Dos cuentos: Francisco Barrios

Ganador del Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá 2011
con el libro Tío Vaina, del cual hacen parte estos cuentos.

Los días de Rosa


Rosa nunca había tenido un día libre entre semana y si ahora lo tenía era por culpa de la señora Claudia. Llevaba más de cuarenta años trabajando como empleada doméstica por días, en diferentes casas, y hacía ocho años que iba donde la señora Claudia dos veces por semana. La señora no podía vivir sin ella. Y no era un decir. No. Más de una vez Rosa había oído ese tipo de expresiones en boca de las señoras: “¡Nooo Rosita! Yo no sé qué haríamos sin usted en esta casa”. Pero ya sabía que tan pronto tuvieran que salir de ella por cosas de plata, lo harían así no más; inventarían excusas absurdas y tan pronto la situación mejorara (porque el marido conseguía trabajo, porque la señora se volvía a casar o porque alguno de los hijos mandaba dólares), conseguirían a otra empleada a la que le dirían Rosa en las primeras semanas, por costumbre, y sin la cual tampoco podrían vivir hasta el día en que tuvieran que deshacerse de ella. Pero lo de la señora Claudia había sido distinto.
Una tarde, mientras Rosa terminaba de repasar el comedor con un trapo, la señora Claudia había empezado a dar vueltas alrededor suyo, angustiada. Rosa le preguntó si necesitaba algo. Después de un silencio prolongado e incómodo, la señora se disculpó con la voz quebrada y al borde de las lágrimas:
—Rosa, es que se me olvidó sacar su plata. Qué vergüenza. Acompáñeme al cajero y se la doy —y después de una pausa dijo, como si Rosa ya no estuviera ahí:
—Es que no sé qué me está pasando.
En ese momento la empleada palpó su delantal sólo para con­firmar que no era ella quien olvidaba las cosas. Ahí estaba lo del diario. Los billetes doblados tal y como ella los había guardado en la mañana. Y la señora Claudia no se los había dado al desgaire. No. Tan pronto Rosa se había puesto el delantal y antes de que empezara con sus labores, la señora se había parado frente a ella y le había dicho en plena conciencia:
—Rosita. Mire. Aquí está su plata.
A ese primer olvido sucedieron otros, cada cual peor que el an­terior, hasta que la misma Rosa tuvo que hablar por teléfono con la señorita Alexandra, la hija de la señora Claudia, la que vivía en Miami.
Unos meses después de esa conversación, la señorita Alexandra vino a Bogotá, se quedó en casa de su madre y cuando tuvo que regresar a Miami, le suplicó a Rosa que no la abandonara, cuestión de un par de meses no más, le doy mi palabra, yo le reconozco una plata adicional por eso, hasta que me pueda llevar a mi mamá a los Estados Unidos. Rosa, por compasión, aceptó ayudarles y ahora, seis meses después, había llegado el momento de llevarse a la señora (que ya saludaba y se despedía de la misma persona varias veces en un mismo día).
La señorita Alexandra le dio una bonificación de mierda, las gracias por todo una y mil veces, y la despachó no sin antes de­jarle el teléfono de una amiga suya, una persona muy ocupada y muy importante, que necesita a alguien así como usted, Rosa. La empleada se sintió decepcionada, pero esta vez al menos habían tenido la delicadeza de recomendarle a alguien que, con suerte, la contrataría pronto y así completaría otra vez los seis días de trabajo a la semana. La señorita Alexandra también le dijo que llamara a su amiga Patricia, la elegante, sin vergüenza, que ella está pendiente de su llamada, Rosa.
Por lo general eran las patronas las que llamaban, así que la empleada colgó dos veces antes de marcar el último dígito del nú­mero de Patricia. A la tercera vez se aclaró la garganta y cuando el teléfono dejó de timbrar se presentó. Pero la voz del otro lado de la línea no la dejaba hablar y la cadencia cortada le reveló que se trataba de un contestador automático. Esperó a que se terminara la grabación de la voz y sonara la señal, pero al "deje su mensaje" le siguieron otras palabras grabadas por la misma voz, ahora en inglés. Cuando finalmente sonó la señal, Rosa tomó aire y dijo que la señorita Alexandra le había dado su número, que tenía libres los jueves y los sábados, que podía llegar a las seis y media e irse a las cinco, y cuando le iba a dar el precio del jornal a la máquina, la misma voz en vivo la cortó:
—Rosa, buenas noches. Patricia López, encantada.
—Me parece perfecto los jueves.
—Yo le dejo la llave en la portería y su plata en la mesa del comedor.
—Básicamente necesito que se encargue de lavar, planchar y limpiar el apartamento. Yo casi nunca estoy, así que me deja anotado en un papel lo que haya que comprar.
—Ah, y una última cosa —dijo Patricia. —Sin el señorita. Y señora tampoco—.
Rosa guardó el papel con la dirección de su nueva empleadora y se fue a la cama con un buen presentimiento. Le había gustado la voz de Patricia: era formal pero dulce; se oía atareada, pero no descontrolada; era educada, pero no melindrosa. Tal vez empezaría con un día a la semana y después, Dios mediante, la contrataría otro día y así podría dejar de ir a la casa de los Vélez que eran tantos, tan groseros y tan cochinos.
Rosa había llegado de Dosquebradas hacía cincuenta años, cuan­do apenas tenía nueve. La habían contratado como "china" en la casa de los Galán y aunque no le pagaban ni la dejaban salir, la señora le había enseñado a mejorar su escritura y a sacar cuentas. También le regalaba ropa vieja, le permitía tener un transistor en la cocina y la dejaba ver televisión, parada bajo el dintel de la puerta, y sólo si se trataba de un evento importante, como la visita del Santo Papa.
La china Rosa estuvo en esa casa hasta que le llegó la regla y entonces su patrona la mandó a casa de Doña Elvira, su hermana soltera. En ese momento Rosa se tiró al piso llorando y se abrazó a las rodillas de la señora. Le pidió perdón por cualquier falta que hubiera cometido y si algo se perdió, le juro por lo más sagrado que yo no fui, si quiere esculque mis cosas. Pero su patrona fue inflexible: tenía que irse. Unos años después, cuando una amiga le contó que la habían echado de la casa donde trabajaba "por hacer el amor con el hijo de los patrones", Rosa entendió que la señora Galán había preferido salir de ella antes de meterse en problemas: el mayor de sus hijos tenía la misma edad que Rosa y en poco tiempo habría empezado a molestarla, buscando lo suyo. Aunque ya había pasado tanto tiempo desde que la habían echado, la sola idea le produjo a Rosa asco.
Hoy en día ganaba más trabajando en varias casas y a pesar de que la señora Elvira también la hubiera echado, Rosa recordaba esos años como los más felices de su vida. Si hubiera dependido de mí, pensaba, me habría quedado con Elvira para siempre.
La señora se levantaba tarde, así que Rosa, acostumbrada a madrugar, se permitía hacer pereza un rato. Después se preparaba el desayuno y mientras Elvira se despertaba, Rosa alcanzaba a oír la radio, remendar ropa y hojear el periódico. Doña Elvira se cuidaba mucho, así que su desayuno consistía en un café negro y papaya cortada en trocitos (muy bueno para el colon). Rosa podía prepararlo en cinco minutos, cuando calculaba que Doña Elvira estaba a punto de salir de la ducha. Después del desayuno la señora se vestía y salía para la universidad. Era profesora de Antropología, "el estudio de los comportamientos humanos y su representaciones culturales". Le hablaba mucho a Rosa de los dere­chos de la mujer, de la opresión histórica por parte de los hombres y, si se fija, Rosa, por parte de las mismas mujeres porque piense en su propia historia. No fue su madre, con la mejor intención del mundo, no la estoy juzgando, eso sería una falta de respeto, ¿quien la mandó a usted a Bogotá sin haber siquiera terminado la Primaria, a trabajar en una casa a cambio de techo y comida, en vez de ayudar a que usted no repitiera su misma historia y la de otras mujeres de su pueblo?
Las únicas visitas de la señora Elvira eran otras señoras, también profesoras, y a veces alguna alumna que se quedaba a dormir porque se les hacía muy tarde estudiando. Y una sobrina (que resultó no ser sobrina), muy hermosa ella aunque un poco seca, que prácticamente vivió con ellas durante dos años hasta que un buen día se largó. La señora Elvira la lloró mucho y casi no salió de su cuarto en varios días.
Rosa estaba muy apegada a su patrona, así que se dedicó a con­solarla hasta que consiguió que Elvira se bañara, se vistiera y saliera de la habitación. Hablaron muchas tardes sobre la ingratitud de la gente, sobre lo interesadas que podían resultar ciertas amistades, sobre las ventajas de estar solo —así como nosotras dos— en vez de sufrir por los demás.
Cuando Elvira ya había superado la tristeza y estaba lista para enfrentar al mundo de nuevo, se paró frente a Rosa, la miró a los ojos como mira un enamorado, y le dio un abrazo largo y fuerte.
—Gracias, Rosa —le dijo de corazón, y se separó de ella sin soltarle las manos.
Rosa sintió que la señora como que había querido darle un beso, pero una sombra se le atravesó en la mirada y la soltó con vergüenza:
—Discúlpeme Rosa, discúlpeme.
Los dos días siguientes Elvira se mantuvo distante y cuando llegó el fin de semana se fue para Villa de Leyva. Le dijo a Rosa que volvería el lunes y que si ella quería, también podía irse el fin de semana. Pero Rosa prefirió no salir y se dedicó a dejar la casa bien bonita para cuando volviera su patrona. Compró astromelias para el florero de la sala, trajo leña del supermercado e hizo un mercadito con las cosas que más le gustaban a Elvira.
La señora volvió el lunes por la noche. Saludó a Rosa y le dijo, con un tono grave, que tenían que hablar. La empleada pensó que tal vez tenía alguna enfermedad mortal o, como se lo había comentado alguna vez, que se iba a tomar su sabatina de un año por fuera del país. Pero Elvira le pidió que se sentaran y se largó en un extenso monólogo. Le habló a Rosa del respeto que le tenía y de cómo, por ese mismo respeto, ella como empleadora no podía aprovecharse de su posición para proponerle a Rosa un tipo de relación que ella no entendería y que además podía ofender sus creencias y sus valores que si bien ella no compartía, respetaba por encima de todo y, créame Rosa, después de terminar con Mariana yo pensé que tal vez lo que sentía por usted era un capricho para olvidarla a ella. O simplemente una gratitud inmensa que yo estaba confundiendo con otros sentimientos. Y por eso me fui a Villa de Leyva, a pensar muy bien las cosas, y les di vueltas y vueltas hasta que me convencí de que no podía luchar contra mis sentimientos y créame que llegué a la conclusión de que lo mejor es que usted se vaya.
Rosa no entendió la necesidad de todas esas explicaciones tan complicadas. Para ella era obvio que las dos se querían, que podían vivir juntas toda la vida, y que si bien Elvira no le gustaba tanto como ella a la señora, podía manejarlo ya que el amor, que es lo que importa, estaba presente.
En su pueblo había dos señoras que habían vivido juntas toda la vida: Doña Yolanda, la mayor, y Rocío, la jovencita. Eran muy creyentes, iban a misa todos los domingos y eran las más colabora­doras en la parroquia. Todo el pueblo sabía que no eran parientes, ni siquiera lejanas. Eran pareja. Pero como no hacían escándalo en la vía pública ni andaban de la mano ni se lanzaban miradas atrevidas delante de todos, nadie se metió nunca con ellas ni ellas con nadie. Incluso el cura párroco, si bien no podía aprobar ese tipo de uniones, sabía que eran muy estimadas en el pueblo y además colaboraban con cuanta actividad él organizaba, así que mejor se callaba la boca. En cuanto a las demás familias, alguna vez Rosa le preguntó a su mamá si Doña Yolanda y Rocío eran como los novios. Su madre se limitó a decirle que no fuera metiche; que ellas también tenían problemas; que su propio padre era desconocido y que si acaso alguna vez alguien se había puesto a preguntarle a ella que dónde estaba su papá. "¿Se fija, mija? En este pueblo cada cual se ocupa de la viga en su ojo y no señala la paja en el ojo ajeno."
Pero la respuesta de su madre la dejó en las mismas. Rosita se fascinaba con Rocío y Yolanda, y le parecía normal que estuvieran juntas si tanto se querían. Cuando se cruzaban con ellas por la calle no podía dejar de mirarlas, y en más de una ocasión se ganó su buen pellizco por quedarse mirando así a la gente, niña. Pero no podía evitarlo.
La empleada recordó todo eso y quiso decirle a Elvira que aunque tal vez ella no estuviera tan enamorada, sí le encontraba su gusto a la señora y podía aprender a quererla. Eso sí, le tocaría esforzarse mucho para pulirse y poder compartir con las amigas de la señora (y no sentirse como la india zarrapastrosa que todavía era).
—Yo quiero pedirle mil disculpas, Rosa —le dijo Elvira con lá­grimas en los ojos— por ponerla en esta situación tan incómoda. Le ruego eso sí que entienda que en ningún momento yo me dejé llevar por malos sentimientos. Esto viene de lo más profundo de mi cora­zón. Y por eso, con el dolor del alma, creo que lo mejor es dejarla ir.
—Pero Elvira —le dijo Rosa— si me permite llamarla por su nombre. Yo también la quiero a usted como mujer que es.
—¿Sí ve cómo es de buena usted, Rosita? Pero yo sé que usted lo dice por darme gusto. Sólo por darme gusto.
Y antes de que Rosa pudiera contestar, la Señora Elvira se paró de la mesa, subió a su estudio como un relámpago y bajó de nuevo con la respiración agitada y con unos papeles en la mano.
—Rosa, mire. Ni una palabra más —le dijo con severidad—. La única forma que yo tengo para compensarla y demostrarle mi gratitud es ésta. Aquí están las escrituras de una casita que le compré con unos ahorros que tenía. No es gran cosa, y usted tiene que terminar de pagarla, pero por lo menos no va estar pagando un arriendo. Yo ya hice las cuentas y lo que tiene que pagar de cuota es un poquito más de lo que paga de alquiler hoy en día.
Rosa se enfureció y quiso gritarle a Elvira que no fuera boba, pero la señora, con esos ojos como de ternerito que ponía a veces, le suplicó que no dijera nada más, por favor, Rosa, y salió disparada hacia el garaje.
La empleada se quedó sola. Lloró porque le parecía que todo era una terrible injusticia, producto de los prejuicios de Elvira. Y entonces, como yo vengo del campo, pensaba, ¿tengo que gustar de los hombres? ¿Por qué los ricos, por muy estudiados que sean, no pueden dejar de juzgar al pobre? Si es una mujer estudiada y de posición, entonces es lesbiana. Y punto. Pero si es humilde, es una ociosa que mejor haría en ponerse a trabajar en vez de andar cogiendo vicios.
Rosa siguió alimentando su rencor e imaginándose lo que le diría a Elvira cuando regresara, pero la señora no volvió esa noche. Cuando Rosa se despertó en la madrugada, ya se había tranquili­zado y pudo ver la situación con claridad: sería muy difícil entablar una relación aunque las dos así lo quisieran. Venían de mundos distintos y eso la gente no lo entendería. Ella no tenía a nadie en Bogotá, así que bien podía quedarse encerrada con Elvira el resto de la vida, pero la señora sí tenía una vida y Rosa no soportaba la idea de ir a comidas y cocteles en los que no tendría de qué ni con quién hablar. Y cuándo Elvira recibiera visitas, ¿qué? ¿Ella tendría que irse a guisar a la cocina? ¿O contratarían a una empleada a la que Rosa tendría que darle órdenes y tratarla como si no fuera persona? Y si resultaba ser una muchacha joven y hermosa, como le gustaban a la señora, ¿entonces qué?
Hacia el mediodía Rosa entendió que Elvira no regresaría sino hasta que ella se hubiera marchado. Junto con los papeles de las es­crituras de la casa, la señora le había dejado la llave y una carta en la que le agradecía por los años de servicio y le explicaba cómo hacer los trámites para legalizar la vivienda. También le había dejado los telé­fonos de muchas amigas que podían estar interesadas en contratarla.
Rosa hizo sus maletas y llamó un taxi. Cuando el carro llegó, le mostró al taxista el papel con la dirección de su nuevo hogar. Era una casita diminuta en una urbanización de los Cerros Orientales. Estaba rodeada de barrios de invasión, pero era suya y a pesar del despecho, cuando Rosa cruzó la puerta sintió un profundo agra­decimiento hacia Elvira. Le dolía dejarla, pero entendía que a ella le había quedado grande la situación. Pobrecita.
Ahora que no tenía que preocuparse por no tener dónde caerse muerta, Rosa decidió tomarse una semana libre antes de llamar a las amigas de la señora. Se dedicó a arreglar su casa lo mejor que pudo y mientras limpiaba los vidrios pensaba que podían pasar muchos años antes de volver a encontrar el amor. Tendría que andarse con cuidado en su nuevo barrio, mientras la gente la conocía y, con el tiempo, ver si se le cruzaba alguna mujer con la que pudiera hacer una vida. A estas alturas, pensaba, lo que más quería era compañía (y algún cariñito de vez en cuando) porque ya se sentía muy vieja como para pensar en una gran pasión. Si encontraba a alguien, tal vez le bastaría con besarse para saber qué se sentía, y tocarse, aunque fuera con la ropa puesta, sólo para confirmar si era como ella se lo había imaginado desde niña, cuando pensaba en Doña Yolanda y Rocío.
Cuando se llevaron a la señora Claudia a Miami, hacía años que Rosa había renunciado a todo, incluso a las fantasías. Había hecho amigas en su barrio y a otras, las más viejas, las había conocido en todos los barrios donde había trabajado en los últimos treinta años. Pero el pálpito que sintió al oír la voz de Patricia López le reavivó el anhelo de, al menos, poder hablar de vez en cuando con una mujer culta, bella y sensible.

Rosa entró al apartamento de su nueva empleadora y se sor­prendió de las pocas cosas que tenía. Le recordó el apartamento de Don Mauricio, un ejecutivo soltero para el que había trabajado antes. Era casi idéntico: pocas cosas, pero todas muy finas y mejor colocadas. Encima de la mesa del comedor y en una esquela lindí­sima, Patricia le había dejado las instrucciones del día:

Rosa,
Buenos días. La ropa sucia está entre un canasto en el baño. Por favor sea muy cuidadosa con las blusas. Cuando termine de planchar, limpie la chaqueta de gamuza con el cepillo de cobre y un poquito de soda, si es tan amable. Si le queda tiempo, limpie la estufa y el horno microondas. En la nevera hay comida. Por favor tome lo que quiera.
Att.
Patricia L.

Rosa dobló con cuidado el papel y lo guardó en el bolsillo del suéter. Por ser el primer día se esmeró en su trabajo y cuando terminó, sacó la nota del bolsillo y la leyó de nuevo. Aunque ella no tenía por qué dejarle una respuesta a Patricia, sintió una necesidad casi infantil de hacerlo. Entró al estudio y buscó un papel y un bolígrafo.
Patricia le había dicho que no le dijera señora, ni señorita, pero Rosa pensó que sería abusivo de su parte dirigirse a ella por su nombre de pila.

Doctora Patricia,
Dejé la chaqueta secando en el baño porque entre el closer no seca bien y le limpié el tapete del baño en el baño.
Rosa

A la semana siguiente Rosa llegó un poco más temprano, con el deseo de conocer a Patricia. El jueves anterior había mirado las fotos que ella tenía en las paredes de la casa (en todas salía sola) y aunque aparecía con gorros y bufandas en la nieve de países lejanos, se veía hermosa y distinguida. Pero a pesar de haber llegado antes de las siete, encontró la casa vacía y la esquela encima de la mesa.

Rosa,
Buenos días. Encontré todo perfecto. ¡Muchas gracias! Estaré fuera del país hasta el próximo viernes. Como no le dejé mucha ropa sucia, le pido el favor de que aspire a fondo el estudio. Y por favor no se olvide de sacar la basura.
Att.
La Doctora

A Rosa le dio risa lo de "La Doctora", pero esta vez no esperó a que se acabara el día para contestarle y decidió dejarle una nota antes de empezar con las labores. Como no tenía qué decirle, decidió arriesgarse con una propuesta innecesaria:

Doctora Patri,
¿Usted no prefiere que yo venga el sábado para que me diga qué hacer y para que tampoco tenga que esperar hasta el día jueves para que yo venga y le lave la ropa del viaje sucia?
Rosa

Cuando Patricia regresó de su viaje vio la nota y sonrió al ver cómo Rosa había escrito su nombre. Aceptó su propuesta de venir el sábado y la llamó al celular para decirle que la esperaba a eso del mediodía.
El sábado Rosa se levantó muy temprano y fue a la peluquería del barrio a que la peinaran. Escogió su muda más elegante y salió con tiempo suficiente. Cuando entró en el apartamento sólo había silen­cio. Patricia todavía dormía, con la puerta de la habitación cerrada.
Rosa vio la maleta aún sin desempacar y se decidió a abrirla para sacar la ropa sucia. Prendió la lavadora y el ruido de ésta se le metió a Patricia en un sueño en el que un enano timbraba a su puerta y le entregaba un ramo de flores. Cuando Patricia le preguntaba que quién las enviaba, el ruido se hacía más fuerte y le impedía oír el nombre de su admirador secreto. Finalmente, Patricia se despertó. Se paró de la cama, se puso una bata y salió del cuarto.
—Buenos días —dijo, alzando la voz por encima del sonido de la máquina.
Rosa levantó la mirada y lanzó un grito.
—Discúlpeme, discúlpeme —le dijo Patricia—. No quería asustarla.
Pero la reacción de Rosa no había sido sólo por la sorpresa de no haberla visto antes. Al frente tenía a la mujer más hermosa que había visto en toda su vida: debía de tener unos treinta años; llevaba puesta una bata blanca que le llegaba hasta las rodillas; era más alta de lo que parecía en las fotos; tenía una piel cobriza y brillante, y el pelo cogido en una cola de caballo.
La empleada se puso de pie para saludarla y Patricia se sonrojó porque Rosa le sostuvo la mirada.
—¿Podría prepararme un café mientras hago un par de llamadas y usted termina de lavar?
Patricia se metió a su estudio pensando que Rosa no era una empleada cualquiera. Parecía más una señora, una amiga de su madre, la tía de alguien.
Cuando salió al comedor se encontró con la mesa puesta como en un hotel. Rosa había arreglado una canastilla con panes y sobre una tabla de cortar había puesto mermelada y mantequilla, cada cual en un plato y con su respectiva paleta. En el centro de la mesa, al lado del servilletero, había puesto un florero.
—Rosa, por Dios, ¡qué delicia todo!
Rosa le sirvió el café y la miró buscando su aprobación.
—Bueno —dijo Patricia— ¿y usted? No me va a dejar desayu­nando sola como una boba.
Rosa se sentó a la mesa y aunque las dos mujeres sólo querían saber más de la otra, ninguna de las dos sabía muy bien cómo empezar.
—Yo no sé por qué me imaginé que la doctora debía ser una mujer... ¿Cómo le digo?... como distante —dijo Rosa para romper el hielo.
—¿Cómo así, Rosa?
—No no —le aclaró Rosa—. ¿Cómo le digo? Es que vive tan ocupada viajando...que uno pensaría que como que no tiene tiempo para nada. Y menos para alguien como yo.
—Pero, Rosa, ¡Por Dios! —Patricia hizo una pausa y lo pensó mejor—. Mentira. Yo por mi parte, fíjese, pues me pasó algo parecido.
—¿Cómo así, doctora?
—Patricia, por favor.
—¿Cómo así?
—Sí, Rosa. Así. Yo también pensé, no sé...que usted era mucho mayor. Que venía a hacer su trabajo sin ganas. Como todo el mundo. Nunca me imaginé que fuera tan... tan detallista.
—Pues ni crea que yo me porto así en todas las casas a las que voy.
Patricia se quedó muda. Tenía al frente a una mujer mayor que habría pasado por las duras y las maduras. Una mujer amorosa, comprensiva, completa. Una mujer a la que podría contarle todo. Contarle cómo desde niña se había sentido distinta a las demás. Cómo su belleza había sido siempre una maldición por cuenta de la cual nunca la habían dejado en paz. Los hombres sólo querían acostarse con ella y las mujeres no hacían sino preguntarle que qué hombre le gustaba, que por qué no salía con este o con el otro, que si acaso no se daba cuenta de que ella podía estar con el hombre que quisiera. Pero desde muy joven, Patricia tenía claro que lo único que quería en la vida era una amiga con la que pudiera hablar para siempre. Y si de esa amistad surgía otra cosa, pues ya vería qué hacer, pero francamente, nunca le había dado demasiadas vueltas a ese detalle. En una época había tenido un grupo de amigas lesbianas, pero le había parecido que su mundo era tan excluyente como todos. Las mujeres que había conocido entonces no entendían que a ella le gustara maquillarse, ponerse ropa de marca, usar tacones, faldas y perfumes. ¿Por qué creían que si ella era femenina lo hacía por los hombres? ¿O por las otras mujeres? ¿Por qué no entendían que lo hiciera por gusto, porque le daba la gana, porque ella era así?
—¿Se encuentra bien? —le preguntó Rosa.
—Sí sí —le contestó Patricia un poco avergonzada de su en­simismamiento—. Es que a veces las cosas se le dan a uno en el momento menos pensado.
Una llamada al celular de Patricia interrumpió la conversación. Le hizo a Rosa un gesto de complicidad mientras escuchaba con impaciencia a la persona que estaba al otro lado de la línea. Después se paró de la mesa y le indicó con mímica que iba a entrar a la ducha. Rosa asintió y Patricia le dio a entender que quería que la esperara.
Cuando la mujer entró al baño, Rosa decidió jugarse todas sus cartas de una buena vez. Recogió la loza de la mesa y la dejó en el lavaplatos sin limpiarla. Entró al estudio, sacó un papel y escribió:

¿Quiere que siga viniendo los sábados?

Dejó el papel sobre la mesa del comedor y se fue.
En la ducha, Patricia se demoraba con la esperanza de que Rosa se hubiera ido. Cuando salió, sintió el silencio del apartamento, vió la nota sobre la mesa y sólo atinó a escribir por detrás:

Sí.

El jueves siguiente Rosa leyó la respuesta de Patricia en su au­sencia y le dejó una nota final:

¿De una vez traigo mis cosas?

Sí, fue la respuesta.

El sábado siguiente Patricia se levantó muy nerviosa. Cuando estiró el brazo para abrir la ducha desde afuera, estuvo a punto de caerse; se lavó el pelo y dejó que le cayera champú en los ojos; regó la mitad de la crema humectante que había sacado para untarse por todo el cuerpo. Finalmente, cuando salió del baño, puso sobre la cama cinco mudas distintas. Se probó tres frente al espejo y como ninguna le gustó, las echó todas en el clóset, sin siquiera doblarlas, y optó por ponerse la misma bata de siempre. Después se sentó en una de las sillas del comedor a esperarla.
Se imaginó el instante en el que Rosa tocaría el timbre y ella se pondría de pie, se alisaría la bata y se alborotaría el cabello con las manos. Después miraría por el ojo de la puerta y la haría esperar unos minutos, por molestar. Había olvidado que Rosa tenía su propia llave, así que cuando la empleada abrió la puerta, la tomó por sorpresa frente al espejo de la sala, humedeciéndose los labios con la punta de la lengua.


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