Hombre con maleta

 

Marit Kaldhol


Traducción del Noruego José Vicente Anaya y Marit Kaldhol


Un padre camina por las calles. Arrastra una maleta con la mano derecha, lleva al niño de la izquierda. El niño es pequeño. Al poco tiempo empieza a lloriquear. Dice:
—Padre, ¡mis piernas están cansadas!
El padre se detiene y abre la maleta. Adentro sólo hay un par de camisas. Mete al niño en la maleta. Sigue caminando. Arrastra la maleta con la mano derecha, la mano izquierda está libre.
De pronto el niño se queja de nuevo. No ve nada dentro de la oscuridad de la maleta. Dice:
—¡Aquí me aburro!
El padre saca su navaja. Es una navaja con accesorios: lima para las uñas, limpiaboquillas, tijeras. Cubiertas de plástico rojo. El padre recorta dos agujeros en la maleta para los ojos del niño. Cumplido esto, arroja la navaja dentro de la maleta. El niño se calma. Pasa un rato mirando la calle. Luego se duerme.
Al llegar a la estación de trenes, el padre todavía tiene tiempo libre. Alquila un locker para la maleta, le basta uno mediano. Luego va a un bar. Bebe aguardiente de manzana. Se le hace tarde. Por suerte tiene el billete en el bolsillo. La maleta puede quedarse. Por un par de días sobrevivirá sin esas camisas. Con sus piernas largas corre por el andén. Da un brinco y sube al tren. Carro número 9, asiento 41. Tiene suerte. El 41 está junto a la ventana. El asiento de al lado está libre.
El tren avanza rechinando por valles estrechos. De todos modos es un viaje apacible. Baja en un pueblo de la montaña.
En cuanto llega se encuentra con una cabra. Es una cabra con pelambre límpido, movimientos vivaces. Olfatea sus bolsillos buscando tabaco o dulces. El hombre ríe. La cabra se levanta en sus patas traseras y pone las delanteras en sus hombros. El vientre de la cabra está caliente contra el suyo. Lo invita a su hogar.
El hombre se queda con la cabra. Ella recibe gustosa lo que el hombre le da; él mama la leche nutritiva de ella. La leche es rica y blanca. El hombre chupa las gotas deliciosas directamente de los diminutos pezones de la cabra. Estruja la ubre. El tiempo pasa y pasa.
Una tarde la cabra no regresa del pastoreo. El hombre se estremece de frío. La primera nieve ha caído sobre los picos de las montañas. El aire cala. La cabra no vuelve. Él toma el tren para la ciudad. Baja en la estación y va al sitio de los lockers. Lo reconoce. Busca el locker número 64. Abre. Alegría al volver a ver la maleta con los dos agujeros. Está contento. La maleta luce prácticamente como nueva. Del niño sólo queda el esqueleto. Un esqueleto delicado pero precioso. Se produce un excelente sonido cuando los huesos chocan entre sí. En la maleta encuentra también un trozo de papel. En el papel dice: Gracias por la navaja, papá. La letra es del niño.
Las camisas están carcomidas y han pasado de moda. Se deshace de ellas. La navaja está oxidada. Inútil. El esqueleto, sin embargo, le resulta provechoso. Con cierta ayuda, el hombre logra hacer instrumentos musicales con los huesos. Utiliza el cráneo, las caderas, los fémures como la mayoría de los demás huesos. El hombre practica mucho con los instrumentos.
Poco a poco se perfecciona. Se establece como músico. Viaja por todos lados tocando sus instrumentos. La gente asiste gustosa para escucharlo. Un timbre extraordinario. Tonos de una suavidad excepcional. Ritmo vital.
Sí. La gente asiste por oleadas a los conciertos. El hombre se mantiene. Lleva los instrumentos en la maleta con los dos agujeros. Con la mano derecha arrastra la maleta; la izquierda se mueve libremente.


Marit Kaldhol (Noruega)
Nació en Alesund. Ha publicado libros de cuentos, novelas, poesía y teatro. Posee un velero para navegar entre los fiordos y echar al viento las penas, convirtiéndolas en alegrías.


www.odradekelcuento.com

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