El narrador

Guillermo Bustamante Zamudio


El nivel más general: el humano es un narrador
La narración es propia de lo humano. La decisión de dar la espalda al mundo e inventar un mundo propio —lo que llamamos “cultura”— obliga a los humanos a narrar a los recién llegados lo que pasa, lo que ha sucedido, incluso lo que juzgamos que va a ocurrir. A nada de lo que acontece en una sociedad podemos responder con esa manera decantada de la indiferencia que denominamos instinto. Pero que no parezca que narramos a los otros para que ingresen a esto; principalmente narramos a los otros para nosotros mismos quedar convencidos de que este delirio colectivo tiene consistencia. Inventamos museos para creer que afuera está la realidad actual; hablamos de tolerar la diferencia para creer que somos el estándar. De manera que no sólo somos animales que pueden aprender (eso le pasa a otros, en medidas desiguales), sino que somos seres desnaturalizados —y eso sí es distintivo— que tienen que enseñar, mostrar, narrar. Y no se trata de contar “objetivamente” (aunque sea esa la pretensión, la más inverosímil, la que más requiere de la fe), pues el primer gesto de dar la espalda ya le otorga a ese relato su estatuto: una invención cuya verosimilitud se juega entre quienes se echan ese cuento. Lo que un niño encuentra nada tiene de natural; nada hay en el vinagre que le haga corresponder la ensalada. Todo ha de serle enseñado a los que llegan, pero no en el sentido llano de señalar hacia lo evidente, sino en el sentido de contado con arreglo a regímenes de producción e interpretación de discursos… que no son más que otros cuentos que se fueron consolidando como estructuras del contar. Hubo una vez en que “Había una vez…” quería decir exactamente eso, pero después esa frase no quiso decir que había una vez, sino que alguien se disponía a contar. Dramatizamos los ámbitos de nuestra existencia, que es la estructura de la narración. Y la razón, que parece oponerse a la narración, en realidad constituye los pasajes descriptivos de la narración, que inopinadamente se quieren independizar de su contexto.
En sentido genérico, entonces, somos narradores. Pero estamos hechos de las narraciones de otros: somos narrados. Y somos narración, no podemos parar, porque cuando las palabras que cuentan de una y mil maneras cesen, caerá también el telón y, con él, nosotros.
Un nivel más específico: hay algunos narradores
Ahora bien, cuando hablamos de literatura, ya no podemos afirmar que la vida es una historia. No porque no lo sea, sino porque la vida —así, como un sustantivo que luce sus cultores y sus encargados— suele empeñarse en olvidar su estatuto narrativo, suele tratar de conjurar el azar. Tenemos profesionales de ese engaño, dispositivos para producirlo, y rebaños de creyentes dispuestos a creerlo. Como nuestra especificidad no cabe en una descripción tan sosa, la operación suele dejar en el camino una serie de restos que resultan operativos: la desazón, la falta de sentido, el aburrimiento. Sócrates pensaba que una vida no examinada no era digna de ser vivida. Parece un rudo juicio sobre cuáles vidas son dignas y cuáles no, posición autoritaria que sólo se afianzaría en quienes le atribuyen a alguien la autoridad para decirlo. Pero el aserto socrático puede ser leído con el propósito de conversar con el famoso personaje de las obras de teatro de Platón: podría ser entendido como una manera de hablar de la especificidad humana. El animal (zoon) tiene una vida, pero la nuestra no es una vida realizada de esa manera; manera que, paradójicamente, no arroja un saldo de sentido para alguien. El animal no sabe que está vivo. Le ha sido encomendada una cadena genética para que la reproduzca. No hay valoración, no hay sentido, significado, narración, cuento. Hay un incesante flujo de estímulos de los que se hace una selección con los sentidos, al calor del instinto. Pero el resultado no es un espécimen, sino una especie. Keats, Ovidio y Shakespeare oyeron cantar al mismo ruiseñor, porque ellos son ejemplares, mientras el ave es una especie.
Nuestra vida, entonces, es “examinada”, como dice Sócrates: al zoon hay que agregarle el politikon; es decir, ese que se juega frente al otro —en la polis— el estatuto de su propuesta frente a la existencia. Así las cosas, y parafraseando a Sócrates, es digna de ser narrada una vida examinada. Sin embargo, nuestra época, en su afán por vender todo, publicita la idea de que cualquier devenir es digno de ser narrado. El reality show es expresión de esa apuesta que promueve lo banal, lo pueril y lo obsceno al estatuto de creación, cuyo consumo no requiere saber ni elaborar nada.
Con ocasión del lanzamiento de una obra literaria, decía Freud que las intimidades de otro causaban cierta repulsión (definitivamente, no perteneció a nuestra época) y que, sin embargo, el escritor no hablaba de nada distinto que de lo que acontece en las vidas de las personas... salvo que lo hacía de una manera especial. Tal vez lo mismo expresa Aristóteles en la Poética con el concepto de mythos; no es sólo fábula (historia imaginaria), sino principalmente intriga: historia integrada, “bien contada”, con una identidad dinámica que revela aspectos universales de la condición humana. La literatura tiene que ver con el no olvido de esa condición humana. Y no todos los narradores y poetas lo hacen de la misma manera. Su indigencia, el saberse producto de una narración incompleta, que altera sus estructuras todo el tiempo, los pone en condiciones singulares de no ser inferiores al estatuto humano. Más que “poner a volar la imaginación” —que es como el mercado entiende la literatura—, la literatura examina la vida.
Pero no sería la labor —la reproducción de la vida en tanto zoon— de quien se hace ver en el reality show, o de quien cuenta sus intimidades por escrito, bajo el entendido de que la mera vida es una historia digna de ser contada; tampoco es el trabajo de quien ya tiene comprada la siguiente novela antes de escribirla, de quien escribe “para soltar la mano”, o de quien escribe ocho horas diarias, así no tenga nada que decir; no es algo que aparece como efecto de un oficio, donde medios y fines corresponden, donde el resultado se sabe con antelación; sería más bien la praxis de quien no verá realizada su propuesta más que en un diálogo con la tradición, encarnada en el otro... tradición donde —en palabras de Ricœur— interactúan la innovación y la sedimentación que encarna los modelos de la puesta en intriga.
De tal forma, una narración no la hacen el arte de vivir ni el arte de contar. Todos padecemos la incomodidad de la vida y el lenguaje no nos produce comodidad alguna. Pero el escritor no tramita sus problemas vitales con ilusiones —al menos no todo el tiempo—, ni tramita sus problemas del lenguaje con un fonoaudiólogo, sino que hace algo con eso por medio de la escritura; y no por eso tiene por qué saber cómo lo hace. Aunque conozca teorías, el relato pertenece a su saber-hacer relativo a la prudencia, el cual no está sencillamente disponible a la consciencia. Y no es la narración algo esotérico… pero tampoco podemos reducirlo a la banalidad de un “poner por escrito”.


Un nivel aún más específico: el narrador como escritor in fabula

Teorizar la literatura también es muestra de tener problemas del lenguaje; pero quienes escogen ese camino, tramitan su síntoma de manera distinta que los escritores… y se encuentran y se leen entre ellos. Explican la estructura, pero no la magia de la literatura, no la herida que hace a un escritor tramitar su dolor de vida de esa manera. La teoría que busca describir la estructura textual vio la necesidad de hablar de un personaje hecho de palabras, de un escritor “dentro de la obra”, que puede ser un animal, un hombre muerto, un sujeto de sexo distinto al del escritor, etc. En esa lógica, tal personaje no puede dirigirse más que a otro personaje, también hecho de palabras: el narratario. Narrador y narratario, en este contexto, son categorías definidas por un campo de conocimiento científico. Ahora bien, como este campo de saber requiere la práctica de los escritores para existir, y no al contrario, no se trata de una pauta literaria… aunque escritores “de oficio” traten de usarla como tal. Los escritores más bien producen desafíos que obligan a los teóricos a afinar sus aproximaciones.
No se sabe de escritores que hayan llegado a serlo gracias a conceptos teóricos como el de “narrador”. Pero sí sabemos que todos los teóricos, animados por el impacto que la literatura produce en ellos —o, hasta de pronto, en otros—, necesitan del dolor de vida de los escritores. Quizás ellos también tramiten su humanidad de esa manera. En algunos casos es posible que el efecto de su trabajo —aunque no se lo propongan— sea la conjura del azar: volver a la “vida” lo que pertenece a la vida.


Notas

Arendt, Hannah (1958). La condición humana. Barcelona: Paidós, 1993.
Freud, Sigmund (1907). “El creador literario y el fantaseo”. En: Obras completas. Vol. IX. Buenos Aires: Amorrortu, 1990.
Ricoeur, Paul (1986). “La vida: un relato en busca de narrador”. En: Escritos y conferencias. México: Siglo XXI, 2009.


Guillermo Bustamante Zamudio (Colombia)

Cofundador y Codirector de las revistas de minicuentos Ekuóreo (Cali). Premio “Jorge Isaacs” 2002, con el libro de cuentos Convicciones y otras debilidades mentales. Libros de minicuentos: Oficios de Noé (Bogotá: Común Presencia, 2005). Co-compilador (con Harold Kremer) de: Antología del cuento corto colombiano; Los minicuentos de Ekuóreo; y Segunda antología del cuento corto colombiano. Co-autor (con Harold Kremer) de: Ekuóreo: un capítulo del minicuento en Colombia.


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