El primer baile

 


Leonora Carrington

 


Antes de mi presentación en sociedad iba a menudo al parque zoológico. Iba allí tan a menudo que conocía mejor a los animales que a las muchachas de mi edad. Era también para huir de la gente que cada día me encontraba en el zoológico. La bestia que llegué a conocer más era una joven hiena. Ella también me conocía; era muy inteligente; le enseñé el idioma francés, y ella, a su vez, me enseñó su lengua. Pasamos así muchas horas agradables.
Mi madre había organizado un baile en mi honor para el día primero de mayo. Pasé sufriendo noches enteras. Siempre he detestado los bailes, sobre todo los dados en mi honor.
El primero de mayo, por la mañana, muy temprano, visité a la hiena.
— ¡Es fastidioso tener que asistir a mi baile esta noche! —le dije.
—Tienes suerte —me contestó la hiena—. A mí me gustaría ir. No sé bailar, pero puedo estar de palique.
—Habrá muchas cosas para comer —dije—. He visto camiones abarrotados de comida que se dirigían a casa.
—¡Y te quejas! —me contestó la hiena, disgustada—. Yo sólo como una vez al día, y aun las porquerías que me arrojan.
Tuve una idea atrevida.
—Podrías perfectamente ir en mi lugar —le dije, casi riendo.
—No nos parecemos bastante —contestó la hiena, un poco triste—. Si no fuera así, iría con mucho gusto.
—Escúchame —le dije—. De noche, con las luces, no se distinguen bien las cosas. Si te disfrazas un poco, te confundirás con la muchedumbre y nadie se dará cuenta... Por otra parte, tenemos más o menos la misma estatura. Eres mi única amiga; acepta mi proposición, te lo suplico.
La hiena reflexionó unos momentos sobre mi ruego. Yo sabía que deseaba aceptar.
—¡Hecho! —dijo, súbitamente.
Como era muy temprano, no había muchos guardianes. Rápidamente abrí la jaula y al cabo de unos instantes estábamos en la calle. Tomé un taxi. En casa todo el mundo estaba acostado. En mi habitación, saqué el vestido que tenía que llevar aquella noche. Era un poco largo y la hiena andaba torpemente con los tacones altos de mis zapatos. Encontré unos guantes para ocultar sus manos, demasiado peludas para que pudieran tomarse por las mías. Cuando el sol entró en mi habitación, la hiena dio algunas vueltas por la pieza, caminando más o menos erguida. Estábamos tan ocupadas, que cuando mi madre abrió la puerta para darme los buenos días, la hiena apenas tuvo tiempo de ocultarse debajo de mi cama.
—Hay un mal olor en tu habitación —dijo mi madre, abriendo la ventana—. Antes de que llegue la noche tomarás un baño perfumado con mis nuevas sales.
—Está bien —contesté.
No se quedó mucho rato en mi cuarto. Creo que el hedor era demasiado intenso para ella.
—No llegues tarde al desayuno —dijo mi madre, saliendo de la habitación.
La dificultad mayor era encontrar un disfraz para el rostro de la hiena. Durante horas y horas buscamos; ella rechazó todas mis proposiciones. Finalmente dijo:
—Creo haber dado con una solución. ¿Tienes una criada?
—Sí —contesté, perpleja.
—Muy bien. Llama a la criada, y cuando entre nos lanzamos sobre ella y le arrancamos el rostro.
Me pondré su rostro esta noche, en vez del mío.
—Eso no es práctico —dije—. Probablemente morirá sin rostro, y es posible que alguien encuentre su cadáver y entonces nos meterán en la cárcel.
—Me sobra apetito para comérmela —replicó la hiena.
—¿Y los huesos?
—También —dijo—. Entonces, ¿estamos de acuerdo?
—Sí; pero has de prometerme que la matarás antes de arrancarle el rostro, eso, por otra parte, le causará gran dolor.
—Me importa un bledo.
Llamé a Marie, la criada, un poco nerviosa. No lo hubiese hecho de no haber odiado tanto los bailes. Cuando Marie entró me volví hacia el muro, para no ver nada. Confieso que la cosa se hizo en un abrir y cerrar de ojos. Un breve grito, y eso fue todo. Mientras la hiena comía, yo miraba por la ventana. Al cabo de unos instantes, la hiena dijo:
—Ya no puedo comer más; quedan todavía los dos pies, pero si tienes un saquito, me los comeré más tarde.
—En el armario encontrarás un saquito bordado con flores de lis. Saca los pañuelos que hay dentro y tómalo.
La hiena hizo lo que le indiqué. Luego dijo:
—Vuélvete y mira qué hermosa soy.
La hiena contemplaba en el espejo su imagen con el rostro de Marie. Se había comido cuidadosamente toda la parte que rodeaba el rostro, para que quedase solamente lo que se requería.
—Ciertamente, lo has hecho muy bien —dije.
Al acercarse la noche, la hiena, ya vestida, me anunció:
—Me siento muy animada. Tengo la impresión de que esta noche mi éxito será completo.
Después de haber oído sonar la música abajo durante un rato, dije a la hiena:
—Ve ahora, y recuerda que no debes ponerte al lado de mi madre, quien seguramente advertiría enseguida que eso no soy yo. Por otra parte, no conozco a nadie. ¡Que tengas suerte!
Di a la hiena un beso de despedida. Hedía mucho. Había caído la noche. Fatigada por las emociones del día, tomé un libro y, cerca de la ventana abierta, me entregué al descanso. Recuerdo que leí los Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Esto sucedía una hora antes que se anunciara el primer signo de desgracia. Un murciélago entró por la ventana, chillando. Me asustan terriblemente los murciélagos. Castañeteando de dientes, me oculté detrás de una silla. Acababa de arrodillarme, cuando el batir de alas fue ahogado por un gran ruido en mi puerta. Mi madre entró, pálida de furor.
—Apenas nos habíamos sentado a la mesa —dijo—, cuando algo que estaba en tu lugar se levanta y grita: “Hiedo un poco, ¿no es verdad? Bueno, yo no como pastelillos”. Tras eso, se arranca el rostro, se lo come, da un gran salto y desaparece por la ventana.


Leonora Carrington (Inglaterra)
Pintora surrealista. El presente cuento hace parte de su libro “La dama oval”.


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