para alcanzar nuestro caballo.
Aparecieron de la nada unos soldados y comenzaron a gritarnos. Pero en la agitación no entendíamos lo que decían. Escuchamos unos disparos y nos detuvimos. Los militares llegaron corriendo con los fusiles en la mano y nos regañaron por estar en una zona restringida. "Vinimos a rescatarlo", expliqué, mientras señalaba a Alí Babá. Los soldados se quedaron mirando el caballo que en ese momento trataba de aparear a una yegua mucho más grande y más bonita que él. Como no la alcanzaba, la yegua se acomodó en dirección al río. Alí Babá quedó atrás de ella como en una repisa y la penetró con su gran miembro que parecía un champiñón gigantesco y rosado. Los soldados trataban de espantarlo. "Es la yegua del coronel, es la yegua del coronel", gritaba muy ofuscado uno de ellos, mientras nosotros gozábamos excitados por lo que estábamos viendo. Cuando Alí Babá terminó de aparearse con la yegua, se dejó enlazar. El soldado dijo que saliéramos rápido y que "por el bien de todos no nos dejáramos ver de nadie". Volvimos a la casa y no dijimos nada.
Al otro día Alí Babá tampoco estaba, miramos a la montaña de Polvorines y lo alcanzamos a ver con el grupo de yeguas de los oficiales. Corrimos a buscarlo. Cuando llegamos, los soldados ya lo habían capturado. "Se va a quedar aquí detenido", nos dijeron. Regresamos corriendo a buscar ayuda. Pedro, el jardinero, fue a interceder por Alí Babá. Estuvo dos horas en el batallón mientras lo interrogaban sobre los dueños del caballo. Por la tarde llegó a la casa un oficial del ejército a decirle a mi padre que: "El renque ese había violado la seguridad del batallón y que, en pleno Polvorines, se había tirado el plan de reproducción asistida de las yeguas pura sangre de la caballería del ejército, y que la próxima vez abrirían fuego contra el semoviente intruso".
Mi padre se reía. Finalmente, le dijo al oficial que esas cosas solían pasar entre vecinos y le regaló como prueba un ejemplar de Romeo y Julieta. "Usted no entiende", dijo el oficial irritado, "estamos hablando de yeguas pura sangre, de las yeguas de los generales". Mi padre respondió: "El caballo de mis hijos también es de pura sangre, como puede ver, de una tan ardiente, o más que la de sus yeguas. Además, y como están las cosas, no veo por qué amenazarnos entre compadres". El militar se fue malhumorado. Nosotros, asustados por las amenazas, decidimos encerrar a Alí Babá.
Unos meses más tarde vimos gallinazos volando alrededor de una de las yeguas del batallón. Mi hermano preguntó si había llegado la época de los gallinazos. Nuestro padre respondió que los gallinazos son de todas las épocas. "Siempre y cuando la muerte los pueda alimentar".
Bajamos al río para ver si se había muerto una de las novias de Alí Babá; pasamos por las piedras de El Remanso y subimos un poco hasta donde estaban los gallinazos.
Entre el pastizal, tratando de pararse, había un potrillo recién nacido. A su lado grandes aves devoraban entre oscuros aletazos la placenta.
Cuando el potro se incorporó, vimos en su frente la estrella y en sus cuatro temblorosas patas los pequeños botines blancos. Las aves alzaron el vuelo, planearon sobre el río remontando el aire hasta perderse sobre el cielo de La Buitrera.

José Zuleta
Escribe cuentos y poemas, ha publicado siete libros y ganado varios premios nacionales de cuento y poesía.

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