Para llorar

 


Chimamanda Ngozi Adichie

 


Traducción del inglés Ana Lucía Uribe

 


Nuestro casero molía los ajíes con la mano de un mortero de madera en forma de falo, o utilizaba la licuadora cuando mi madre estaba de buen humor para dejársela usar. Y cuando sacaba por cucharadas la masa machacada lista para la olla de guiso, mis hermanos, Okey y Kenechukwu, y yo, tosíamos y tosíamos, nuestros ojos lloraban, nuestras narices moqueaban. Los ajíes eran amarillos y arrugados. Se llamaban ose Nsukka, “ajíes Nsukka”, en honor del polvoriento pueblo en el este de Nigeria donde me crié. Se decía que sólo daban en Nsukka, donde la tierra era del color del cobre, y que los comerciantes venían desde Lagos, Abuja y Kano hasta Nsukka sólo para comprarlos.
Mis hermanos y yo no pasábamos mucho tiempo en la cocina. Había muchas otras cosas para hacer, los muñecos de papel recortado para jugar en el salón que compartíamos en el piso de arriba, el balón para patear en el patio trasero, el gallito de badminton para golpear sobre una cuerda amarrada entre dos árboles de franchipán. Excepto los domingos. Los domingos eran diferentes del resto de la semana; el ritmo era más lento, el aroma a humo y las ondas de la música típica a lo lejos, y una quietud en el aire como si los árboles y los saltamontes —la naturaleza misma— estuvieran descansando, como si estuvieran imitando a Dios. Aunque nunca nadie nos pidió que lo hiciéramos, mis hermanos y yo también descansábamos. Íbamos a la cocina después de misa, nos sentábamos alrededor de la mesa y observábamos la manera como nuestro casero se inclinaba hacia atrás después de echar las cebollas en el aceite caliente, la manera como sus mejillas se inflaban cuando soplaba el capacho del arroz, la manera como frotaba la piel de los frijolitos húmedos que más tarde mezclaría con especias y tomates para hacer moi moi. Nos contaba sobre sirenas que salían de los ríos para seducir a los hombres con bolsas de dinero. Nos contaba sobre las brujas en su aldea nativa, mujeres que se convertían en murciélagos durante la noche y volaban hasta lo alto del árbol más alto para hacer reuniones y decidir el bebé de quién moriría de enfermedad, el útero de quién sería inutilizado, el hijo de quién no progresaría más en el taller de aprendices. Las historias siempre terminaban con las brujas detenidas, expulsadas o muertas. La fórmula —las historias mismas— se convirtió en un ritual de los domingos al igual que la misa. Observábamos y escuchábamos con una fe anhelante, en un silencio solemne, mientras él empezaba a moler o a licuar los ajíes, entonces nosotros tosíamos y corríamos al baño a sonarnos.
Fue uno de esos domingos, poco después de que nuestro casero machacara los ajíes, que mi madre me llamó al segundo piso y me dio mi primer sostén. Blanco y con encajes, olía a las bolas de naftalina de su baúl. Todas las mujeres de clase media igbo que yo conocía tenían un baúl como el de ella, de metal negro al estilo antiguo, cerrado con uno o dos candados, lleno de paquetes de papel estampado, pañuelos para la cabeza, complicadas blusas con mangas bombachas, viejas cajas de confites de metal con collares de coral y aretes de oro. Y muchas, muchísimas bolas de naftalina, blancas y brillantes y en forma de huevitos.
“Te compré el sostén hace un año cuando vi que esas cosas empezaban a asomarse por tu pecho”, dijo mi madre en igbo. Me puse el sostén al frente del espejo. Ella lo abrochó.
“Si hubiera esperado más tiempo no te hubiera servido”, murmuró, mirando de manera crítica los festones de encaje sobre mi pecho. Entonces dijo: “¿Por qué lloras?”. Su voz sonaba impaciente, afectuosa y divertida, todo a la vez. “Un sostén es en realidad un chaleco corto; te acostumbrarás a él. Él significa que ahora eres una verdadera agbogho, una chica mayor”.
Me sequé los ojos y dije, “no estoy llorando, es por los ajíes de la cocina”.
Mi madre todavía insiste en que yo lloré ese domingo por la tarde del año en que cumplí 11 años, y yo todavía insisto en que fueron los ajíes los que me hicieron llorar. Pero quizá no fueron los ajíes. Tal vez fue el sostén. Tal vez fue la adultez del aro de metal y de las tiesas copas de encaje. O el hecho de que el sostén representaba represión, me echaba hacia atrás y hacia arriba. Tal vez él definía de una manera tangible mi diferencia con Okey y Kenechukwu, y sugería, como pronto habría de hacerlo, que estaría menos interesada en jugar fútbol con ellos y tirar palos a los marañones del árbol que daba sombra a nuestro patio trasero. Tal vez simplemente confirmaba la existencia de lo que había evadido durante casi un año: mis senos. Empecé por la época en la que cumplí diez años a evitar quedarme a dormir en las casas de mis amigas pues alguien podría fácilmente ver a través de mi delgada pijama que mi pecho no era plano. Evité las carreras de 100 metros que adoraba durante la clase de educación física. Y así cuando llegó el sostén, simplemente una pieza extra de ropa interior que debía usar sólo debido a mis senos, me vi forzada a confrontar su existencia.
Ya había hecho las paces con mis senos cuando nuestro casero nos contó sobre la manera de refrenar la promiscuidad con los ajíes. Ya éramos unos adolescentes mayores. Ya no nos sentábamos transportados cuando él hablaba; en vez de ello, pelábamos una naranja u hojeábamos los viejos periódicos en los cuales él más tarde esparciría el chin chin frito para que se secara. Una mujer de su aldea, dijo, quien descubrió a su hija teniendo sexo, la abofeteó, le afeitó el pelo, y luego abriendo con sus manos un ose Nsukka se lo metió a la fuerza entre las piernas. Funcionó. Él sabía de otras madres que habían hecho lo mismo y las chicas se manejaban bien después de eso. ¿Y qué pasó con los chicos?, pregunté. ¿Por qué nadie exprime ajíes sobre la punta de los órganos de los muchachos promiscuos? Nuestro casero se rió y me apartó con un ademán como si yo hubiera traído a cuento algo que era simplemente demasiado ridículo para tener en cuenta. Mi hermano sonrió vagamente y sacudió su cabeza de una manera que quería decir que esta clase de cosas nunca sucederían en nuestro mundo de gente educada que tenía jardineros y tomaba té. Nuestro casero empezó otra historia. La imagen se me quedó grabada: un ají amarillo picante metido a la fuerza entre los muslos de una muchacha.
En particular me preocupaba esta imagen en Navidad, pues era en Navidad cuando hacíamos sopa de ají —ese picantísimo caldo con carne y mondongo— y era en Navidad cuando comprábamos un saco grande de ajíes frescos. Nunca los usábamos todos. En enero metíamos los que sobraban en bolsas plásticas y los guardábamos en el congelador y luego los sacábamos y los dejábamos descongelar en un tazón con agua antes de usarlos para guisos y sopas. Otros los extendíamos sobre una estera para que se secaran al sol, luego los rociábamos en los recipientes de los fríjoles para alejar los gorgojos. Como la mayoría de las familias igbo, pasábamos la Navidad en nuestra aldea ancestral, Abba. Me encantaba ir a “casa” como la llamábamos. Tenía una idea romántica de Abba, un sitio donde lo antiguo aún sobrevivía, donde las tierras de mis tatarabuelos podían aún ser delineadas, donde las cosas aún no estaban contaminadas por la modernidad de Occidente, hasta la Navidad en la que iba caminando por el camino de tierra y una chica de la aldea delante de mí se resbaló y casi se cae y en lugar de una exclamación tradicional como “¡ewo!”, dijo, “¡fuck! ¡fuck!” en inglés. Cuando me le adelanté dejé mi romanticismo.
Los aldeanos nos llamaban “ndi ezi”, gente que vivía afuera, en las ciudades. Empezaban a entrar en tropel a nuestro complejo poco después de que hubiéramos llegado para dar la bienvenida a mis padres, para decirnos a nosotros los niños: “Ven, salúdame”, y apretarnos contra regazos que olían a mandioca. Luego se sentaban en círculo a esperar que les sirvieran. Durante los años de mi niñez, les servíamos a los aldeanos del común arroz jollof y carne en platos de plástico. A los huéspedes importantes les servíamos arroz, ensalada, carne y sopa de ají en la vajilla de porcelana. Nuestro casero molía montones y montones de ajíes, y cocinábamos en ollas inmensas debido a la cantidad de gente que hacía las rondas por las casas trayendo buenos deseos, chismes y expectativas de confortantes comidas. Pero con el transcurso de los años el arroz y la carne costaban más y más, no volvimos a servir comida. Servíamos sólo bebidas. “No”, diría el hombre si le ofrecíamos una bebida que ellos consideraban que no era suficientemente buena. “Sólo tomo cerveza Guiness”. Y la mujer diría: “la coca-cola me cae mal, sólo tomo maltina”.
Mi madre decía que los aldeanos siempre querían aprovecharse y obtener lo máximo de uno, y, ¿cuándo fue la última vez que pudieron pagarse una Guiness o una maltina? Sin embargo, era Navidad, y ella servía las Guiness y las maltinas. Me gustaba observar a las mujeres de la aldea, sus cuerpos delgados y fuertes y los raídos pañuelos amarrados alrededor de sus cabezas, y me gustaba escuchar sus conversaciones punzantes y despiadadas. Una vez, una mujer me miró y me dijo: “es una pena que tengas la piel oscura. Deberías haber sido de piel clara como tu hermano. Su apostura es un desperdicio en un muchacho. Las chicas deberían ser de piel clara; una piel clara atrae mejores esposos”. Había preocupación en sus ojos. Había irritación en los míos.
Después de que se marchó, mi hermano, el de la cara apuesta rió y dijo que ella era una simple aldeana que no sabía nada. Miré hacia otro lado e imaginé a esa mujer metiendo ajíes entre las piernas de su hija, y volteé hacia mi hermano y asentí en silencio, un silencio cómplice y complaciente.
Tomado de Gourmet, suplemento, agosto de 2006


Sobre la autora y su obra:
Habiendo sido criados en Nigeria, a Adichie y sus hermanos les gustaba observar a su casero moler ajíes en la cocina de la familia. Pero la autora de Hibisco púrpura, el cual fue nominado para el Premio Orange en 2004, no añora el sabor del hogar. Esta evocativa historia sobre la vida en Nigeria hace una declaración mucho más seria sobre lo que significa crecer siendo mujer en la sociedad africana.


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