Marvel Moreno, el cuento
y el orden femenino

 

Efrén Giraldo

Nacen dioses, se deflagran pueblos,
épocas enteras se sumen en el caos,
las selvas amanecen mustias o en pavesas,
marchitas las madréporas vagan derrotadas,
se equivocan las estrellas apagadas
con este abrazo de los dos mágicos cometas
que desesperados agonizan tratando de alejarse.


Amílcar Osorio, “Astronomía posicional”,
Vana Stanza

Los cuentos de Marvel Moreno (1939—1995) pertenecen a una de las más fecundas tradiciones literarias: aquella que explora la singularidad femenina. Que sus relatos hayan sido escritos por una mujer es sólo una anécdota de la que haríamos bien en prescindir, más allá de que la individualidad y calidad de un texto literario se definan hoy en día, en épocas de estudios culturales y subalternos, por una validación que parece provenir más del sexo y las condiciones sociales del escritor que de su pleno dominio estético sobre la palabra.
En efecto, la tesis de que el cuerpo y la psicología femeninos son campo de batalla ideológica parece venir a cuento cuando se habla de autoras como Marvel Moreno, en quienes la emancipación de la mujer y su redefinición social constituyen motivos dominantes. Por supuesto, ayudan a tales consideraciones la vida de la autora y las luchas que vivió para seguir una carrera literaria independiente de los cenáculos literarios masculinos de su generación. Aun así, a riesgo de caer en alguna interpretación sustancialista, como aquellas que rechazan las teorías de género, vale la pena referir aspectos de su obra cuentística que convierten su arte de narrar en uno de las más singulares de la literatura colombiana de la segunda mitad del siglo XX.
Marvel Moreno publicó en vida los libros de cuentos Algo tan feo en la vida de una señora bien (1980) y El encuentro y otros relatos (1992). Póstumamente, la editorial Norma sacó a la luz, en 2001, una versión corregida y aumentada de lo que podría ser su obra cuentística completa, bajo el cuidado de Fabio Rodríguez Amaya y del académico francés Jacques Gilard, amigo y en gran medida responsable del legado literario de la escritora barranquillera. En tal edición, aparece el libro inédito de cuentos Las fiebres del Miramar, que auguraba una carrera cuentística llena de logros. A estos cuentos, que sin duda configuran lo más valioso y orgánico de su obra, se suma la novela En diciembre llegaban las brisas, de 1987, donde los retratos de mujeres de la alta sociedad caribeña, esbozados ya en las narraciones cortas, aparecen como hilos de un tejido generacional más complejo.
El tema de los cuentos de Marvel Moreno es, en efecto, la complejidad de la identidad femenina en ambientes patriarcales de ahogo intelectual, cultural y erótico, y las peripecias que, por diferentes atajos, la mujer sigue para autodefinirse y tomar un lugar en el orden simbólico de la cultura. El retorno de Lilith no es un retorno vengativo de la naturaleza: es un regreso afirmativo de la historia. El orden cultural del patriarcado no se vuelve insubsistente con la supresión de toda forma de sociedad. Se reemplaza por el orden de las Amazonas, que finalmente es también una forma de jerarquizar la vida social. Por supuesto, el esquema no parece diferir mucho del que ofrecen las telenovelas y la literatura kitsch, interesadas también en el autodescubrimiento de la mujer. Sólo que, como en los cuentos de John Cheever o Carson McCullers, la literatura y el arte revelan las contradicciones de tales emancipaciones y hallazgos, borradas de la obra de David Herbert Lawrence y sus epígonos. Lo que en la prédica de igualdad de género es reclamo y en las obras que fácilmente se adscriben a la presentación directa de una mujer “liberada” es símbolo predecible, en la literatura de Marvel Moreno es planteamiento poético y desarrollo de la técnica cuentística en su más acendrada artesanía. Más allá de que el tema se haya convertido en un estereotipo (mujeres que escapan a los grilletes del condicionamiento social hallan su despertar en ambientes que están por fuera de la cultura oficial y se entregan a las mieles desconocidas del sexo), quedan las atmósferas hábilmente conseguidas, los símbolos cuidadosamente trabajados, las descripciones sociales certeras y las despiadadas etnografías de la alta sociedad colombiana, cuya alcurnia pintoresca no alcanza a disimular una mentalidad pacata y prejuiciosa. Las mujeres llegan a su reconocimiento, pero tal proceso tiene la dimensión del equívoco. La convicción de que se desciende al conocimiento de uno mismo también a través de la abyección o de la desaparición, será la manera de clausurar una pregunta acerca de sí misma en la que caben todos los caminos. Si el sexo recién descubierto es autoconocimiento, también será experiencia de los propios límites y de la propia falibilidad. Se lucha contra los esquemas sociales, contra los guiones preestablecidos, pero a costa de sumirse en la marginalidad o en la pérdida del privilegio social que también se disfrutaba. No en vano, el triunfo de la mujer se personifica en aquellas matronas que lograron ampliar su vida sexual sin que las buenas maneras fueran alteradas, sin que la estructura familiar sufriera la desgarradura que, a solas y en clausura, vive la mujer. Como dice uno de sus personajes, el problema es no conocer “las vías del secreto y la lógica de su sabiduría”. Triunfará aquella que es infiel a su clase, a su marido y, aun, a su sexo, sin que nadie se dé cuenta o sufra. Más allá de que Robin Vote, la protagonista de El bosque de la noche, de Djuna Barnes, haya signado a la literatura contemporánea con el retrato de una mujer indefinible, que habita en todas las ambigüedades e intersticios, en todas las penumbras y trastocamientos, más allá también de que la incognoscibilidad de la Albertine de Proust sea ruta inevitable para las mujeres en la novela contemporánea, en Marvel Moreno caben aún todas las afirmaciones. En los dos casos, a la mujer, prosaica y heroica, imaginaria o real, sólo puede atrapársela en las redes de la poesía.
En muchos de sus cuentos, Marvel Moreno presenta al lector hábiles retratos de mujeres que se despliegan por las tramas, serpenteando al modo de tentadoras viperinas. En otros, se sumen en una crisálida de la que sólo saldrán cuando el calor de la estación erótica las abra a una nueva comprensión del mundo. Contradiciendo la tesis que niega el tratamiento de la dimensión psicológica de los personajes en el cuento, algunas de las historias de El encuentro y otros relatos brillan por sus virtudes caracterológicas, por su eficacia narrativa e introspectiva. Piénsese, por ejemplo, en Miranda Castro, la protagonista de “Un té en Augsburgo”, ingenuamente malévola, o en la Teresa Haddad de “El hombre de las gardenias” y su cinismo cultural. En un caso, el emblema es la ambigüedad sexual de la huérfana triunfadora y la rúbrica es su tiranía con una madre que no la conoce, y a quien podría dar la vida diciéndole que lleva una existencia privilegiada. En el otro, son las garras de quien trepa por la escalera social las que sellan, con una indeleble marca de autoritarismo, el derecho de la hija a una vida verdaderamente humana con el hombre que ama. Asimismo, ocurre para el lector con la protagonista de “El encuentro”, relato donde la inverosimilitud amorosa se viste de inocua fábula rosa, sin que se advierta cuándo se pasó de un ingenuo cuento de hadas moderno, a lo Corín Tellado, a una implacable y cruel alegoría sobre la infelicidad. En efecto, que se pueda hacer un cuento sobre la espera de una mujer que aguarda el retorno de un actor de cine que la besó furtivamente en la pubertad demuestra hasta qué punto narración vertiginosa y perfil psicológico coinciden en la forma cuentística. Como en las historias de Cheever, sabemos que tal vez la redención espera al otro lado de la calle, pero simplemente somos cortos de miras para saber que la epifanía ha llegado y la dejamos pasar. La promesa de felicidad de Lucía, enamorada hasta lo indecible del playboy Robert Harrison, acaba por ser el esbozo de un mundo sólo avizorado, pero jamás deleitado. El Edén se deja ver, pero nunca habitar. La huída de una adolescente que sale corriendo ante el beso robado del actor se corresponde misteriosamente con la miopía que le impide, cuarenta años después, percatarse de que ese hombre otoñal que se le ha acercado con modosos ademanes es el héroe de sus fantasías eróticas de toda la vida.
Igualmente, en el libro Algo tan feo en la vida de una señora bien, los caracteres femeninos aparecen ya revestidos de una especial ambigüedad y de una vocación poética revelada por la artesanía del cuento, por una fina sensibilidad para expresar la singularidad y por un modo suspicaz de mirar la existencia de los otros. Mientras la bruja de “La noche feliz de Madame Yvonne” avizora todas las relaciones de la sociedad barranquillera aunando chisme y visión mágica, la dama insatisfecha y suicida del cuento “Algo tan feo en la vida de una señora bien” no encuentra en el mundo un lugar para su congoja. Ambas mujeres logran por fin ver, pero ayudadas por la información privilegiada que les da su trato cercano con la muerte, y también a costa de perder su lugar en el frágil orden existente. Madame Yvonne, porque los ricos de la fiesta no desean que los tragos la hagan ir de lengua y clausuran su voz, y la otra porque el escape mediante la inmersión en una marea de calmantes es lo único que la hace recobrar los breves instantes en que fue feliz.
Son, sin embargo, “Oriane, tía Oriane” (del libro de 1980) y “Barlovento” (del libro de 1992) los dos relatos donde cristaliza de mejor manera un arte narrativo sustentado en una asombrosa capacidad para crear atmósferas sugerentes e idear insólitos perfiles femeninos. Una poesía hecha, no con la imposición externa de la excepcionalidad del motivo mujeril, sino con la constatación de que su búsqueda sexual, satisfecha por el hombre que está fuera de la alta cultura y más allá de los prejuicios de clase, acaba por trascender los límites de la vida consciente. Marvel Moreno no sólo ha inventado mujeres: ha dispuesto atmósferas y ha creado un modo de percepción y narración en el que ellas son posibles. De ahí que su escritura cree un orden en la naturaleza y la cultura que las alberga y las hace verosímiles. Vínculo adicional entre los dos relatos es la capacidad para crear una alegoría sobre el eterno retorno generacional, es decir, sobre la idea de que el cuerpo y la mente de las mujeres de distintas épocas se hermanan, abismadas, en el descubrimiento de sus simas interiores. Como Teresa de Ávila, como Juana de Arco, como Anaïs Nin, como Hildegarda Von Bigen, como Fanny Hill, como Mesalina, como la Juliette de Sade y la Justine de Durrell, llegarán a la constatación de que los límites de su cuerpo y de su placer coinciden con los de sus congéneres, elevando su insurrección a la condición de revuelta cultural. Así, con el espejo de sus tías y abuelas, que han sabido experimentar sexualmente y guardar las apariencias, las mujeres de Marvel Moreno entienden que el amor sólo nace de una posibilidad: la de dos cuerpos que se advierten como un par de astros que se cruzan momentáneamente en el firmamento y suscitan, sin saberlo, estragos cataclísmicos en el resto de los mundos. Saber que el mismo amante que gozó el cuerpo de las abuelas y bisabuelas puede volver y estremecer la carne de las jóvenes ofrece la única posibilidad de revelación en un mundo donde los prejuicios de clase han ahogado todos los instintos y han borrado las versiones indecorosas del pasado.
Además, los dos cuentos comparten más de una simetría. Ambos tratan de la iniciación sexual asociada a los valores de un ambiente lleno de resonancias y asociaciones psicológicas. Vinculan el despertar de las mujeres modernas con el de las mujeres del pasado, a quienes las protagonistas están unidas por parentesco familiar. La iniciadora no viene desde fuera, sino que más bien, afirma la endogamia de su conocimiento. En ambos relatos, el leve ingrediente fantástico está asociado a la identidad difusa, y por momentos sobrenatural, del amante. La memoria individual, trasmitida de manera poética, se convierte en memoria colectiva de las mujeres y en alegoría del reconocimiento personal y social. Si en “Barlovento”, quizás el mejor cuento de la literatura colombiana de las últimas dos décadas, Isabel va a la caza del cadáver de su abuela, robado por los negros que la hacen reposar en el fondo del río con el Mandinga que la amó clandestinamente, en “Oriane, tía Oriane” María deberá vivir de nuevo el asedio del fantasma—niño, con el que su tía abuela vivió un probable amor incestuoso. La muerte del padre, en ambos casos, simbólica o real, será la manera en que el orden femenino se afirma contra todas las restricciones. Las fotografías y reliquias serán fetiches de un hombre siempre a la fuga o arrancado de su propio mundo.
La historia, así, como fuerza orquestadora de presagios y simetrías temporales, ayuda a que la mujer descubra las teclas que, pulsadas, activarán un sinfín de correspondencias. En “Barlovento”, la selva venezolana guarda la memoria de una blanca que, en tiempos de conquista y esclavismo, amó a uno de los negros; memoria que convoca a todas las mujeres de la familia a consumar el designio erótico que sella la alianza de los cuerpos en el lecho. Los tambores serán el heraldo que convoque a todas las mujeres de la familia para que acudan a ese llamado de la historia y de la carne. Asimismo, en “Oriane, tía Oriane”, una casa inmemorial conserva las huellas de un par de niños que se amaron y cabalgaron en la playa bajo la mirada cejijunta de su padre. El álbum fotográfico y el columpio reviven el asedio del amante muerto, que viene a seguir oficiando el rito de acoplamiento en el cuerpo de la nieta—sobrina, a quien le ha sido dado conocer “la historia verdadera”, pero siendo terreno del ritual interminable.
Y es que, si las mujeres buscan independizarse y logran la liberación participando de una liturgia ancestral en la que se confrontan con las otras mujeres de la familia, también la realidad se ofrecerá como una especie de flor de corolas inflamadas a la que habrá que retirar lentamente los pétalos para hallar un centro emanador. En “Oriane, tía Oriane”, María aprende a encontrar en los objetos personales de la abuela y en su gabinete de recuerdos y curiosidades una metáfora de la realidad erótica y mágica que le espera. Los abanicos japoneses, que vistos de un lado presentan rituales cortesanos y al ser girados se irisan en orgías y fiestas galantes, son metáfora del descubrimiento que vendrá. Los joyeros se abren en compartimientos secretos si se toca el arabesco apropiado. Las muñecas rusas anticipan a una mujer que, interminablemente encubierta por la otra, acabará por ser desnudada en la antesala de la adultez. Ahora bien, en “Barlovento” la metáfora es la del rompecabezas, que se va configurando a medida que Isabel descubre qué ocurrió con el cadáver de su abuela y por qué a ella misma la convocan, muchos años después, con coartadas e insistentes toques de tambor, a los círculos concéntricos de la jungla, donde el cuerpo acezante del mandinga la aguarda con bebedizos y masajes.
En ambos cuentos, constatamos cómo lo femenino se desdibuja en tanto retrato de mujer y relato de sus peripecias, y se abre paso, más bien, el diseño de una perspectiva, de un discurso y de una manera de interpretar el mundo genuinamente femeninos. La disposición de los seres en el orden familiar, la manera de describir los ambientes y las explicaciones ideológicas que se dan participan de la misma idea: las mujeres, casi siempre privadas de voz, pueden percibir ciertas zonas del mundo y de la experiencia colectiva de manera privilegiada. Pero este “sentir diferente” proviene de una estudiada manera de concebir la narración, donde las resonancias y los indicios no naufragan en simples declaraciones sentimentales, sino que se atreven a configurar otra versión de la historia privada, narrada detrás del tapiz que se teje y confunde con las palabras. Narraciones llenas de inteligencia y de estudiadas alusiones simbólicas que hacen al lector partícipe de la misma revelación humana que ocurre entre sus líneas. Se descubre cuál es el destino de Isabel, de María, de Lucía, de la abuelita y de la tía Oriane, porque se ha vivido con ellas el hallazgo de la verdadera dimensión de la vida y de las relaciones sociales. Si en la prédica existencialista los otros hacen el infierno, en los cuentos de Marvel Moreno son ellos el espejo donde nos miramos. De las simetrías y asimetrías, surgirá por fin la síntesis que nos hace hallar el lugar que nos corresponde.
A la idea de que la mujer es sutil y avizora, que tiene el don de la anticipación y el conocimiento, Marvel Moreno añade la singularidad de los ambientes que la rodean, sin importar que ellos sean una historia llena de fantasmas que regresan para probarles la realidad del círculo en el que habitan, ardientes parajes naturales portadores de la memoria vital o rutinarias ciudades donde se intentan todas las formas del ascenso y la caída social. Asimismo, la historia discurre revelando la complejidad de un conocimiento evasivo, sólo otorgado a quienes miran con cuidado y saben guardar el secreto de las cosas nunca dichas en público, entrevistas en las conversaciones de las viejas, en sus baúles de recuerdos y en la inagotable capacidad para hacer fintas a una historia que desea encorsetar sus vivencias en el buen nombre y la decencia. Este tono de intimidad y verdad de privilegiados crea, en definitiva, el único espacio donde el lector, hombre o mujer, puede entrar y solazarse con la narración, siempre vigente, de la mujer experimentando a solas la pasmosa verdad de su universo.

Efrén Giraldo (Colombia)
Ensayista y crítico. Ha publicado los siguientes libros: Proyecto para una revolución narrativa y otros ensayos críticos. Marta Traba, crítica del arte latinoamericano. La crítica del arte moderno en Colombia, un proyecto formativo. Su libro Las verdades indirectas de la utopía pesimista fue incluido en la Colección Autores Antioqueños en el año 2008. Su libro El desplazamiento fotográfico, imagen y arte contemporáneo en Colombia obtuvo la Beca de Creación en Ensayo de la Secretaría de Cultura Ciudadana en el año 2009. ;


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