Los vuelos

 

Claudia Ivonne Giraldo


El muchacho había hecho escala en el aeropuerto de Panamá; debía, después de viajar desde San José de Costa Rica, en donde había pasado las vacaciones más locas, más desaforadas, esperar por espacio de siete horas en las salas de tránsito a que una voz gangosa e impersonal anunciara, en español y luego en un lento inglés, que debía abordar su vuelo para regresar a casa: lo esperaban largas horas. Salir a la ciudad hubiera sido costoso y él no tenía ya mucho dinero, además tenía un sueño terrible por causa de los trasnochos y de unos malos tragos del día o de la noche —ya no lo sabía— anterior.
Por eso, equipado nada más con el gran morral de viajero, con esa pinta de palmeras y sandalias de turista europeo en países tropicales y el pelo rubio revuelto, tomó un costoso café con leche y buscó espacio para dormir. En realidad, no parecía que en los días de entre semana hubiera mucho movimiento de pasajeros; las salas estaban desiertas. Una planta robusta y alta, una palmera sembrada en enorme maceta ubicada justo en el rincón menos expuesto de la sala con el tapete más abollonado, parecía el lugar ideal; nadie lo vería; nadie lo molestaría. Se tendió a dormir apoyando su cabeza en el morral... y el sueño llegó rápido.
Más allá del sueño no halló sino una pesada sensación de nada, la oscuridad completa, la relajación total de los músculos en ese tiempo en el que pasó desapercibido para los viajeros atareados, apurados, lentos o angustiados que entraron y salieron del aeropuerto, todos con el mismo rostro de la gente proscrita, el rostro anónimo del viaje.
Cuando despertó descansado pero un poco perdido, descubrió con estupefacción que había dormido por más de 8 horas y que su vuelo había partido sin él, sin que nadie pudiera avisarle ni advertirle. Primero fue el horror y después la sensación de desamparo, cuando luego de correr por los desolados pasillos en donde uno que otro absorto pasajero lo observaba con mirada lenta, encontró vacío el puesto de registro de tiquetes de su aerolínea. Esperó a que la empleada regresara. Cuando lo hizo, ella, con cara de pocos amigos, le advirtió que debía pagar un excedente para tener un tiquete nuevo y esperar por cinco horas más el vuelo a casa. Eran casi los últimos dólares que le quedaban. Pensó en llamar a su familia pero se abstuvo de tal idea: no era necesario; ellos sabían perfectamente que su fecha de llegada era un tanto imprecisa, aunque con el margen seguro de una semana. No gastaría los pocos centavos en ello. Cinco horas era un tiempo enorme para esperar con calma, pero no perdería el vuelo esta vez. Por eso, compró en la cafetería una gaseosa y un sándwich de pollo y recorrió lentamente todos los pasillos, los almacenes en donde, a decir verdad, no había nada que le interesara.
Un aeropuerto es un lugar frío y aburrido, pero en cuanto empiezan a pasar por el pasadizo los pasajeros apresurados, la cosa es distinta. El muchacho siempre había sido ensimismado, lento y le encantaba, contrariando las reglas básicas de la buena educación, observar a la gente; podría decirse que muchos como él hacen de esta sencilla actividad un disfrute, un goce: un centro comercial o una calle cualquiera son palcos propicios. El juego consistía en detenerse, sentarse si era posible, o recostarse en la primera pared que encontrara... y empezar a mirar, de arriba abajo, con descaro, con interés, siempre impertinente... a una mujer como ésa, que pasa ahora haciendo un gran esfuerzo por empujar una maleta que debe estar muy pesada; lleva prisa, lleva un ansia y un temor, se le ve en la cara redonda y negra... suda, se afana; su enorme cuerpo apretado en unos pantalones azules se balancea sobre unos zapatos de tacones altísimos, sin correas que los amarren a sus grandes e hinchados pies, por eso también jadea, por eso no puede andar todo lo rápido que quisiera y que debiera; la mujer sufre, se le ve en la cara... pero el mundo no se detiene para la mujer, ni para esa pareja que ahora desfila ante él borrando el tiempo y el espacio: son bellos, jóvenes, están felices, se han abandonado al amor, es evidente la confianza con la que ella se deja asir la cintura por ese hombre que no tiene más ojos que para ella; se les nota que no van a separarse pronto, se les nota el aura de la bienaventuranza... Y entonces piensa en su relación rota, en el dolor, en el engaño, en el desencanto que lo impulsó a tomar el avión y viajar a un país cálido en dónde olvidar por unos días, perderse, irse; ese había sido su deseo y ahora el recuerdo volvía a hacerlo trizas, literalmente trizas... No debía pensar más en ella, no valía la pena, ya lo sabía: uno podía enamorarse perdidamente de alguien que no valía para nada la pena. Después la sensación era más desastrosa por el desengaño y por la torpeza de enamorarse equivocadamente.
Faltaban aún dos horas y el sueño lo vencía de nuevo, como un mecanismo de defensa se había vuelto un dormilón a conciencia: dormía todo lo que quería... porque el sueño era la puerta, la única posibilidad para el olvido... en el sueño estaba abandonado a la inocencia, niño de nuevo, huérfano, extranjero en cualquier parte, navegando en el desierto... el rostro de ella, amado y ahora maldito, volvía y volvía con esos ojos que decían cosas que ella no podía decir ... rabia... la rabia hasta llegar a la casa de la mujer negra que corría a abrirle la puerta balanceándose torpemente sobre sus imposibles zapatos, una gran sonrisa y el terror de estar entrando en ese apartamento en donde la maleta yacía abierta con descaro sobre el sofá rojo forrado en plástico transparente y dejarse conducir hasta la habitación en donde la pareja estaba recostada; empezaban apenas la danza, ella sentada sobre él a horcajadas besaba su rostro como si se tratara de una madre a su niño amado; no sabe cómo ahora ella baja por el cuello y las manos desabotonan los siete botones de la camisa de palmeras... desciende en un beso largo y húmedo que lo va estremeciendo hasta el delirio; entonces ella baja más, lo empuja sobre la cama y hace lo que debería haber hecho ella desde el principio de los tiempos hasta hacerlo soltarse en gritos, que lo despiertan a él, que mira aterrado el techo de la sala de espera desierta; sabe que es de noche, que ha perdido de nuevo el avión, que se lo ha de tragar la tierra, que no sabe qué va a hacer ahora... Ha perdido su vuelo al otro lado del mundo. Dirige aterrado su mano al bolsillo de la chaqueta que ha dejado a un lado descuidadamente, irresponsablemente, pero descubre aliviado que el pasaje sigue allí y el pasaporte que lo hace ser el que es ante los empleados de inmigración y de aduanas…
Hablará con la chica de la aerolínea, eso es, implorará para que le permitan usar el tiquete sin pagar la multa. Aterrado, de nuevo toma su morral, su chaqueta y corre desesperado por los pasillos ahora atestados de turistas caribeños, leve desorden colorido que lo acorrala, que le detiene el paso, que lo ignora como si se tratara de un fantasma empecinado en decir su secreto... Pero la marea humana se retira y lo deja, nadie atiende a su enorme abandono, hasta que de pronto se da cuenta de que tiene un hambre feroz, nada desde el sándwich aquél, sed, implacable sed... tiene poco dinero, sabe que es un descuidado, ahora comprende el verdadero costo de su descuido.
Milagrosamente, ha logrado convencer en su apurada situación a la gente de la aerolínea; han pasado dos horas eternas, pero, aparte del hambre y la sed está más tranquilo. Luego de una precaria merienda la verdadera noche ha llegado. Un empleado se ha ofrecido a ubicarlo en la sala de espera en donde, esta vez, no perderá el vuelo, a pesar de ese sueño profundo en el que se sume, como en la muerte. Su sueño es intranquilo, lleno de sobresaltos: unos hombres terribles lo buscan, aparecen y desaparecen por los corredores en una persecución loca de quién sabe qué. Entonces él, que ahora corre huyéndoles, llega hasta la puerta, golpea desesperado, abran por favor, por favor, y de nuevo esa gorda mujer de tacones altos, de nuevo la pareja desnuda, en donde es ella quien lo mira con esa tristeza infinita como si se estuviera yendo, como si fuera la última vez y, entonces, con un arrepentimiento profundo siente la culpa de estar escapando, la necesidad de besarla, de entender el amor con su mueca dolorosa, la comprensión final que es una lágrima que rueda por la comisura de su boca y lo despierta humillado.
A su lado, unos hombres oscuros, cuerpo de seguridad patético del aeropuerto, patean a un viajero desaliñado que duerme en el mullido tapiz de la sala de espera, escondido por la palmera artificial, mientras él, el muchacho, con paso decidido aborda el avión que lo llevará de allí hacia el rostro de ella, después del vuelo.

Claudia Ivonne Giraldo (Colombia)
Tiene una novela publicada, El cuarto secreto y un libro de cuentos, El hijo del dragón, ambos de la colección Madremonte, de Hombre Nuevo Editores. Actualmente dirige talleres de escritura creativa aquí y allá, y adora cometer “suicidios” adadémicos.


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