Un acontecimiento final en la vida de Kafka

 

 

Ronald Hyman

 

 

Traducción del inglés: Margarita Schwarz L.

 

 

En los últimos días de su existencia se deleitaba con el suave aroma de las flores de lila y de las emanaciones aromáticas provenientes de pequeños canastos de frutas que le traían. En general le dedicaba mucho tiempo a la rememoración de las frutas y de las bebidas refrescantes y le pedía a sus amigos que bebieran en su presencia, para poderse alegrar con ellos ya que él mismo no podía tragar.
Por fin sus padres estaban dispuestos a visitarle. Aproximadamente el 19 de mayo, Kafka les escribió una carta en la cual aseguraba que le alegraría mucho poder estar con ellos en algún lugar agradable ya que hacía tanto no se veían. Pero tan pronto terminó de redactar la misiva, encontró varios inconvenientes que evidentemente podrían impedir ver a sus padres: no les darían el pasaporte, su madre se ocuparía demasiado de él y, por último, ya no podría hablar con ellos debido a que su voz se había apagado por completo. 1
El tres de julio sus dificultades se habían acrecentado, tenía una severa obstrucción respiratoria, Dora llamó al médico a las cuatro de la mañana, Klopstock le colocó enseguida una inyección de alcanfor y una bolsa de hielo sobre el cuello; Kafka solicitó urgentemente una dosis de morfina: “usted me lo había prometido” le decía a Klopstock, “usted quiere torturarme, como siempre lo ha hecho, no le volveré a hablar y me moriré así”. Se le aplicaron dos ampollas de morfina, Kafka insistió que le estaban mintiendo: “máteme doctor, de lo contrario usted es un asesino”, decía. Le colocaron una ampolla de Pantopon, “así está mejor...pero denme más que esto ya no obra.” Muy poco después Kafka perdió el conocimiento, lo recuperó sin embargo por períodos cortos pero dentro de un general estado de confusión. Al acercarle la cabeza el médico, pensó que era su hermana y dijo, “no te acerques tanto Eli”, seguramente temiendo contagiarla. Luego se quitó el tubo al corazón y dijo que ya bastaba y se dirigió a Klopstock pidiéndole que no se alejara; el médico le respondió que no iba a alejarse de ningún modo, a lo que Kafka respondió: “pero yo si me estoy alejando”.
Al medio día, cuando Brod llamó a su amigo, éste había muerto.
Dora estalló en un llanto inconsolable, “tú tan querido, tú tan querido”, repetía. Klopstock insinuaba que durmiera, pero ella no aceptaba, “iremos a visitar a Franz, debemos visitar a Franz, lo están alejando a oscuras y sin cobija”.
Klopstock recordó luego la escena con un amigo: “Su rostro era rígido y recio, una expresión lejana e inaccesible, era puro y austero como siempre había sido en su vida. Tenía el rostro de un rey y de los más nobles. Se había alejado de él la vida, aquella llena de dulzura y bondad, ahora sólo su espíritu valeroso formaba aún su faz endurecida por la muerte”.
El féretro de Kafka fue llevado de Viena a Praga, el 11 de julio de 1924 se inhumó en el cementerio judío de Straschnitz.
Brod hizo una alocución fúnebre emocionada y Dora se desmayó sobre la tierra recién removida. Según contó luego Hans Demetz, nadie fue a socorrerla, al contrario, el padre de Kafka le dio la espalda y todos los asistentes se dispersaron con afán.
El anuncio funerario de la familia Kafka prohibía cualquier visita de condolencia.
El padre de Kafka murió en 1931 y su madre en 1934. Ambos fueron sepultados en la tumba de su hijo.
Sobre la extraña e ineludible relación de Kafka con sus padres, hay una anotación en su diario:
“Mi origen le pertenece a la entraña de mis padres, la sangre nos une a ellos y en verdad, respeto esta condición más de lo que sabría decir. Frecuentemente persigo el hecho con odio, la sola imagen del lecho conyugal, la ropa de cama usada, las camisas de dormir dobladas con esmero, me incitan al vómito, se me revierte mi interioridad. Es como si de hecho no hubiera ya nacido, como si siempre tuviera que volver a nacer en esta mohosa habitación e inevitablemente salir a la vida mustia, venir siempre a ella como confirmación de mi origen y permanecer eternamente unido a estos objetos repugnantes, como si mis pies, aunque quisieran correr, siempre se pegaran y se hundieran en esta brea informe.

 

El cucarrón Gregorio2

“Cuando Gregorio Samsa despertó una mañana de su turbado sueño, halló que en medio de la cama, se había convertido en repugnante insecto”.3
La famosa historia sobre una extraña metamorfosis convertida en paradigma de todos los cuentos de Kafka, parece haberse originado en una fría mañana de noviembre de 1912, a raíz de un persistente sufrimiento que atormentaba a Franz y que le hizo ineludible explicar, por fin, el origen de su desasosiego. Porque siempre le agobiaba una sensación de desamparo y de haber sido rechazado, efecto que sufría justamente en la posición de decúbito. Había que señalar el recuerdo de los vejámenes y caracterizaciones despectivas que el padre profería contra él cuando era meramente un niño y, casi siempre, mientras se encontraba en el rincón de la cama. El padre le comparaba con figuras de animales de la más ínfima calaña, como la del abominable insecto que surgió de nuevo en la mente imaginativa de Kafka, en esa oscura mañana de noviembre. El cuento le había dado la oportunidad de sentar la más legítima duda acerca de la autenticidad humana de su cuerpo, excesivamente largo y desgarbado, forma que siempre le daba profundos sentimientos de extrañeza, al punto que, gustando aun de la natación, prefería nadar de noche cuando nadie lo viera en pantalones de baño.
Verdaderamente, el padre de Kafka hizo surgir la obra maestra con sus inoportunas críticas acerca del aspecto físico de su pequeño hijo inapetente. De acuerdo con el Talmud, las ideas y en especial lo dicho de manera vehemente, se pueden convertir en realidad. La fuerza de la voluntad o un deseo intenso, pueden originar efectos visibles. Si un padre aseveraba que su hijo era un insecto, era en efecto a todas luces posible que de repente sucediera de veras. El biógrafo insiste en que este singular relato había sido un regalo del padre, nacido bajo un designio talmúdico. (p. 177).
Las habitaciones de la familia Kafka, eran semejantes a las de la familia Samsa. Esa fatídica habitación de Gregorio se encontraba también entre la habitación de los padres y la sala de estar. Sus hermanas le habían comunicado, en voz baja, que el procurador había llegado, el padre le solicitaba que abriera la puerta, el visitante iría seguramente a disculpar el desorden. Cuando el padre observa desconcertado a su hijo convertido en insecto, aprieta los puños y luego, tapándose los ojos, llora desconsoladamente, como quien reconoce su error. Kafka hacía mofa de las reacciones exageradas de su padre y de sus actitudes poco amables como cuando, en el cuento, estando en su cuarto, ahuyentaba al insecto mediante un periódico y un bastón. El periódico se había convertido en arma que permitía esconder la cara durante el almuerzo; deliberadamente se ocultaba para no tener nada que ver con su familia. Ni siquiera las hermanas, en las que Gregorio confiaba, pudieron darle afecto al enorme pero inofensivo insecto; le habían sugerido por fin que se alejara de la casa con el objeto de librarlas de su terrible aspecto.4

En algunas cartas a su novia Felice, Kafka se refiere a este singular relato sobre la metamorfosis de Samsa. Como a su alter ego: “Finalmente huirás de él”, dice, “pues apenas lo he visto una sola vez bajo la pálida luz del gas...él casi nunca sale de día , por lo cual se ha ajustado una cara nocturna...quizás por fin te puedas acostumbrar a él, pues mira que hasta yo, el que escribe, y a quien has tratado con tanto cariño, se ha tenido que habituar a su presencia.”
Inicialmente trabajó hasta diciembre en la impactante historia, le contaba a Felice que el cuento era realmente asqueroso y que le daría miedo si lo leyera pero, “en realidad entre más escribo y entre más libero mis sentimientos, más me dignifico ante ti, pero con seguridad quedan muchas cosas que debo aflojar, y las noches no pueden ser lo suficientemente largas para el voluptuoso oficio de la escritura”.
Kafka percibía que ya no podía vivir sin su droga, la escritura; a pesar de que sinceramente deseara reunirse con su novia, por otra parte temía tener que dejar su amado oficio...el trabajo creativo, ocupa cada vez más su mente y su afecto. No obstante, le asegura a Felice que se siente inútil, estando tan perfectamente solo en una pequeña habitación en la que ella no está. Mientras tanto, en las noches no dormía trabajando en su novela y en el día bajaba su mirada hacia los innumerables expedientes de la oficina de seguros que se llenaban, de manera inexorable, de cosas odiosas y banales. A veces creía que su impulso irrefrenable de escribir esta historia, solamente eran ganas de escribir a Felice. Totalmente exhausto, sus enflaquecidas piernas envueltas en una manta, absolutamente quieto, se reclinaba en una silla en su habitación helada, tenía dolor de cabeza y sentía que estaba al borde de un colapso total.
Poco después del tan esperado matrimonio de su hermana, cuenta de nuevo a su novia:
“Escribir significa abrirse al extremo, una gran apertura del corazón y una dedicación completa, sumida en la cual, un ser humano podría perderse. Un estado de donde se trataría de huir, porque cada cual desea conservar su vida mientras vive. Aun así, ni siquiera esa gran apertura de corazón y esa dedicación, bastarían para escribir de verdad. Por esto jamás se estará lo suficientemente solo cuando se escribe. He pensado con frecuencia, que mi mejor forma de vida sería estar en lo más profundo de una habitación cerrada, dentro del extenso territorio de un sótano, provisto únicamente de mi lámpara y de mi pluma. La comida me la traerían desde una larga distancia a este lugar, el camino lejano me llevaría, envuelto en mi levantadora, entre corredores vacíos, hasta donde estuvieran depositados los alimentos. Éste sería mi único paseo... cómo sería lo que podría escribir, qué sería lo que desde la profundidad podría arrancar hacia la luz”.
Al lado de la cocina de los Kafka se hallaba la única habitación que tenía calefacción; en esta sala de estar dormía toda la familia, uno sobre otro, en aquellas noches de duro invierno. Los domingos por la mañana Kafka se refugiaba en la cocina, solamente molestado por el rítmico sonido del reloj de pared; allí solía escribir su cotidiana misiva a Felice, al día siguiente, le decía, tendría que partir para Leitmeritz, como representante legal de la compañía de seguros para la que trabajaba. El padre de Franz tenía allí algunos parientes, a los que podía visitar, debía viajar en compañía de su hermana Otla; él anota en su diario: “Sin duda, me agrada acompañarla, pero en general, creo que estoy perdido en las relaciones con otras personas”.
“Necesitamos una relación con un ente lejano y apaciguante de infinita altura o bajeza; aquel que sea capaz de sentir este nexo, no tendrá que andar por allí, como un perro callejero y mirar su entorno con gesto mendicante, no tendrá el deseo de resguardarse en la sepultura, como si ésta fuera un cómodo saco de dormir y la vida una fría noche de invierno”.
Con Felice, como sabemos, la cosa tuvo un triste fin. Cuando se confirmó que Kafka estaba tuberculoso, disolvieron el compromiso. Kafka logró salir definitivamente de la casa de sus padres, unas veces hacia algún sanatorio, y otras vivía en pequeñas habitaciones frías y mal ventiladas; en 1917 se terminó de un todo su relación con Felice. Es posible que, en parte, Kafka sintiera alivio.
Anotaba en su diario: “No soporto tan siquiera la mirada de las personas, no por misantropía, si no porque la mirada, su presencia, me es demasiado fuerte”. Tosía por horas en la madrugada hasta que lograba conciliar el sueño. “Hubiera preferido salir de la vida nadando, lo cual me parecería fácil, y el camino corto”(p. 311).
Poco después, Kafka se relaciona con Milena Jesenka, su traductora del alemán al checo. La relación al principio era por medio de cartas, a Milena le parecía Kafka muy interesante, pero no lo conocía personalmente; ante la promesa de encontrarse, éste le escribe: “Entonces allí estará un hombre flaco y largo, con una sonrisa amable (sonreirá permanentemente ya que ha aprendido esto de una tía, cuya costumbre, no deliberada, era hacer este gesto aparentemente por timidez.), el hombre se sentará allí donde le fuera señalado y se terminará la festividad ritual de momento, puesto que hablará lo mínimo debido a la falta de fuerza .” (p. 293). Jessenka también sufría tuberculosis, pero en menor grado; Kafka en sus últimos días pesaba 50 kilos para una estatura de un metro con ochenta centímetros. Milena, después de una prolongada e intensa correspondencia con el escritor, desapareció de su vida, mientras que Franz procuraba mantenerse con ánimo de escribir, a pesar de las frecuentes expulsiones de sangre y la debilitante tos. Su última y más dedicada amiga, Dora Diamant, la misma que se desmayó sobre el túmulo funerario, tenía las mejores intenciones de casarse con Kafka, pero su padre, un judío creyente, consultó antes con un rabino milagroso, un cierto Gerer Rebbe, y éste, después de leer cuidadosamente la petición escrita del poeta, simplemente dijo: “que no”.
En verdad, en esos mismos días, Dora tomó aparte a Brod y le dijo, “Cada noche en la ventana de Franz, aparece una lechuza, es el ave de la muerte” (p. 351).
El último relato de Kafka, escrito en la época final, es el de “Josefina la cantora o el pueblo de los ratones”. Nuevamente Josefina es un alter ego. “Su canto es tan encantador, o más bien lo es el silencio ceremonial que rodea su vocecita débil”. La ratona ruega que se le exonere del trabajo, para evitar todo esfuerzo diferente al del canto. Al negársele este privilegio, el animalito se desata en un canto agudo de coloratura y desaparece. Se trata de un momento de importancia social, la relación de la prima donna y su pueblo indolente, alusivo a la relación de Kafka con la nación judía, uno de los motivos fundamentales de su obra. La ratona sonríe amargamente cada vez que su voz se compara con el sonido agudo producido por cualquier ratón común. Al terminar la obra, Kafka le comenta a Klopstock lo persistente que había sido, al tiempo que su propia voz ratonil, confirma el mayor temor de su vida: la enfermedad le está afectando la laringe. Aconteció pues la terrible unión, aquella que tanto le había impresionado en uno de sus amigos durante la estadía en el sanatorio5. Kafka anota en su diario: “Curiosamente, el dios del dolor no es el primer dios de las religiones, quizá más adelante lo fuera, sin embargo, cada enfermo tiene su propio dios de casa, el tísico, el de la asfixia; cómo se puede soportar su llegada si no se comparte con él esa terrible unión”.
Su último trabajo literario fue la corrección de su relato sobre el “Artista del Hambre”, el “Hungerkünstler”. Klopstock recuerda: “El estado físico de Kafka era precario, el hecho de estar al borde de la muerte por hambre, hacía que su trabajo le acercara más los fantasmas. Al haber terminado la corrección, el esfuerzo parecía haber sido tanto físico como anímico, sobre sus mejillas corrían las lágrimas, por primera vez pude ver en su rostro este gesto de dolor, que con el relato le había conmovido tan profundamente, a él que siempre fue poseedor de un dominio y control y de un valor casi sobrehumano”. (p. 352).

 

Tomado de la biografía sobre Kafka de: Ronald Hayman: Franz Kafka, sein Leben, sein Werk, seine Welt. Traducción de la obra original en inglés por Karl A. Klewer, Willhelm Heyne Verlag, München,1986.


1 Los padres de Kafka estaban en Praga y Kafka en un hospital especializado en Viena.

2 Este mosaico de la biografía de Hayman hace énfasis en el complicado trato de Kafka con sus padres, con sus novias y en la difícil relación del escritor con su cuerpo y escritura. (N.T.)

3 La palabra repugnante, tiene un valor fundamental. No todos los insectos son considerados repugnantes. Ungeziefer, significa un insecto, algo grotesco y nocivo para las personas. Las mariquitas son amables pero, una temible langosta, o una cucaracha son repulsivos, como también lo son los piojos y las pulgas, de este orden de seres sería justamente en lo que se transformó, esa mañana, el inadvertido Gregorio Samsa. (N.T.)

4 Hayman opina que Walter Benjamin se equivoca cuando dice que los relatos de Kafka son parábolas alegorizantes a cerca de una doctrina aún no interpretada. Sin embargo, es claro que sus cuentos explica su propia vida inédita, que podría verse como una doctrina aún no comprendida. Sus relatos serían semejantes a un ángel nuevo del Talmud que narra su propia historia y en este narrar se ofrece como víctima para dar paso a un nuevo ángel, que como insecto efímero aprehende con sus antenas el instante de su existencia. (N.T.)

5Para el amigo “terrible unión” significaba el avance de la enfermedad del pulmón hacia la laringe y, por lo tanto, muerte por ahogamiento.


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