Harald, Claudia y su hijo Duncan

 

 

Nadine Gordimer

 

 

Traducción: Felisa Baena, Juan David Montoya y José Gabriel Baena


 

Algo terrible pasó.
Ellos están mirándolo en la pantalla con sus tazas de café de sobremesa al lado. Es Bosnia o Somalia o el terremoto que agita una isla del Japón como un perro entre sus dientes apocalípticos; cualesquiera que fueran los desastres de ese tiempo. La pantalla les sirve el café todas las noches. Cuando el citófono zumba cada uno mira al otro con una resistencia amistosa: tú vas, tu turno. Es parte del convenio de vivir jun­tos. Tomaron la decisión de dejar la casa y mudarse a este complejo de casas-de-pueblo con tierras mantenidas y entrada con supervisión de seguridad apenas recientemente y aún no están acostumbrados, o más bien están momentáneamente inclinados a olvidarse de que no es el ladrido de Robbie y el viejo anillo de la campanilla de la puerta delantera lo que los convoca, ahora. Ningún animal doméstico se permite en el complejo, pero había la solución de que los suyos pudieran irse a donde su hijo, quien tiene una cabaña con jardín.
Él/Ella —el tirón de una sonrisa, él se levantó con una languidez dirigida a ella y fue a levantar el receptor más cercano. Quién, ella medio-oyó que él dice, medio-escuchando el comentario que siguen las imágenes, Quién. Podría ser alguien queriendo convertirlos a alguna secta religiosa, o la entrega de un citatorio para una infracción de aparcamiento; empleados nocturnos hacían esto. Él dijo algo más que ella no escuchó pero lo oyó apretar el botón para abrir.
¿Sabes quién podría ser Julián Vester? ¿Amigo de Duncan?
Él/Ella —ellos no lo sabían, ninguno de ellos. Nada raro en eso. Duncan, de treinta años, tenía su propio círculo así como sus padres tenían el suyo, y éstos se cruzaban sólo ocasionalmente cuando se encontraban los intereses inculcados en él cuando niño por sus padres.
¿Qué quiere él?
Sólo dijo que hablarnos.
En el mismo instante ambos fueron tocados por un vívido voltaje de alarma. A qué hay que temerle, definido en el contexto conocido por alguien de treinta años en esta ciudad —un accidente automovilístico, un asalto callejero, una irrupción violenta en la cabaña. Estaban de pie los dos en la puerta, confrontando, confrontando los pasos que seguían acercándose a su senda privada pavimentada bajo las espadas cruzadas de las hojas de las palmas de strelitzia, la señal del segundo citofonazo, ¿y este hombre joven viene de dónde? ¿Para qué? Duncan. No importaba su apariencia. Él miró fijamente el suelo cuando entró, para que ellos no lo pudieran descifrar. Se sentó sin decir una palabra; era una insinuación para que ellos hicieran lo mismo, también.
Él/Ella —el turno de quién. ¿Ha habido un accidente? —Ella es una doctora, ve lo que las ambulancias traen a Cuidados Intensivos. Si hay algo roto ella lo puede arreglar si alguna vez puede pegarse de nuevo.
Este Julián contrae las alas de sus labios sobre sus dientes y aprieta su boca antes de hablar.
Una especie de... ¡No Duncan, no, no! A alguien le han disparado. Duncan ha sido arrestado.
Ellos se ponen de pie. ¡Por Dios! —de qué está hablando usted —qué es todo esto, cómo que arrestado, arrestado por qué —.
El mensajero es atacado, se pone malhumorado, incapaz de soportar lo que tiene que decir. La palabra obscena brota avergon­za­damente de él.
Asesinato.
Todo ha llegado a un fin.
Lo único que puede entenderse es un accidente automovilístico, un asalto callejero, una irrupción violenta.
Él/Ella. Él pasa a zancadas y apaga la televisión. Y expele un aliento violento. Durante largo rato nadie se movió, nadie murmuró, la palabra y el acto dentro de la palabra no podrían entrar aquí. Ahora con el toque de un interruptor y el chorro de respiración un nuevo calendario se abre. El viejo calendario gregoriano no puede registrar este día. No existe en esa medida.
Este Julián les dice ahora que un magistrado fue llamado “después del trabajo” (él da el detalle con el peso de su urgente gravedad) para sentar una acusación en la estación policíaca y la fianza fue negada. Ese es el propósito práctico de esta visita: Duncan dice —Duncan dice, el mensaje de Duncan es que no hay caso en que ellos vayan, no hay caso en intentar la fianza, él se presentará en la corte el lunes por la mañana. Él tiene su propio abogado.
Él/Ella. Ella ha marcado la fecha en las fórmulas de los pacientes docenas de veces desde la mañana pero busca encontrar la pregunta que traiga algún tipo de respuesta a esa palabra pronunciada por el mensajero. Ella clama. ¿Qué día es hoy?
Viernes.
Fue un viernes.

Es probable que ninguno de los Linmeyers hubiera estado antes en una corte. Ellos habían revisado cada explicación posible durante las cuarenta y ocho horas del fin de semana ante la imposibilidad de poder hablar con él, su hijo, él. Debido a lo absurdo del cargo ellos sentían que tenían que respetar su instrucción de que no intentaran verlo; esto debe indicar que el asunto entero era ridículo, eso es, muy ridículo, su propio asunto ridículo que se resolvería pronto, fue mejor no haber dado la confirmación de ser tomado en serio por la madre y el padre, llegando a una prisión acompañados por su abogado, emociones fuertes, etc. Esa fue la forma que adoptaron para leer su orden; una mezcla entre la consideración por ellos —ninguna necesidad de mezclarlos en el asunto— y la independencia que el joven se había concedido en consenti­miento mutuo y afirmada desde que era un adolescente.
Pero el miedo asiste a lo desconocido. El miedo era una droga que llegó a ellos pero no suministrada por la farmacopea de ella; serenamente caminaron sin algo que decirse el uno al otro a lo largo de los corredores de las cortes, Harald sosteniendo a su esposa Claudia con la cortesía de un extraño cuando encontraron la puerta judicial correcta, entraron y atravesaron tambaleándose con torpeza para sentarse en las bancas asignadas.
El mismo olor del lugar era el de un país extranjero al que ellos fueran deportados: el olor de barreras de madera pulidas y el piso demasiado encerado. Arriba las altas ventanas, sus tragaluces bajos. Los uniformes ocupados por hombres con la impersonalidad de miembros de un culto, todos usuarios intercambiables de sus atavíos. La presencia de algunas figuras sentadas en algún lugar cercano, del tipo de los que miran fijamente desde los bancos del parque o yacen boca-abajo en jardines públicos. La mente tiembla con lo que la confronta, como lo hace un pájaro que ha volado en un espacio confinado de pared a pared, debe de haber una apertura. Harald sentía chocar con la sensación de la escuela, demasiada lejana para ser recordada conscientemente; olor institucional y madera dura bajo sus nalgas. Incluso se le atravesó el nombre de un profesor; nada del pasado podría ser más remoto que este presente. En un instante de atención él vio a Claudia despertar de su inmovilidad para desconectar el beeper que la mantenía en contacto con su cirugía. Ella sintió la distracción y volvió su cabeza para leer su mirada oblicua: nada. Ella le dio la sonrisa tiesa con la cual se saluda a alguien que uno no está seguro de conocer.
Él surge desde el hueco de una escalera entre dos policías. Duncan. ¿Puede ser? ¿Tiene él que ser reconocido en una persona que no pertenece a él como lo conocían, como siempre lo han conocido —y quién podría identificarlo mejor? Él lleva jeans verde-oscuros y un suéter negro de algodón. El tipo de ropa que suele llevar, pero el cuello aseado de una camisa blanca sobresale del cuello del suéter; éste es el detalle, sumisión de la ficha a las convenciones esperadas por una corte, eso hace la conexión de realidad entre los que lo conocieron, a él, y a este otro, flanqueado por los policías.
Una explosión de calor se apoderó de Harald, confusión como ansiedad o ira, pero ninguna de éstas. Alguna reacción que nunca antes había tenido ocasión de ser llamada.
Duncan, sí. Él los miró, reconociéndose. Claudia le sonrió con la cabeza erguida, para que todos vieran. Y él inclinó su cabeza hacia ella. Pero él no miró a sus padres directamente de nuevo durante los procedimientos que siguieron, excepto cuando su controlada, casi meditativa mirada barrió por encima de ellos mientras iba alrededor de la galería pública por los dos jóvenes negros con sus piernas posadas relajadamente ante ellos, el anciano sentado adelante con sus manos en la cabeza, y el grupo familiar, probablemente se preguntaron si pasar el tiempo relajados antes del caso de su interés, quienes estaban susurrando entre ellos sus propios asuntos.
El juez hizo su entrada, todos movían sus pies inquietos, luego se calmaron. El juez era alto o corto, calvo o no —no importa; hubo un sacudón de hombros bajo la voluminosa toga, y su joroba se inclinó sobre los papeles presentados a él, él hizo unos comentarios breves en tono de pregunta dirigido a las mesas en el espacio de la corte donde las espaldas del fiscal y el abogado de la defensa se presentaban a la galería. Bajo escaleras de luz vacilante, policías con mandados entraban y salían deliberando en roncos cuchicheos; la rotación de procedimientos concluyó. El caso se aplazó a una fecha dos semanas después. Una segunda solicitud para la fianza fue negada.
Terminado. Pero empezando. Los padres se acercaron a la barrera entre la galería y el cercamiento judicial y no les evitaron el contacto con su hijo. Cada uno lo abrazó mientras él mantenía la cabeza lejos de sus caras.
¿Necesitas algo?
No es justo, decía el joven abogado. Estoy haciendo un oficio para rechazar la negativa, en seguida, ahora mismo, Duncan. No le permitiré al fiscal salirse con la suya. No se preocupe. —Este último se lo dijo a la doctora, exactamente en el tono de certeza que ella usaría con pacientes cuya prognosis era incierta.
El hijo tiene un aire de impaciencia. La mirada inquieta de alguien que desea partir; una necesidad urgente con algo de preocupación, un asunto consigo mismo. Ellos podrían tomarlo como muestra de confianza; de su inocencia —por supuesto; o podría ser una tapa para el miedo, semejante al miedo que ellos habían sentido, ocultando su miedo con orgullo, no queriendo que fuera asociado con el de ellos. Él era ahora oficialmente un acusado, en registro como tal. El acusado tiene un status de miedo que le es propio, ¡¿o no?!
¿Nada?
Yo veré todo lo que Duncan necesita. —El abogado apretó el brazo de su cliente mientras balanceaba su maletín y partió.
Si no había nada, entonces...
Nada. Nada que ellos pudieran preguntar, no. De qué se trata todo esto, ¿qué fue lo que usted hizo; qué se supone que ha hecho usted?
Su padre sostuvo y expelió el aliento de nuevo como cuando apagó el tv. ¿Es él en verdad un abogado suficientemente competente? Nosotros podríamos conseguir a alguien más. Cualquiera.
Un amigo bueno y un buen abogado.
Bien, yo estaré en contacto con él después, averigua lo que pasó cuando vio al fiscal.
El hijo sabrá que su padre quiere decir dinero: él estará listo a proporcionar seguridad para esta contingencia que es imposible creer que se ha levantado entre ellos, dinero para la fianza.
Él se vuelve y se aleja —el prisionero, que es lo que él es ahora— en anticipación del movimiento de los policías para que se lo ordenen. Él no quiere que ellos lo toquen, tiene su propia voluntad, y su madre apenas roza los extremos de sus dedos al marcharse.
Ellos le ven dirigirse por las escaleras hacia lo que sea que haya allí bajo la corte. Cuando ellos abandonan la Corte B17, se dan cuenta de que el otro amigo, el mensajero Julián, ha estado parado justo detrás de ellos, para asegurar a Duncan de su presencia pero no queriendo estorbar a aquellos con los reclamos más íntimos. Ellos lo saludan y salen juntos pero no hablan. Él se siente culpable sobre su misión, esa noche, y de prisa sale fuera de su vista.
Mientras la pareja se dirige al salón de descanso de las cortes, inmensa y alta catedral que hace eco del susurro de sus diferentes suplicantes reunidos allí, Claudia se retira de repente, desapareciendo hacia la señal que indica retretes. Harald la espera entre estas pacientes personas en problemas, sin ninguna otra opción, para ellos; él es uno de ellos, las esposas, maridos, padres, amantes, hijos de falsificadores, ladrones y asesinos. Él mira su reloj. El proceso entero ha tomado una hora y siete minutos exactamente. Ella vuelve y dejan el lugar.
Tomemos un café en alguna parte.
Oh... Hay pacientes en cirugía, esperándome.
Que esperen.
Ella no tuvo tiempo de entrar al sanitario y vomitó en el lavamanos. No hubo ninguna advertencia; caminando con paso cansino con todas esas otras personas en problemas, parte del ansioso y aturdido andar, ella sintió de súbito el crujido de sus intestinos y supo lo que iba a venir. Ella no se lo dijo, cuando se reunió con él, y él debe de haber asumido que ella había ido al lugar con el propósito usual. Había una explicación, médicamente, para semejante ataque que viene sin la náusea. La tensión extrema podría disparar el agarrotamiento de los músculos. “Vomitó su corazón”: esa era la expresión que algunos de sus pacientes usaban al describir el síntoma. Ella siempre lo había recibido, secamente, como dramáticamente inexacto.
Que esperen.
Lo qué él estaba diciendo era que al diablo con ellos, los pacientes. ¿Cómo pueden comparar sus dolores y embarazos con esto? Todo llegó a un fin, esa noche; todo llegó a un fin. En la barra de café el mozo andrógino con cabellera larga y rizada y los bíceps de una pelota de tenis, tarareaba con placer música de fondo de gaitas. En la funeraria yacía el cuerpo de un hombre. Ellos ordenaron un café filtrado (Harald) y un capuccino (Claudia). El hombre al que le dispararon en la cabeza, encontrado muerto. ¿Por qué debe ser inesperado que sea un hombre? ¿No era un tipo de admisión, ya, el creer que podría hacerse en absoluto? Asumir que el cuerpo representaría a una mujer, una mujer asesinada por celos pasionales, la forma más común del acto, una de las páginas sensacionales de los periódicos del domingo, el crime passionnel, era aceptar la posibilidad de que fuera cometido, entraba del todo en el contexto de una vida. La suya. La de Harald. Accidentes en el camino, caídas de aviones, la azarosa violencia en las calles nocturnas, estos son los riesgos que están allí, la versión contemporánea de lo que las personas tomaban para sí como destino, junto con los dados como eternos, los riesgos de enfermedad, el fracaso de la ambición, la pérdida del amor. Esto es a lo que reconocen haberse expuesto los responsables de una existencia.
No somos ni mucho menos los más sabios.
Ella no contestó. Sus cejas se alzaron cuando ella tomaba las bolsitas de azúcar. Su mano estaba temblando ligeramente, privadamente, de la reciente convulsión violenta de su cuerpo. Si él lo notó no hizo comentarios.
Ahora entendían lo que habían esperado de él: ultrajar la absurda —cosa— la acusación, impuesta sobre él. Contra su presencia allí entre dos policías ante un juez. Ellos habían esperado haberlo visto estallar ante su vista; para eso era que estaban listos, para que les dijera —¿qué? Cualquier cosa que él pudiera, dentro de la restricción de ese cuarto con policías que vigilan y empleados que rascan juntos los papeles y los parásitos en la galería perdiendo el tiempo. Que su estar allí era una locura, ellos deben sacarlo inmediatamente, importunar a los oficiales, protestar —¿qué? Decirles. Decirles. Alguna explicación. Cómo haber pensado que esta situación fuera posible.
Un buen amigo.
El abogado un buen amigo. Y eso era todo. Su espalda cuando él bajó la escalera, un policía a cada lado. Ahora, mientras Harald estiraba una pierna para poder sacar unas monedas del bolsillo del pantalón, él estaba en un encierro que ellos nunca habían visto, una celda. El cuerpo de un hombre estaba en la funeraria. Harald dejó una propina para el mozo joven que estaba tarareando. Los pequeños rituales de vivir son un deslumbramiento de continuidad sobre aquello que ha llegado a su fin.
Caminaron hasta el automóvil a través del continuum de la ciudad, separados y atraídos nuevamente lado a lado por el estrechamiento y ensanchamiento de las aceras en relación con las otras gentes que iban con sus vidas, la mercancía de los vendedores esparcida en pequeñas pirámides de verduras, goma de mascar, gafas de sol y ropa usada, los quemadores de gas en donde las salchichas se freían como rizos de tripas humanas.

Por la tarde ella no podría hacerlos esperar. Era el día que venía en ronda para su relevo semanal en una clínica. De doctores como ella, en la práctica privada, se esperaba que satisficieran esta necesidad en áreas de la ciudad y en los que alguna vez fueran corteses y blancos suburbios de Johannesburgo donde ahora había una afluencia, un crecimiento y variedad de la población. Ahora la rectitud la estimuló, sobre aquello que había llegado a su fin; ella fue a su clínica en lugar de acompañar a Harald a donde el abogado. ¿Quizás esto también era para guardarse de la convicción de que lo que pasó no podría ser? No era un día para examinar motivos; simplemente seguir la sucesión establecida en un registro de citas. Ella se puso la misma bata blanca (ella es una funcionaria, como lo es el juez, encorvado en su túnica) y entró en el dominio institucional familiar a ella, el esterilizador de vapor con su batería de instrumentos precisos para cada tarea, la danzarina demostración de eficiencia de la joven enfermera de distrito con su blanca corona almidonada de muñeca enganchada en la cima de sus trenzas.
La procesión de carne estaba dispuesta ante la doctora. Era su medio, en el que ella trabajaba, los generosos muslos negros apartados renuentemente con modestia (la enfermera le tomaba el pelo a las mujeres, Ma-gogo, la Doctora es una mujer como usted), las blancas papadas peludas de los viejos bajo la auscultación. Las barrigas tiernas de los bebés resbalaban bajo sus palmas; lágrimas de reproche terrible se agolparon en sus ojos cuando ella tuvo que empujar la aguja en el relleno suave arriba de sus bracitos, donde el músculo no se había desarrollado todavía. Ella lo hacía en cualquier procedimiento necesario, con toda su habilidad para evitar dolor.
¿No es ese el propósito?
Hay suficiente dolor que emerge desde adentro; esta mujer con un tumor que crece en su cuello, preciso para sentirlo bajo los dedos experimentados, y luego la acostumbrada procesión semanal de pensionados cojos por la artritis.
Pero el dolor infligido desde afuera —la violación de la carne, un niño es quemado por una olla de agua hirviente que se voltea, o un cuchillo que se hunde. Una bala. Este agujereado de la carne, la fuerza, el ariete de una bala profundo en ella, aleación de acero como la que rompe un hueso como si volviera añicos una taza de té —ella no es una cirujana pero en esta ciudad violenta ella ha mirado esos trozos excavados y extraídos en mesas de operación; ellos retienen la forma aerodinámica de la velocidad misma, no hay ningún elemento en el cuerpo humano que pueda resistir, incluso abollar, una bala —aquéllos de los que sobreviven recuerdan el dolor diferentemente de uno a otro, pero todas las cuentas están de acuerdo: un asalto. El dolor que es el producto del propio cuerpo, su funcionamiento defectuoso, es parte del él; en alguna parte, un misterio que la ciencia médica no puede explicar, el ego es responsable. Pero esto —la bala en la cabeza: el puro asalto del dolor.
El propósito de la vida de un médico es defender el cuerpo contra la violencia del dolor. Ella está del otro lado de la división de aquellos que lo causan a propósito. La división de lo último, entre la muerte y la vida.
Este cuerpo cuyo interior ella está explorando con mano de guante plástico como un adivinador llevado instintivamente a una fuente de agua oculta, tiene un feto de tres meses de vida dentro de él.
Yo le estoy diciendo la verdad, Doctora. Yo nunca estuve tan enferma con los otros. Todas las mañanas, enferma como un perro.
Vomita tu corazón.
¿Piensa usted lo que significa si es un muchacho, Doctora? El pa­ciente tiene la timidez simulada que a menudo las mujeres fingen hacia un doctor; el cuarto de consulta es escenario para un poco de actuación. Ag, mi esposo, estaría encima de la luna por un muchacho. Pero yo le digo a él, si nosotros no hacemos lo correcto esta vez, yo no sé de usted, pero me rindo.
La doctora se obliga a reírse con ella.
Nosotros podríamos hacer una prueba simple si usted quiere saber el sexo.
Oh no, es la voluntad de Dios.
La vida se tambalea impulsada por los gastados bramidos de los pulmones de los viejos y late suavemente entre las costillas de un muchachito flaco. Para algunos, lo que se prescribe se les niega por circunstancias fuera de su control. Verduras verdes y fruta fresca —ellos son demasiado pobres para el lujo de estos remedios; ellos vienen a donde la doctora por una botella mágica de medicina. Ella lo sabe pero tiene un suministro listo de hojas de dieta que proponen comidas hechas con diversas legumbres como alguna clase de suplemento que ellos deben poder comer. Ella le da una hoja alentadoramente a la mujer que ha traído sus dos nietos al doctor. Sus cicatrizadas piernas negras están desnudas, pero a pesar del calor ellos miran a la doctora debajo de gorras de lana espesas con las que cubren las llagas de sus cabezas y bajan derecho hasta las cejas. La mujer estudia la hoja despacio a la distancia del brazo, de la manera en que las personas viejas se vuelven videntes de lejos. Ella lo pliega cuidadosamente. Su tiempo se acabó. Guía los niños a la puerta. Agradece a la doctora. Yo no sé si pueda conseguirlo. Quizá yo pueda tratar de comprar algunas de estas cosas. El padre, él todavía está en la cárcel. Mi hijo.

Hoja de cargos. Acusación. Harald se concentró en un despeje de atención fría para separar lo que era evidencia, de la interpretación de esa evidencia. Evidencia circunstancial: ese día, esa noche, viernes 19 de enero, 1996, un hombre fue hallado muerto en una casa que nosotros compartíamos con otros dos hombres. David Baker y Nkululeko “Kulu” Dladla vinieron a casa a las 6:45 p.m. y encontraron el cuerpo de su amigo Carl Jespers en la sala. Él tenía una herida de bala en la cabeza. Él yacía medio-encima, medio-fuera de un sofá, como si (interpretación) hubiera sido tomado por sorpresa cuando le dispararon y hubiera tratado de levantarse. Tenía puestas unas sandalias, una de ellas colgaba torcida de su pie, y estaba desnudo sobre un par de bermudas. Había dos vasos sobre un tambor africano que servía como una mesa al lado del sofá. Uno tenía los restos de lo que parecía haber sido una mezcla conocida como un Bloody Mary —una lata vacía de jugo de tomate y una botella de vodka estaban encima del televisor. El otro vaso estaba aparentemente sin usar; había una botella abierta de whisky y una cubeta de hielo medio derretido en una bandeja en el suelo al lado de él. (Circunstancial combinado con interpretación). No había desorden raro en el cuarto; ésta es una casa de soltero. (Interpretación). El cuarto estaba en oscuridad salvo por el punto de luz cabeza de alfiler del CD-player en el que se había acabado un disco y no había sido desconectado. La puerta delantera estaba cerrada con llave pero las puertas de vidrio que llevan al jardín estaban abiertas. (Circunstancial).
El jardín es uno de esos en el que está situada una cabaña. La casa es la morada principal en una propiedad común a ambos. La cabaña está ocupada por Duncan Linmeyer, un amigo mutuo del hombre muerto y de los dos hombres que lo descubrieron, y ellos corrieron hacia la de Linmeyer después de que ellos habían visto el cuerpo de Jespers. El perro de Linmeyer estaba dormido fuera de la cabaña y parecía que no había nadie en casa. Cuando la policía llegó más o menos veinte minutos después investigaron el jardín y encontraron un arma entre un helechal. Baker y Dladla la identificaron como el arma guardada en la casa como protección mutua contra los ladrones; ninguno podía recordar a cuál de sus tres nombres estaba autorizada, si es que lo estaba en absoluto. El ayudante de un plomero, Petrus Muchanga, que ocupaba una casa trasera en la propiedad a cambio de trabajo de media jornada en el jardín, fue interrogado, y dijo que él había visto a Linmeyer salir por el porche de la casa y dejar caer algo cuando cruzaba el jardín hacia la cabaña. Muchanga pensó que él lo recuperaría para él pero no pudo encontrar nada. Linmeyer ya había entrado en su cabaña. Muchanga no tiene un reloj. No podría decir qué hora era; el sol había caído. La policía procedió entonces hacia la cabaña. No hubo ninguna respuesta a la campanilla o al golpe en la puerta delantera, pero Muchanga insistió en que Linmeyer estaba dentro. La policía efectuó su entrada forzando la puerta de la cocina y encontró que Linmeyer estaba en la alcoba. Parecía deslumbrado. Dijo que había estado dormido. Preguntado por si él sabía que su amigo Carl Jespers había sido atacado, él se puso “blanco en la cara” (interpretación) y preguntó, ¿Él está muerto?
Las pruebas de las huellas digitales no fueron concluyentes porque Muchanga había regado el macizo de helechos recientemente. Las huellas digitales en el arma se habían borrado en gran parte por el barro.
Esta no es una historia de detectives. Harald tiene que entender como el modo de eventos que el género representa es realidad, esto es la sucesión de evidencia circunstancial e interpretación por la cual se llega a un cargo de asesinato. Es una cuestión de parricidio y matricidio. Viernes, enero 19, 1996. Él/Ella.

 

 

De la edición de Bloomsbury Publishing, Londres, 1996.

 

 

Nadine Gordimer (Suráfrica).
Escritora. Ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1991. Ha escrito muchas novelas y colecciones de “short stories” (cuentos y relatos). Vive en Johannesburgo.


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