Juegos de inteligencia

 


José Zuleta Ortiz

 


Luisa tiene 15 años. Sus padres parecen felices, viven orgullosos de sus antepasados: los Cabal y los Zamorano, apellidos ilustres de la región. Andrés Cabal es un hombre afable, cumplió 47 y se siente vigoroso. Aunque no hace nada, es exitoso en su oficio: alquila la finca que heredó a un ingenio de caña de azúcar. Se permite gustos y placeres; pertenece al más exclusivo Club Campestre de la ciudad. Liliana Zamorano, una mujer rubia, acaba de cumplir 43 y la belleza aún no se va de su cuerpo. Tiene un grupo de amigas con las que se reúne a tomar vino y a reír: hablan de hombres, de sexo y de tragedias.
Un día Luisa entró al cuarto de sus padres y sin ningún preámbulo les dijo:
—Quiero contarles que Carlos y yo somos novios.
Los padres se miraron, la madre tendió sus brazos a la niña para felicitarla, mientras el padre se apagó ensombrecido por la noticia.
—Y Carlos, ¿es el que viene a estudiar contigo?
—Si papá, es él.
Andrés miró a su hija y descubrió que tenía pechos y caderas de mujer. No supo cuándo se habían producido esos cambios. Sintió que su niña se le desvanecía y que ya no podría retener el inocente fulgor de su infancia.
Liliana está convencida de que el origen es definitivo para saber quién es quién, y qué se puede esperar de una persona: “Los humanos no somos otra cosa que animalitos inteligentes. Y como los animales, los hay de buena y de mala raza, los hay nobles y traicioneros, con clase y sin clase, puros o chandosos”. Andrés no piensa lo mismo; trata con muy malas personas de muy buena familia, y recuerda a la negra analfabeta que lo crió como la mejor mujer que ha conocido.
—Hija, y ¿Carlos que apellidos tiene?
—Zapata
—¿Zapata qué?
—No sé, mamá, no me acuerdo del otro apellido.
—¿Cómo es que no sabes el segundo apellido de tu primer novio?
—No, mamá, no hablamos de apellidos.
El ligero tono de rebeldía que alboreaba en Luisa inquietó a su madre. Pensó: “Hemos sido tan felices. Mi hija es lo mejor que me ha dado la vida, y es sangre de mis mayores, es una Zamorano”.
El sábado en el club, mientras almorzaban lomito encebollado y ensalada de aguacate, Liliana preguntó a su hija:
—¿Cuándo nos vas a presentar a Carlos?
—Ya lo conocen, hace cuatro meses que va a la casa.
—Lo hemos visto, pero no lo conocemos, hija. No sabemos nada sobre él.
—Si es por lo del segundo apellido es Ortiz.
—No hija, es que tenemos derecho a saber quién es tu novio, quiénes son sus padres, dónde vive, qué estudia.
—Yo no conozco a sus papás, ni he ido a su casa y creo que no estudia. Mejor dicho; estudia en su casa y en el club, pero sólo lo que a él le gusta.
— ¿Y qué es lo que le gusta?
—Los juegos de inteligencia.
Liliana miró a Andrés pidiendo su intervención. Andrés miró a su hija con ojos amorosos, algo le hizo intuir que todo iba a cambiar, sintió por un instante que desde la escalerilla del avión de los 15 años de Luisa se agitaba el pañuelo de un viaje sin retorno.
—A Carlos nunca lo he visto en el club, tú dices que a él le gusta estudiar en el club, pero no recuerdo haberlo visto —dijo el padre.
—No, papá. Me refería al Club de ajedrez.
—¿Quién es el papá de Carlos? —preguntó Liliana,
—Un profesor de filosofía.
Liliana trató de tomar una copa de vino pero la irritación tiñó de rojo el mantel. Luisa se levantó de la mesa y fue a pasear por los jardines.
—Cálmate, Liliana, déjame manejar esto.
Andrés decidió ir al club de ajedrez. El lugar queda en uno de los más sórdidos sitios del centro de la ciudad, en el sótano de un edificio, al lado de un parqueadero de motocicletas y de una venta de chunchullo que aromatiza toda la cuadra. Al bajar, una luz blanca deja ver tres filas de mesas donde hombres de todos los aspectos y razas, abstraídos del mundo, miran las fichas y calculan sus movimientos. Al fondo jugaban cartas y billar. Gariteros ruidosos trasmitían los pedidos de los clientes a todo pulmón:” ¡Tiempo para la ocho!”, ”¡Tinto y Kastalia para la doce!”, “¡Cuatro Águilas volando!”. Andrés buscó a Carlos y no lo vio. Se sentó al lado de dos jugadores para hacer tiempo y mirar, pidió un café y cuando lo probó se dijo: “Es mejor que el del Club Campestre”. Cuando salía del sótano ya era de noche.
—Don Andrés y usted ¿qué hace por aquí? —preguntó Carlos que llegaba.
—Hola Carlos, vine para invitarlo este domingo al club.
—Gracias, don Andrés, ¿a qué hora sería?
—A las once... Lo esperamos en la casa a las once.
Andrés estrechó la mano de Carlos y cruzó la calle.
—He invitado a Carlos al club este domingo —dijo a su esposa mientras se quitaba los zapatos.
—¿Al club? ¿Y por qué al club? —preguntó contrariada.
—¿Te avergüenzas de tu yerno? ¿O qué?
—¡Andrés! esto no es un juego ¡Es nuestra niña!
—Sí, ya lo sé, y para mí no es un juego; es la manera más inteligente de conocerlo, de darle confianza.
El domingo Carlos llegó tarde, ya se iban a ir cuando apareció en su moto Honda 50.
—Les presento disculpas por el retraso...
—Puede dejar la moto en el antejardín.
—¿Por aquí no roban?
—Sí, por aquí sí roban, pero los que roban no están en la calle, son los dueños de las casas: no roban motos, se roban la ciudad —dijo Andrés con malicia.
Atravesaron los cerros, los novios hablaban de gó y damas turcas.
Llegaron al Club Campestre. Andrés preguntó a Carlos si deseaba dar un paseo o ir al baño turco antes de almorzar.
—Me gustaría caminar.
Entraron al sendero del campo de golf. Luisa y su madre se acomodaron en una mesa bajo las pérgolas de la terraza y los vieron alejarse entre las sombras móviles de los árboles. Ellos vagaron por las arboledas, oían la algarabía verde de las loras, de las chicharras y los pellares. Algunos jugadores hacían su paseo seguidos por los caddies. Adolescentes vestidas de blanco practicaban y reían con sus entrenadores. Carlos sintió que esa risa era distinta. “Se ven tan felices... y tan frágiles”, pensó.
—Este lugar es muy especial: la exuberancia de los farallones y los cantos del trópico contrastan con la solemnidad del campo de golf y con los rituales del juego —dijo Carlos.
—¿No habías estado en un campo de golf?
—No, es mi primera vez.
Siguieron caminando bajo la arboleda hasta un guadual, Carlos se adentró. El tapiz de hojas blandas, y la fresca opacidad del interior le hicieron sentir sereno. Andrés le siguió.
—En Cali deberían existir estaciones de frescura como ésta; un guadual cada tres cuadras para guarecerse de la inclemencia del sol.
Andrés sonrió.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintitrés.
Salieron del guadual, a lo lejos vieron a Luisa que caminaba hacia ellos.
—Espérala tú —dijo Andrés. Yo seguiré solo.
Carlos aguardó a Luisa mientras aspiraba la fragancia de la hierba recién cortada y contemplaba la luz extendiéndose sobre la profundidad del campo.
Andrés regresó a sentarse con su esposa.
—¿Estás bien?
—¿Cómo estar bien con esta “maravilla” que se consiguió la niña?
—No sabes nada sobre él, es un muchacho inteligente y muy sensible.
—¿Por qué lo invitaste aquí?
—Estás preocupada por lo que digan tus amigas, no por la niña.
—No quiero que mi hija esté en la lengua de esas fieras.
Entretanto, en el guadual, dos hermosos cuerpos conocieron la fresca bondad de un lecho de hojas dóciles, y la erecta fuerza de la vida realizó su ancestral juego: la danza de los alientos, el ritmo y la comunión de la sangre, la música única de la primera vez…
Mientras acariciaba el cabello de Luisa, la mano de Carlos tropezó con una bola de golf. La tomó y pensó en su belleza y en el errático golpe que la condujo a ese casual encuentro. La guardó como recuerdo de ese pequeño milagro.
Los novios regresaron flotando sobre el green. Tenían hambre.
Al aproximarse a la terraza, Luisa miró a su madre y notó que algo estropeaba su belleza. Vio a su padre grande y benévolo, y le envió la sonrisa pacífica que tanto le gustaba. “Si supieran”, pensó.
Se sentaron a la mesa. Ordenaron cerveza y lulada. Liliana escrutaba la felicidad de los dos muchachos. Pidieron una picada y tostadas de plátano. Llegaron las Sardi y las Velasco —damas aún espléndidas sacándole los últimos jugos a la vida—, saludaron a Liliana, ella respondió el saludo y no presentó a Carlos. Entonces Luisa dijo con una seguridad nueva:
—¡Les presento a mi novio!
Los ojos de las señoras escanearon a Carlos y siguieron su camino, se oyeron risitas alejándose.
—¿Y qué es eso de los juegos de inteligencia? —preguntó Liliana con un sutil gesto de escepticismo.
—Son sólo juegos.
—¿Y de qué se trata?
—En casi todos, el tema es el tiempo y el espacio. Hay que saber anticiparse a lo que el contendor desea hacer.
—¿Y una persona puede dedicar la vida a eso?
Carlos sacó de su bolsillo la pelota de golf, la miró y se quedó pensando…
—La vida es en sí misma un juego. Siempre estamos jugando. Saber jugar es el secreto.
—¿Y usted de qué vive? ¿cómo se gana la vida?
—Por ahora enseño a jugar en los colegios, así conocí a Luisa.
Andrés se entretenía meciendo su whisky. Luisa dejó caer su cabeza hacia atrás. Reía al cielo con los ojos cerrados, dando gracias por lo que había ocurrido. Un aire ebrio agitaba la tarde. El jardín ondulaba y desde la enredadera, de cuando en cuando, el viento enviaba una flor a la mesa.
—Bienvenido a la familia —dijo Andrés.
—Gracias, hoy ha ocurrido ese milagro —respondió Carlos sin pensar, mientras sus dedos jugueteaban con la bola de golf.
Liliana se retiró. Luisa abrazó a su padre. Las loras pasaron volando con su perifónico anuncio vespertino hacia las grandes montañas. La luz y el viento azuzaban el día. Liliana regresó, llamó a Luisa y se alejaron por una alameda de samanes hacia la cancha de polo.
—Esto es un regalito para ti, —dijo, y le extendió un paquete de preservativos. Son para que te cuides, no sea que de juego en juego, la inteligencia de los Zapata venga a enturbiar nuestra sangre. Las Zamorano puede que no seamos muy inteligentes, pero bobas no somos.
—Mamá, debo decirte que hoy la sangre de las Zamorano ha enturbiado para siempre la inteligencia de los Zapata...
Al fondo, sobre el fértil valle, unos caballos jugaban en el último ardor de la tarde.


José Zuleta Ortiz
Es poeta, narrador y editor. Ganador del Premio Nacional “Carlos Héctor Trejos” 2002, Riuosucio, Caldas con el libro de poemas Las alas del súbdito y del Premio Nacional de poesía “Descanse en paz la guerra” de la Casa de Poesía Silva con la obra Música para desplazados.
Ha publicado los libros de poesía: Las alas del súbdito, La línea de menta, Mirar otro mar y Emprender la noche (Antología) y el libro de cuentos: La sonrisa trocada.


www.odradekelcuento.com

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