Una mentira inventada


Elkin Restrepo



El chino no era chino, pero lo apodaban así a causa de sus diminutos ojos rasgados y al color amarillento de su piel. Debía tener unos dieciséis años y era bastante alto para su edad. A diferencia de los otros muchachos, no asistía al colegio y pasaba el tiempo jugando al billar o simplemente haciendo nada. Era silencioso e inescrutable, y aparecía siempre al atardecer.
Recostado en la puerta del café y dando chupadas largas, sibaritas, a un cigarrillo, empezamos a verlo una tarde de febrero de l954. Quizá lo frecuentara de mucho tiempo atrás, pero mis amigos y yo sólo caímos en cuenta de su presencia el día en que apareció un muerto en el barrio y alguien en la escuela dijo que el asesino era el chino. Teníamos diez años, cursábamos el cuarto año de primaria y ni para qué decir que la credulidad era aún nuestro mayor bien.
El muerto era un desconocido, a quien le faltaba una mano y tenía un tiro en el corazón. Como la vida barrial era más bien parca en noticias, la intriga fue general. Al parecer al individuo, quien vestía interiores rojos de mujer, lo habían matado en otro sitio de la ciudad, arrojándolo luego en la manga que quedaba detrás del teatro donde íbamos a elevar cometas. En uno de los bolsillos del pantalón se le encontró una tarjeta de un famoso hotel y, escrito con letras burdas, una expresión conminatoria: "¡Por marica!".
El motivo, según el informe policial aparecido en la prensa y leído en voz alta por mi padre que no quería perderse detalle, era el pasional. A esto conducían las primeras averiguaciones. Por lo pronto no había detenidos.
No dejó de sorprendernos que, contra lo que se rumoreaba, el chino volviera allí, al lugar de siempre, con su eterno cigarrillo en los labios. No entendíamos cómo la policía no le había echado mano, siendo tan claro todo.
Como si aquello fuera apenas el inicio, los rumores y consejas se multiplicaron, y del chino se dijeron cosas en la escuela que aumentaron aún más el temor que nos despertaba. Que cargaba una pistola Luger, alemana, robada en una prendería, y que con ella había asaltado un mercado; que se entraba a medianoche al cementerio y se enfrentaba a bala con los espantos, a los cuales despojaba de sus calzas de oro; que, de miedo, lo dejaban entrar a cine sin pagar; que alzaba la falda a las muchachas y que, en una discusión con un hermano, lo había herido a cuchillo hasta casi matarlo; en fin, que era el mismísimo Caín redivivo.
Esas eran las historias que nos llegaban y que, sin muchas averiguaciones, lo convirtieron muy pronto en un personaje no exento de fascinación. Aunque nos producía temor, forzándonos a echar carrera tan pronto lo advertíamos, mezclado a este sentimiento surgió aquel otro, confuso y punzante, casi de admiración, pues nos parecía que él era diferente a los demás.
He de decir acá que los intrigados con dicho personaje éramos tres. Entre nosotros nos hacíamos llamar Robert, James y Larry Buster, nombres más sugestivos que los propios y que tomamos de las películas del matinal. Conformábamos también una secta secreta, Las águilas negras, una falsa fachada que ocultaba nuestra verdadera actividad: comunicarnos con los extraterrestres y creer en nuestras propias historias inventadas, como aquella de que el color desvaído de los ojos de James y sus rodillas sin reflejo eran prueba de que había sido raptado y luego devuelto por una nave espacial. O que Larry Buster, con su pluma en la cabeza y su tartamudeo era Toro, el amigo del Llanero Solitario.
Por nuestra cuenta iniciamos algunas averiguaciones sobre el chino que no nos llevaron muy lejos. Sin embargo, descubrimos que era oriundo de Singapur y que ahorraba para el pasaje de regreso en barco; también que había perdido sus documentos y que se había hecho a unos falsos a nombre de Juan Zapata, y que si no hablaba era porque desconocía el español. El informe, escrito a las carreras por mí, fantasioso en un cien por cien, no tuvo reparos, por lo que se dedujo que era verdadero.
Entretanto, surgieron nuevos hechos relacionados con el crimen. Una noche, mi padre leyó en voz alta la noticia de que el caso del cadáver mutilado volvía a la realidad palpitante, porque la policía había encontrado el dedo pulgar pegado con un alambre en la puerta de un burdel de Lovaina. Cuando, días después, el índice apareció envuelto en gasa metido en uno de los floreros que adornan la estatua de Gardel, los sabuesos supieron que no trataban con cualquier asesino y que necesitaban acelerar el caso.
Para entonces la alarma era general. Detrás de aquel asunto escabroso, no había que recalcarlo, actuaba una mente desquiciada, pues a nadie se le ocurre desmembrar a una persona, mucho menos de esa manera.
Los hechos se agravaron, cuando un tercer y cuarto dedos le fueron remitidos en un paquete de correo al inspector de policía, quien visiblemente afectado por lo que llamó "una broma macabra", habló por la radio, repudiando el hecho y asegurando un pronto castigo para su autor. Al día siguiente, el periódico publicó una foto del funcionario mostrando con cara de fastidio el enigmático envío.
Gracias a las huellas digitales, ahora se sabía que el desgraciado hacía parte de la compañía de ópera venezolana que recién había estado en la ciudad, y que su nombre era Pietro Lozano. Se le recordaba por su imitación del gran Caruso interpretando Payaso, de León Cavallo, que todavía el público aplaudía.
Algunos opinaron, entonces, que en la manera cómo se venían presentando los hechos era evidente que existía un mensaje, y que para dar con el asesino, bastaría con descifrarlo. Otros que, para no entrabar todavía más el asunto, lo mejor era no ver espantos allí donde no existían. La discusión, como lo registró la prensa, subió de tono rápidamente. Como si no fuera suficiente, ahora resultaba que el último dedo, el meñique, del cual todo el mundo andaba pendiente, no aparecía.
En el club, cada nueva noticia nos atrapaba aún más. Aunque las dudas acerca de quién era el asesino no existían para nosotros, decidimos no acudir a la policía por una razón muy simple: el chino nos conocía, y por ningún motivo queríamos acabar con las manos y los dedos mutilados y el cuerpo tirado en un basurero. Por precaución, convinimos en no volver a pasar por aquella esquina donde cada tarde lo veíamos. Sin embargo, cualquier mención o detalle que nos lo recordara nos arrojaba a una incertidumbre aún más grande.
Hacía poco, en cine, habíamos visto Los tambores de Fu Manchú, y nos habíamos dado cuenta de la suma crueldad y cálculo con que actuaban los de su raza. Aquel era un mundo compuesto de sectas asesinas, destinadas todas a actuar en la oscuridad y a ejecutar acciones sin nombre. Una de sus finuras era desollar vivas a sus víctimas, para lo que disponían de toda clase de herramientas ruines. Sin dudarlo un momento, cerramos el club y en adelante nos volvimos invisibles. Aquello no era para nosotros.
Conocer quién era la víctima, aunque acercaba la policía al asesino, no era suficiente. Respecto al dedo que faltaba por aparecer, escuché a mi padre explicar que ya debía de haberse podrido o hecho polvo, a menos que el asesino lo hubiera conservado en formol, algo difícil de saber.
Un viernes, después de clases, jugábamos bolas en la calle, cuando alguien se paró detrás de nosotros. Vi que James palidecía y echaba a correr, sin que le importara dejar abandonadas las bolas de cristal que su hermana le había traído de Miami, un verdadero tesoro. A su vez, Robert, abriendo exageradamente los ojos, trataba de alertarme. Me quedé paralizado cuando al volverme vi al chino. Por lo pronto, me pareció más alto de lo que esperaba, más temible incluso. Fácilmente podía medir un metro ochenta y me miraba como si pudiera ver a través mío. Aunque a nadie habíamos comentado nada, temblé por lo que se venía. Que él supiera que nosotros sabíamos acerca de su crimen ya era motivo suficiente. Recuerdo que bajé la cabeza, cerré los ojos y así, agachado como estaba, esperé el golpe fatal.
Pero nada ocurrió, por lo menos en ese momento. Pasaron unos largos minutos en que Robert y yo intentamos recuperar el aire, pero fue imposible, el miedo lo teníamos aferrado a las tripas. Sentí que me orinaba en los pantalones, y ya no me atreví a moverme.
Cuando, entre tartamudeos, quise explicarle que de nuestros labios no saldría una palabra delatora, el chino, indiferente, se dirigió a Robert.
–Sé que tienes una "vista" del Duende que camina (no dijo El Fantasma, sino El Duende que camina), quiero verla– lo dijo en tono firme, como si descontara de antemano una negativa.
No hacía mucho Robert había cambiado dos trompos de madera y una colección del Pif Paf por la última "vista" que, según la leyenda escolar, existía de la película El fantasma, destruida casi en su totalidad por un incendio en un teatro de Panamá. Era una verdadera joya que mi amigo, por un golpe de suerte, había logrado conseguir.
Pero Robert, en lugar de amilanarse, fingiendo un aire despreocupado, le respondió que ahí no la tenía, que se la había entregado a un primo que quería comprársela. Esta era una mentira inventada, porque yo sabía que él la guardaba junto a otras de Flash Gordon y Tarzán en un pequeño bolsillo cosido por su madre en el borde de su camisa. A mí, me lo había mostrado con el orgullo de un rico que muestra a su hombre de confianza la caja de caudales. Que Robert fuera dueño de una joya como ésta, que nadie más poseía, le daba cierta preeminencia entre los escolares, lo que además alimentaba con cuanta ocurrencia imaginaba acerca de la suerte del filme. Ahora el asunto había llegado hasta el chino, que no parecía estar muy satisfecho con la respuesta de mi amigo.
–Sé que la mostrás en todos lados, ¿cómo es que no la tienes ahora? Escúlcate, revisa tu maletín, quiero verla– le dijo en tono intimidatorio.
Robert, como si hubiera olvidado quién era el personaje que tenía delante, no se amedrantó y, acudiendo a una astucia que le desconocía, le dijo al chino que lo esperara ahí, que él iba a casa de su primo por ella y la traía. Y, para mi sorpresa, agregó que ahí quedaba yo para mayor seguridad.
Recuerdo el terror que me cogió. Aquello era lo más parecido a una traición, bien sabía Robert qué clase de criminal era aquél al cual me entregaba.
El chino pareció pensarlo dos veces, pero después de mirarme y darse cuenta de cuán insignificante prenda era yo, lo tomó del cuello y lo amenazó con estrangularlo si no se la entregaba. Y empezó a apretarlo y mi amigo a enrojecer sin que soltara palabra alguna, cuando advertí que el asunto pasaba de castaño a oscuro, ¡el chino se mordía el labio para mostrar su furia!, grité que no lo fuera a matar, y menos a cortarle la mano y los dedos, que yo sabía dónde la guardaba. Lo dije para salvarlo, sin pensar que aquélla era una traición aún más delicada.
Todavía me estremece la mirada que me lanzó Robert. No parecía creerlo, él, que hubiera dado la vida por no dejársela quitar, veía cómo un mariquita como yo ayudaba al truhán en el despojo.
Hasta ahí llegó la amistad con mis amigos del club Las águilas negras.
No termino sin añadir que, para distraernos, después de que se descubriera al verdadero culpable del muerto sin mano, mi padre seguía leyéndonos los casos escabrosos que traía la prensa cada día. Por lo escuchado, el crimen no paga y que, así fuera un enigma, tarde que temprano siempre se descubría. Que la policía para conseguir resultados pagara cualquier delación, no me pareció entonces bueno ni malo.
Y así fui creciendo con la vida.


Elkin Restrepo
En mis sueños, con frecuencia no soy el que soy, sino el ogro temible que siempre pierde la batalla frente al dragón que asusta a las damas y doncellas encantadas que deambulan con alegría y sin desespero por las páginas de mis cuentos como si estuvieran en casa.

 

Es posible, en un poema o en un cuento, escribir sobre cosas y objetos comunes y corrientes usando un lenguaje común y corriente pero preciso, e impartirles a esas cosas —una silla, una cortina, un tenedor, una piedra, un arete de mujer— un poder inmenso, incluso perturbador.

Raymond Carver




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