Una biblioteca personal


Claudia Ivonne Giraldo Gómez



Las hormigas rojas desfilaban con disciplina por la acera, cada una cargada con un trozo reluciente de las hojas que los fragantes cadmios les cedían. Un lejano urbanista cuyo rostro se ha esfumado en los afanes del tiempo los había sembrado en esa hermosa cuadra de Villa con Maturín, para las hormigas y para que nunca faltara el aroma al amanecer o la sombra en las tardes.

A dónde llevaban las hormigas sus tesoros era un misterio más de todos los que la vida iba proponiendo, como si vivir fuera el oficio del nigromante que descifra los signos múltiples e inestables de los acontecimientos. Acompañaba el paso de las hormigas la llegada del Tío Conrado1, quien pese a su parquedad y silencio, nos saludaba reblujando con su mano nuestro pelo, y sonreía de una manera tal que ahora estoy segura de que nunca llegaron a importunarlo nuestras visitas.

No se había casado ni los hizo nunca pues de él dependían sus hermanas con quienes la vida era, con seguridad, muy llevadera: solícitas a cada una de sus pequeñas necesidades le dispensaban un respetuoso cariño con el cual querrían corresponder a su paternal protección de hermano mayor. Sus camisas planchadas con una perfección y dedicación tales que más parecían esculturas blancas, perfectamente alineadas en la gran mesa de aplanchar. Podía quedarme horas nada más observando la batalla minuciosa y hábil de manos, almidón salpicado, plancha y tela humeante.

Los pisos de baldosas rojas y amarillas lanzaban destellos relucientes, el brillo obtenido de bruñir y bruñir, empecinadas. La casa en donde mi abuela había muerto, era pues un lugar encantado habitado por las cariñosas tías, cuyos tacones repiqueteaban por patios y corredores, hacendosas y diligentes y siempre, así me lo parecía, contentas. No faltaban coplas y saetas mientras recogían lo poco que había que recoger de la ya ordenada casa o perseguían el polvo con tenacidad implacable.

El segundo piso era un espacio vedado a los niños; era así mismo el santuario del tío Conrado y de sus libros: las bellas vitrinas de madera expuestas en el salón de estar, en su alcoba y en las otras habitaciones, contenían sus más grandes y amados tesoros. Sabíamos que estaba prohibido tocarlos y con el temor de quien se enfrenta a una deidad poderosa y desconocida, me acercaba a los relucientes vidrios que me separaban de un universo al que algún día, cuando me hiciera mayor, esperaba poder acceder.

Al paso de las hormigas, el tío llegaba tarde en la noche; traía envuelta su última compra: un libro adquirido en la Pluma de Oro, o en la América, en la Nueva, o la Continental; en la Cano, o en la de los Hermanos Cristianos, en las cuales era cliente conocido. Los libros se apretaban en feroz competencia por un poco de espacio, un espacio que con el paso de los años llegó a ser tan escaso que ameritaba siempre otra vitrina más. Las vitrinas fueron una sabia decisión pues los libros permanecieron intactos, algunos por más de 80 años, alejados del polvo.

En su habitación, a la que pocas veces podíamos entrar, se mezclaba el olor de mi tío con el de sus libros, de manera que yo ya no sabía bien cuál olor era cuál: mi tío olía a libros y los libros olían a un viejo y conocido perfume familiar que seguramente estará inscrito en mi pituitaria de por vida.

Mucho después, cuando ya parecía que la presencia del querido tío nos acompañaría por siempre, murió a los 94 años, dejando en toda la familia un inevitable sentimiento de orfandad. Para mí, que había querido tanto a mi papá, un loco maravilloso y terrible, el tío Conrado encarnaba el otro lado de lo que un hombre podría significar: silencioso y prudente, su pasión por los libros me fue heredada como una bendición dudosa.

Antes de la venta de la casa en la que había vivido gran parte de su vida y de la que nunca había querido salir para evitar que el tortuoso trasteo de su ya enorme biblioteca fuera una dolorosa pero necesaria realidad, me tocó el honor y el gusto de penetrar en sus dominios y misterios. Bajar los libros, adentrarme en cada uno en búsqueda de alguna esquela o papel doblado, de las que encontré no pocas; clasificarlos por su valor, antigüedad o por su tema, fue una aventura contradictoria: por un lado, al fin podría acceder al recinto sagrado, al lugar del misterio; y por el otro, la sensación de quien profana un mundo íntimo y cerrado, largamente construido y amado. Sus libros como su alma.

Poco a poco el deleite y la sorpresa daban paso a la añoranza, a sentir su presencia tan cercana aún en la habitación vacía. Allí La rama dorada, El libro del buen amor, una preciosa edición sobre mitología griega y romana, una colección empastada de El cuento semanal, de finales del XIX; allá una bella edición de la Ilíada; y los Lexicones de toda índole, los antiguos diccionarios de francés, de latín, de griego. Otros que databan de 1789 y que él había rescatado de quién sabe dónde. Y los últimos de autores contemporáneos se aunaban a la serie de libros de edición rústica de las décadas de entre guerras, cuyo papel se hacía polvo con los años.

Cuatro semanas enteras costó desmontar la biblioteca de casi 10.000 volúmenes que mi tío había logrado construir durante su vida. Y luego, repartir entre los parientes que estaban interesados en recibir una parte de esta especial herencia. Después, remitir en cajas de jabón de ropa, cuidadosamente ordenados, los ejemplares que pudieran ser útiles a las bibliotecas públicas, o a las bibliotecas de las Facultades de Derecho: libros empastados y marcados con su monograma que trataban, en español o en francés, de Derecho Romano, Civil, Penal, Herencias, Cementerios.

Elegí para mí una parte de esta amorosa colección que vino a ocupar un puesto de honor en mi propia biblioteca, guardada también en vitrinas esparcidas en el departamento en donde vivo. A veces, en medio del trasegar de los días, necesito hacer un alto y entonces abro la vitrina en donde he guardado sus más preciados libros y aspiro el olor dulce a hostia, incomparable, de la casa de mis tíos, de los libros, del tiempo que se llevaron las hormigas rojas, y creo verlo llegar para sentarse en su butaca de cuero y desempacar, como si se tratara del regalo de una amante secreta, el último libro comprado apenas hace unos instantes, y entonces prepararse a leerlo entero: con el lápiz afilado y tenue, anotar palabras al margen, subrayar delicadamente una frase, resaltar con un signo de admiración.

Tal vez, en las noches, sintió el peso de la preocupación por su biblioteca. Tal vez pensó en la suerte que correrían los libros que lo habían acompañado toda la vida. Sabía que nadie de la familia podría conservarla entera, pues ninguno tenía una casa suficientemente amplia para albergarla. Debió pensar en la manera en que quien se encargara de desmontarla, la repartiría. Espero que haya pensado en mí y haya logrado conciliar el sueño.

Las bibliotecas personales han sido pequeñas grandes gestas, heroicos empeños de personas que han amado al libro y a la lectura con santa dedicación. Las ha habido célebres como la de don Marceliano Posada Puerta2, de la cual han conservado sus hijas una parte, la que les cupo en su nueva y más reducida vivienda, porque a ellas mismas les place por herencia de parte de padre y de madre y por vocación. Otras, han tenido menos suerte, y las hemos visto llegar a la Biblioteca Pública Piloto transportadas malamente en carros de acarreos, embutidas en costales irrespetuosos, dejadas en el hall como si estorbaran. No pocos de esos libros han sido donados a otros amantes de los libros, de las bibliotecas, y vuelven a compartir estante con dignidad de bellezas cuestionadas. En fin, girarán en el tiempo de nuevo, vivirán su vida extraña y errante, y tal vez, servirán de seña, de ruta para quienes han sabido ver en los libros su misterio y su definitiva importancia.

La biblioteca de mi tío ha sido el regalo material más grande, más importante que he recibido en esta vida. Nada puede comparársele. Sólo lamento no haber tenido una casa más amplia en donde recibirla con todos los honores. Es por ella que puedo así, al leer alguno de sus libros, encontrarlo, escucharlo de nuevo, inteligente, pleno de ese sentido del humor magnífico, mientras que, lentamente, las hormigas trazan sus misteriosas rutas, tenues, en otras aceras.

Claudia Ivonne Giraldo
Vive, trabaja y escribe en Medellín. Por eso no va a otros lugares. No por ahora.


1Conrado Giraldo Zuluaga. (1909- 2003). Abogado de la Universidad de Antioquia. Profesor de Derecho Civil. Magistrado y Notario de la Notaría Quinta de Medellín.
2 Marceliano Posada Puerta, 1897- 1964. Padre de Luz Posada de Greiff. Tesorero de la Universidad de Antioquia, botánico y ávido lector.  


Mi forma personal de escribir un cuento es evidentemente una manera particular de expresarme; quizá un poco limitada, pero tan antigua y permanente como la literatura en sí misma. Siempre existirá un número determinado de personas que tenga gran curiosidad por el desconocido espacio exterior, y un deseo ardiente por escapar de la morada-prisión de lo conocido y lo real, para deambular por las regiones encantadas llenas de aventuras y posibilidades infinitas a las que sólo los sueños pueden acercarse: las profundidades de los bosques añosos, la maravilla de fantásticas torres y las llameantes y asombrosas puestas de sol. Entre esta clase de personas apasionadas por los cuentos fantásticos se encuentran los grandes maestros -Poe, Dunsany, Arthur Machen, M. R. James, Algernon Blackwood, Walter de la Mare; verdaderos clásicos- e insignificantes aficionados, como yo mismo.

Notas sobre el arte de escribir cuentos fantásticos (Howard Phillips Lovecraft).



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