Consulta médica


Lucía Donadío



Primero era esperar a don Carlos, el viejito del carro verde que siempre nos llevaba al centro. Me sentaba en el muro de piedras amarillas y miraba a lo lejos, hacía el final de la calle, buscando el color inconfundible del Mercury Comet. Mamá daba las últimas recomendaciones a la cocinera, y a la niñera le decía que nadie le tocara al bebé.

Llegaba don Carlos y las dos subíamos rápido al carro. Antes de que mamá dijera que íbamos para donde el doctor Martínez ya don Carlos había adivinado y preguntaba:
¿Vamos a la plazuela San Ignacio donde el médico? Sí, decía mamá, la niña sigue con mucha tos y en la noche le da fiebre y tengo que levantarme a ponerle paños de agua fría para bajársela. Estoy segura de que necesita antibióticos y otro jarabe para la tos.

Yo no tenía tos ni fiebre, pero sabía que decírselo a mamá era hacerla llorar. Ella tenía una tristeza por dentro que a veces estallaba en un dolor de cabeza que la hacía acostarse toda la tarde, o en silencios que se la llevaban lejos. Cuando era más pequeña hacía pataletas y lloraba para que no me llevaran donde el doctor.

Ahora me dejaba llevar sin protestar, porque sabía que a la salida me comprarían un cono de vainilla y la torta casera que vendían en la pastelería de la esquina. En nuestra casa no podía faltar la torta. Su dulzura era lo que todos buscábamos sin encontrar. Desde mamá, que se lamentaba cada día de haber dejado a su familia y de no tener a su madre cerca para ayudarla con los niños. Hasta papá, que siempre añoraba su patria lejana.
Mi enfermedad era: tos, diarrea, vomito, desaliento, dolor de cabeza, cólicos y ardor en los ojos, que mamá detectaba al verme pasar por el corredor cuando me escapaba hacía el jardín. Ese dolor de cabeza no se te quita, hay que ir donde el doctor Martínez. Y corría a llamar a Lourdes, la secretaria, para pedir una cita urgente, como si yo estuviera grave. No te salgas para el jardín que el sol hace daño si uno tiene dolor de cabeza. Quédate quietecita hasta que te vea el doctor, no me hagas sufrir.

Otras veces mamá decía: Se te nota el dolor de estómago, no comiste nada. Es mejor que te revise el doctor. Ya será mañana, aunque pierdas colegio. Lourdes decía que no tenía ninguna cita en la mañana, que le podía abrir un campito para las cuatro. Entonces te acuestas hasta las tres que viene don Carlos. Y si no me acostaba, ella se ponía a llorar y se acordaba de que cuando llegamos a vivir aquí yo tenía un año y casi me muero de gastroenteritis. El doctor Martínez me salvó la vida. Por eso hay que cuidarte, eres la que más se enferma. Siempre te da algo, o te caes del árbol y te fracturas el brazo, o te rompes la quijada y hay que coserte, o nos toca operarte de la hernia o de apendicitis. Cuando ella se iba de mi cuarto, me asomaba a la ventana a ver el mundo de la calle, y si sentía venir a mamá corría de nuevo a acostarme.

Una vez más me sentaba en el muro de la casa buscando entre las calles el verde del carro de don Carlos. Llegábamos al consultorio, esperábamos y esperábamos, mientras yo jugaba con las fichas de un viejo fichero redondo sentada en el suelo. Finalmente llamaban a mamá y yo entraba detrás de ella. El doctor la saludaba con un abrazo y la hacía sentarse frente a su escritorio, y ella empezaba diciendo que yo tenía cólicos, y Lourdes me llevaba al otro cuarto, al fondo del jardín, donde quedaba la camilla, y me hacía poner una bata rosada y me decía dos o tres palabras y se iba a atender la sala de espera que estaba llena de gente.

Yo me quedaba sola en esa sala fría y triste mientras mamá y el doctor conversaban y conversaban, hasta que Lourdes llegaba y acosaba al doctor, diciendo que había alguna urgencia. Entonces el doctor venía a verme, me acariciaba las mejillas, me preguntaba si me dolía algo y yo contestaba en voz muy baja que no. Entonces te puedes vestir y te mando algo para que tu mamá esté más tranquila. La receta del gifaryl y el zitacon remediaba por unos días el miedo que mamá tenía de enfermarse.

Lucía Donadío
Es antropóloga, editora y coordinadora de talleres literarios en la Biblioteca Pública Piloto y la Universidad Eafit en Medellín.
Ha publicado el libro de poemas Sol de estremadelio (2005) y el libro de relatos Alfabeto de infancia (2009).

 

En un cuento largo, breve o brevísimo, algo queda expuesto, revelado (pero nunca develado), algo que no es posible expresar de otro modo, porque si lo fuera escribiríamos un ensayo y no una ficción. Es el absurdo del universo, la inconsistencia de la vida, el olor de la muerte que nos define como humanos. O cualquier otro misterio que el cuento jamás nos va a aclarar, porque la revelación que contiene es la puesta en evidencia del misterio, y no su resolución.

Ana María Shua



www.odradekelcuento.com

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