Acertijo

 


Sandra Castrillón Castrillón

 


Fue a la mesa de los tragos a servirse un último cóctel.
El carmesí húmedo esbozó la forma de la copa amplia, pareció bailar cuando Ángela dejó rodar en el fondo una cereza pequeña.
—El último —aclaró, haciendo el gesto de brindar—, juro que es el último trago.
—Hace media hora dijiste lo mismo —le aclaró Mario parsimonioso, observándola con obstinación— y has despachado cuatro tragos desde entonces.
Ángela también bailó dos canciones más. Reía a carcajadas a medida que entraba y salía de los pequeños grupos, donde los amigos toleraban su cuerpo demasiado inclinado hacia ellos y las salpicaduras del licor, que se desbordaba de la copa cuando ella contaba una historia de manera exagerada. El cigarrillo en la mano parecía ser el hilo que la sostenía en el espacio.
Una hora más tarde, Mario, cansado por andar tras ella, le dijo:
—Ya no puedo más, vamos a casa que estoy exhausto. Voy a pedir un taxi, no creo que puedas manejar así.
—No es necesario, estoy muy bien —aseguró ella—. Si quieres hago un número con la cola, mira.
Hizo el 33 y todos los amigos rieron.
—Como quieras —volvió a decirle Mario— pero vámonos ya.
Abandonó el salón dando besos a todos los que aún quedaban, a los que también salían, a los que se dormían con un resto de vino tinto en el fondo de una copa. Se anudó la bufanda al cuello, como una niña muy torpe y cerró hasta el cuello el abrigo negro.
El aire de la calle le hizo vacilar por un momento, Mario se dio cuenta.
—Pidamos un taxi, cariño. No seas terca: estás borrachita y yo no sé manejar.
—No estoy borracha. —Dijo eso y se quedó muy seria, casi enojada, con el semblante ausente que Mario tanto temía. Ella abrió la puerta de su carro gris plateado y se sentó frente al volante, esperando a que Mario ocupara su lugar. Encendió el motor y dio inicio a la marcha. Algún amigo le gritó que tuviera precaución, algunos más ebrios que ella le recitaron la frase esa de entregar las llaves. Ángela les envió besos como una reina tonta y emprendió la marcha.
Todo iba bien. Poco tráfico, la calma de la noche acariciando levemente el rostro, el asfalto desocupado para las llantas lustrosas y ningún agente de tránsito a la vista. Ángela reía por cualquier cosa y Mario, casi angustiado, trataba de seguirle el chiste. A medida que reía, la velocidad aumentaba.
—Despacio, mi vida. No hay ningún afán.
—Eres tan increíblemente miedoso, Mario, que no entiendo cómo es que hemos llegado tan lejos juntos. ¿A qué cosas te atreves en la vida?
—No voy a discutir sobre nuestra historia en el estado en que estás, mi sol, quizá mañana.
—Y eres tan perfecto, cariño, ¿te das cuenta? Ni siquiera te caen migas cuando muerdes una galleta.
Y cada expresión conducía a un sartal de carcajadas que le hacían hundir el acelerador y llenar el carro de viento y de fatiga.
—Nena, deja eso. Vas muy rápido.
—No bailaste conmigo en toda la noche —dijo ella después de un silencio cauto.
Lo dijo y se transformó otra vez en la mujer indiferente que ha dejado de estar ahí, para retirarse a una esquina a mirar cualquier cosa.
—Bailaste con todo el mundo, no tuve ocasión.
—¿Es posible, Mario? ¿Esperas una ocasión para bailar con tu esposa?
Al hacer la pregunta, en tono irónico, dobló todo el cuerpo hacia la cabrilla, haciendo fuerza con ambos pies, lo que produjo mayor velocidad.
—Ángela, nos vas a matar, despacio. A mí también me molesta que siempre estés bailando con los otros, no creas que se me hace divertido... Que manejes despacio, por favor.
Y fue ahí cuando ambos vieron al hombre frente a ellos, con un saco gris, de capota, las manos en los bolsillos, tratando de cruzar la calle. Emergió de pronto, sin mucho tiempo para que los gritos tuvieran efecto.
Ambos gritaron. Claro que sí.
De hecho, Ángela alcanzó a frenar en medio de la noche desierta donde no había nadie asomado a ninguna ventana, ningún policía transitando cerca, ninguna ambulancia silbando a lo lejos. Cuando el carro se detuvo, habían golpeado al hombre en la cadera, se había levantado por el aire y había caido en algún lugar de la calle que no alcanzaban a divisar.
Se miraron. Un rato, los cuerpos incapaces de reaccionar. Duró tres minutos. Y ningún auto cruzó al lado de ellos. San Juan estaba inauditamente desierto a las dos de la mañana. Los tres minutos pasaron, Ángela escuchó la voz de Mario decir que había que ir a recogerlo o llamar a una ambulancia, lo vio intentar buscar el celular en medio del temblor incontrolable.
—Nada de eso —apunto Ángela—. No podemos. Nos meterían a la cárcel.
—Pero el hombre se puede estar muriendo, no lo podemos dejar ahí.
—Lo que tenemos que hacer es irnos de aquí —insistió Ángela, golpeando la cabrilla con sus pequeños puños.
—Tenemos que ir a ayudarlo. Voy a bajarme.
—Muy bien. Si quieres, vas solo, pero yo me voy. Dime, ¿te dejo aquí en medio de la nada, con un muerto, y mañana vas a buscarme con la policía? Es obvio que me meterán a la cárcel, ¿quieres eso?
—Arranca —dijo Mario frenético, temblando aún más, tratando de no pensar en lo que hacía—, arranca antes de que me arrepienta y me baje a ayudar a ese pobre infeliz.
Hicieron el resto del trayecto a casa en silencio, atormentados por no hablar de ello. Cada uno fue volviendo sobre la imagen: el hombre cruzando la calle con las manos en los bolsillos, el hombre que escucha el ruido del motor y se vuelve, el hombre que mira atentamente a los rostros de quienes van dentro del carro, el hombre que no se sabe qué expresión componer mientras el carro lo golpea y lo expulsa por el aire.
Cada vez, al recordar, el semblante de cada uno se descompone.
—Maldita sea —dice por fin Ángela cuando le da play al control remoto del garaje—, ¿cómo nos pudo pasar esta mierda?
Mario desciende del carro. Ya dentro del edificio, sin hablar, con las manos en los bolsillos. Inmediatamente las saca, pues al hacerlo la imagen regresa y entonces él camina, arrastrando los zapatos, incapaz de ninguna cosa.
—¿Cuándo vas a decir que fue culpa mía? —lo persigue Ángela, con una mirada acuosa.
Mario no contesta, arrastra sus pies hasta el ascensor, suben los cinco pisos, siempre con la mudez por delante. Entran a la calidez del apartamento donde todo está como antes: la chaqueta que se dejó a última hora sobre el sofá, el periódico del día revuelto en la mesa del centro de la sala.
—¿Qué vamos a hacer con esto? —pregunta por fin Mario—. No vamos a poder dejarlo así, matamos a un hombre allá afuera.
Entonces Ángela se desploma en el mismo suelo y tirita como si convulsionara del frío. Mario la lleva hasta la cama y trata de dormirla. A ratos él también duerme un poco. Ángela parece soñar algo espantoso, porque da gritos y vueltas inesperadamente, escabulléndose de la calidez que Mario le ha tejido con los brazos.
La mañana llega con el ruido que el voceador de periódicos produce. Al abrir los ojos, Mario ha olvidado el origen del malestar que le subyace, hasta que todos los sucesos van regresando dolorosos. Se levanta con cautela y, aún en pijama, abre la puerta del apartamento y baja hasta la portería. Pide un periódico. Lo hojea mientras sube de nuevo hasta el quinto piso. No encuentra la noticia en el periódico. Enciende el televisor del estudio. Ángela todavía está dormida. No hay señales del suceso en las noticias de la mañana.
A mediodía, Mario y Ángela beben café frente a las noticias de la tarde. No se hace tampoco mención de ello. Así como tampoco en la noche, ni al día siguiente, ni en los días sucesivos.
Así que empiezan a sentirlo todo más distante. Ninguno de sus conocidos comenta el hecho. En la radio no se menciona la cuestión.
Nada. Imposible que dos hayan alucinado. Imposible que el cuerpo haya quedado tan escondido, tan fuera de la vista.
¿Y entonces?
Se lo preguntan cada mañana, cada tarde y cada noche, frente a todos los noticieros del día. Se devoran los diarios mientras se dirigen la pregunta el uno al otro. Apenas si salen de casa, ya no suben al auto, ya no son tan buenos en los respectivos trabajos. Cada uno indaga por su lado, y en la noche, juntos, construyen tentativas de respuesta. Así cada día. Desde entonces.


Sandra Castrillón Castrillón
Soy escritora y psicologa, dos elementos que me han permitido interrogar y tantear respuestas en el diario vivir. A veces creo que la escritura es el hilo con el cual diseño una forma de estar en el mundo. La vida es un sujeto enorme al que hay que escuchar con atención y verle ese lenguaje no verbal que se asienta en sus bordes. Entonces lo que hago cuando escribo es despegarle largos o pequeños pelos, susurrarle sus propios movimientos, según haya logrado aprehenderla.


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