Osito


Juan Miguel Villegas


El oso polar quiere bailar con ella pero ella no se siente bien esta noche, dice, disimulando con un pestañeo la repulsión que le produce el enorme animal de pelo blanco y aliento de pescadería abandonada. El oso acepta cordialmente las excusas, pero regresa a su rincón sintiendo que le han mentido, y a pesar de la penumbra y los juegos de luces logra vigilar desde lejos a la joven, que ahora se alisa el vestido y levanta el mentón como esperando entre la concurrencia algo más digno de ella que una apestosa montaña de peluche ártico. El oso guarda tanta compostura como puede, pero le es imposible reprimir cierto gorjeo gástrico, un leve carraspeo en el esófago y una asfixiante vibración en los pulmones. Los grupos de invitados rondan por el amplio salón, islas flotantes que se contraen y se expanden según la conversación o la estridencia de la música. Y en medio de esa marea la joven escapa a la vista del oso polar, cree. Como es una mujer hermosa a pesar de su soberbia, no tardan en rondarla otros machos, de traje, bañados en colonia, peinados con ahínco y zapatos de charol. Se paran frente a ella, fuman, se sostienen las solapas con índice y pulgar y dicen "linda noche", "buena fiesta", "¿bailamos?". Y aunque rechaza a un par de especímenes bien formados –tal vez un poco faltos de arrojo, quizás algo afeminados o con zapatos ligeramente viejos- no logra resistirse al fin ante el despliegue de un tipo de hombros anchos y talle erguido, cabellera negra revuelta cuidadosamente y una flor en el mismo bolsillo en el que guarda un pequeño atado de cigarros delgadísimos. Feromonas, tabaco, sudor, perfume y grasa la dominan por la vía del olfato, y la convicción visual de la potencia física del hombre la seducen. Aún así, acepta bailar una pieza con actitud indiferente. Pero el oso polar lo ha visto todo: cada gesto, cada milimétrica expansión de las fosas nasales de la hembra, cada minúscula gota de sudor que se ha formado encima de sus labios o en el pliegue vaginal de sus axilas. Y si no es odio ese magma que lo carcome por dentro y lo obliga a adoptar una postura que nadie logra interpretar como de ataque, en cualquier caso es algo muy cercano a un primitivo instinto de mutilación de un enemigo y todo aquello que pueda ser considerado cómplice. Avanza hacia ellos. Algunas parejas alcanzan a mirarlo con ternura sin dejar de bailar, y no falta quien le acaricie levemente el lomo o intente rozarle la punta de la cola. El oso ni siquiera se da cuenta, ensimismado por el zumbante aturdimiento que está a punto de hacerle estallar el cráneo. De un manotazo seco arroja al hombre contra el ángulo que forman la pared y el techo en una esquina de la sala y cae muerto, el parietal roto y ciertas vértebras cruciales astilladas. Y antes de que nadie pueda hacer nada toma a la mujer por la cabeza y la sacude en el aire, sus garras curvas y afiladas hundidas en ese cuello endeble, y aunque logra rasgarlo y hacer brotar chorros de sangre que salen despedidos en redondo no logra desprender la cabeza del cuerpo que se niega a abandonarla. El efecto es tristísimo. Piel hecha trizas. Manchas viscosas encima de todo. Una fiesta estropeada. Sonido de sirenas que se acercan.

Juan Miguel Villegas
Periodista, creador de la Agencia Pinocho y padre de la bellísima Violeta que ya cumple los 5 años.


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