Una vieja maldición...

 


Gisele Pineau (Guadalupe)

 


Traducción del francés: Pablo Montoya

 


Lo que voy a contarles ahora debe permanecer oculto hasta siempre en el fondo de sus sesos. Escuchen bien, pero no lo repitan. Dominen sus lenguas. Cosan sus mandíbulas...
En cuanto a mí, que tengo la costumbre de mirar con ojos desorbitados en la oscuridad, me adueño de fuerzas diabólicas para molestar y poner al orden del día esas verdades que duermen desde hace tiempo en el gran libro de la historia de Haute-Terre...
¿Acaso ya olvidaron al padre Sosthène... el tipo del sexo insaciable...? ¿el viejo papá de Leonce? Ustedes se acuerdan, estoy segura, de la desbandada del negro... y luego de la cura milagrosa, gracias a las fantásticas manos de Man Ninette... y también del calzoncillo lavado con agua bendita que abatió el ilógico verdor del viejo hombre.

 

La guerra


... A pesar de la penuria de los tiempos malditos, padre Sosthène encontró siempre el medio de procurarse el agua bendita para lavar sus calzoncillos; y preparar de este modo, en su dignidad recobrada, el camino de su vida eterna; y conjurar definitivamente el gran mal que había envenenado una buena parte de su vida... Sí, sin risas, el momento de hablar de conjuros ha llegado...
¿Acaso creen natural que un hombre, durante toda su vida, sufriera una esclavitud parecida... incluso tanta que, algunas veces, llegó a sentir placer por eso?...
¿Acaso consideran que el agua bendita puede curar un simple defecto de la naturaleza?... ¡No hay más que el Bien para combatir el Mal!
¿ Acaso Nuestro Señor, por intermedio de Man Ninette, hubiera podido actuar, si no se tratara de Lucifer en persona que levantaba, entre todas las mujeres, la prole espectacular del padre Sosthène?
¿Y acaso no era este mismo demonio el que enceguecía las criaturas hembras, y las llevaba a sucumbir en la tentación y las preñaba sin dificultad?
¿Acaso ustedes no sienten ahora el olor satánico?...
¡Pobre Sosthène!
En enero de 1966, padre Sosthène tenía ochenta años de vida terrestre. De los cuales veinticuatro eran de vida natural (antes de la verga hechizada); veinticinco de vida animal (¡ustedes saben por qué!); y treinta y un años de vida con el agua bendita (el calzoncillo-escudo).
Cayó, ¡blip! en mitad de la iglesia... en ese momento en que, cada domingo, él recibía la limosna de los cristianos reunidos para las obras de su buen cura, el cual le bendecía por damajuanas el agua para lavar su ropa...
... Se dice que la millonésima limosna le hubiera sido fatal... después de haberse encontrado, en su chaqueta, una pequeña libreta en la que anotaba, con aplicación, los ingresos de todos los oficios, desde el comienzo de su redención... tal domingo: tanto; tal otro domingo: tanto; domingo de ramos: tanto; tercer domingo de pascua: tanto; etc. y, el día de su muerte... pura coincidencia o tal vez cálculo sabio, su libreta estaba terminada. No quedaba ni una sola línea virgen. Entonces... ¿habría hecho un pacto con Dios o con el diablo, firmando con el término de su libreta el desenlace de su propia existencia?... ¡Se ha dicho eso... se ha dicho! Sea lo que sea, convengamos en ello, he aquí una explicación puramente matemática...
Algunos han tomado otra dirección. En efecto, luego de haber puesto su cuerpo bajo el almendro que da sombra a las comadres y a la gran cruz plantada a treinta pasos de la iglesia, apresuradamente se deshicieron camisa y pantalón para airear el cuerpo (todavía caliente, pero ya muerto) de Sosthène. Y se encontró allí un calzoncillo... la tela podrida por el lavado... o por el espíritu del maligno... Y el calzoncillo estaba atravesado por un género de culebra negra y tiesa. Desgraciadamente, el calzoncillo agujereado no era un escudo fiable. Padre Sosthène había estado erecto por última vez antes de ser fulminado por el aire viciado... Indiscutiblemente, aquí tenemos una explicación química...
En fin, otros juran que, esa mañana, Sosthène estaba atrasado. Se había vestido con precipitación, para evitar los regaños del señor cura. Pero, al contrario de lo que fue dicho anteriormente, no era un viejo calzoncillo lo que llevaba ese día funesto... ¡Palabras inútiles de mujeres viejas, demasiado imaginativas! Era un calzoncillo nuevo, flamante. Una inauguración que se escondía bajo el pantalón de tergal y no un vestigio de calzoncillo... Un día antes de la víspera, Man Ninette se lo había comprado donde el Sirio de la Punta. Y él, como de costumbre, antes del uso, lo lavó con agua bendita y luego lo puso a secar sobre una piedra limpia del patio... Pero aquí todo se complica... En la mañana, abrochándoselo, lo enredó con el cordón que era demasiado largo... ¡Entonces, imaginen! A fuerza de tanto levantarse, de sentarse, de arrodillarse, y de levantarse de nuevo durante el oficio, el cordón estranguló, a fin de cuentas, la santa virilidad de nuestro hombre, que no se atrevió nunca, en la casa de Nuestro Señor, a introducir la mano en su pantalón para poner en su sitio cada cosa. Sí, seguramente, aquí está la explicación física...
Ustedes pueden ahora sonreír por esas sórdidas invenciones que las gentes de Haute-Terre han murmurado desde hace tiempo...
Sí, sí, sonrían, porque les voy a decir ahora la verdad, sin disimulos ni rodeos, que guardarán secretamente en sus corazones... Pero, antes de toda revelación, debo narrarles enseguida la patética historia de Eléonore-cinco-dedos y de Marie-Josèphe...
Marie-Josèphe, llamada así en homenaje a los santos padres del Cordero de Dios, era la hija sin papá de una de esas mujeres originarias de Pointe-Noire, a quien se le llamaba, sin maldad, Eléonore-cinco-dedos... sobrenombre que se remonta a un tiempo lejano en que un sablazo temerario le llevó la mano derecha, de un solo golpe. Obra sin gloria de un concubino ebrio que no era el progenitor de Marie-Josèphe... según los dichos de Eléonore. Hoy, después de reflexionar, y conociendo mejor el corazón de la mujer, no me dejaría cortar mi mano por jurar por su buena fe. Sea lo que sea, el inmundo malvado salió de su vida y de la fresca inválida con un chorro de amoniaco en plena cara que lo volvió ciego en un santiamén...
Marie-Josèphe era una chiquilla cuando todas estas tribulaciones estremecieron el destino de su madre, Eléonore-cinco-dedos. La pequeña no guardó el recuerdo del malvado, pero sabía (ya que su infancia entera había madurado bajo esa sola repetición...) que los hombres, incluso aquellos de bello rostro y hermosas frases, no eran animales propios para frecuentar de cerca.
Eléonore-cinco-dedos aseguraba que la raza de los concubinos, más que cualquier otra, engendraba lágrimas, sufrimiento y miseria. Y puesto que un día sería necesario que su hija Marie-Josèphe se comprometiera con un varón, entonces... la condición inevitable era el anillo de matrimonio antes de los pálpitos lujuriosos intercambiados en un bosque sin salida.
Un día, Eléonore visitó una vieja adivina de renombre:
“No quiero concubinato para Marie-Josèphe. No quiero que ella pase por sinvergüenza ante la muy santa Virgen María y el dulce carpintero...
—Dime sin rodeos, desde el fondo de tu corazón, Eléonore.
—Quiero que les impidas a los negros el vagabundeo alrededor de ella... ¡y sobre todo que entren en su cuerpo antes de haber recibido la bendición del señor cura¡
—¡Muy bien! ¡Muy bien!, dice la vieja bruja. Tráeme la joven virgen... mañana por la mañana, poco antes del canto del gallo. Si llueve, si hay mucho rocío, vuelves el día después, a la misma hora, pues el espíritu que solicitaré no sale jamás en buena gracia si las mañanas son húmedas... ¡Ah!, lo olvidaba... ¡no hables con nadie hasta tu regreso!
Al día siguiente, con el aire seco, la madre y la hija, provistas de lo necesario, golpearon a la puerta de la vieja... ¡Muy bien!... ¡Muy bien!, refunfuñó ésta.
Las visitantes del alba se ubicaron, una al lado de la otra, en un pequeño banco de madera mal labrado, mirando de soslayo la centena, o, más exactamente, la decena de cirios prendidos que iluminaban una gran cruz negra. Durante ese tiempo, la vieja quemó algunas hierbas, extrañas...
De pronto, un humo espeso y mal oliente estremeció el aire de la pieza. Entonces, la vieja mujer cayó en la tierra apisonada, y como agarrada por las náuseas, comenzó a vomitar ensalmos en la lengua de los iniciados. Eléonore-cinco-dedos, que había visto de esas cosas durante su vida pasada, resistió a la visión del aterrador espectáculo y, con su sola mano, se agarró con todas sus fuerzas al banco que recibía sus nalgas apretadas. Para Marie-Josèphe no fue lo mismo. Ella titubeó. Los ojos en blanco. Cayó de rodillas. Y luego, se derrumbó a los pies de su madre.
Desgraciadamente, no estoy en condiciones de narrarles lo que sucedió enseguida. Sepan sólo que cuando la virgen se despertó, dos días más tarde, en la choza de su madre, su cuerpo estaba adolorido. Entre sus muslos apretados, y detrás de un amasijo de hojas húmedas y pestilentes, había fuego.
“Ningún vagabundo podrá atravesar tu virginidad, si primero no te lleva a una iglesia... le murmuró su madre, dándole un beso. Ten confianza, dentro del algunos días no sentirás más dolor... Pero cuidado... La vieja me ha prevenido. Hay un hombre —¡uno solo!— que, bien inspirado, puede sortear tu protección... ¡Desgraciadamente, hay uno!... Pero, si por mala suerte, ese miserable se cruza en tu camino y entra en tu cuerpo antes de haberte metido el anillo en tu anular izquierdo... ¡Te lo juro!... Lo pagará durante toda su vida. Sí, su vida entera arrastrará una verga infernal de la cual será su dócil esclavo... Este hombre existe, Marie-Josèphe... Pero nadie conoce su nombre ni su rostro; ni siquiera la sabia criatura que reconoce los espíritus y traza con la mano levantada el círculo de Salomón... Sin embargo, no dejes que esta excepción esclavice tus pensamientos. Yo pienso que esta vez el Señor nos asistirá, no nos traicionará, ni nos abandonará... Quiero creer que te casarás dentro de las reglas del estado civil. ¡Por eso, Marie-Josèphe, no debes caer!... Ya te he hablado de todas las formas. Tú sabes por qué no quiero que te metas en el concubinato... Yo pagué muy caro la protección de la vieja. Entonces, Marie-Josèphe... ¡la razón y la magia están contigo!... Haz lo que debes, y punto.
La protección resultó eficaz. Marie-Josèphe desviaba los tipos mal intencionados que se enamoraban de las curvas de su cintura, de la redondez de sus tetas firmes, de la circunferencia de sus caderas y de la alta prestancia de sus nalgas. Ninguno lograba aproximarse. Había siempre, entre ella y ellos, como una clase de biombo invisible, un parapeto indefectible, incorruptible... Este la seguía en la sabana para intentar sorprenderla detrás de los matorrales... de golpe la sabana se convertía en manglar, y no se podía seguir más el rastro de la bella... el hombre se hundía en una tierra limosa. A otro, a punto de tocarle la grupa, lo agarraba un calambre que paralizaba su brazo durante un mes entero. Aquél se sumergía en el río donde la muchacha se bañaba... y nadaba, nadaba hacia ella, seguro de alcanzarla en cuatro brazadas... pero era como nadar contra la corriente... diez brazadas... veinte brazadas... treinta brazadas... y cada vez él se alejaba más de ella... Tres negros se ahogaron al arriesgar el abordaje.
Y luego, llegó un joven: veinticuatro años, un metro noventa y uno de talla, pecho bombeado, músculos bien contorneados por todo el cuerpo.
Marie-Josèphe, a quien la razón y la magia la protegían de los hombres sin intenciones formuladas, no lo vio, así como no había visto a los otros que, al seguir sus pasos, tropezaban, resbalaban o se ahogaban...
Sosthène, pues se trataba de él, quería ciertamente, con todo el honor, meter el anillo en el dedo de la negra... Pero, de la misma manera como no se compra tierra sin papeles ni testigo, quería, antes de comprometerse oficialmente, probar un poco la carne que llevaría su apellido y compartiría el resto de su existencia... y si, después de alcaldía e iglesia, descubría que Marie-Josèphe era una virgen sin calor... ¡Han!... ¿él que haría después?...
Sosthène amaba pues a la bella desde lejos, porque el hecho de aproximarse estaba en los dominios de lo imposible. Él deseaba vencer los desafíos. Entonces, para llevar a cabo su tentativa abrió su corazón a su vecino, un anciano de pipa negra, con bigote, y barba y pelo color de viejo abacá, de quien se decía que tuvo el gallo más valiente a cien leguas alrededor. Respondía siempre al elocuente sobrenombre de Palo-hierro, pero era pura presunción en vista de los pesados años que parecía llevar y la blandura indiscutible de sus carnes... Palo-hierro le regaló al joven Sosthène un pequeño frasco que contenía un agua encantada elaborada en la isla de la Dominique. Sabia mezcla de ylang-ylang y otras tres yerbas tenidas por secretas. “Tres gotas en el suelo. Tres gotas regadas en los aires. Tres gotas detrás de cada oreja de la muchacha... ¡Y tu asunto está hecho!”, aseguró el viejo Palo-hierro, los ojos con un brillo de celos macabros. Y no tuvo el placer de repetir tres veces la fórmula. Sosthène corría ya...
El negro subió y descendió cuatro montes. Caminó... caminó mucho tiempo. Husmeando el camino, los bosques y los campos que exhalaban el fuerte perfume de la inaccesible Marie-Josèphe. Finalmente, la encontró. En la orilla del río. Ocupada en lavar ropa. Estaba de espaldas. Sentada sobre una piedra. Y su sentado era magistral... Un prodigio de anatomía... un altar dirigido a la gloria del amor... cara o cruz, Marie-Josèphe era de una inefable belleza. Y, plácido de admiración ante los encantos de la náyade, fascinado por las nalgas que se abrazaban, con alegría, a la forma de la piedra, Sosthène, emocionado hasta las lágrimas, haló el frasco del fondo de su bolsillo, contó tres gotas en el suelo, tres gotas en los aires y tres gotas detrás de cada oreja...

 

Sosthène esperó.
Marie-Josèphe no reaccionó enseguida. Pero su manera de lavar cambió. Al principio, separó los muslos como para asegurar una mejor posición en el sentado. Después se puso a restregar la ropa con un vigor excepcional. Y todo su cuerpo participaba en ese esfuerzo. Se arqueaba. Tendía su trasero. Se meneaba. Y rodaba. Y se balanceaba como una nave en la tormenta. Marie-Josèphe ya no era la santa niña de Eléonore-cinco-dedos. Una perra en celo habitaba su cuerpo. Finalmente, giró, olfateó el aroma de macho que sabría apaciguar sus sentidos caídos en el brasero de la lujuria. Se levantó, lanzó su ropa en el río. Y avanzó hacia Sosthène que, bendiciendo al viejo Palo-hierro y su ciencia, metió precipitadamente el frasco en su bolsillo. La bella Marie-Josèphe estaba como una brasa.
El himen fue roto con rapidez. La protección también expiró con un estertor animal. Sosthène permaneció cinco horas en el cuerpo de la negra. Cinco horas para cavar en los mismos cimientos. Cinco horas para alcanzar el fuego que quemaba y arrasaba los flancos de Marie-Josèphe. Cinco horas en un cuerpo a cuerpo infernal y divino... Sí, el joven Sosthène haría su petición oficial.
“Voy a ponerte el anillo en el dedo, Marie-Josèphe... pero, ¡prométeme!... ¡oh! Prométeme... lo que acabas de darme... ¡Promete, jura!, que nadie conozca esta eterna dulzura. Dime que seré el único en recorrer tu camino interior... ¡El único! Tu cuca es más suave que un plumón de ganso, más ardiente que una tunda de pimientos, más profundo que una noche sin luna y sin estrellas... Tú serás mi azúcar y mi sal, Marie-Josèphe... Serás mi sol y mi cielo y mi tierra... Serás mi lecho, mi sábana, mi almohada...
Estaban allí, entonces, estirados, uno en el otro. Los pies en el agua dulce. Marie-Josèphe bebiendo las suaves palabras de Sosthène. No se perdía una sola de ellas. Escuchaba. Y él dibujaba el porvenir, construía con el cemento del amor y la arena grandes proyectos...
Desgraciadamente, ustedes saben, como yo, que la dicha inmaculada, aquí abajo, jamás dura...
Desgraciadamente, cerca del río de aguas claras, había una sabana. En esta sabana de cabellera crespa estaba una mujer... Esta mujer era, en carne y hueso, Eléonore-cinco-dedos... Y Eléonore-cinco-dedos, los brazos levantados al cielo, parecía un gran árbol desprovisto de una rama. Y su osamenta se destacaba, terrorífica, en el inicio de un crepúsculo tibio. Y Eléonore-cinco-dedos maldecía al demonio que había encontrado la falla y desbaratado la barca de la esperanza que sostenía su quebrada vida. Cuando su voz subió a los cielos y cayó como una cuchilla sobre la cabeza de los amantes, Sosthène comprendió que su existencia entraba en una era de grandes infortunios...

—¡Maldito seas, negro!
¡Maldito seas hasta siempre!
Yo te haré caminar en cuatro patas en la
Inmundicia de los cerdos.
Pedirás piedad...
Pedirás perdón...
Tendrás a todas las mujeres...
¡Y todas te odiarán!
Serás el esclavo de tu sexo.
Y rogarás día y noche para salir de las
Tinieblas...
... ¡Me voy!
Me voy... Y Marie-Josèphe también se va.
No intentes encontrarnos...
¡Eres maldito! ¡Maldito! ¡Maldito!
¡Sólo el día en que la vuelvas a ver,
En la misma hora morirás!
¡Maldito seas!

Y ahora es necesario que todo sea dicho, de confirmarles que en su último día de vida terrestre, padre Sosthène se encontró en la mitad de la iglesia, nariz a nariz, con esa misma Marie-Josèphe que venía a rezar, acompañada del brazo por el compadre azar, a la iglesia de Haute-Terre... Sin saber -pecado de ignorancia- que el recogedor de limosna era ese único hombre que, más de un siglo atrás, había inflamado sus entrañas y desgarrado el velo de su virginidad...
Desgraciadamente, en esa época, la difunta Eléonore-cinco-dedos no había hablado al aire para asustar los pájaros. Sí, en el instante mismo en que padre Sosthène se encontró con los ojos de la vieja mujer fea que era Marie-Josèphe, su corazón cesó de latir, la sangre se entiesó en las venas, y el aire no entró más en su cuerpo.
Sí, he aquí por fin la explicación lógica, única y auténtica. Y que esto les sirva de lección. Por favor, no metan sus orejas en la nariz cuando las bocas de los chismosos rumian los milagros lúbricos de la ignorancia.
La muerte de padre Sosthène no es debida:
—Ni a un desafío numérico.
—Ni a la vetustez de un calzoncillo.
—Ni a una engañifa de un cordón nuevo...
Sino... ¡al desenlace puro y simple de una vieja maldición!


Gisele Pineau


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