Conversaciones con unicornios

 

Peter Carey

 

Traducción Carolina Restrepo

 

1


Los unicornios no comprenden.
Hemos tenido largas conversaciones pero es difícil para ellos. Insisten en que he venido a recoger el cuerpo de uno de los suyos, pero al tiempo señalan que allí no está el cuerpo, que fue recogido por otro hombre antes de que yo llegara. Continúan insistiendo, riéndose porque he venido por algo que ya no está allí.
Les he preguntado por qué piensan que sólo pude haber venido por esa razón, y ellos me han contestado que esa es la forma en que siempre ha sido: los hombres, como buitres, vienen a hacerse cargo del cuerpo cuando ha habido una muerte.
Les he sugerido que los hombres son crueles, pero ellos lo niegan, afirmando que los hombres realizan eficientemente las tareas que Dios les ha encomendado. Los hombres, dicen, no pueden ser responsables por la muerte de los unicornios.
Menciono las armas de fuego. Pero no tienen conocimiento de ellas, de hecho, de ningún tipo de armas. Entonces les describo la profunda trinchera que atraviesa el tope de la colina. Describo el estacionamiento detrás de la trinchera y los automóviles que llegan llenos de hombres y armas. Ellos no tienen idea de la existencia de automóviles o de su utilidad —es una distracción y me rehúso a contestar sus preguntas acerca de la naturaleza de estos. Por el contrario, les explico que la cabeza de un unicornio es altamente valorada por hombres que pagan hasta tres mil libras por el privilegio de dispararle. También explico cómo los hombres suben hasta la trinchera y esperan a que los unicornios corran a través del páramo.
Cuando retomo el tema de las armas, los unicornios ríen eufóricamente, levantando sus cabezas. Su líder Moorav, con una sonrisa, me advierte de no blasfemar, añadiendo que sólo Dios tiene el poder de quitar la vida.
Me cuenta, entonces, cómo en los primeros tiempos los unicornios vivían para siempre, siendo venerados por hombres y animales, y sin tener enemigos naturales. Esto fue en tiempos paganos, antes de que Dios viniera al mundo. Dios, continua, otorgó a los unicornios (y estoy usando sus propias palabras) “el regalo de la muerte”.
Existe una vieja historia, relata Moorav, que cuenta cómo los unicornios fueron traídos por agua desde una cálida y extraña tierra a este páramo, el cual es ahora su hogar. Fue aquí donde Dios les hizo la promesa en cuanto a la muerte y, aquí también, fue donde decretó que los machos deben vivir juntos en las cuevas en el Knoll norte y las hembras en las cuevas en el Knoll sur. Hasta el día de hoy, estas leyes son estrictamente seguidas.
Pregunto si el Dios de la historia tenía apariencia de hombre. Y Moorav responde que él no lo cree así, que si Dios tuviese alguna apariencia, sería más probable que la tuviese de unicornio; pero al no ser un experto en estos temas, lo mejor sería preguntarle a uno de los sacerdotes para confirmarlo.
Le indico que es sólo en el tramo entre la cueva de los machos y la cueva de las hembras —cerca de dos millas de páramo abierto— donde los unicornios son asesinados. Moorav dice que esto es apenas natural porque ellos no van a ninguna otra parte. Tampoco lo sorprende el hecho de que los unicornios nunca mueran en sus cuevas —esto, después de todo, ha sido siempre así.
Los unicornios empiezan a parecerme estúpidos, pero esto sólo incrementa mi deseo de protegerlos de los ricos industriales que vienen a cazarlos.
Insisto en que deben protegerse de los hombres que vienen a matarlos, señalando que Dios no dispara armas. En este punto se tornan más serios y creo que, quizás, he hecho algún progreso. Moorav deja el círculo y va a consultar con otros más adentro en la cueva.
A aquéllos que permanecen conmigo, les digo que si existiera un Dios, Él ciertamente no usaría un arma. Comienzo a explicarles la naturaleza de las armas, su mecanismo. Tomo como modelo la Lee Enfield-303 con la cual he tenido algo de experiencia. Dibujo el arma en el polvo del piso de la cueva. Les explico la naturaleza de las guerras entre los hombres y aludo a armas más complejas y más crueles que la que les he esbozado. Les doy detalles de las crueldades del hombre con los demás y con los animales. Doy, como ejemplos, la masacre de focas, el asesinato sistemático de ovejas y ganado, el sometimiento de caballos, la matanza de leones, el establecimiento de zoológicos y circos.
Sin embargo, la mayoría de estos animales son desconocidos para ellos, aunque el león aparece descrito en una de sus leyendas.
Les pregunto qué comen. Malentendiendo esto por una petición, me traen comida: miel silvestre, pan integral y leche. Les pregunto si comen carne. No entienden la pregunta. Les explico que la carne es la parte muscular de los animales. Esto también es tomado como una petición (aunque indiqué, explícitamente, que no era el caso), y se comienzan a preocupar hablando en susurros entre ellos.
Continuo mi disertación acerca de los crímenes del hombre, pero soy interrumpido por Moorav quien ha regresado con dos de sus compañeros. Me suplica que pare de hablar. Le contesto que estoy preocupado por su seguridad. Me presenta a sus dos amigos, uno de los cuales es sacerdote, sabio en los caminos y leyes de Dios. Es viejo y tiene una barba blanca, algo que no había observado en los otros. Les explico otra vez, para su beneficio, la naturaleza del hombre, su necesidad de matar a otras criaturas y su consumo de carne.
En este punto, me atrapan por los flancos jóvenes unicornios, cuyo peso casi aplasta mi tórax.
El sacerdote esta diciendo algo acerca de la blasfemia.
Yo digo que sólo he venido a salvarlos de morir. No vine a discutir teología, solamente hechos. Les pregunto si la muerte de un unicornio no está siempre acompañada por una fuerte detonación.
El sacerdote dice que así es, pero que también hay muchas que no indican una muerte.
Otra vez vuelvo a la discusión de las armas, municiones y balística.
El sacerdote me pregunta cómo es posible que los unicornios nunca hayan visto estos instrumentos. Yo describo, una vez más, la profunda trinchera que atraviesa el tope de la colina, y explico, otra vez, que los hombres pueden matar desde lejos. Describo la forma cómo la cabeza del unicornio es removida y cómo es colgada en las paredes de las casas de hombres adinerados. Comienzo a enfadarme. Ellos continúan susurrando entre sí, sin querer escuchar. Sus acentos al principio placenteros, parecen haberse vuelto más rústicos y más estúpidos.
Ellos también parecen haberse desencantado de mí. Mis ropas son rasgadas desde atrás. Me fuerzan, de alguna forma, a arrodillarme y hacerme correr en cuatro, pues vienen hacia mí desde todos los ángulos con sus cuernos. Me están llamando blasfemo. Hay lágrimas en mis ojos, pero no causadas por el dolor. Un unicornio grande se sienta de repente sobre mí, presionando mi cara contra la tierra. Mis costillas, con seguridad, se han roto.
Siento un dolor punzante en mi costado y un golpe sordo en mi cabeza. Esto es todo lo que puedo recordar de esa ocasión.

 

2


Los cazadores me encontraron en el páramo e ignorantes de mis actividades misioneras, me trataron amablemente, llevándome a un hospital cercano donde fui bien atendido.
Después de mi salida, con mi pierna derecha enyesada y mis costillas bien vendadas, regresé al páramo, trayendo conmigo un rifle que había comprado. Les iba a demostrar a los unicornios la naturaleza de las armas y, con suerte, organizaría para ellos un éxodo a una área más remota del páramo, donde nunca podrían ser encontrados.
No les guardo rencor por el ataque. Este sólo fue el producto de la ignorancia y no podría esperarme más.

 

3


Moorav estaba sorprendido de verme. Sin embargo, ni él ni sus compañeros fueron descorteces conmigo. Me alimentaron bien y el sacerdote vino y comió pan al lado mío, preguntando si me había recuperado. Se refirió a mi comportamiento como “tu problema” y me preguntó si me sentía mejor.
Yo dije que había traído un instrumento que probaría si estaba en lo correcto o no. El sacerdote sonrió y dijo que esperaba que no estuviera a punto de comenzar otra vez. Señalé el arma y le dije su nombre. Él la miró e hizo algunas preguntas, las cuales contesté de la manera más sencilla posible. Ellos se interesaron más en los materiales y manufactura que en la función.
Después de la comida los persuadí de venir conmigo a la entrada de la cueva. Moorav estaba nervioso, pero insistí. Con los unicornios parados en un semicírculo, detrás de mí, levanté el arma hasta mi hombro y disparé al aire.
Extrañamente, no se sintieron muy impresionados. La detonación, dijeron, no era en ninguna forma como la detonación que viene con la muerte, y para probarlo, indicaron que de hecho nadie había muerto. Y comenzaron, una vez más, a reírse. Por mi parte, me enfadé y desesperado quise probar mi punto.
Finalmente, Moorav dio un paso al frente y sugirió que solamente podría solucionar el problema si yo le apuntaba con el arma. Dije que no, porque lo mataría. Él rió una vez más y dijo que yo estaba temeroso de fracasar. (Ya había notado, en esta segunda visita, que ellos me trataban como un hombre loco; habiendo decidido quizá que era ignorante, pero no peligroso. El cargo de blasfemia no fue levantado de nuevo).
Triste, le pregunté a Moorav si estaba preparado para morir por su gente.
Dijo que eran solamente los unicornios en tiempos paganos quienes no morían, no estaba asustado de morir.
No hice ningún cálculo porque sabía, que de hacerlo, nunca probaría mi punto. Levanté el rifle y le apunté a la cabeza. Por un instante dudé, pero luego, con los unicornios riendo todavía detrás de mí, presioné el gatillo. Moorav gimió y se tambaleó. La sangre corrió por la herida en su cabeza y cayó lentamente al piso, con los ojos desorbitados.
Hubo silencio detrás de mí, nadie habló.

 

4


Yo mismo enterré a Moorav en una tumba poco profunda. Fue un proceso lento, pues los unicornios no poseen herramientas para excavar, y todavía estaban esperando a que un hombre viniera a removerlo, un hombre que no fuera yo.

 

5


La cueva ha estado calmada todo el día. Los unicornios se recuestan en grupos pero no hablan. Finalmente el sacerdote se acerca y me indica que desea hablar. Dice que le he causado a su gente un grave perjuicio y que les he quitado el regalo de la muerte. Dice que ahora con seguridad su gente se mudará a otra parte del páramo, tal como yo lo había deseado. Allí habrá un retorno de los viejos tiempos y nadie más morirá. Los unicornios, sin dioses o enemigos, lentamente caerán en el profundo desespero y gastarán sus horas en la búsqueda de sueño, donde, tal vez, soñarán con su muerte. Olvidarán, eventualmente, que morir fue alguna vez posible.
El sacerdote revela ahora que ha intentado persuadir a los unicornios para que permanezcan en su sitio, pero están asustados y, si él pusiera su autoridad a prueba, no le obedecerían. Solamente me pide una cosa, que debo usar mi arma contra él. Lo consideraría como un gran favor.
Tristemente cargo el rifle. Dentro de la cueva, los unicornios descansan de manera tranquila, ignorando que vivirán para siempre.

 

Peter Carey (Australia)
Autor de las novelas, entre otras, El embaucador, Oscar y Lucinda (llevada al cine), y del guion cinematográfico Hasta el fin del mundo llevada a la pantalla por Wim Wenders en 1992. Reside en New York. El texto ha sido tomado del libro El don del cuento - tres décadas de cuentos de UQP
University of Queensland Press, Australia


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