Taburete rojo sobre la mesa

 


Juan Carlos Restrepo Rivas

 


Todo lo vence el amor o la pata de cabra. Salgo y dejo a la abuela con las palabras infladas, reclamándome, hablando sola. ¡Tas! Llego a ese lugar sin un peso en el bolsillo.
El bar-grill-parrillada-mariachis-no cover huele a lo que huelen los bares a las diez de la mañana: una mezcla de alcohol, cigarro, grasa de frito y detergente de lavanda. Hago fila de tres, por necesidad. Voy atraído por el imán de un aviso clasificado en la prensa: “Se necesita mesero. Lugar acreditado. Bien pagado. Buenas propinas. Tal dirección. Venga el jueves de 9 a 12 m.”. Alguien en la fila pregunta que si tengo experiencia.
—¿De atender gente? Eso es sencillo.
—¿Y sabe aguantar equilibrio con la bandeja llena de trago y picadas?
—¡Siga el próximo!
Entro por un corredor ancho. Hay muchos taburetes rojos al revés, con las patas arriba descansando sobre las mesas sin mantel. Suena música esterilizada. Un niño machaca tapas de envases de cerveza y una cincuentona restriega charcos. Cruzo buscando a alguien.
—¿Busca a alguien?
“Me lee el pensamiento”, pienso. —Esa musiquita desinfecta el aire. Mis suelas número 37 mojadas se cuelan junto a los zócalos y sigo hacia adentro. Miro lentamente y no hablo. La del aseo saca su lengua espumosa y sus ojos afilados—. ¿Busca a alguien? —repite. Ella habla y no me mira, mueve el balde y escurre. Yo creo que me busco en un oficio distinto a ser sobador, carnicero, heladero, pirata... —Espere un rato no más—. Voy al fondo y espero.
Llego a una pared con láminas pegadas de santurrones con guirnaldas. Junto a los espejos está una foto grande de Su Santidad con la sonrisa congelada, bendiciendo; no se le alcanzan a ver los ojitos zarcos por el ala de un sombrerón de charro que lleva puesto y que le da una sombra densa. Al otro lado de la sagrada foto amarillenta se exhiben unos trofeos. Me acerco, soplo y leo las placas. Los premios se llenan de ilusiones que duran un segundo. Entre la música se filtra un sonido pisado. Volteo rápidamente y la cincuentona del aseo me barre los zapatos. —¡Mire por dónde pisa jovencito!—. Me devuelvo y fijo la mirada en el mostrador. Desplazo las falanges sobando la madera de la barra como si los dedos fueran vasos de cerveza viajando solos en una escena gastada del cine de vaqueros. Después calculo las horas en la mica del reloj volteado hacia dentro de la muñeca: el tiempo es barato para andar desocupado. La que lava no despega la mirada del piso y de mis pies talla 37. Cuando llego al extremo del mostrador, me devuelvo en puntillas, cruzo la escoba para trapear que va y viene. ¡Me quedo quieto o me tumba!
En eso aletea una puerta y llega alguien: el patrón, amigo de Tulio Echeverri. Tiene un gran bigote y se seca las manos en los bolsillos de atrás. Tiene una cara gastada de viejo verde, jetón y vulgar. ¿Tendrá la calavera negra? Él parece manejar todo esto. Con él aparece esa señora, señorita o lo que sea, más moza-amante que secre, ¡la muy zorra!, de dientes disparejos y sucios, vestida con tela sintética que acalora, calza zapatos entaconados y amarillos. Ella regaña por la bulla que hace el niño con las tapas. La cincuentona que restriega el piso lo levanta bruscamente con una mano, en la otra toma el cubo de agua sucia y se lo lleva sin estorbos. El patrón hace sentar a la pintiparada en una silla con el forro de cuerina muy usado y el recostadero grasoso. Luego él me lleva donde ella: No conozco a ninguno de los dos. —Le presento a Yuddy, dice. —¡Mucho gusto! —y le cojo su mano cremosa de uñas marcadas con unas lunitas sucias: tijereteaba servilletas—. Qué tal. —Miro al patrón que se presenta y se infla don Edelio Moscote—. Qué tal —vuelvo y digo. Me mira los pies. Parece un comemierda responsable.
Estamos en un salón oscuro y al viejo, con camisa de rayas que lo hacen flamear como una bandera, se le asoma por el filo del cuello un parche negro de mugre. Ellos se dicen algo con un número. En tono tan débil que yo aún no entro. Se dan un toque de afán hasta que ella suelta una risa desparpajada y él le clava el vistazo entre el escote. Yo también. Ella lo sabe y sabe que voy por el empleo. Yuddy se pone un pitillo en la ranura del escote y el pitillo aguanta equilibrio, como cuando el don se acomoda un lápiz mordisqueado en la curva de la oreja para que le queden las manos sueltas. Juega con los ojos y con el pitillo. Su Santidad de papel pegado tiene una mirada omnipresente que atraviesa los taburetes rojos encaramados en las mesas; las patas hacia arriba son una jungla de troncos secos. Un bar sin clientes es un moridero, no un bar.
El señor ese bigotudo comienza a zumbar un discurso girando el bla-bla-bla igual que ese ventilador enrejado que le sacude el mechón engrasado y pegado al cráneo, el que cree que le disimula su calvicie. El bigote le compensa lo pelón. No hago otra cosa que oírle la cantinela de mandón, mirarle el cuello sucio y fastidiarme con las uñas asquerosas de la del carrizo, nenorra sucia que no me quita los ojos del morro y corta las servilletas mecánicamente, hasta que entra un escándalo: el mocoso que vuelve a chillar desde adentro con un berrido infantil machucado. —No me va a dañar el día este muchacho— dice para ella y le oigo. Pido un vaso de agua. La encorvada del aseo va y le trae al patrón un café hirviendo en un mug negro con un enorme altorrelieve en letras doradas “Chicago Bulls”. El chillón sube el tono hasta volverse alarido. Ella, como si no tuviera oídos, enciende un cigarrillo rubio que saca de una cartera anaranjada. La del aseo me entrega el agua, y a la fumadora, un café de complemento. Doy un sorbo en ese vaso desechable. Por entre el agua le veo el mal sentado a la Yuddy. El don pone su mug sobre unos papeles y unos talonarios firmados con un garabato iletrado y compulsivo. La Yuddy, antes de atender al chillón por allá en el fondo, le muestra con los ojos mis pies al patrón y le dice —Tal vez 37—. El pitillo no se le cae de la ranura. Ella sabe para qué se lo pone ahí, ¡sí que lo sabe la muy zorra! Él confirma la talla sacudiendo la cabeza. Doña señora, señorita o lo que sea se mete en la penumbra, se lleva las tijeras y con las pepas de ojos saltones me mira cuando el patrón ya no mira; sé que ella me sigue mirando el bulto. Ando sin un peso. La insinuante se jalona el pitillo y la tira del sostén, y le brilla el barniz de las uñas que no tapan el desaseo. —A ver, ¿qué le pasó muñeco? —oigo por allá y el eco se interrumpe con: —¿Le gusta el lugar? —Es don Bigotes morrongo haciéndome girar la cabeza hasta su voz seca —¿Le gusta esto?
—Apenas lo conozco.
—¿Cuál es que es su nombre?
Me pongo uno de afán y le digo que vengo recomendado por don Tulio Echeverri.
—Ah, ya... y, ¿a qué se dedica? Es que no tiene cara de mesero.
—Estudio diseño. (Ganas).
—¡Venga para acá! —“¿Venga...? ¡Se dice ‘¡hágame el favor’, patrón!”—. Cruzamos hacia el fondo por entre las mesas y los taburetes encaramados. Afuera el sol hipnotiza a los de la fila. Todos queremos salir con empleo incorporado. Unos buenos billetes no caen mal en el malestar. El patrón va hacia una lámpara encendida en un rincón. El ventilador zumba cortando la música; el chillón ya no chilla. El tipo se sirve en el mug un jugo alicorado, no ofrece, tampoco le recibiría eso a esta hora. Hay más papeles. Se arranca el lápiz que cruza la patilla y se rasca el orificio de la oreja con el meñique.
—¿Vino para quedarse con el puesto?
—Por la solicitud...
—Abrimos a las 5:00. Le cuento que el boleo comienza a las 6:00 y sepa que esto es nocturno... Hasta las 2:00 de la madrugada. Nos vamos temprano.
—Aquí está fresco —le digo para desacalorarme.
—Está por el aviso, ¿o por la sombra? (Me gané su geniecito de moscote).
—¿Qué hay que hacer?
—Meseriar. Si le interesa, lléneme estos datos —y arrima un papel. Va a la barra; y de un depósito saca un tabaco venoso. Lleno el papel de afán. (No le cuento de la abuela, ni de nada). Necesito el trabajo y los pesos. —Necesito dinero para el estudio —le digo. Entrego la hoja llena con un lapicero goterón que me mancha el bolsillo. El viejo lee de afán.
—¿Y quiere ser mesero, conocer el arte de ser mesero?
Ser, precisamente ser ¡no! Parecer ¡sí! (No le digo eso).
—¡Sí! Necesito el trabajo para pagar el estudio —digo sin corridos, es mejor una entrada fija que pelusas—. Puedo ensayar.
—Oiga joven, y con diseño, ¿sabe pintar? Necesito un favorcito: nos puede ayudar cambiando los signos en las puertas de los excusados. Los clientes se equivocan mucho.
Veo allí pintados un bastón para caballeros y un maldito paraguas para ellas. ¿Quién no se confunde así en un bar-grill-parrillada-mariachis-no cover con unos tragos volteando dentro de la cabeza y esos coros machotes de los músicos babeando sus trompetas? ¿Quién le dijo al que hizo esos símbolos que somos cojos y las mujeres escampadas debajo de paraguas? Le haría la señalización con unas calaveras riendo, la Santa Muerte que se burla del prójimo: para la puerta de damas haría una calavera de labios pintados; para la de los tipos, una calavera del montón con bigote.
—¿Y cómo hace lo del oficio de mesero?
—Aprendo fácil. (Caminar culiapretado y a mil por hora, sin brincos, sin tropiezos, bandeja arriba, mantener el nivel del líquido sin agites... ¿En qué les puedo servir, necesita algo?, etc.). Eso no es tan difícil. ¿Y la paga?
—Pagamos esto por noche... —el patrón muestra tres dedos—. Empezamos a las seis y se acaba a eso de las dos de la mañana. Con lo que gana aquí paga sus estudios. Es un trabajo limpio que le conviene y se saca su buena tajada de propina—. Hago cálculos multiplicando por seis días y luego por cuatro semanas y sumo propinas un 20%, o algo así. —Mire si le sirve—. No digo nada. Me equivoqué en la cuenta: vuelvo a multiplicar los dedos del tipo por seis, por cuatro, más una quinta parte; eso me da algo.
—Y al trasnocho, ¿le jala?
—Si vale la pena, vale la pena —anoto.
Él agrega: —La gente que viene se mete sus chorros, hablan lo de ellos, oyen el show los fines de semana y, encendidos, sueltan buenas propinas. Esto le conviene, artista.
(No me gusta ese chistecito) —¿Cada cuánto pagan?
—Por décadas.
Divido el resultado de ahora en tres décadas para proyectar por cuánto va a salir el cheque. Matemáticas invisibles que aprendí en los cruces. —¿Y qué más hay que hacer aparte de aguantar equilibrio?
—Primero, que a usted no le guste el trago, atender en las mesas, servir a los clientes lo que pidan, acosar, sonreír, ser atento, no meterse con las damas que llegan, ganarse la confianza, limpiar las chorreadas, ser rápido y limpio y estar dispuesto a oír y hacer sólo lo que haga que este negocio se mueva y crezca. —Mueve los dedos como si tuviera billetes transparentes—. Además, no sobra que usted, si tiene vena de artista, nos colabore con el decorado, por ahí por los laditos. Le doy algo de más.
El patrón fuma, fuma y fuma. Se rasca, camina, fuma, se rasca. —¿Quiere picada?—. Se embute con un manotazo de coco revejido, mango verde y palomitas de maíz.
—¿Cuándo comenzamos a trabajar? —dice atarugado y seco, y bebe de su mug cuando tose. Es odioso oírle el tono mandón de su voz distante y rellena, y cómo se le suelta un sonido nasal apretado. Así que con esa boca rota de patrón comenzó a decir: —Véngase por la tarde, ya que está recomendado por Echeverri. Déjeme estos datos. Cómprese un chaleco vinotinto. Aquella le dice en dónde lo venden —y señala con la cabeza hacia el fondo donde ya no están las pepas de los ojos de Aquella. No sé si “aquella” es la tal Yuddy o la vieja limpiadora. Qué más da. Sigue: —Póngase un pantalón negro, camisa blanca de mangas largas, no se doble los puños, ajústese una correa negra y calce mocasines vinotinto. Yo se los presto. Ese es el conjunto. ¿Cuánto calza...?
(Calzo como un paticortico) —37.
—Número de correlón. Éstos están casi nuevos. —Abre una repisa con más pares. Todos pequeños—. Meseros patones número 42 no me gustan, esos son acabarropas y lentos.
A éste el que le sirve es el que tenga pies en el lugar de las manos: un cuadrúpedo. Le pondría la bandeja en el lomo, una docena de vasos y... ¡rapidito atienda las mesas!
—Aquí le regalo el corbatín que le hace juego al uniforme. Tengo varios. No estrangula. —Saca sin mirar de una gaveta, junto a los trofeos, un moñito con resorte de calzoncillo viejo y dice que el caucho va detrás del cuello y que no se nota mucho.
—Allá se cambia la ropa. ¿Es usted amistoso?
—Lo creo —le digo.
—¿Es seductor?
(¿Seductor sin un peso en el bolsillo?) —No mezclo ese asunto con trabajo. No soy un lobo. —La Yuddy viene sola y escucha; le brillan los ojos y las tijeras.
—Lo sé, lo sé, amigo, sepa que viene es a trabajar... ¿Entiende? Esta noche nos veremos y firmamos el contrato. —La Yuddy sigue jugando con el pitillo y lo mete en la boca para chuparlo. Afirma con la cabeza. La Yuddy chupa y se oye lo que chupa.
El patrón no para de hablar fumando, comiendo, masticando. El aire sube y se golpea en el ventilador y la Yuddy corta la sombra con el filo de las tijeras para ponerle una queja de ese muchachito, que no lo aguanta más. Ella se queda mirándome y don Edelio se soba el bigote pensando lo que pienso de ella y de su negocio. De ella: lo que muestra. De lo otro: si me sostiene.
La música se hace grande cuando cae en el silencio, pero no dura mucho el silencio porque el mocoso vuelve a berrear como si se le separara el alma del cuerpo. La Yuddy acaba el niño a palmadas, lo sacude, se arregla la falda y cruza las piernas. Le embute las palomitas de don Edelio al chillón que se atraganta y no llora más. Se lame entre los dedos.
—¿Dónde vives? —pregunta ella asomando el muslo.
—En el Cerro.
Entonces don Edelio retoma su voz de mando: —La gente se educa para el empleo, no para el trabajo. Yo le enseño a trabajar y usted me ayuda en el negocio. Venga esta noche —dice con un gesto masticado. —Muévase a conseguir el uniforme. ¡Escúcheme! Seré su jefe. No habrá otros. —La mira.
—La clientela manda hasta cierto punto y ese vestido es clave. ¡Consígalo! —Él fuma y come y se bebe su trago, todo a la vez—. Traiga los recibos de lo que le cueste el chaleco. Hable con ésta, que le dice en dónde consigue las cosas. —Ésta lo mira y se lame el pintalabios—. Y la primera década le repongo lo que le valió todo eso. No le pago el pantalón; eso es cosa suya, pero que sea negro. Ensucia menos y se neutraliza en lo oscuro. Usted sabe... no se asustan los clientes cuando los atiende y así le abren más campo. Además, el vinotinto del chaleco es elegante, usted que es artista lo sabe. —Le suena coco lo que mastica—. Con calma hablamos después, del asunto de la decoración con espejos.
Me despido cortésmente. El ventilador agita sus aspas y cuando la mujer estira las uñas para seguir cortando servilletas, don Edelio Moscote le pide que le reclame un cheque, como por deshacerse de ella y de ese mocoso. Ella coge el vaso desechable con el poco de agua que dejé, no dice nada, no pide permiso, no tiene normas de higiene y se boga el contenido como un animal sediento. El niño embutido vuelve a moquear sus gritos de contemplación. Voy a salir y la Yuddy con afán me empuja con el muchachito. ¡No le importa ese llanto! Quiere salir como alma endemoniada. Salta el palo de la escoba que la cincuentona encorvada trae y lleva en su oficio. Se lame el pitillo y chupa.
—Estoy solitaria, ¿entiende? —me susurra. El viejo fuma ese sucio tabaco y ordena las servilletas regadas en la mesa. Grita que siga el otro y le grita a la que hace aseo: —¡Dígale que se lleve de una vez ese muchachito y tráigame más palomitas que me las acabaron!
Le digo a ella que debería practicar la soledad. Estruja al niño. La música fastidiosa se queda sonando. Sacude el trasero. Las patas de los taburetes nos ocultan. El chillón, cansado de llamar la atención, se traga el llanto. Ella se despide y mueve con las lunas sucias de las uñas una pestaña repintada. Se va sudando insinuaciones. Pasamos debajo del marco de la puerta. Me lanza la mano y me coge el sexo. En el pasillo de entrada hay un grabado que se llama “el enamorado”: es un hombre dándonos la espalda que abraza a una mujer, y al lado, una cantidad de bestias endemoniadas se llevan una copia del tipo, lo arrancan de los brazos de ella y lo arrastran al fuego. Por la puerta sólo cabe uno.
—Despéguese o sóbelo con disimulo. —Paso empujándola. Entonces la Yuddy, calentona, aprovecha que está tan cerca de mi oído:
—Oye mi amor, ¿me vas a dejar sin empezar? —Me callo. Ella con voz de derribahombres y afanosa, tapándose del mocoso y del patrón, suelta—: Se necesita plata para todo.
Ella no se despega y las patas de los taburetes rojos encaramados sobre las mesas sin mantel tapan al patrón. Así que la insinuante vuelve a retacar lamiéndose el meñique. —¿Se necesita plata para vivir...—. (y para morir). Callo de nuevo.
Así que doña señora, señorita o lo que sea estira la nuca resbalosamente y con voz solapada me dice: —Los prietos comemos yuca fresca. Vuelva, que todo lo vence el amor o la pata de cabra. —Los de la fila se dan cuenta que me agarra. El que sigue en el turno entra. Le miro los zapatos y calculo que calza 42. ¡Acabarropas!
Adentro, don Edelio con un poco de babas se acomoda en los espejos el mechón frontal sobre la calva, y se pone bien puesto el lápiz en la oreja, luego se persigna frente a la lámina vieja con el Papa sombrerón que mira el bar-grill-parrillada-mariachis-no cover, sin clientes, y a Su Santidad no se le ven los ojos para saber qué es lo que mira.
La Yuddy sale encartada con el niño estrujado y con ganas de amañarse conmigo. Se ofrece para llevarme en taxi. Ataja uno con un silbido, así que le pido un anticipo y ella hace que la acompañe por lo del cheque. Luego descarga el estorbo infantil donde una amigota, se lanza para cogerme y me pone dentro del taxi un beso con sabor a óxido, se recoge el camisón en el cuello y no me gustan los fisgones... Nadie tiene por qué enterarse de más... Tengo mis secretos. Después llegaría la jugarreta.


Juan Carlos Restrepo Rivas
Vive en Medellín. Combina muy bien las labores de escritor con las de editor y diseñador. Tan bien, que es socio y editor de Tragaluz Editores con la que ha obtenido importantes distinciones, como el Premio Lápiz de Acero 2007, categoria editorial. Y por el lado de la literatura ha obtenido: el IV Concurso Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín, 1998; el Premio Internacional de Narración “Julio Cortázar”, Murcia, España, 2001; el VIII Concurso Nacional de Novela Cámara de Comercio de Medellín. Ha publicado Novillo suelto y otros cuentos, 1999; la novela Patios enrejados 2007, y prepara la edición de El son del solo.


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