Renovación urbana


Tim Keppel


Traducción: Catalina Henao


Cuando tu matrimonio se acabe, múdate a una ciudad grande. Nueva York, Boston, Filadelfia. Mejor Filadelfia, es más barata. No conocerás a nadie, pero esa es la idea.
Alquila un apartamentito en el barrio. Sé un espartano. Ya no necesitarás las cosas que antes necesitabas —un carro, una casa, una esposa. Sólo creíste necesitarlas. Eras débil e indulgente. Es hora de ser fuerte y resuelto.
Escoge el apartamento que está encima de la joyería El Milagro Dorado. Mira los niños jugar en el lote vacío. Se inventan juegos con basura, y gritan en un español alegre en las noches tibias de verano, destruyen televisores con bates de béisbol —el gran pasatiempo americano. Un día, míralos tirar seis pinos de bolos, uno por uno, a un techo de lata. Asume que los están guardando para más tarde.

Ve a un bar donde las mujeres se vistan de negro —maquillaje, tinte, esmalte. Esto te parecerá atractivo, misterioso, repulsivo. Llega temprano y consigue un banquito. Asume una expresión entre conforme y hosco. Pide cerveza oscura. No comas pellejo de cerdo. Esto es crítico. Las mujeres odian el pellejo de cerdo. Pero no importará. Te irás a casa frustrado, ebrio, solo. Pon música que te recuerde a tu esposa. Apágala. Desconecta el teléfono y embútelo en el closet.
Toma largas caminatas alrededor de tu cuadra. Inspecciona la mugre, los grafitos, el vidrio roto. Escucha la cacofonía de cláxones, frenos de tranvías, carcajadas ebrias. Un tuerto profeta del día del juicio gritando al cielo. Pasa por casas de empeño, iglesias, AA, NA, YMCA, todo el mundo embalado o recuperándose o ambas, monedas, monedas, monedas, un grupo de empresarios con su emporio de lavado de carros/droga, ¿perica, hierba, meth? El tranvía chirriando por ahí otra vez, metal arañando metal, pasa un edificio entablado y quemado que dice Proyecto de Desarrollo de Filadelfia.

Decide que tu apartamento es muy espartano. Lo que necesitas es un sofá cómodo para cuando llegues a casa. O preferiblemente para compartirlo.
Un letrero en la calle dice debo vender. Un hombre está siendo desahuciado. Tiene un sofá por sólo treinta y cinco y una van para ayudarte a llevarlo.
Él es un eslovaco corpulento de grueso y enroscado vello en el pecho, sin camisa y que suda profusamente, prende un cigarrillo con el que apaga. Un tipo amistoso con acento grueso.
—¿Es nuevo en el barrio? Espero para usted más suerte que yo.
Subiendo el sofá a su van lavanda con un sol sonriente pegado a un lado, dice:
—Me ha ido mal. Mi hija murió. Después mi novia me dejó.
Su risa jadeante y rápida es casi contagiosa. Piénsalo mejor. Al volante, sus manos están manchadas de un naranja-café, las uñas comidas hasta la madre.
—Voy a vivir en la van —dice.
Cargando el sofá por tus escaleras, se jode la espalda. Te sientes mal por no sostener tu lado. Haciendo una mueca, te mira larga y nostálgicamente.
—Es mejor que lo tenga usted. Cuando me deprimo me acuesto en él días y días.
Ahí te das cuenta del olor. No es humo ni sudor; es otra cosa, algo innombrable. En su casa casi no lo notabas. Pero ahora está en tu casa.
—Aquí se ve bien —dice.
Estudias el sofá desde donde estás parado. Después te vas al otro lado de la habitación y lo miras desde ahí.
—Me va a matar por esto. Pero creo que voy a cambiar de opinión.
—¡¿Qué?! —dice. Su cara envejece ante tus ojos.
Dile que es la nicotina. Eres alérgico. Mientes entre dientes.
Aplasta un cojín contra su nariz.
—No huelo nada. Pero tengo mal sentido del olfato.
—Lo siento.
—Mire, quédese con él. Si el olor se va, me manda un cheque, si no...
Se acerca lentamente a la puerta.
—¡Pero es que no tengo cómo moverlo!
Oyes pánico en tu voz —más del que habías pretendido. No es que lo hubieras pretendido.
—Espere —dices. El olor está en todas partes, aferrándose a tu ropa, penetrando tus poros—. Le doy los treinta y cinco si se lo lleva.
El tipo te mira. Mira el sofá. Se limpia la frente y suspira.
—Cuarenta —dice.

Lo importante es, no mires atrás. No pienses en el sonido de su voz. Cómo dormía con el puente de su pie pegado a tu pantorrilla. Cuando cocines, evita los condimentos que compartían: albahaca, cilantro, tomillo. Olvida lo que te enseñó como: lavar las cebollas antes de picarlas para que no te hagan llorar. No partas los espaguetis.
Adelante, pártelos.

Vuélvete un minimalista. Compra pequeñas cantidades de todo —crema dental, papel higiénico, salsa picante. Siempre compra marcas económicas, excepto máquinas de afeitar y bolsas de basura. Que no te vean cargando bolsas chorreantes con la cara ensangrentada.
Saca fuerzas de tu ascetismo. Siéntete contento de que tus pertenencias mundanas caben en un carrito de compras. De saber que estás listo para una evacuación de la ciudad. Agradece lo poco que tendrás que abandonar.

Vé a La Bodega de la esquina. El nuevo dueño es coreano. Pero habla excelente español. Te cuenta que lo han robado tres veces —una con una pistola, otra con una cuchilla y otra con una cuchara. ¿Con una cuchara? —preguntas. Después te das cuenta de que confundiste cuchara con cuchillo, fue con un cuchillo.
Los estantes están casi vacíos. Un ratón se desliza por el suelo.
—Me gustan los ratones —dice el hombre en inglés—. Cuando uno tiene ratones, sabe que no tiene ratas.
Este comentario te impresionará. Se quedará en tu mente. Mientras pasa el tiempo, parecerá más y más profundo y aplicable a muchas otras situaciones.
Idéate formas elaboradas de marcar el paso del tiempo: cortes de pelo, cortes de uñas, las rayas sucias que se forman en tu tina. La descomposición de la basura, la expiración de la leche, la curación de heridas.
Date cuenta de que el tiempo es tu enemigo, está tratando de derribarte. Si haces que vaya más rápido de lo que él quiere, o más lento, tú ganas.

Un día en La Bodega ves a una mujer. Es esbelta y alta. Lleva puesta una chaqueta militar, botas de combate y leotardos negros con una rasgadura. Es joven y se ve inocente. La vestimenta parece un disfraz.
Por alguna razón, eso te atrae. ¡Y esa cara! Cabello cogido hacia atrás sobre una cabeza perfectamente formada. Ojos negros como laca y piel de nuez que evocan islas exuberantes, loros salvajes y lagunas de color azul cristalino.
Está cerca de los enlatados. En el instante en que la miras, hace algo extraordinario. Coge una lata de sardinas y la esconde en su chaqueta. El tiempo se detiene. Le lanzas una mirada furtiva al coreano —está viendo lucha libre en un televisor de cuatro pulgadas. La mujer te atrapa con sus ojos. Sabe que viste. Parece transmitir un mensaje; después sale apresuradamente.
De repente se te olvida por qué viniste. Por qué estás en la ciudad. Por qué existes. Nada tiene sentido excepto la mujer con las sardinas.
La alcanzas en la esquina, tambaleándote cerca al tráfico. Ella estudia tu cara.
—¿Por qué no me sapeaste?
Justo debajo de su ojo, su mejilla empieza a palpitar.
Pregunta: —¿Por qué haría eso?
Ella delibera un momento. Después te honra con una sonrisa. Sus dientes están torcidos, pero de una forma encantadora.
Las puntas de sus dedos salen de sus largas mangas y te muestra la lata de sardinas.
—¿Me quieres acompañar?
El semáforo cambia. La miras, miras las sardinas. Dices no gracias y de una te arrepientes.

De noche escuchas las voces ebrias del bloque de al lado.
— ¡Déjame entrar, perra!
— ¡Tengo una orden de caución, hijueputa!
Yaces sudando en tu colchón, la luz de la luna derramándose por tu ventana. Hace tanto calor como al medio día. En el cable de la luz de afuera, hay objetos iluminados —un zapato Nike colgado de un cordón, un sostén beige torcido y una muñequita con cabello de ángel, desnuda de la cintura hacia abajo con ojos grandes y sorprendidos.

Ves indigentes por todas partes. Dormidos en los andenes. Acurrucados al lado de los basureros, boxeando con su sombra en la mitad de la calle. Abres un dispensador de periódicos y encuentras una reserva de objetos personales—pantalones, zapatillas, una cuchilla desechable. Y de la nada, las delgadas y tintineantes notas del camión de los helados haciendo su ronda de bloque en bloque va “Merrily merrily merrily merrily life is but a dream”.

Para aclarar tu cabeza, ve y siéntate en el parque. De día es casi seguro. Columpios dañados, cancha de básquetbol casi destruida, sin redes, sin monturas, sin arcos.
Mira al hombre negro de cabello blanco alimentando los pájaros. El hombre mira fijamente el parque como si fuera un paraíso. Tal vez no puede ver muy bien. Tal vez no puede oír. Sus ojos son inmensos tras sus lentes pisapapeles, sus orejas son enormes. De una maleta destartalada, saca fajos de papel amarillento y los sostiene a una pulgada de su cara.

Empiezas a buscarla, en La Bodega, en la lavandería, en el parque. Buscas chaquetas de militar, botas de combate, tics faciales provocativos. Compras una lata de sardinas.
¿Quién entiende los misterios del corazón humano?
Pero espera un minuto. No olvides tu credo: tienes que ser fuerte. No pienses en ese pie presionando tu pantorrilla. Esas tumbas adyacentes. Olvídate de tener una experiencia profunda y significativa. Lo que necesitas son intervalos superficiales.

Desarrolla un pavoneo de ciudad grande. Deambula por la calle como si nada te asustara. Ignora las manchas de sangre en los andenes, los ruidos balísticos. Asume que son contrafuegos de carros. No prestes atención a los personajes sospechosos que se esconden en las entradas. Evita el contacto visual. Si alguien te mira, supón que te quieren robar o quieren tener sexo contigo.

Estás en el parque cerca al viejo cuando ella se sienta en tu banco. No tiene la chaqueta de militar puesta, pero notas el tic.
—Me siento mal por lo del otro día —dice—. Yo no soy así.
Créele. Pregúntate qué quiere de la vida. Desea que tú pudieras dárselo. Pregúntale su nombre. Su nombre es Alba.
—Vengo de una familia disfuncional —dice secamente—. Si, he ido a psiquiatras.
Pasó tiempo en hogares de acogida, estuvo bajo custodia del Estado. A los dieciocho se emancipó, quedó en embarazo, pero perdió el bebé.
Quiere ser bailarina. Respondió un clasificado. Pero querían “la otra clase de bailarina”.
—¿Y tú?
Di que estás “entre empleos”.
Dile que solías estar en una especie de institución de pensadores. Que te interesaban ciertos asuntos teóricos, el deconstruccionismo.
Dile que eres un vago.
Dile que estás tratando de recuperar las cosas, reconstruir. Explícale tu teoría sobre las vidas de las personas. Cómo la gente piensa que solo tiene una, cuando realmente hay más.
El cielo brilla, luego se oscurece. Nubes. Su tic facial se acelera. Sientes que deberías hacer algo. Consolarla de alguna manera.
Considera contarle la historia del eslovaco y el sofá. En cambio dile la del coreano y los ratones. Dejará salir una carcajada aguda y sonora y se llevará los dedos a los labios.
Se mirarán. Es su mejor momento hasta ahora.
El cielo se ilumina. Ella dice: —Ese viejo es más amable.
Algo perfora tu corazón. Una calma desciende. Su tic se amaina. Dile: Eres agradable —pero no te sale bien.
Después te besa de una forma torpe.
—Me tengo que ir.
Dile que te puede encontrar arriba de El Milagro Dorado.

Observa la ciudad al atardecer. Arco iris de gasolina, frascos de crack de colores de dulces. Pedazos de vidrio brillantes con forma de diamante. Trozos de papel como espumillón en los árboles.
Una ráfaga de viento levanta una bolsa de plástico y la hace volar como cometa:
¡Superfresco! Una pareja de ancianos en sillas de césped hacen un picnic debajo del puente. Un alboroto de pitos de auto anuncia la procesión de una boda. Autos persiguen al de los recién casados por las esquinas, por semáforos en rojo, por calles de una sola vía, reacios a dejarlos ir.

Cambia tu actitud. Pasa de minimalismo a abundancia. Compra paquetes familiares de todo —bolsas ziploc, tupperware, miles de copitos. Ten provisiones. Piensa en el futuro. Uno nunca sabe.

Estás saliendo de La Bodega cuando la ves en la calle. Reconoces su cuello de cisne, sus piernas de potrillo. Acelera tu paso. Piensa en una línea. Dile que eres una persona diferente. Tu alacena está llena, estás escuchando música otra vez, has conectado tu teléfono.
Ella voltea en la esquina de la calle Leithgow y se acerca a una van. No puedes ver el conductor, sólo su brazo peludo. Ella se inclina hacia adentro como para decirle algo o darle un beso. La van es lavanda con un sol sonriente. Los rayos se extienden como la melena de un león. La sonrisa es enigmática. El nombre de la chica es Alba. Esto parece importante para recordar. Se sube a la van y se va.

Siéntate al lado del hombre de cabello blanco. Mira miopemente el parque con él. El sol pinta las ventanas de la fábrica de esponjas naranja. El hombre busca algo en su maleta. “Déjeme mostrarle algo”. Extrae una foto en sepia. Dos filas de niños en traje y corbata. Una clase de graduación. Un comienzo.
—¿Sabe cuál soy yo?
Obvio. Es el de las orejas.
—¿Cómo supo?
Vuelve a meter una mano temblorosa en la maleta.
—¿Me puede hacer un favor? ¿Me puede leer esto?
Una carta borrosa, arrugadísima, de su antiguo jefe, dando testimonio de su carácter, de su integridad, su valor.
—Tengo otras —dice el viejo—.
Puede leer muchas más, todas corroboran la primera.
El sol se está poniendo. El viejo se tiene que ir. Se va cojeando con sus piernas severamente encorvadas. Nunca lo verás de nuevo. No volverá al parque. Pero no te preocuparás por él. Tiene buenas referencias.

Vuelve a tu apartamento y siéntate cerca de la ventana. El atardecer será magnífico. El aire estará fresco. Las luces de las calles se prenderán, con el sonido de las chicharras. Los niños estarán jugando en el lote vacío, gritando con placer. Un niño fibroso subirá por la tubería, se arrastrará por el techo. Luego empezará a tirar los pinos de bolos, uno por uno, hacia abajo a sus amigos.

Tim Keppel
Su libro Alerta de terremoto, fue publicado en 2006 por Alfaguara. Está radicado en Colombia desde 1995. Vive en Cali y es profesor de la Universidad del Valle.


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