Harley-Davidson

 


Ana María Cadavid

 


El parqueadero se iluminó. La farola y el rugido que la seguía destellaron contra el cemento. Esperé.
—Buenas noches.
—Buenas —respondí sin mirarlo.
Dejé que se fuera en el ascensor. Sexto piso. El apartamento de los López.
Al subir, poco después, recordé los almanaques que mi papá coleccionaba, en especial el de las motos. Me encantaba. La de septiembre era mi preferida.
La solidez de la atmósfera se rompe y pasa la luz dorada del final del día. Hay un hombre en motocicleta. Acaba de llover. Él llega con el sol en la cara, mira a la cámara, me mira a mí. Me mira por toda mi adolescencia.
Noveno piso
Levantando los meses, casi al final, lo encontraba radiante. Satisfecho de llegar al límite de un paisaje interminable, abismalmente plácido bordeando el principio de la noche.
Abrí la puerta, fui a la cocina, saqué la carne, prendí el fogón. Más tarde llegó Jorge, tiró el maletín en el sofá y se sentó a comer. Hablamos del calor y del tráfico.
—Los López tienen visita —dije, mientras nos acostábamos.
—¿Sí?
—Un harlista —y no dije más.


* * * * *


Una joya reposaba en el parqueadero, entre columnas de cemento. Todos los días la rondaba. Sin pasar la línea amarilla, me quedaba viéndola. Una fascinación que se amañaba en mi mente, mientras conducía al trabajo.
—¿Le gusta?
—¡Me asustó!
—¿Le gusta? —insistió, con una sonrisa.
—Sí, me encanta: es una belleza —respondí ruborizada.
—Es una seductora, todos la miran pero hay que montarla. ¿Quiere dar una vuelta para que la sienta?
—No, gracias —y como cuando cerraba el almanaque, agregué— tengo que irme.


* * * * *


Un día de julio lo encontré a la salida del trabajo. Caminamos hasta el parqueadero. Separados por la línea amarilla marcada en el cemento, me dijo que él no era de los que ostentaba la motocicleta el fin de semana, que la tenía para todos los días.
—¿Aunque llueva?
—Sí, aunque llueva.


* * * * *


Agosto, verano y tráfico. Atascada entre los carros, pensaba en él. Esa moto no es como el enjambre de Vespas que se pelean la largada en el semáforo. No, la Harley es majestuosa, pasa despacio, en cámara lenta te rebasa y después, cuando la tienes al frente, ruge y se va... desapareciendo de tu vista. Eso pensaba, inmersa en el horno de mi carro, cuando lo vi venir por el retrovisor de la puerta. Me miró. Abochornada, le sonreí. Y llegó despacio, permaneció unos segundos sosteniéndome el paso y se fue... Y se quedó dando vueltas en mi mente por el resto del día.


* * * * *


En septiembre el clima cambió. Llovía. Los vidrios estaban empañados. Sofocada por el tráfico abrí la ventanilla. Un ruido me alertó. En el espejo, entre las gotas de agua, estaba él. Un segundo fue suficiente para que en un resbalón me estrellara contra el parachoques del frente. Uno tras otro, cinco carros me siguieron en el descuido. Un choque en cadena. En medio de las miradas curiosas, sus ojos.
—Ya no tiene carro, ¿qué va a hacer?
—¿Qué puedo hacer?
—Puede hacer lo que quiera ¿Qué quiere?
—Poder y querer no van juntos.
—Entonces escoja.
—Eso es lo que no quiero: escoger.
—Piénselo. Mañana la recojo y la llevo a su casa.
Y lo pensé en la cocina y en la mesa y en la cama. Pensé en decirle a Jorge, en pedir permiso, en llamar a un taxi, pero estaba segura de que el calor de la sangre subiendo por mis mejillas me traicionaría y no abrí la boca.


* * * * *


—¿Está lista?
—Es mejor que no pregunte.
Monto despacio. Y arranca. Mis manos, que no saben de donde prenderse, se enganchan en los pasadores de la correa. Tensa, permanezco inmóvil hasta que la inercia me hace caer sobre su espalda. Entre las piernas, la potencia de mil caballos; ceñido a mi pecho, un harlista. Abrazada a su cintura, con el viento en la cara, vamos volando por la calle. De repente veo un carro plateado que como el de Jorge tiene los vidrios oscuros y entonces le digo que voltee, que busquemos otra vía, y otro de esos plateados me sorprende en el cambio de semáforo, y con señas lo insto para que haga un viraje, para que cambiemos de ruta y, mientras nos escurrimos entre las calles, sigo viendo más y más carros, tan vigilantes al paso de la Harley, que le pido que vuele, que me lleve lejos.
Los carros, los edificios y las personas se van borrando. Fundidos con la moto, vamos penetrando el paisaje. Al otro lado de la carretera, tras la línea amarilla, una flecha señala el retorno.


Ana María Cadavid
Arquitecta y ama de casa que torció el rumbo asistiendo a los talleres literarios A mano alzada y Letras. Ganadora del concurso Las 700 del ego de la revista El Malpensante. Autora del cuento infantil Bitácora de Luna y del juego de mesa Pisingaña.


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