Las manos de Veronica

 

Elkin Restrepo


El lugar había sido antes una mina, y la casa de madera y techo de pizarra era lo único que quedaba en pié. Lo demás, los rieles, la maquinaria y las barracas que una vez estuvieron habitadas por generaciones de individuos, o habían desaparecido o yacían dispersos en aquel paisaje gris y desolado donde pocos se aventuraban. En la parte baja, aprovechando el riachuelo, el hombre, que ahora poseía el erial, había construido varios estanques para la cría de truchas y a esto dedicaba el tiempo. Recién había cumplido sesenta, y su figura fofa y descuidada, de andar pausado, acentuaba un carácter retraído, de persona habituada a una sola y misma idea. Observándolo, podía pensarse que era un poco tonto, pero si había podido sobrevivir allí, en aquellos parajes vacíos, quizá no lo fuera en demasía.
Aquel día, mientras examinaba los alevinos, oyó el motor del Oldsmovile que subía la ladera y que, un rato después, asomó en la última vuelta y se detuvo frente a la casa. La mujer que lo conducía no bajó de él hasta que el hombre abandonó lo que estaba haciendo y vino a abrirle la portezuela. No era la primera vez que pasaba, sucedía siempre igual (luego, la mujer alargaría sus finas y largas piernas y, con la boquilla en una mano, extendería la otra, a modo de saludo, retirándola justo antes de que él la besara). Llevaba puesto un abrigo de pieles y, echado sobre el rostro, un sombrero negro de ala ancha; rubia, seductora, de poses estudiadas, nadie le negaría el parecido con Verónica Lake, la actriz de películas de gángsters.
—Acuérdate que entre nosotros hay una “historia” —le dice ella cuando él la invita a entrar.
Desde que vive allí, la mujer es la única que lo visita, sólo que en las últimas semanas lo hace más a menudo. Dos años atrás lo trajo a esta mina abandonada y le habló de la cría de peces y le dijo que era suya. Desde entonces, cada vez que viene, para el hombre —a quien ella llama Fred— es un gusto y una desgracia verla.
Mientras Fred abre una botella y saca hielo de la nevera, ella se pasea por la sala con una mano en la cintura y fuma echando volutas de humo. Apenas habla, pero cuida el efecto que cada acto suyo produce en él. Hoy trae el cabello (su hermoso cabello amarillo) recogido bajo el sombrero y, como es su costumbre, nada separa el fino abrigo de su cuerpo desnudo. Esta certeza le pone la carne de gallina a Fred y carga de electricidad el ambiente; le hace desearla mucho más: ¡cómo le gustaría tener entre sus brazos ese cuerpo, perfecto como una obsesión!
Se deleita, pues, mientras revuelve el hielo en el vaso y se lo entrega, adivinando la redondez de sus senos, la tibieza de su piel almendrada, el tono de sus íntimos repliegues, y se deja consumir por esa llama obscena, que lo hiela. Verónica, consciente de su efluvio, aumenta el voltaje, con el sencillo acto de apoyarse en la silla y cruzar las piernas. Por lo demás, colocada allí como una muñeca adorable, le bastaría muy poco para conseguir de Fred lo que ella deseara. Su vida, lo sabe además, despide aromas infernales y no le importa servirse de aquel hombre, llegado el caso, pues tiene también problemas que resolver.
Mientras saborea el trago, mira a Fred con ojos de gata somnolienta y entreabre el abrigo para que se vean un poco más sus piernas. Fred no espabila, no pierde de vista esa figura inquietante, salida de sus devociones privadas, que le daña el ánimo. Comprende que esa mujer encierra la perdición, pero le da igual: haría por ella lo que le pidiera, al fin y al cabo es su amor prohibido, la mujer que cada vez que aparece trastorna su pobre existencia. Después se asoma a la ventana y contempla el paisaje de niebla; a esta hora, laderas y cielo se confunden, son una página en blanco, un mismo abismo.
Cuando Fred empieza a menudear con los episodios de la finca y a lamentarse de la soledad y el abandono en que se le mantiene, Verónica descarga el vaso en la mesa y, como si de repente recordara una cita, anuncia que se va. Enseguida se acerca a Fred y le ofrece un beso de despedida (que nunca cumple). Este implora, le ruega que se quede un rato más, pero las visitas, ya lo sabe —no puede ser de otro modo, ella es una mujer ocupada —, son breves, nunca duran más de unos minutos, nunca más allá de un vaso de whisky.
La acompaña afuera, le abre la portezuela y espera a que se acomode.
—Cuídate, Fred —, se despide al pasar con un susurro.
Verónica enciende el motor y, al hundir el embrague, el abrigo se abre y deja ver las piernas hasta arriba. Fred, impactado, apenas cree lo que ve. Al rato, el Oldsmobile se silencia en las vueltas del camino.
Desde hace algunas semanas (como si se tratara de ensayar una escena) el episodio se repite una y otra vez, con obstinada precisión, cada día. Y a Fred no le queda nada, salvo frustración.
Hace poco, para su sorpresa, la mujer le entregó una pistola. “Para tu seguridad”, le dijo, de vuelta al auto. Esa tarde, detrás de la casa, Fred estuvo disparándole a una lata, y esa noche tuvo sueños malos con Verónica.
Días después, la rubia regresó, acompañada de un hombre, a quien presentó como su esposo. Se trataba de un individuo alto y delgado, con un palillo en la boca, y que llamaba a Verónica cariñosamente “Mimi”. Saludó a Fred con un apretón de manos e hizo bromas durante el rato en que hablaron al pie del auto, antes de echar un vistazo a las truchas. ¿Cuánto tiempo estuvieron allí, charlando como si fueran un par de viejos amigos?, Fred no sabría decirlo. Pero el hombre le simpatizó desde un comienzo y le disgustó la forma como Verónica habló después de él, en una ocasión en que, a diferencia de siempre, estuvo ella muy locuaz e insinuante, quitándose incluso el sombrero y desabrochándose el abrigo, justo a la altura del nacimiento de sus senos. Por supuesto, discutir con Verónica es tarea inútil; desde que la conoce, no hay cosa que la encabrone más que contrariarla en lo que dice; la oyó, dejó las cosas así y se concentró en la panorámica que tenía delante.
Que era un bicho miserable, una lagartija que apenas servía para hacerla desdichada, y que robaba el dinero que era suyo, fueron expresiones que luego se volvieron comunes y que la rubia machacaba con insistencia molesta. Fred callaba y sentía que su vida se convertía en un nudo, a medida que ella profería insultos dedicados al marido, mientras abría paulatinamente los ojales que descubrían su desnudez almendrada. A Fred el hombre le simpatizaba, nada tenía contra él, pero reconocía que su pasión por Verónica era algo superior a sus fuerzas. Era un hecho, pues, que él estaba en sus manos. Y ella seguramente lo adivinaba porque, a partir de ahí, fue aún más audaz
Una tarde, a punto de despedirse, pero en razón de que el ambiente electrizaba, Verónica le pide a Fred que ponga un poco de música. Sin preámbulos, antes de que éste, sorprendido, se dé cabal cuenta de lo que pasa, ella empieza a bailar en forma provocadora, tal como las strippers lo hacen en los cabarets y, al ritmo de un baion, se pasea enseguida por aquí y allá y elabora figuras descaradas que arrebatan a Fred, contento de tener a Verónica Lake allí en su casa, moviéndose al compás de esa música hirviente.
Es un baile, por supuesto, que se desdobla en muchas formas y que tiene a Fred por objeto; al pobre Fred, quien no demora en aullar cuando la mujer se quita los tacones y, luego, con movimientos aterciopelados, desliza sus manos por las finas y hermosas piernas y se saca las medias que agita delante de él. Luego, mueve y multiplica los brazos en una danza que la convierte en cristal, en llama y resplandor, en caudal de figuras preciosas y en incitante catálogo de nightclub. Al final, para que el planeta se desquicie, como si diera lugar a una síntesis febril, deja deslizar el abrigo de sus hombros y, lánguidamente, sin desprenderse de esa música que la toma como un marido infernal (que la acaricia y abofetea), en un giro que le hurta su vestimenta, termina desnuda en la mitad de la sala.
Demolido por la visión del cuerpo amado, Fred duda, sin embargo (sólo por un instante), acerca de si lo que allí sucede es real o no; últimamente le suceden cosas que no se explica y no sabe si darle crédito a lo que pasa. Anteayer, para no ir muy lejos, mientras cambiaba de estanque a las truchas, creyó ver el Oldsmobile parqueado y a la mujer agitándole la mano desde la ventanilla. Cuando fue a ver, no encontró nada, nadie estaba allí. Pasa también a menudo con los vasos de whisky que sirve a Verónica y que, después, encuentra intactos; e igual con los peces que le regala y luego se pudren en la casa, hasta ese punto lo afecta la vida que lleva, el extremo aislamiento, el alcohol. Teme, pues (por un instante), que sus sentidos lo engañen y que lo que acontece —la maravillosa desnudez de Verónica—, no sea verdad.
Al final, la mujer se queda quieta para que Fred se deleite con aquella suma de formas apetecibles. Entonces, como en un delirio, todo se mezcla —los tacones rojos, el grafito minucioso de su pubis, el rosado de sus senos, la línea sangrante de sus labios— y estalla en un oleaje lisérgico, que lo avienta lejos, extraviándolo en un mar abierto, enquistado en su alma.
Cuando Fred va a abrazarla, Verónica Lake desaparece.
Fred, huérfano, decepcionado, como a menudo sucede en estos días, se acuesta en el piso y pide de nuevo abrigo a esa luz helada que lo deja siempre al descubierto. Después, cada vez más confuso, intenta y no consigue dar un orden a las cosas; a sus pocas y tristes cosas. Para variar, el tiempo empeora y la lluvia arremete contra la casa, arrinconándolo durante días enteros.
Sucede entonces que el ruego de Verónica de que tome la pistola y mate al individuo que la hace tan desdichada (“ya lo has hecho antes; no lo olvides, entre nosotros hay una historia”), se vuelve una tediosa letanía. Para Fred, que no olvida la cordialidad del hombre, comienza una lucha que el whisky, el hambre y el delirio ganan muy pronto, convirtiéndolo en instrumento de Verónica. De Verónica que se ha desnudado para él. Su Verónica del alma.
Lo que sigue es labor del relato.
Un día la mujer pide a su marido que la acompañe a la casa en la montaña. Cuando llegan, a diferencia de otras veces, Fred apenas responde al saludo. Como es costumbre, el hombre insiste en tomarse un trago antes de ir a mirar los peces. En algún momento, no se sabe por qué razón, la mujer y el marido discuten y se van a las manos. Verónica pide a Fred que la defienda y éste que, por su estado, ya no sabe lo que en realidad acontece (por todos lados oye voces que lo distraen y engañan y, además, la escena —como en la preparación de un film— se repite con angustiosa perseverancia cada día), saca la pistola y dispara sin escrúpulos, casi con indiferencia, sobre el hombre alto y simpático del cual no conoce siquiera el nombre, sólo porque ella se lo pide. Luego, pensando que sólo es un maldito juego de su mente enredada, arrastra el cuerpo y lo arroja al estanque de truchas.
La recompensa, valga decirlo, es el cuerpo soñado de Verónica.
Y, para hacerla suya, Fred mata cuantas veces ella quiera
Al día siguiente, sin faltar a la cita, Verónica y su marido están de vuelta en la casa. De nuevo discuten y Fred, a ruego de su amiga ultrajada, toma el arma y dispara. Es la escena que, día a día, repite su mente atascada. Un episodio sin salida ni fin y que, por invariable y monótono, ya hasta lo hastía.
Tendrá que poner fin a esta locura humillante, piensa. Sobre todo ahora que desde hace varios días, cada vez que va al estanque, se encuentra con la imagen de ese cuerpo blancuzco, casi deshecho, que los peces devoran sin afán, delicada y minuciosamente.


Elkin Restrepo (Colombia)
En 2009, la editorial Panamericana publicó su libro de cuentos La bondad de las almas muertas y la editorial San Librario el de poemas Como en tierra salvaje, un vaso griego. Su última pasión el grafiti.


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