Hombresolo

 


Claudia Ivonne Giraldo

 


Nada mal, se dijo; nada mal. La imagen que el espejo le devolvía no lograba desplazar del todo a la de hace unos veinte años; sólo que ahora era, a todas luces, una mujer distinta: de la muchacha de pelo ensortijado y siempre en desorden, que usaba bluyines y sandalias tres puntadas para ir a la universidad, le quedaban el rostro, el cuerpo que no había perdido ni ganado peso de más y un aire de eterna inocencia que se negaba a abandonarla, a pesar de todo.
Parada ante el espejo observaba, no sin asombro, que lentamente se había convertido en esa señora compuesta que la miraba igual de sorprendida, como si fueran dos mujeres que, a veces, se encontraran en su cuarto de baño. Ahora tenía cada cabello en su lugar, las uñas correctas y perfiladas, los zapatos perfectos, la falda que le llegaba apenas un poco más abajo de la rodilla y que hacía juego con la blusa impecable, costosa. Con todo, no llamaba la atención especialmente; lograba pasar como un suave olor a limpio, sin molestar a nadie, sin incomodar; agradable hasta el punto de no hacerse recordar. Mezclada con la masa de señoras bien, confundida entre sus mil caras iguales, sus peinados iguales, sus vestidos iguales, pasaba inadvertida…
Las pequeñas obligaciones de ama de casa desocupada y provista de una buena cuenta bancaria, le permitían llevar una vida tan apacible y en su opinión, perfecta, como lo delataba su apariencia mansa e imperturbable. Pese a todo, a esa vida tibia, siempre había pensado que podría encargarse de misiones ocultas, secretas, y que podría llevarlas a cabo sin ser descubierta.
No sabe bien por qué, pero en el recorrido final a su imagen en el espejo, antes de salir a cumplir uno de esos encargos de sus hijos —vueltas para entretener el tiempo, que además la dejaban cansada y adormilada al final del día—, se le pasa por la cabeza la idea de que sería a ella a quien contrataría si tuviera que buscar a la persona indicada para dejar una bomba en un centro comercial. Alguien como ella, seguro, no llamaría la atención de vigilantes o celadores; y saldría del parqueadero en su limpísimo carro gris, perfecto, sin sudar siquiera, oliendo a lavanda fresca.
Lo único que la saca de su compostura es manejar, conducir en esa ciudad endiabladamente congestionada, llena de taxis, de buses, de camiones que, sin son ni ton, se le abalanzan como si se tratara de asesinos. A ellos odia, a esos que manejan así, imperfectamente, que se salen del carril con cualquier pretexto, que no respetan reglas ni señales, los que atropellan e insultan, a ésos odia con toda su alma. Odia que digan que las mujeres no saben manejar. A ella le parece todo lo contrario: imprudentes, temerarios y agresivos, los hombres son la causa de todos los accidentes de tránsito graves; lo leyó en la prensa alguna vez y le reconfortó saber que las empresas de seguros otorgan un descuento especial cuando se trata de mujeres; los accidentes protagonizados por ellas casi siempre suceden al reversar lentamente en el parqueadero o al intentar parquear en la calle. Simples abolladuras, torpezas.
No sabe, hasta que se sube a su carro, de qué dimensión del odio se trata. Ellos son sus enemigos, pertenecen a una categoría diferente de seres humanos, están definitivamente, con su mala música, sus olores y sus palabrotas, del otro lado de su mundo.
Esa tarde estaba serena, tranquila como un vaso de agua en una mesa; quieta por dentro, como muerta. Todo iba bien hasta que se topó con el taxista, es decir, el hombre se topó con ella, con su carro y quiso adelantarla sin miramientos, sin ninguna señal o direccional, así como así. A ella se le despiertan entonces esos instintos que casi siempre trae escondidos en el fondo del vaso calmo y que se desperezan y agitan rápido como su rabia. Trata entonces de impedirle el paso al hombre. Lo cierra, piensa que él no tiene derecho a aprovechar así el poco espacio de la vía de doble calzada, y de someterla a ella a un choque inevitable. Es hábil para manejar, ella lo sabe. En eso sigue siendo igualita a la mujer de antes; no ha cambiado. Es hasta agresiva cuando se lo propone y esa tarde lo es tanto como el taxista. “A ver quién puede más”, se dice, y aprieta los dientes y vuelve a impedirle al hombre avanzar. Eso lo enfurece: no le gusta que ninguna mujer se le interponga en el camino, especialmente una vieja rica. No, ni por el diablo, y se va a la vencida. Forcejea pero ella no cede, no lo va a dejar pasar.
Los demás carros del lado derecho se aprietan y le impiden al hombre llevar la delantera. De pronto, por un azar bienaventurado, uno de los de la fila de la derecha le hace espacio, así que el taxista avanza con aire triunfal, no sin antes lanzarle a la cara el madrazo infame.
Ofendida, siente encendida la cara como si le hubiera lanzado pringamosa con el insulto. Planea darle alcance; con paciencia y pericia no lo deja a lo largo de la fatigosa avenida; se le pega al bomper, las gafas oscuras le tapan los ojos, el hombre resopla y resopla, mientras el sol se mete en las montañas abandonando a la ciudad que se retuerce en avenidas y calles estrechas, todos corriendo, apresurados para llegar a casa e instalarse al frente del televisor —piensa—, pero no lo deja ir, lo persigue. Y entonces el trancón afloja, se hace más rápida la marcha, sin que ella abandone su cometido: le dará alcance y le lanzará a la cara un insulto, tendrá que pensarlo bien, tendrá tiempo antes de intentar pasarlo.
El hombre conduce como si se hubiera olvidado de la pequeña pugna con la señora del carro gris. Respira aliviado aunque aún no le resulte carrera. Entonces la ve por el retrovisor: ya sin gafas oscuras es una señora bien, seguro toda una dama. Pero de pronto, ella lo adelanta y le grita el improperio obsceno. —Ahora sí se la ganó esta vieja malnacida—, trata de alcanzarla cuando apenas empieza a anochecer y a encenderse las luces de neón de la autopista. Sin darse cuenta, han tomado por una vía alterna a la gran troncal, por la que no hay posibilidad de devolverse hasta llegar a los linderos de los últimos y desolados barrios de la ciudad.
Ahora ella va detrás de él; se persiguen en una carrera loca. Por un momento él parece querer abandonar esta absurda contienda, ya no tiene ganas de pelear con la señora… quiere irse a dormir, pero ella no ceja, no se detiene, a pesar de que él le hace señas de ignorarla, un como que no me importa con la cara, friéguese vieja loca, yo me quiero ir. Pero es tarde; sin querer han llegado a una calle sin salida y algo tendrá él que hacer para terminar con el tonto juego. Detiene su carro. Entonces ella apaga las luces y espera. El hombre sale del carro, va hacia ella a pedirle que se vaya ya para su casa, que es tarde y que no joda más. Se le acerca lo suficiente para que ella le vea la cara, igual a la de mil taxistas y le reconozca el olor a cansancio de todo el día sin baño, sin aire acondicionado.
Como quien no quiere la cosa, un poco temblando porque ella sabe que es peligroso enfrentarse sola a un tipo que puede golpearla o darle un empujón, incluso hasta matarla, se baja. Por eso camina hacia él sin soltar el bolso. Cuando lo tiene al frente eleva el bolso y lo hace girar rumbo a la cabeza del hombre quien se desploma por el golpe que suena como un plum-tras, y luego el sonido de costal pesado al dar con el suelo. Está tan oscuro, no hay nadie, el viento le hace ondear la falda correcta, los zapatos beige están tan cerca del rostro del hombre… No fue intencional, lo sabe, todos lo saben, el hombre puede ser muy peligroso, ya vieron cómo atropella el tráfico.
Ya en la carretera descubre la glorieta improvisada por la que puede devolverse. Cuando llega a casa, se quita con cuidado la ropa, las medias de seda que deposita sobre la cómoda del baño. Hace calor. Rebluja en el bolso, tan pesado; no recordaba haber guardado el “hombresolo”, esa maravilla de herramienta que sirve para todo. Se sienta sobre la tapa del inodoro y observa lo plateada que es esa llave, y cómo fácilmente se pueden aflojar los pernos con ella, sin dañarse las uñas… Se vuelve a mirar en el gran espejo instalado en el respaldo de la puerta del baño. Por un momento, ahora despeinada, la muchacha de otros tiempos vuelve a interrogarla, a pedirle una explicación. Pero nada; se compone un mechón del pelo desordenado, cierra los ojos, apaga la luz del baño y se dice que es probable que para las vueltas de mañana no salga en su carro y pida mejor un taxi.


Claudia Ivonne Giraldo

Nació y vive en Medellín. Aunque estudió Filosofía y Letras y una especialización en Literatura, no piensa bien y casi no recuerda nada. De tanto dictar clase se le sorbió el seso. Participa en la dirección de la Revista Odradek con las funciones de mensajería y paño de lágrimas. Con las mismas en la colección Madremonte de Hombre Nuevo Editores. Ha publicado el libro de cuentos, El hijo del dragón y la novela El cuarto secreto, con la que obtuvo la beca de creación Ciudad de Medellín en 2007.


www.odradekelcuento.com

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