Al caer de la noche,
o el último día del héroe


Ricardo Cano Gaviria

A Orlando Mejía Rivera

1

El hombre que una mañana de enero de 1922, en su despacho al oeste de Buenos Aires, recibió la llamada de una obrera que quería informarle algo sobre la huelga que organizaban sus compañeras, no le preguntó a la mujer su nombre, ni porqué actuaba así. Hubiera sido absurdo: por su voz temblorosa, supo que estaba muy asustada. También adivinó, casi conmovido por ese espectáculo de flaqueza femenina, que se trataba de alguien muy joven, y eso le inspiró confianza. Tras colgar el teléfono pensó que la temprana hora de la llamada derivaba del simple hecho de que, unos minutos después, la informante debía estar en la fábrica, al frente de su máquina de hacer punto, camuflada entre las compañeras que planeaba delatar, y esa especie de inesperada proximidad física con quien le había prometido consumar su acto alevoso “al oscurecer”, en su propia oficina, le produjo un inquietante cosquilleo en el vientre y las rodillas.
Se caló las lentes y, después de preguntar a un encargado por los informes de producción de la última semana, se enfrascó en el repaso de un pedido reciente hecho desde provincias hasta que, de repente, se levantó y de un viejo armario que tenía enfrente extrajo una gruesa carpeta. Allí estaba el registro de nombres; los que habían entrado en el último año y los más viejos... Las mujeres eran casi todas de mediana edad, ¿cuáles eran las más jóvenes? Envió una mirada al retrato de su mujer, fallecida apenas un año antes, y luego a las aspas del ventilador, que ya debería estar funcionando, pero recordó que se había averiado y volvió a enfrascarse en los papeles. De pronto, se sorprendió repasando la lista con avidez. ¿Era la informante tal vez Perla Kronfuss? ¿O su hermana mayor Elsa? Ambas formaban parte de un grupito de muchachas que a la hora del almuerzo preferían quedarse en uno de los baldíos contiguos a la fábrica, en medio de sus mantelitos de colores y sus fiambreras, como si estuvieran de picnic. Allí también solía estar, desde hacía algún tiempo, aquella chica adusta y silenciosa a la que sus compañeras llamaban Emma, cuya esquiva mirada alguna vez había confundido con la de sus dos amigas, que parecían más extrovertidas y alegres, a juzgar por las voces que lanzaban con frecuencia en alemán, dando un toque de vida y alegría al entorno híspido y gris de la fábrica.
De pronto, pensó que si el anuncio de la delación hubiera venido de un hombre, incluso de una mujer madura, a él le hubiera parecido más inquietante; en labios de una mujer joven, dedujo, podía ser tan sólo el producto de una broma —¿una apuesta entre muchachas, a ver cuál es más atrevida?—, o de un acto irreflexivo… En ese sentido, el hecho de que la mujer hubiera pronunciado las palabras “sin que se enteren las otras” se le antojaba lo suficientemente explícito, y elevaba su acto hasta el nivel de la traición: no era él, pues, quien le importaba a ella; eran las otras, o la otra, —tal vez— su rival. Una venganza entre mujeres, la disputa por un novio, como la relatada en un anuncio de La prensa hacía algunos meses que había terminado en asesinato, podía estar en el origen de aquella llamada, se dijo con una sonrisa de decepción en los labios, pensando en las horas que faltaban para que oscureciera…
En realidad, Aaron Loewenthal no supo cuánto tiempo pasó ni cuántas veces escuchó las campanadas del viejo péndulo de pared que tenía frente al escritorio hasta que, en un momento dado, se encontró espiando a través de la ventana. Reflexionó entonces sobre el día, que se presentaba soleado y caluroso, tal vez más húmedo que otras veces. Justo en el momento en que reparó en el primer grupo de obreras que salía, el reloj empezó a dar las doce: “cuánta exactitud para salir, y cuántos rodeos para empezar”, farfulló, arrugando el ceño, como el viejo gruñón que tenía la convicción de no ser todavía… Observó que en la forma de hablar y hasta de charlar de las mujeres se notaba el mesurado regocijo de los sábados, que sin embargo nunca era causa de que el grupo de los hombres se mezclara demasiado con el de ellas, más joven y numeroso. Miró con interés un grupito de cuatro, que caminaban como siempre en dirección a la parada del tranvía, situada en la primera esquina de Warnes; luego, con gesto de desaliento, sus ojos se elevaron hasta el cielorraso, donde las aspas enmohecidas del ventilador averiado permanecían quietas, como las patas de un raro animal colgado y olvidado allí como trofeo.
En mangas de camisa fue hasta el refrigerador y echó una ojeada a la doble fiambrera de aluminio donde la vieja Fabriccia le dejaba siempre el almuerzo. Era temprano aún, pero aquel día bien podía romper la rutina y almorzar antes de hora para tener más tiempo libre... ¿Pero tiempo libre para qué? Apenas si se sorprendió de la pregunta mientras examinaba la comida de ese día: tallarines en salsa de tomates y pollo. En los mismos recipientes de la fiambrera, como hacía siempre, en un lento ritual compuesto de pequeños actos medidos y precisos, calentó la pasta en el hornillo de alcohol y, sin sentarse, comió un poco. Desde la última vez que tuvo problemas con las muelas, Fabriccia tenía la instrucción de prepararle cosas fáciles de masticar, lo que ella aprovechaba para empeñarse en la comida italiana. A él no le disgustaba, aunque alguna vez también hubiera querido un plato alemán o yidish. El día anterior, antes de irse, la mujer, ya con el cansado cuerpo fuera, había asomado la cabeza para ofrecerse a venir al día siguiente, sul far della notte, como le gustaba repetir, pero él le dijo que esta vez no era necesario. En realidad, no supo por qué rechazó el ofrecimiento…
Había contratado a Fabriccia en vida de su esposa y por recomendación de ella: amparándose en tal hecho, al quedarse viudo no encontró ningún reparo en proponerle a la mujer que se viniera a vivir con él al tercer piso de la fábrica, donde había espacio suficiente, pero ella no había querido. La intimidaba la soledad del arrabal, y antes que dejar su casita de la calle Cuyo, en Almagro, para irse a vivir en ese sitio imposible como criada de un hombre viudo y más joven que ella, hubiera preferido irse con su hija a La Boca; si no lo había hecho antes era por el dolor en los huesos, que según ella la humedad del mar incrementaba. Lo que más lo sorprendía a él, que gozaba de muy buena salud, era la capacidad de la vieja para desconfiar de los médicos y dar rienda suelta a sus propias explicaciones fantasiosas, la última de las cuales le había producido gran regocijo: decía que al fin había descubierto el origen de sus males: el frío. No el frío en el cuerpo, sino en los huesos, un frío muy especial, capaz de hacerlos tiritar en pleno verano. Y el dilema que le planteaba ese frío era grave: si tomaba el sol, la carne se le calentaba en exceso, pero si no lo tomaba, su esqueleto tiritaba... Por eso, llevaba una sombrilla que usaba cuando el sol era más recio.
Fue entonces cuando Aaron Loewenthal descubrió que, en realidad, no tenía hambre y que tal vez no la tendría ese día, mientras no estuviera frente a la delatora, escuchando sus palabras, y tras dar un desganado mordisco al trozo de pollo que tenía en la mano, se dirigió al patio, donde dormitaba el único ser vivo que en ese momento lo acompañaba en la fábrica: el perro… Al sentirlo llegar, el animal alzó la cabeza y paró las orejas sin levantarse, pero después vino lentamente a su encuentro, la cola gacha, mirándolo con curiosidad. Con su ojo bueno vigilaba la mano del amo, que al final le arrojó el trozo de carne, pero él no se movió. “Come, es para ti”, lo animó el hombre, con el mismo resultado; por eso le repitió en alemán: “iss du, kommt, kommt”, y finalmente le dijo lo que le oía siempre decirle a Fabriccia: “Mangia, mangia, è per te, presto...”, pero el animal solo obedeció cuando lo oyó pronunciar en español: “Vamos, Pampero, vamos…”. Acostumbrado al enorme cuenco que la mujer le servía todas las tardes, lleno de toda clase de restos olientes y sustanciosos, Pampero, un pastor ovejero de aspecto imponente aun en su vejez, se acercó y olisqueó su regalo sin entusiasmo y casi con recelo: miró de nuevo al hombre y sólo entonces se decidió a triturar esa especie de aperitivo lentamente —en el silencio del mediodía se oyó crujir el hueso entre sus mandíbulas dos o tres veces—, como si intuyera que se trataba de algo diferente, y que debía cumplir con un rito humano: el de comulgar con la amistad de aquel hombre que de forma tan austera pero sólida velaba por la dignidad de su vejez. Así lo interpretó Aaron Loewenthal, que más que amar respetaba al animal, cuya senectud solitaria pero distante y digna se le antojaba una especie de reposo del guerrero; nunca se había atrevido a acariciarlo o a tocarlo, pero muchas veces le había hablado, sobre todo en español, haciéndole muy serias preguntas sobre su pasado pampeano, como si se tratara de una persona. Allá lejos, en su juventud, cuando todavía su ojo izquierdo no estaba nublado por esa mancha blanquecina que inspiraba tan inconfesado desasosiego a los humanos, el animal debió haber sido feliz cuidando ovejas, corriendo libre en la pampa, esa vasta, inconmensurable extensión que a él tanto lo impresionó cuando —con la mente todavía inmersa en la alegría ingenua del recién llegado— la visitó. Lo veía casi viviendo entre ovejas, gauchos y chilotes que escupían grandes salivazos verdes, que eran para él el diario tributo a la rutina y a la austeridad, cuando no simplemente al peligro. ¿Se le había enfrentado alguna vez a un puma?... ¿Por qué había perdido la vista en un ojo? ¿Había sido testigo de violentos incidentes que había ido a solucionar el más reciente héroe de la patria, el coronel Héctor Varela, tan celebrado en los periódicos?
Desde un comienzo, a diferencia de su socio Humberto Darocca, amante de los héroes patrios al estilo de Varela más que de los animales viejos y valetudinarios como Pampero, Aaron Loewenthal sintió que un vínculo especial lo unía a aquel ser necesitado de protección; un camionero italiano amigo de Fabriccia se lo había traído a ella, tras haberlo encontrado vagando, sediento y muerto de hambre, en una perdida carretera de provincia... “¿Querés conocer Buenos Aires? Vení, viejo, venite conmigo”, le contó Fabriccia que le dijo el camionero al animal, y éste se subió sin más al camión. La anécdota contada por la mujer impresionó tanto a Loewenthal que de inmediato quiso saber más acerca del perro y terminó por pedirle a la mujer, muy apenada por no poder hacerse cargo de él, que lo trajeran a la fábrica, donde había una vieja caseta. Una cadena nueva, un cuenco de barro y un nuevo nombre que él mismo le encontró, completaron lo que se necesitada para tenerlo, y Pampero acogió su nueva vida de vigilante perpetuo con la silenciosa dignidad de un héroe de la pampa venido a menos, en lo que Aaron Loewenthal vio una corroboración de una evidencia cuyo significado lo desbordaba y que, en cualquier caso, justificaba los diálogos que desde hacía tiempos intentaba mantener con el animal… ¿Pues cómo no hablarle a un ser así?, ¿cómo no intentar comunicarse con él?
“Tendremos huelga, Pampero, ¿qué crees tú?…”, se oyó decirle de repente esa mañana, como si llevara ya rato hablando con él.
Pampero lo miró un momento a la cara con su ojo bueno, inclinando levemente la cabeza moteada y sombría a un lado y otro, como hacen los perros viejos cuando observan y están en trance de comprender algo…
“Tendremos que esperar hasta el oscurecer, Pampero, para conocer a la joven traidora, ¿crees que podremos? Aquí estaremos esperándote los dos, amiguita, aquí estaremos…”.
Cuando Pampero dejó de prestar atención, y volvió a su rincón, decidido a mantener su silencio habitual (desde que lo conocía, sólo lo había oído ladrar dos veces, a altas horas de la noche), Aaron Lowenthal se dio la vuelta y lanzó una furtiva mirada en su derredor: debajo del letrero Fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, cuya sombra el sol proyectaba sobre la calle, y cuyas groseras letras él contemplaba desde atrás, únicamente se divisaban en ese momento, reverberando bajo el sol, las caprichosas e irisadas manchas de aceite dejadas por los camiones; nada, en fin, que fuese digno de atención en ese día caluroso y soleado, marcado por la soledad y la espera. De regreso sobre sus pasos, se distrajo unos minutos en el pequeño hall donde, sobre un grueso panel de corcho colocado a la derecha, administradores y obreros pegaban con chinchetas toda clase de informaciones de interés general. Había un anuncio sobre los comedores públicos para inmigrantes, una petición de vivienda de un obrero yugoslavo, el ofrecimiento de una habitación con desayuno y comida en Villa Crespo, sólo para nacionales, y el número de teléfono de una viuda joven y agraciada que daba clases de español en Malcom, acerca de la cual, en un arranque de optimismo infrecuente en él, se dijo que al menos tenía el mérito de no pertenecer a la Liga Patriótica Argentina, que fomentaba el odio a los extranjeros. Que éstos eran buenos trabajadores, y estaban muchas veces más cualificados que los nativos, era algo que se podía comprobar con frecuencia, y que despertaba la alarma de gentes como Humberto Darocca, tan interesadas, por cierto, en los hechos que últimamente ocurrían en Italia. Evidentemente, si su socio hubiera reparado en el anuncio de la viudita, lo habría arrancado de inmediato, pero él se limitó a sonreír y continuó con las manos en los bolsillos…
Con esa displicente actitud, durante varios minutos el antiguo gerente y ahora socio minoritario de la Fábrica de tejidos Taurbuch y Loewenthal hizo lo que no había hecho nunca: pasearse por la fábrica silenciosa en mangas de camisa, parándose junto a las máquinas, advirtiendo las huellas de las obreras (una había dejado en el rincón un jersey de punto con varios remiendos; otra, unas sandalias de goma), recreándose en la pulcritud o desorden de los puestos de trabajo. En la sección de paños, los ringleros más bajos conservaban con bastante claridad la huella de asentaderas; en el rincón del fondo había incluso uno, de color verde, que aparecía alborotado y arrugado como si hubiera servido de lecho a dos cuerpos humanos. Loewenthal lo palpó con la mano, pensativo, y algo que no tuvo tiempo de identificar lo llevó de forma inesperada, en ese suave contacto, al colegio de la calle Pasauerstrasse de su infancia. Fue sin duda la vez en que, cuando tenía sólo diez años, se quedó encerrado en el edificio por un despiste del conserje. Sus padres tardaron tres horas en descubrir dónde estaba, gracias a que él mismo los llamó desde el teléfono de la rectoría, y de inmediato vinieron a buscarlo en compañía del conserje y del director; como los cuatro estaban sumamente alterados, se quedaron muy sorprendidos ante la actitud del joven rescatado, que parecía encantado de su aventura.
Y de hecho, fue una extraña e inolvidable excursión la que el joven Loewenthal llevó a cabo en aquel edifico solitario, embozado en las sombras proyectadas a través de las ventanas por el melancólico alumbrado de gas de la calle, desde las consignas de sus compañeros de clase, en las cuales husmeó —algunas estaban abiertas—, hasta las aulas de los mayores —las que más incitaban su curiosidad—, pasando por la oficina del director. Aún recordaba, como si hubiera sido ayer, la sala de profesores, presidida por un retrato en yeso del emperador Federico y un busto de Sócrates, ambos cubiertos por el hollín de los tranvías que se colaba por la parte alta de la ventana; allí estaban las mesas de los híspidos profesores de infancia, solitarias y expeditas bajo las sombras: la de Herr Hartmann, con la silenciosa amenaza de las clases de matemáticas, y la de Herr Korfmann, con sus clases de latín y griego, estridentes, soporíferas y marmóreas. Sin embargo, cundió una gran excitación entre los muchachos cuando aquel hombre ceniciento y de voz chillona les contó la historia de la lucha entre Héctor y Aquiles tras la muerte de Patroclo. Varios versos en griego se quedaron grabados en su memoria, relacionados con Aquiles, en especial aquellos en los que se refiere cómo el caballo Janto le dirigió la palabra a su amo…

Janto, ¿cómo me auguras la muerte si no es cosa tuya?
Sé muy bien que hallaré aquí la muerte, pues es mi destino…

Aaron Loewenthal aún era capaz de repetirlos en griego, aunque sin saber la limitación y el sentido de cada palabra, y dejando que su voz grave y encapsulada usurpara el sonido atiplado de su lejana voz juvenil. Esas sílabas duras y secas eran como un condensado de esencias que reavivaba, con su sola y abrupta sonoridad, el mundo elevado de los héroes, donde nada ocurría en ausencia de los dioses, siempre presentes y dispuestos a intervenir a favor o en contra de ellos; incluso en los más mínimos actos se podía detectar su huella, pues no sólo intervenían en los destinos, sino que podían leer en las mentes y los corazones, sobre todo cuando estaban en juego la lealtad y la honradez…
De regreso a su piso, Aaron Loewenthal sintió que, nacida de sus pensamientos, una especie de certeza apenas intuida lo arrastraba con fuerza hacia el teléfono. Ya frente a él, lo contempló inmóvil durante unos minutos, como si añorase el sonido de la voz de la muchacha o, mejor, como si tuviese que llamar a alguien: Darocca. ¿No era su deber informar a su socio? Fue un pensamiento diáfano que enseguida cedió el paso a la duda: si la joven delatora había querido llamarlo a él y no a Darocca, cuyo número aparecía en el listín, ¿que ahora él pusiera al tanto a este de su furtiva iniciativa no significaba traicionarla? Dos veces levantó Aaron Loewenthal la mano para descolgar la bocina, y dos veces se arrepintió: entre el deber de llamar a su socio, acuciante y claro, y la voluntad de respetar la confidencialidad de la llamada, natural e indecisa, optó por lo segundo: algo había empezado a arder en su corazón con una llama oculta y un calor enfermizo… Si la muchacha lo había elegido a él, por algo sería; acaso lo veía como un padre, acaso como un confesor, que podía ayudarle a sobrellevar el peso moral de su acto; el tono y la inseguridad de la voz de la informante así lo confirmaban, pues estaba claro que nadie se atrevería a tomar una iniciativa como la suya sin contar de antemano con una complicidad indulgente, o acaso con una mirada tolerante y paternal dirigida a ella, una pobre muchacha… Además, el entierro de su mujer, tan reciente, estaba ahí para atestiguar que él era no sólo un hombre amante de la soledad y el dinero —casi un avaro, como suponían muchos, pensó—, sino también un hombre sensible que, ablandado por el dolor, era seguramente capaz de guardar un secreto: él, que a diferencia de Darocca iba todos los días a la fabrica y cultivaba un contacto constante aunque por cierto algo lejano con los obreros…
Pero eso no era todo. En realidad, según reflexionó inadvertidamente Aaron Loewenthal ese mediodía, mientras el eco de las doce campanadas del reloj lo seguía a lo largo y ancho de su morada, en ese trance de su vida él era ya algo más que un hombre bueno y observante de las buenas costumbres. Lo había podido demostrar hacía justo un año, con motivo de la muerte de su mujer y, especialmente, de su entierro, llevado a cabo según el rito azquenazí en el Cementerio de la Chacarita —circunstancia que aprovecho para pagarse una tumba junto a ella—; pues si aunque ese día se manifestó públicamente ante la concurrencia de alemanes, aderezada con algunos centroeuropeos y argentinos, sobre las limitaciones de la vida comunitaria en una ciudad donde ni siquiera contaban con un cementerio judío, sus quejas no fueron totalmente sinceras. Eran otras cosas las que, según él, socavaban la vida de las personas en una ciudad tan grande y diversa como Buenos Aires. Los hombres maltrataban a las mujeres y las insultaban; los miembros de la Liga patriótica argentina atacaban a los obreros extranjeros; los anarquistas amenazaban con atentados indiscriminados que podían matar a personas buenas e inocentes como él... Y, por encima de todo eso, estaban aquellas gentes lejanas, las gentes de la pampa, forjadas bajo el sol y concebidas por otros dioses, según otros principios y leyes; se le antojaba evidente que era en ellas donde residía toda la nobleza y heroicidad que quedaban en el mundo, y ahí estaba Pampero para dar prueba de ello. Para él, era como si el viejo y valetudinario animal encarnara la esencia de las cosas vagas e incomprensibles, pero sumamente sugerentes para un niño, cuya sustancia había emanado de forma sorprendente de la voz chillona e inarmónica de Herr Korfmann… Por eso, el perro merecía morir dignamente, como un héroe; y si eso pensaba de Pampero, que no era más que un animal, ¿qué podía pensar de los seres humanos? Ellos, si procedían con nobleza sin contradecir a los dioses, debían tener una muerte y un funeral dignos; eso casi había logrado Aaron Loewenthal que se cumpliera con su mujer, pero había lamentado que no ocurriera con Susana Tarbuch, la antigua socia de Darroca, que había tenido una muerte triste y lamentable. No le concedió ese honor el rostro comido por el acné, y enclavado en unos ojos de mirar sostenido, de Humberto Darocca, su enemigo. Pues una vejez sobrellevada en el asilamiento, y una enfermedad amenazada por la penuria, fue gracias a Darocca el final de una mujer de clase alta, nacida en Europa, educada en los mejores colegios de París y Alemania y dotada de una sensibilidad que inspiraban el odio y la envidia de los hombres resentidos, como su socio y rival, de entre los cuales, los más peligrosos, allá al otro lado del océano, iban a la conquista de un protagonismo tan aventurado como inédito.
Todo eso lo tuvo más o menos claro Loewenthal hacía cinco años, dos años después de que Darocca moviera ficha, pues no fue otro el tiempo que tardó en comprender a cabalidad, y en tener las pruebas, de que el incidente del pretendido desfalco llevado a cabo por el cajero había sido en realidad una jugada maestra. De hecho, conllevó el jaque mate de la reina y su peón, es decir, el triunfo de Darocca y el suyo, que era precisamente él, Aaron Loewenthal, encumbrado, gracias a la jugada, a la condición de socio minoritario encargado de dar la cara por el otro y servirle de parapeto. En cuanto al peón de aquella, el pobre y agriado Emmanuel Maier, protegido de la viuda, Aaron Loewenthal nunca encontró el momento oportuno para hacerlo partícipe de su descubrimiento: que había sido la víctima propiciatoria de una jugada cuyo destinatario no era él mismo, sino su protectora… Todo eso explicaba de algún modo que la Fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal no hubiera pasado aún a ser, como tras la muerte de Susana Tarbuch parecía ya lógico que ocurriera, la Fábrica de tejidos Darocca y Loewenthal, porque el designio secreto de Darocca aún no se había cumplido a cabalidad, y era como si todavía no hubiera mostrado la última carta de su juego.


2

La ventana a través de la cual él, mirando de forma inocente, como lo hacen siempre los niños, descubrió que los hombres y las mujeres se reunían y se desnudaban para cometer la indecencia de abrazarse desnudos, tenía losanges amarillos. A ellos se agarró aquella vez con ambas manos la criadita alsaciana, mordiéndose los labios para no gritar, mientras el vigoroso chófer la ultrajaba more canino: y la mirada perpleja del niño al otro lado de los barrotes apenas si la sorprendió… Pero si en los días sucesivos ella pareció intimidada, él no se aprovechó, al menos de forma conciente. Se limitó a aceptar con una especie de alerta pasividad las sonrisas obsequiosas que, en todos los lugares de la casa en que se cruzaban, ella le dirigía, por el solo motivo de cruzarse con él. En muchas otras ocasiones y lugares Aaron Loewenthal habría de encontrar esa sonrisa y esa mirada reproducida en otras caras y otras bocas, las de las muchachas casi siempre saludables y lozanas, y siempre de la clase baja, que en diversas épocas de su vida se cruzaron con el… Porque su predilección por las criadas, las obreras, las mujeres del arroyo, empezó a discurrir muy pronto como una corriente subterránea, que atravesaba toda su vida, desde el incidente de la ventana hasta el encuentro con Carla Gauss, que sin duda sospechaba esa debilidad de su consorte… ¿Supo ella que más de una vez había cedido a la tentación? No era la posesión bruta lo que le interesaba, no: era la fantasía de poseer a una mujer como los héroes griegos poseían a sus compañeras. Para ellos, las mujeres a las que amaban tenían además un precio: una mujer normal, veinte vacas; una especial, treinta bueyes. ¿En cuánto había tasado Aquiles a su mujer y esclava Briseida? Her Korfmann —era él la fuente oculta de todo lo que le estaba ocurriendo ahora— sabía sin duda la respuesta. Lo pensó y acto seguido miró el espejo, grande y neblinoso, pero lo suficientemente claro para reconocer las imágenes, y vio reflejado a su viejo profesor de griego en él, como una sombra en pena que lo vigilara.
La siguiente imagen del espejo mostraba al emigrante Aaron Loewenthal llegando a Argentina, y conociendo poco después a su mujer, Carla Gauss, una elegante francesa de origen alemán que al morir, quince años más tarde, lo dejó solo, terriblemente solo. Entonces hizo ese viaje a la pampa que tanto lo impresionó, y en el que creyó encontrar las cosas que le había enseñado en el colegio de la Pasauerstrasse Herr Korfmann, quien sin duda le sirvió de guía secreto bajo el sol iluminador de la vasta llanura, donde algunos de sus habitantes parecían alcanzar la estatura de héroes griegos. Practicaban la ley de la hospitalidad como el rey Priamo, y ejercían como Héctor o Aquiles el arte de las armas, que en ellos era expresión de coraje y destreza. Un ejemplo fue el de aquel joven gaucho que, durante la expedición, les demostró que manejaba el lazo, y también el puñal, como un prestidigitador; un puñal que entonces destellaba bajo el sol y ahora —inane y sin brillo dentro de su estuche—, colgaba como un trofeo en la pared de la oficina, como bien quiso este comprobar a través del espejo…

Cuando despertó con sobresalto, Aaron Loewenthal no tuvo necesidad de recordar en qué momento, liberado de la necesidad de llamar a Darocca, se había quedado dormido sobre la tumbona del rincón en el que a comienzos de la tarde hacía normalmente la siesta.
Lo primero que pensó es que anochecía muy tarde en verano en la provincia de Buenos Aires y que eran sólo las cuatro: no podía continuar esperando, durante cuatro horas más, abandonado a los pensamientos que llenaban su cerebro de un murmullo sordo que lo saturaba y enervaba. En realidad, era normal que ocurriera de ese modo, pues él no era un hombre meditativo sino un hombre de acción: si no quería enloquecer, debería salir cuanto antes. Con gesto brusco se puso el saco, se limpió los anteojos, se pasó la mano por el pelo ralo y al salir se detuvo frente al espejo: sí, a través de él se veía el puñal. En cuanto al aspecto que ofrecía él mismo, le pareció que había rejuvenecido; por lo menos ya no tenía las ojeras con que se había levantado esa mañana, después de un sueño escaso y vidrioso… Pero de pronto lo recorrió de arriba abajo una vaga noción de peligro. ¿Buscaba el peligro o el peligro lo buscaba a él? Era una pregunta ociosa, porque lo que debía hacer era limitarse a esperar a la muchacha, que en cualquier caso no representaba el peligro, ella misma. Pensando en eso, caminó hasta el escritorio y contempló el revolver que tenía guardado en el cajón, cuya existencia todos sabían o imaginaban, incluido Darocca. ¿Debía llevarlo consigo? Nunca había salido armado a la calle, ¿había algún motivo real para que lo hiciera ahora? Ella le había prometido anunciar una huelga, no un intento de asesinato. Al final, optó por no llevarlo; no obstante, tras comprobar que estaba cargado, volvió a dejarlo en su sitio. Después, abrió la caja fuerte y sacó un fajo de billetes…
Fue en busca de su auto —un Chevrolet descapotable que le había comprado a Darocca—, abrió el portón, abandonó la fábrica y puso rumbo al centro de Buenos Aires. Ese sábado de enero de 1922, a la cuatro y cuarto de la tarde, el paseo Warnes, al oeste de la ciudad, parecía más bien poco animado; muchos autos volvían ya de la Chacarita dejando atrás los verdes tranvías, que cumplían con su rutina del día entre algún contado excursionista en bicicleta, y a la altura de la plaza del centenario dudó si seguir avanzando hacia el este por barrios de creciente densidad, o desviarse por Córdoba hacia Palermo. Descartando esta última opción, que lo hubiera sumido en tristes recuerdos —el paseo por el Rosedal de los domingos con su mujer, o el del sábado por la avenida—, enfiló finalmente hacia Corrientes, para empezar el largo camino por barrios de creciente trabazón hacia los diques. Ya cerca de estos, estacionó el auto en el primer hueco que encontró y casi sin darse cuenta se dejó llevar por el hechizo del bullente Paseo de Julio, engalanado por la infamia de los bares ruidosos, las mujeres de mala vida y la promesa de los lupanares que, aunque oculta en la jungla del barrio, los hombres percibían cerca como un oscuro acicate. Luego merodeó entre los muelles como un hombre que busca sin saberlo algo muy concreto; sólo se distrajo un poco en el número tres, al reparar en el nombre del buque fondeado en el dique: Nordstjärnan. Había mucha gente en los alrededores, y también un gran movimiento en el puente del barco, lo cual sin duda indicaba que se preparaba para zarpar…
Ah, si los dioses le brindaran la oportunidad de saber lo que buscaba, pensó entonces con una sonrisa en los labios, o si al menos una vez velaran por él, como habían velado por Aquiles, aunque él mismo no fuera como éste hijo de hombre y de diosa. Y fue así como esa tarde privilegiada, por una vez a Aaron Loewentahl lo escucharon los dioses: en un rincón apartado del paseo frente al dique tres, se oyeron los gritos sordos de una mujer, y cuando él avanzó hacia las sombras que se agitaban al atardecer, vio que eran dos los que intentaban inmovilizarla. Avanzó con decisión, aunque sin un propósito definido. Uno de los atacantes, el más joven, que no debía tener ni veinte años, se encaró con él y solo eso bastó para que se envalentonara. Con su cuerpo enorme y asimétrico avanzó como un torbellino de ira, una sombra demente y rabiosa, ajena al ritual de la pelea pero dispuesta a todo, y el muchacho se asustó. Luego, el brillo de la navaja en la mano de su compañero, más viejo, lo distrajo y ya no supo lo que pasó... Cuando se dio cuenta, el viejo había desaparecido ya, pero la mano de él sangraba y sentía un fuerte dolor en el antebrazo. Entonces la muchacha corrió a prestarle ayuda; sin pedirle permiso le sacó el pañuelo de la pechera y se lo ató. Debía tener unos veinte años, era gruesa pero de mirada franca y ardiente; en el cuarto al que arrastró a Loewenthal —sin que él, sumiso, atinara a oponer la más leve resistencia—, ella encendió la luz y él pudo comprobar con tímida alegría que si no era hermosa, estaba rebosante de salud y, sobre todo, sonreía de aquella manera… A la visión de su propia sangre se sintió invadido por un sentimiento de hombría que no había sentido nunca antes; incluso se atrevió a preguntarle por sus padres, pero ella no le contestó. Se limitaba a mirarlo con curiosidad, con una sonrisa en los labios, esperando a que actuara.
Cuando la muchacha se le ofreció sobre el lecho, él cedió a un impulso que creyó inocente y casi paternal: le besó la frente, la nariz respingona y los ojos, y descendió con naturalidad hasta sus pies, enrojecidos y perfumados por horas de pie en las aceras. Finalmente, abandonó la cabeza en su regazo y simuló quedarse dormido… Pensó que era lo que hacía de niño, con su madre, sólo que la muchacha olía a animal joven y a Pachulí, mientras que aquella, en su infancia, lo penetraba con su olor a piel seca y a sudor de cuarentona, impregnado por el ajo y la pimienta del pastrón que tanto le gustaba preparar a ella misma; en esa época, aunque no tuviera sueño, el calor de otro cuerpo ejercía un efecto lenitivo e hipnótico en él, y se dormía casi al instante, y eso fue precisamente lo que le ocurrió ahora. Lo despertó, al cabo de unos minutos, el sobresalto de saberse en un sitio tan peligroso; la muchacha se había levantado y lo miraba. La vio erguida junto a él y pensó que iba a atracarlo, pero en vez de eso ella sonrió; luego, cuando él le dio la mejor parte del fajo de billetes, la muchacha le miró por última vez la mano, en la que la sangre ya se había estancado, y lo invitó a buscarla todas las veces que quisiera…
Aaron Loewenthal abandonó la habitación exultante, y no se sintió inhibido por los marineros achispados e incluso borrachos que reían y se insultaban en sueco o neerlandés, molestando a los peatones; con su barba rubia y su cabeza calva y erguida, miraba sin miedo, de forma casi desafiante. De nuevo ante la amplia perspectiva del muelle de pasajeros, recordó que había llegado a ese mismo sitio hacía quince años, amilanado y cobarde, tan distinto de un héroe, tan distinto incluso de aquellos marineros ruidosos y altaneros... Fue entonces cuando, a través del bullicio arrabalero, traído por la brisa desde uno de los bares que se alineaban a su espalda, un aire de tango llegó a sus oídos, y, sin pensar en el íntimo desprecio que sentía por esa música llorona y sin heroicidad, recordó algunas palabras, y las tarareó: “Quién sabe si supieras...”. Después, la alusión al “perrito compañero” que por la ausencia de ella no comía, le recordó a Pampero, que a su vez le recordó que se hacía tarde. Mirando hacia atrás, comprobó con sobresalto que el sol se había ocultado ya al oeste tras el edificio de la comandancia de marina, cuyos balcones rematados en arcos de medio punto formaban tres hileras oscuras en la fachada. ¿No era una insensatez estar ahí todavía, cuando ya estaba tan cerca la hora de la cita?... Entonces, olvidándose de su auto, decidió coger el primer taxi, y eran ya casi las siete y media cuando regresó a la fábrica.


3

No había pasado un cuarto de hora y una exangüe luz dorada brillaba todavía en el poniente, cuando desde la ventana vio aparecer la figura de una joven alta y huesuda, de movimientos ágiles y algo masculinos, que empujó la verja, eludió al perro y se deslizó, más que caminó, hacia la entrada del edificio. Había algo escurridizo y funambulesco en su figura a esa hora entre perro y lobo en que a veces los universos paralelos se confunden, como si fuera un ser venido de un mundo regido por los dioses del subsuelo… De todos modos, desde la perspectiva privilegiada de su ventana Aaron Loewenthal pudo comprobar con alivio que la informante vestía zapatos de tacón bajo, como las chicas de carne y hueso de la fábrica, y además medias de seda. ¿Se había puesto las medias del domingo en pleno verano?
La muchacha entró en la oficina sin ruido y tomó asiento, muy modosamente, estirando sobre sus angulosas rodillas el borde de su falda azul, y entonces él ya no tuvo duda alguna sobre su identidad, pues supo que en efecto era la muchacha fría y adusta que había visto muchas veces en el grupito de las Kronfuss, a la que llamaban Emma Zuns, pero con la que nunca había cruzado una sola palabra, lo que alguna vez le había llamado la atención. Ahora era la informante la que se esforzaba en hablar, en un español de esmerado acento argentino, ahorrándole el esfuerzo. Primero se disculpó por molestarlo, después mencionó nombres e invocó principios, el de la lealtad especialmente, en una frase retorcida que pronunció mirando hacia el suelo y jugueteando nerviosamente con el plisado de su falda dominguera, y se cortó con un acceso de tos... Como hizo un gesto de ahogo, Loewenthal salió precipitadamente en busca de un vaso de agua.
Cuando volvió con el vaso, la joven tenía ya el revólver en la mano. Al verla, pensó primero en una broma. ¿Por qué le enviaban los huelguistas una muchacha para amenazarlo, cuando seguramente les hubiera resultado más fácil seducirlo? Pero no era un ser humano lo que tenía ante sus ojos, sino una especie de zombi, y fue ese zombi el que, apuntando hacia él, disparó una, dos, tres veces. Los disparos penetraron muy cerca el uno de otro en algún lugar de su hombro derecho; con un grito de dolor, Aaron Loewenthal empezó a doblarse hacia ese lado, pensando de forma atropellada en los huelguistas, o tal vez en los sindicatos o los anarquistas, que lo habían elegido a él para el escarmiento; a él y también a esa tonta muchacha que con ese acto quedaba marcada para siempre... ¿Pero por qué elegir a alguien tan joven, tal vez una virgen, para ello? Entonces empezó a lanzar indignados improperios contra ella, la estúpida criatura que se dejaba utilizar de esa manera, pero la joven, como una virgen en trance, lo miraba sin escucharlo, y él apenas si reparó en la frialdad casi obscena de su mirada húmeda, y escuchó su voz plana y exaltada... “He venido a vengar a mi padre y no me podrán castigar...”. Sí, claro, pensó entonces Aaron Loewenthal: “¡La niña!”… era ella, la niña con trenzas que seis años atrás todavía acompañaba a su padre en sus labores junto a la caja, la hija de Emmanuel Maier; ese era el ser que ahora le disparaba a él, para que fuera a reunirse con su padre allá donde ésta había decidido huir finalmente, esa fue la última revelación que tuvo Aaron Loewenthal cuando sintió que Emma Zuns se movía a su alrededor, le quitaba los anteojos y el saco y finalmente manoseaba el teléfono, en cuya bocina con una voz ya no tan temblorosa dijo: “Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de una huelga... Abusó de mí, lo maté...”.
Para entonces, un frío lento y corrosivo se había apoderado ya del agonizante. ¿De modo que Fabriccia tenía razón? Sí, pero la pobre vieja no le había dicho que luego venía la pérdida de visión, porque eso era lo que él sentía ahora, al menos en un ojo, como si uno de los disparos le hubiera alcanzado el nervio óptico. Aunque bien pudiera ser que todo estuviera escrito y preestablecido, y él mismo hubiera sido el instrumento ciego de su propia inmolación; por eso había eliminado la posibilidad de un testigo, ya fuera la vieja Fabriccia o el mismo Darocca. Lo habrían querido así los dioses, que ciertamente vigilaban por él y por Pampero, el perro fiel y casi ciego que ladraba furiosamente en ese momento...
Cuando Aaron Loewenthal dejó de respirar, corría ya tierra adentro, llevado por los ladridos fieles del animal, los ladridos fuertes y tensos que retumbaban como rebencazos en la soledad de la pampa, y no sentía ya ese frío en los huesos, sino la suave ebriedad de ir juntos, como en una alfombra mágica, hacia algún sitio en el horizonte, en el que vivirían entre ombúes y caldenes, y más cerca de los dioses, libres para siempre de las intrigas y mezquindades de los humanos.

Ricardo Cano Gaviria (Colombia)

Vive en España desde 1970. Ha traducido al español autores como Flaubert, Larbaud, Mandiarguès, Valery, Nerval, M. de Guèrin, etc. Textos y relatos suyos han sido publicados en italiano, francés, español y alemán. Premio Navarra de Novela 1988 (España) por El pasajero Benjamin. Premio Nacional del libro Pedro Gómez Valderrama (a la mejor novela colombiana publicada en el quinquenio 1988-92) por Una lección de abismo. Algunos de sus libros son: El Prytaneum , Las ciento veinte jornadas de Bouvard y Pécuchet, En busca del Moloch, El Pasajero Benjamín, Una lección de abismo, El hombre que rezó a Baudelaire, El Buitre y el Ave Fénix, conversaciones con Mario Vargas Llosa, Acusados: Flaubert y Baudelaire, La vida en clave de sombra de José Asunción Silva.


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