A love supreme

 

 

Emmanuel Boundzéki Dongala

 

 

Traducción del francés: Pablo Montoya

 


In memoriam J. C. 1926-1967
“Jazz-Listen to it at your own risk”

Bob Kaufman

 

1

Esa mañana encontré a Splivie. Tenía los cabellos desgreñados, los ojos rojos y su mirada perdida se posaba, indiferente, sobre los seres y las cosas. Era como si no hubiera dormido en toda la noche y hubiera olvidado lavarse en la mañana. Yo sabía que a veces tomaba desde que había abandonado la droga -desde que se había regenerado, como le gustaba decir- pero era un tipo que se tornaba alegre, expansivo, con la bebida; para saber si había tomado una copa, bastaba escuchar su gruesa risa que comenzaba como una nota baja de saxofón alto, iba creciendo para dilatarse en una cascada de notas agudas y morir en un seco castañeteo de manos. No, Splivie no había bebido. Caminaba con la cabeza baja, como un autómata, y parecía frágil, perdido en la multitud neoyorkina que buscaba su pan cotidiano. ¿Estaba de nuevo en la droga?

Iba delante de él e intentaba, bien que mal, abrirme camino entre la gente. Creí que me había visto cuando logré pararlo, pero su mirada, ausente, se detuvo en mí. Luego la deslizó, y la dirigió a otra parte. Insistí, lo tomé por los hombros, lo sacudí, busqué su ojos. Pero no me reconocía y... ¡tenía lágrimas! ¡Splivie lloraba! Créanme, no hay nada más triste que ver a un hombre llorar, y sobre todo a Splivie. Era la primera vez que lo veía así, y lo conocía desde hacía años. Lo vi en esos duros momentos de los sesenta en que la vida en Estados Unidos era difícilmente soportable para individuos de nuestra raza; lo conocí durante las revueltas de Newark donde fuimos atrapados por la policía que tiraba sobre todo Negro que se moviera; y donde, para evitar cualquier mal entendido, nos habíamos acostado sobre el asfalto sucio y ardiente del verano, inmóviles, respirando los gases deletéreos de esa ciudad cruel, escuchando nuestros corazones palpitar de miedo y sintiendo nuestras nucas fundirse bajo el sol; ni siquiera movíamos las pestañas con tal de no dar pretexto a esos policías blancos con hocico de conquistador que buscaban la más mínima causa para masacrarnos; estuve presente cuando Splivie vio su casa demolida, su hermano asesinado en medio de una charco de sangre. Durante esos momentos, nunca lo vi llorar, ni ponerse triste. Su rostro sólo era indiferencia: fuera de la alegría, parecía que no hubiera otra cosa que pudiera expresar. La alegría, la felicidad, y a veces el éxtasis cuando escuchaba la música. Indiferencia o alegría, las dos cosas que el rostro de Splivie era capaz de exteriorizar. Jamás la tristeza. Y en cuanto a llorar...

Sacudía a Splivie enérgicamente. En efecto se dio cuenta de que algo pasaba, el brillo de sus ojos cambió un poco, y sus labios, que yo no había observado hasta ahora, cesaron de agitarse. Quiso desprender su mirada de mí, pero lo sacudí una vez más y, finalmente, un fulgor de sorpresa apareció: me había reconocido. Las lágrimas arreciaron y, sin darse cuenta de ello, balbució:
—J. C. ha muerto.

Caigo, me oscurezco, me derrumbo, me ahogo, aire por piedad, me asfixio, emerjo, floto, siento brazos que me sostienen, mi corazón hace un ruido infernal...

Logré al fin tenerme sobre mis piernas: caras desconocidas me miraban curiosamente antes de continuar su camino, mientras que Splivie, la mirada siempre extraviada, me sostenía. ¿Qué pasaba? ¿Qué hacía yo allí? Bruscamente me acordé. Mi corazón dio un salto violento y doloroso en mi pecho, me incliné un poco.
—No es verdad, Splivie, dime que no es verdad.
—Sí, sí. J. C. ha muerto.

Y me dejó para continuar su camino, sus labios siempre agitados. Entonces me tocó el turno de sentirme perdido. No sabía adónde iba, ni de dónde venía; decidí volver a casa. Caminé como un zombi, temiendo ahogarme a cada paso, en esa atmósfera húmeda, cálida y pegajosa del julio neoyorkino. Llegué a casa agotado, y el espectáculo no era nada agradable. El día anterior, domingo, había sido mi cumpleaños y después no había tenido tiempo de limpiar mi estudio. Cajas de cerveza aquí y allá, colillas de cigarrillos, tabaco y marihuana, sobrados de sanduches y algunas hormigas y moscas, esas moscas gruesas y feas de New York. Fui directamente a mi pieza para acostarme. Nancy tampoco había arreglado sus prendas. Su sostén y las bragas estaban en desorden sobre la cama. En mi nochero, cerca de la cama, colgada, la cruz de Agadés que le había traído de África y su caja de pastillas. Lo tiré todo al suelo, y vacilé un momento sobre lo que iba a hacer. ¿Emborracharme con el bourbon que me quedaba? No, me dije, el despertar es siempre duro; ¿drogarme con L.S.D?, qué horror. Y me estiré sobre la cama.

 

2

El espíritu humano está hecho de tal modo que, confrontado a las cosas que lo sobrepasan, busca siempre un pequeño hilo para aferrarse. Ahora bien, en lo que yo creía justamente acababa de desaparecer. Después de haber perdido la fe en Dios, había arrastrado mi espíritu un poco por todas partes buscando una vía que me llevara al conocimiento, a la significación de las cosas. Así descubrí la música; no, en verdad no se descubre la música en nuestros países, se nace con ella. Pero, quiero decir que gracias a J. C., la música se volvió otra cosa, un medio, un médium; una pasión, algo con sentido.

Al llegar de mi África natal, no conocía más que vagamente la música clásica de Armstrong, de Ellington e incluso de Bessie Smith y Scott Joplin, entre otros. Me gustaba y, por otra parte, tenía algunos discos. Encontraba esa música conmovedora por su nostalgia, y cada vez que escuchaba esos viejos temas, inevitablemente, se dibujaban en mi memoria las grandes plantaciones de algodón, los barcos remontando en el alba el Missisippi, Saint Louis, Kansas City, Chicago y Harlem, New York. Cuando estaba deprimido, me hundía en el alma profunda y dolorosa de Billie Holiday o de Ma Rainey. Y, al contrario, saltaba sobre los ritmos vigorosos y libres de Fats Waller o de Willie Smith, el león. En efecto, esta música, para mí, era un poco como un museo donde encontraba una parte de la historia de nuestro pueblo, pero también me parecía un callejón sin salida. Y ¿Charlie Parker?, me dirán ustedes. Simplemente, no lo conocía; fue más tarde que, gracias a J. C., lo llegaría a descubrir. Una lástima porque, habituado a las nuevas fronteras que J. C. franqueaba en cada nuevo disco, nunca pude apreciar plenamente la revolución que realizó Bird.

Entonces conocí a Splivie. Poco importa cuándo, dónde y cómo, pues es de J. C. que estamos hablando y no de Splivie. Después dejé New Yersey donde vivía para instalarme en New York, en Greenwich Village. ¡Cómo vuela el tiempo! Hace ya cinco años, una noche en que no teníamos nada que hacer, decidimos ir al Village Gate para escuchar y descubrir esa “New Thing” de la cual se hablaba por todas partes...

Comenzaba a adormecerme a pesar del calor incómodo cuando la puerta se abrió. Seguramente era Nancy que volvía. La oí hurgar en el refrigerador, tomar una botella de coca, destaparla, ponerse cómoda. Cuando entró a la pieza para acostarse estaba en bragas...¡Cómo era de bella Nancy! No la describiré para no caer en los clichés que se emplean cada vez que se habla de las mujeres hermosas. Pero ella tenía una cosa más que todas las mujeres hermosas del mundo, su nombre para mí estaba inextricablemente ligado al de J. C.; nuestros dedos por primera vez se rozaron escuchando a este último en el saxofón tenor tocando In a sentimental mood con Duke Ellington al piano; al final del disco nos besamos. Desde entonces hemos estado juntos gastando nuestra plata en los raros discos del músico que nos ha unido.
—¡Nancy!
Ella se detuvo, sorprendida de verme acostado.
—Pero ¿qué haces aquí a estas horas? ¿Estás enfermo?
—No... mejor dicho sí, alguien me ha enfermado.
—¿Quién te ha enfermado?
—Nancy, J. C. ha muerto.

Como en cámara lenta, ella se desmayó y cayó sobre el tapete. Salté de la cama, asustado, pero Nancy volvió en sí rápidamente y se puso furiosa:
—¡J. C. ha muerto y tú aquí sin hacer nada! ¡Acostado, como un inútil!

Arrojó el vaso de coca-cola contra la pared y continuó regañándome a gritos. Yo no entendía qué pasaba. Ella gritaba, dejaba caer todo lo que tocaba. Luego se puso a fumar desesperadamente, un cigarrillo tras otro, sin hacerme caso. Finalmente se calmó, se sentó y comenzó a llorar.

Llamé a Washington a Michel Fiator, un compañero de Dahomey, pero su esposa dijo que no estaba. Intenté localizar a Archie Shepp, en Francia, pero me dijeron que andaba en el festival de Châteauvallon; en última instancia llamé al poeta Imamu Baraka, pero él había salido de Newark la víspera para dar una serie de conferencias y lecturas en California. Además, era muy temprano, horario de trabajo, para ubicar algunas personas que conocía en New York. Con Nancy estábamos solos. Saqué lo que nos quedaba de alcohol y empecé a poner todo lo que teníamos de J. C. Pero ¿escuchábamos? No, éramos la música y esa música era J. C. Acabamos el bourbon y me serví un ginebra. Estaba ebrio pero lúcido. Bebía esa música mientras Nancy, la cabeza entre mis muslos, se adormecía. ¡J. C!


3

¡Ah! ¡J. C.! Estaba con Splivie cuando lo escuché por primera vez en Village Gate. No sé qué había tocado pero había sido largo, demasiado largo, tanto que al final del tema la sala estaba casi vacía. El resto de los espectadores aplaudía perezosamente, y, todavía más, alguien en la sala gritó: “¡Para que aprendas, y ojalá la próxima vez seas más corto! J. C., desanimado, desarmó su saxofón y se fue. Estaba tan solo, tan triste. Decidimos entonces expresarle nuestra simpatía y no sé muy bien cómo, los tres, llegamos a dar a mi casa. No era lejos, yo vivía en Bleecker Street, casi al frente del Village Gate. Nos sentamos y ofrecí cerveza, no tenía más nada.
—Me gusta mucho su música, le dije, y lo de esta noche no debe desalentarlo.
—Ah —rió— si me hubiera desanimado, ya estaría donde Miles. Pero ¿cómo explicarle a la gente? Por Dios, todo lo que es vivo evoluciona. Y la gente debe comprender que yo cambio, busco otra cosa diferente a lo que tocaba hace seis meses, hace tres meses.
—Ustedes estaban perfectamente en el quinteto de Miles, dijo Splivie.

J. C.pareció molestarse.
—¡Pero dejen de petrificarme! Soy un artista, un creador, y debo ir más lejos; evolucionar, vivir, ¿entienden? Si creé mi propio grupo fue porque lo que hacía antes y en otros lados ya no me era suficiente.

Splivie intentó reparar lo dicho:
—En efecto, al público le gusta sólo lo que le es familiar o, al menos, no le gusta sino lo que comprende.
—Al diablo con el público, dije, toque lo que le guste.
—Miren, mi problema es que aún no estoy satisfecho con lo que hago y, por supuesto, el público lo está todavía menos. Incluso no sé cuál dirección tomar. La culpa no es del todo del público; es sobre todo mía.

Se calló un momento, luego habló para sí mismo:
—Sin el público no soy nada, pues mi música es una música popular. Quiero tener en cuenta el gusto del público pero si él, por su parte, me deja buscar lo que me satisface... Ah, todo esto es bien difícil.
—Tal vez sería más prudente tocarle al público lo que a éste le place, dije, y tocar para usted cuando esté solo; después de una sesión, por ejemplo.
—¡No, no!, dijo él con fuerza. Sería hipócrita. Un músico, un creador debe dar lo que siente profundamente, verdaderamente. —Su voz se había vuelto cálida, apasionada— Hay demasiada mentira en este mundo, demasiada degradación. Las relaciones entre los hombres son tan falsas, el dinero lo arruina todo, no se le aconseja sinceridad a quien desee ser rico o poderoso. Lo que nos queda, al menos lo que me queda a mí, es el arte, la música. Es lo único que cuenta para mí. Luchemos para que ella por lo menos permanezca pura.

Su voz vibraba; creí que era un iluminado y sentí un poco de miedo. ¡Ah! ¡J. C! Más tarde pude comprender cómo es de difícil para un músico expresar lo que siente con meras palabras. Enseguida bebimos en silencio. Y después Splivie dijo, como para desesperarme más:
—Tal vez el público lo apreciaría más si sus solos fueran un poco más cortos.

Pero, al contrario de lo que esperaba, esas palabras no descorazonaron a J. C.; simplemente él respondió:
—He pensado en eso, créame, pero no puedo. Necesito por lo menos un cuarto de hora para arrancar, para sentirme dispuesto a expresar lo que quiero expresar, y otro cuarto de hora para detenerme. Por eso no comprendo lo que quieren decir al pretender que mis solos son demasiado largos. Es como si se me dijera que el saxofón es un instrumento de cuerdas, eso no tiene ningún sentido.
—Es necesario también mucho valor para volver a tocar, día tras día, delante de un auditorio hostil o al menos indiferente como el de esta noche.

Una sonrisa fugitiva surcó su rostro. Vació su botella de cerveza y respondió:
—¿Creen que era hostil el de esta noche? Pues bien, no han visto nada. Siempre me acuerdo de esa jam-session en el Birland. Me “sentía”; esa noche verdaderamente me fui, soplaba, soplaba, y me parecía ver los sonidos que salían del saxofón, vibraba con ellos —él ahora estaba de pie y hacía la imitación de tocar—. Cuando llegué al final de mi solo, le di la señal al coro: ¡nada, ni un sonido! Todos los músicos habían dejado el escenario, indignados. Yo estaba solo, solo, y de pronto me sentí desnudo, vulnerable bajo las burlas de la sala. Pero lo que me derrumbó, fue escuchar a uno de los músicos que más admiraba gritar delante de todo el mundo: “Si lo que ese tipo está tocando es jazz, me pregunto qué es lo que yo he tocado hasta ahora.” Eso me acabó completamente. Dejé el escenario durante casi un año.

Nadie habló. Bebíamos en silencio y J. C. continuó, como dirigiéndose a sí mismo:
—No, no desfalleceré. Es necesario que logre dar al auditorio, que le haga escuchar, ver, todas las cosas maravillosas que un músico como yo siente en el universo. ¡Hacerles sentir el amor del mundo, un amor supremo!

De nuevo su voz vibraba, sus ojos resplandecían. Y tuve una vez más la sensación de estar frente a un iluminado. Apasionado, se volvió hacia mí:
—¿Usted comprende, no es cierto? Sabe lo que yo busco... La droga mata, el alcohol envilece. ¿Y las mujeres? Pasemos. ¿Qué más me queda? La música. ¿Usted comprende? Sólo eso puede salvarme y tal vez ayudar a salvar a los otros. El fin de mi meditación a través de la música es abrirme a Dios, mejor dicho a todo, al amor del mundo, de los hombres, abrirme al sol, a las vibraciones, a la energía cósmica. Eso me permitirá entonces educar a la gente, inspirarlos para que puedan añadir a su capacidad de vivir una vida con sentido. Porque, vean ustedes, ciertamente la vida tiene un sentido.

Lanzó la última frase como un desafío a no sé quién, al universo, quizá. Sin despedirse, J. C. se levantó y, dando un portazo, salió.

Durante seis meses no dio conciertos, y nosotros lo perdimos de vista. Fue en esa época que conocí a Nancy y los dos comenzamos a rastrear todos sus discos. En efecto, él no era un desconocido, como había tratado de hacernos creer, pues había grabado un disco con Ellington, sin contar, por supuesto, los discos con Miles y con muchos otros grandes músicos clásicos, como Johnny Hodges y Theolonius Monk. Pero, para él, eso no contaba, era el pasado. Para él la música, como todo arte vivo, no debía cesar de rebasarse, de sobrepasarse a sí misma. Pensaba que existía una relación profunda entre la música y el resto del universo, algo así como el tipo de relación entre materia y energía en la física de Einstein. Por eso él siempre iba a la delantera, dejando atrás todos a esos músicos sin fe, y, mucho más atrás, a esos auditores encerrados en sus hábitos y clichés...

 

4

¡Luego J. C. regresó! Ah, créanme, así mi vida sobre esta tierra durara mucho, jamás lo olvidaré. Fue en la radio, y por azar nosotros supimos que iba a dar un concierto esa noche. Nancy llamó por teléfono a Splivie para preguntarle si estaba al corriente. Splivie no lo sabía. Llamé a mi amigo de Washington para decirle que tomara un avión de inmediato, pero nuevamente su esposa, Joan, me dijo que estaba por Etiopía. Reservamos, entonces, cuatro entradas, para Nancy, Splivie, Muriel y yo. Muriel era muy bella, en verdad eso que se llama la belleza negra; le decía, por otra parte, Angélica —pequeño ángel— a causa de un tema del mismo nombre que ella amaba, interpretado por J. C. con Duke al piano. Además, yo siempre andaba enamorado de Muriel; con sus largos cabellos afro y sus gafas, se parecía un poco a la Angela Davis de los años sesenta. Nunca supe cómo hablarle y menos cortejarla. ¡Y decir que fui yo quien se la presentó a Splivie!

Nuestra mesa estaba cerca del escenario y bebíamos —era obligatorio consumir— mientras esperábamos la llegada de los músicos: no tardaron. Aplaudimos ruidosamente y J. C. miró hacia nosotros. No sé si nos reconoció, pero tuve la impresión de que su mirada nos decía: ¡paciencia, amigos, que ustedes van a escuchar algo! En general, en esas discotecas de jazz que nosotros frecuentábamos en Estados Unidos, el silencio no era riguroso. Se grita, se patea el suelo, se palmotea, se habla, se bebe, se fuma con la música y los músicos. Y eso fue lo que pasó esa noche cuando empezaron a tocar, a pesar de la emoción que teníamos de ver otra vez a J. C. Pero, poco a poco, el saxofón de J. C. emergió del coro, al principio débilmente, y después fue inflándose, surgiendo y sumergiéndose como un torrente. La sala bruscamente se calló, y el silencio fue absoluto. El barman paró a medio camino, sosteniendo en su mano el vaso pedido por un cliente; un oyente se detuvo con la mano en el picaporte de la puerta de los W.C.; sólo había movimientos fijos, frases interrumpidas y silencios llenos de atención y de tensión. J. C. estaba ahí en medio de su cuarteto, como un gran sacerdote iluminado. Los sonidos, las frases, las armonías, las pasiones, los gritos volaban de ese saxofón, inagotables, como si un mar enfurecido se lanzara contra peñascos. Notas corriendo unas tras otras, atrapándose, mezclándose, rebasándose, a pesar de que creíamos escuchar racimos de sonidos deslizándose unos contra otros, cuántos sonidos escapados de un núcleo interno en fusión. Armónicos incesantemente retomados, casi simultáneos sobre diversos tonos, como si él tocara dos, tres saxofones sobre octavas paralelas. El fervor aumentó, aumentó, se volvió intenso, tan cautivante que no se distinguía el movimiento de sus dedos. Estos ascendían y descendían las gamas del instrumento a una velocidad que parecía más rápida que la luz. Y el fervor transformó al hombre y a la música y los confundió en un torbellino de sonidos en estado puro: una nebulosa que explota en el universo, fuera del tiempo de los relojes humanos, en un universo donde todas las cosas son apasionadas y ardientes, no más que esencia, una estrella que estalla formando mil fuegos artificiales, mil soles pequeños. Nosotros no existíamos. Hacíamos el viaje con el Maestro, el brujo: gran fiesta pagana, festín dionisiaco, infierno y condenación eterna, azufre y sal, el amor, la salvación. El Maestro nos había alcanzado y traspasado. Nos bañaba en un mundo de amor supremo, sublimado. “A love supreme”, gritaba. Volvió a tomar la frase en todos los sentidos, en todas las combinaciones posibles de su saxofón tenor y, ¡oh!, sorpresa, el instrumento no pudo más. J. C. lo arrojó a un lado y encontró enseguida otro médium: una voz humana extasiada, extática, que retomaba monótonamente, incansablemente, la misma frase, como si para el músico se hubieran realizado estas palabras del Bhagavad Gita: “Mira ahora unificado en mi cuerpo el universo entero —todo lo que se mueve y no se mueve”. Estábamos agotados, el corazón abierto, desnudados por esa especie de cuchilla sonora. J. C. se calló. Yo estaba anhelante; la respiración entrecortada, Muriel lloraba: gruesas lágrimas redondas, brillantes y cristalinas rodaban por sus mejillas; y sonreía al mismo tiempo. Nancy tenía el rostro completamente inexpresivo, sólo sus grandes ojos parecían abiertos a un mundo invisible para nosotros. Nadie pensaba aplaudir. El silencio seguía... cuando, de repente, se escuchó una risa fuerte que comenzó como una nota baja de saxofón alto, fue creciendo en una serie de notas agudas hasta estrellarse en una palmada. ¡Splivie, había olvidado a Splivie! Él estaba ebrio, ebrio de música y de alegría. Y esa fue la señal. Todo el mundo se puso a aplaudir, a charlar. El barman, de pronto, confuso, se precipitó hacia su cliente; bulla, ruidos diversos. J. C. se inclinó una vez aún ante los aplausos, y dejó el escenario.

Sobra decir que nada atrae más al éxito que el mismo éxito. Tuvimos muchos problemas, esa noche, para acercárnosle, pues todos querían verlo, hablarle e incluso pedirle autógrafos. Pero J. C. no nos había olvidado y nos reconoció enseguida; nos tomó como sus primeros amigos, es decir, como aquellos que no habían esperado para volar hacia el éxito. Y con nosotros estuvo esa noche.

No era el J. C. que habíamos conocido. Estaba radiante, feliz. Pero no esa alegría que hace gritar o cantar bajo la lluvia, que sé yo, sino una alegría interior, como si un fuego lo estuviera quemando, un fuego que lo consumía y volvía su rostro luminoso. Fuimos a un bar, en el Lower Cast End de Manhattan, no lejos de Slug’s, otra discoteca de jazz que teníamos la costumbre de frecuentar. Le presenté las muchachas y ellas le cayeron bien.
—J. C. lo que has tocado esta noche es una obra maestra; lo digo seriamente, es tu mejor obra. Al fin has encontrado, ¿no es cierto?, dije contento.

Él sonrió.
—Sí, tal vez porque he comprendido.

El camarero nos interrumpió. J. C. pidió un jugo de frutas. Me sorprendí un poco. Me acordaba de las grandes cantidades de alcohol que, la otra noche, había consumido en mi casa. Hablamos de música, de la felicidad. Lo felicitamos una vez más. Aunque se veía contento, estaba un poco incómodo por nuestro excesivo entusiasmo. Muriel, que hasta entonces no hacía otra cosa que escuchar, le preguntó:
—Hace un rato dijiste que tal vez habías encontrado porque comprendiste. ¿Qué has comprendido?
—Tu música ha sido tan bella como Muriel, dije yo para molestarla.

Ella me sacó la lengua y se volteó hacia J. C. que respondió:
—Si no toqué durante casi seis meses, fue porque reflexioné sobre mi arte, sobre mi fracaso. No solamente con el público sino también un fracaso conmigo mismo, ya que no estaba satisfecho con lo que hacía. Desde entonces he reflexionado mucho, he escuchado y también he leído bastante.

—Pero ¿qué es lo que has comprendido?, insistió Muriel.
—Que había demasiada distancia entre mi música y yo. Escuchen, les voy a contar una fábula oriental que me ha mostrado el camino. Es un derviche sufista quien la cuenta. Un día, un hombre fue a la puerta de su amada y golpeó. Una voz preguntó: “¿Quién es?” El respondió: “soy yo.” La voz respondió: “aquí no hay suficiente espacio para ti y para mí.” La puerta permaneció cerrada y el hombre se fue, desdichado porque su amada lo había rechazado. Después de un año de soledad, de privaciones y de reflexión, el hombre volvió a la casa de la amada. Y golpeó. “¿Quién es?”, preguntó una voz. “Soy tú”, respondió él. Enseguida ella abrió la puerta.

Escuchamos el cuento en silencio; me recordaba un poco las parábolas y los proverbios africanos que cuentan los viejos en los pueblos:

—Y ahora que has encontrado, ¿qué vas a hacer?, le preguntó Nancy.
—¡Oh!, perdón, todavía no he encontrado lo que busco. ¿Lo encontraré algún día? Quizá percibo sólo la dirección. Pero ya es un comienzo. Y es por ello que esta noche estoy tan feliz. Quisiera estar más próximo de mi música, que ella sea yo, es eso la santidad. Y que muera con ella, preferiblemente en plena escena, en el momento preciso en que la sienta como la sentí esta noche.

Se calló un instante y, con la modestia que no lo abandonaba nunca, añadió:
—De todas formas, no seré el primero en morir en escena, ¿no es cierto?

Discutimos y bebimos hasta el cierre del bar.

A J. C. lo volvería a ver una vez más, pero nunca pensé que sería la última. ¡Ah, si lo hubiera sabido! ¿La vida es soportable sólo cuando no conocemos el porvenir? Pero regresemos a este último encuentro. Primero, hay que comprender lo que J. C. y la música empezaron a significar para mis amigos y yo. El jazz era la cosa, el lugar, la galaxia alrededor de la cual se organizaba nuestra vida, y en el centro de esta galaxia se hallaba, como un sol, J. C. Los sábados en la noche, desplatados, ofrecíamos nuestra fuerza de trabajo a algunos restaurantes, hacia las diez de la noche, cuando el flujo de los espectadores que salía de los teatros o de los cines, obligaba a los administradores de los restaurantes a contratarnos para suplir las máquinas de lavar platos, sobrepasadas por el ritmo de los servicios; desde que se nos pagara, hacíamos lo que llamábamos en nuestro argot el “bar hopping”, la ronda por las tabernas para recoger, uno a uno, los compañeros que nos esperaban en sus sitios de predilección. Entonces, como pájaros nocturnos, la cabeza llena de luces y de sueños, con chicas o sin ellas, nos hundíamos en las noches sonoras e iniciáticas de las discotecas de jazz neoyorkinas hasta que la blancura del alba dominical nos echaba. Más tarde, cuando fuimos militantes del Black Power y compañeros de ruta de los Panteras negras, esta música tomaría un sentido nuevo para nosotros, ella habría de convertirse en la vanguardia artística de nuestro combate. Hoy reconozco que explotábamos un poco a J. C., defendiéndole, atribuyéndole un sentido político a su maravillosa música; incluso le habíamos llamado el Malcom X del jazz. Pero eso no parecía molestarlo puesto que jamás protestó contra el uso abusivo que hacíamos de él. Más lúcido que nosotros, ¿sabía él que su música era pura en sí misma, como un cristal, y que nuestras peripecias políticas no tenían ninguna consecuencia artística y en nada alteraban su real esencia? ¡Ah!, J. C., tú eras más sincero que nosotros, tenías una fe desinteresada. ¿Lo era también la nuestra? ¿Qué queríamos decir verdaderamente, en la turbulencia de esos años sesenta, cuando hablábamos de liberar al hombre negro, de cesar la explotación del hombre por el hombre? ¿Esas palabras, esos gritos grandilocuentes y trillados, lanzados a la cara del mundo, tenían una significación concreta? En cambio tú, cuando nos decías que tú música era una fuente de vida, un medio para elevar a los hombres y hacerlos realizar lo que ellos deseaban en su existencia, no utilizabas cláusulas retóricas. ¿La prueba? Tú que bebiste tanto, que probaste en todas las drogas, en todas las mujeres, ella te permitió dejar la bebida y los estupefacientes; tu música te bastaba hasta tal punto que te volviste un poco asceta, incluso místico cuando hablabas de hacer ese viaje soñado al Africa, al Origen. ¿Sospechabas que el Arte no podía reemplazar una verdadera revolución política y social? ¿que, contrariamente a la política que vive manipulando a las multitudes, la salvación por la vía del Arte es un asunto individual, algo así como cuando entramos y salimos de la vida, completamente solos? En todo caso jamás impusiste nada a nadie, como lo hicimos nosotros. Pero, J. C., pese a ti, pese a que te hayamos utilizado, tu música nos ayudó, ayudó a nuestro pueblo, pues a través de ella él adquirió una nueva sensibilidad, le reveló una nueva aprehensión del mundo que estaba latente en él. No puedes imaginarte hasta qué punto nos estremecimos con esa pequeña obra maestra de dos minutos y veinte segundos, Alabama, que dedicaste a las cuatro niñas asesinadas en una iglesia de Birmingham por la explosión de una bomba criminal. ¡Ah, J. C. esos dos minutos veinte de rabia dominada y tristeza contenida que desembocan, no obstante, en la esperanza, una esperanza surgida bruscamente del fondo de tu dolor reprimido, para triunfar en esas notas agudas del saxofón tenor que vuelan hacia el cielo! En los años sesenta, vi a los mejores camaradas de mi generación ir al sacrificio, hacerse masacrar por ideas en las que habían confiado: Créeme, J. C., tu música sostenía su fe. Y es aquí donde está el triunfo del artista sobre los militantes políticos: él no busca persuadir ni dar felicidad a la gente, incluso a pesar de ella. Deja a cada individuo el placer de descubrirse y de descubrir al mismo tiempo en él esas cosas maravillosas y extraordinarias que deben existir en alguna parte del universo...

¿Nuestro último encuentro? No, no hablaré de eso, es demasiado triste. Un J. C. abatido, expulsado de su apartamento, sin dinero. Motines, el hermano de Splivie muerto. No, verdaderamente no vale la pena hablar de eso.

 

5

J. C. estaba muerto. Escuchamos largo tiempo sus discos; y cada vez sentíamos más el amor volcánico, por no decir cataclísmico, que se escapaba del instrumento de ese increíble músico. Nancy se levantó, entonces, y conectó la radio para las noticias de la noche. Por supuesto, se hablaba de la muerte de J. C. Una necrología mediocre y manida como todas las necrologías de hombres célebres. Se hablaba del gran músico, de sus conciertos maravillosos, se decía que era de los más grandes, etc., etc. Pero no hablaban del J. C. que habíamos conocido, del hombre desesperado, rechazado por los auditorios y las casas disqueras, que arrastraba su cuerpo famélico por las calles de New York intentando alimentar esa música que latía en él; del J. C. feliz, creyente de haber encontrado el camino, su camino; en fin, de ese hombre humillado y expulsado por la conserje, y tratando de encontrar, entre dos motines, un lugar dónde vivir... “Terminaremos nuestro homenaje a este gigante de la música con un tema inédito, sacado del disco grabado en febrero pasado, y que sólo aparecerá como obra póstuma...”

Me sobresalté. ¡Un disco que no conocía! No tuve tiempo de conectar mi grabadora; Nancy estaba ya petrificada cerca del radio. Escuchamos. ¡Cielos! ¡J. C! Era esa su manera propia de salir del coro, lentamente, inflándose, creciendo y desbordando después toda la sección rítmica, pero también era un J. C. diferente. En lugar de fugarse hacia el universo en un grito de júbilo, en un soplo abrasador, esta música, al contrario, era serena; ya no poseía esa aceleración fulgurante, la energía que le conocíamos. J. C. parecía proceder a la inversa, descendiendo cada vez más hacia las profundidades de su ser, sin enmascarar totalmente la fuerza que sostiene toda su música. Se tenía la sensación de estar frente a un hombre decepcionado por lo que ha encontrado —o no pudo encontrar. En ese sentido, parecía haber sacado todo lo que se podía sacar de un saxofón tenor; y así, casi sin sorpresa, lo escuchamos por primera vez intentar tocar la flauta al final del disco.

Ahí estaba el último mensaje de J. C., la expresión profunda de lo que él sintió durante los últimos meses de su vida.

De golpe, tuve deseos de escribir algo. Tomé una hoja de papel y borroneé:

When the time comes

Y luego, nada más. Necesitaba encontrar algo, escribir algunas palabras que me marcaran este día. Pero nada. El teléfono sonó. Era Ornette Coleman que me indicaba que el cuerpo de J. C. lo expondrían en la iglesia San Pedro, en la esquina de la Calle cincuenta y cuatro con la Avenida Lexington, y me pedía que le dijera a todos mis compañeros músicos que fueran. Además, sabía que Ravi Shankar estaba en San Francisco; e intentaría contactarse con él para ver si podía venir. Igualmente me pidió que llamara para ver si el poeta Ted Joans había regresado de París. Me dijo, en fin, que la ceremonia sería un concierto de jazz, una especie de jam-session. ¡Qué bella idea! Cuando muera, quisiera que se tocara jazz para mí, o si no, que alguien tuviera la gentileza de poner durante mi velorio el disco “A love supreme”. Volví a mi hoja de papel. ¿Por qué me obstinaba en querer escribir algo? ¿Era para darle una significación a esta muerte? Buscarle un sentido a la muerte era idiota. J. C. decía que había un sentido en la vida, pero no en la muerte: ¿él lo había encontrado? Nacer, comer, crecer, hacer el amor, luchar, buscar....y después morir. J. C. estaba muerto. El que había rozado la perfección, que había entrevisto, en el espacio de una nota, de una sonoridad, el absoluto perseguido quizá vanamente en el Bhagavad Gita. ¿Cuál era el sentido de todo esto? Tal vez que complicábamos demasiado las cosas. ¿Y si el sentido de la vida fuera la vida misma, y lo esencial, vivirla? Todas estas preguntas me daban vueltas en la cabeza. ¡Me asfixiaba! Durante un rato me eché agua del grifo en la nuca, luego me sequé; Nancy estaba todavía postrada en su sillón. De repente me sentí más calmado. Tomé de nuevo la hoja de papel y escribí de un tirón:

When the time comes,
may he rise again in the glory
of his luminous sound
to be the teacher of us all
and let his supreme vibrations show the way
to us,
the living.
And may his people for whom he sang
rise up with him...

No, taché los dos últimos versos “y que su pueblo por el cual, etc.” No podía, ya no podía escribir eso. Yo había hecho demasiada trampa con la palabra “pueblo”. Había hecho demasiada trampa con J. C. y conmigo mismo. Sólo estaba seguro de una cosa: un hombre que podía con una sola nota hacernos viajar hacia estrellas lejanas, hacernos descubrir todas las maravillas en este mundo y fuera de él, no podía morir. No, un hombre como J. C. no podía morir. Dejé la hoja sobre la mesa, recogí todos los discos esparcidos aquí y allá, los arreglé cuidadosamente y abrí las ventanas. Besé a Nancy, empujé la puerta y salí a la calle. Por un instante fui enceguecido, no por el sol, sino por el parabrisas de un carro de la policía que adelantaba una ambulancia: al frente mío, un muchacho negro de trece años acababa de ser asesinado por un agente de policía blanco que estaba alegando, delante del tumulto de Negros hostiles, su legítima defensa.

 

Emmanuel Boundzéki Dongala (El Congo)

Nació en 1941. Pasó su infancia y adolescencia en el Congo. Hizo estudios universitarios en Estados Unidos y Francia. El cuento “A love supreme” hace parte del libro Jazz et vin de palme (París, 1982).


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