Introducción


Yury Herrera

 

¿Qué hace visible a un país? Los relieves en nuestros mapas parecen hechos con estatuas de políticos vanos y cadáveres dispersos, como si transitáramos un paisaje sobre el que no tenemos potestad. Pero debajo de esa costra hay ciudadanos que observan (y construyen) una realidad más rica y más compleja. La presente selección de relatos es una muestra de esos empeños.
La literatura mexicana pasa por un buen momento. Lejos de contaminarse con la debacle institucional, la literatura descifra el ánimo de una población que persiste en hacer su propia historia a pesar de la fatalidad mediática: los dramas nacionales son un insumo importante en las letras actuales, pero no su límite.
Los narradores y narradoras que Odradek publica en este número tienen trayectorias y orígenes tan diferentes como sus temas y estilos. Tlaxcala, Colima, Durango, Guadalajara, Pachuca, Ciudad de México, son algunos de los lugares desde donde estos escritores ironizan sobre la cantaleta del Apocalipsis, crean imágenes sobre los distintos modos en que la violencia —familiar, criminal, institucional, ideológica— se ha instalado en nuestra vida cotidiana, ofrecen viñetas sobre los instantes reveladores que es posible atesorar y crean mundos autosuficientes que se resisten a la interpretación sociológica, porque apuestan al desconcierto a que cada lector tiene derecho cuando descubre un relato.
Pueden verse estos textos como una alegoría de nuestra realidad, o como un corte transversal del estado de ánimo colectivo, pero creo que sobre todo debe vérseles como objetos lúdicos y, con ello, como una toma de posición de cada individuo ante los horrores y el facilismo ideológico de nuestro tiempo. Tal vez los lectores colombianos encuentren en ellos un paralelo de sus mismos retos y de la tenacidad con que los enfrentan.

 

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Alberto Chimal, uno de nuestros narradores más respetados, cuentista, novelista, profesor universitario, comparte aquí parte del mundo personal que ha creado; un mundo autosuficiente, que rechaza la interpretación e invita a crear conexiones personales con cada historia. Gabriela Conde, originaria de Tlaxcala, exbecaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, ofrece, en la imagen de sus protagonistas apilando piedras, una fábula sobre la cotidiana violencia ejercida sobre las mujeres. El texto de Bernardo Esquinca, oriundo de Guadalajara, novelista y autor de cuentos de terror, es una versión irónica del Apocalipsis y la imposibilidad de las soluciones mágicas. Alejandro Bellazetín, de la Ciudad de México pero avecindado en Pachuca, narrador, editor de la revista literaria El Perro, cuenta un reparo ante las leyes que tutelan nuestros vicios, como si eso fuera a hacernos más virtuosos o pacíficos. Rodolfo J.M., cuentista y periodista de la Ciudad de México, reconstruye una historia clásica imprimiendo en cada signo la nueva tensión de la sociedad tecnologizada. También Antonio Ortuño, novelista tapatío, finalista del Premio Herralde con su novela Recursos humanos, presenta una visión del Apocalipsis a partir de los demonios de nuestra historia íntima y nacional. Rogelio Guedea, colimense exportado a Nueva Zelanda, escribe varias viñetas sobre la revelación de lo frágil y lo amable, y sobre la importancia de atesorar instantes misteriosos. Liliana Blum, originaria de Durango que vive en Tamaulipas, aparece con un texto sobre la barbarie íntima y el misterio de construir la felicidad a pesar de ella.


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