Victoria, reina y emperatriz

 


María Adelaida Echeverri V.

 


La reina Victoria es una auténtica reina. Basta mirar sus ojos para sentir el poder que detenta su envanecida corona. La severidad de sus ademanes, que reluce bajo los diamantes, impone rigor en el palacio. El pelo, desde siempre recogido por decenas de perlas incrustadas en peinetas, despliega un aura de diosa perfilando su obesa figura. Sus atuendos, confeccionados por sastres exclusivos y con las más finas telas, hacen gala de la arrogancia que acompaña sus pisadas sobre los tapetes rojos del Palacio de Kensington.
A su paso los criados hacen reverencias, con un discreto “Su Majestad” le rinden pleitesía. Las habitaciones están dispuestas en perfecto orden para la corte y los infaltables huéspedes. Los pisos de mármol reflejan su soberanía. La calefacción disipa con falsedad el frío protocolo del palacio. El Cuarto Azul, donde tienen lugar las audiencias, es su recinto preferido. Allí recibe a los ministros de once de la mañana a una y treinta de la tarde, sus hábitos de trabajo son estrictos. En la noche dicta cartas mientras su pluma vuela sobre el papel en presencia de la baronesa Lehzen, su dama de compañía.
Le es difícil levantarse en las mañanas, sufre de enfriamiento crónico de manos y pies; aun así, no permite que se encienda fuego en su habitación. Le aburren las recepciones oficiales y su rutinaria vida palaciega. En las tardes pasea a caballo y, en las noches, con el príncipe Alberto, tocan el piano o leen en voz alta. Luego, en bata y zapatillas, entre sábanas bordadas, en su diario íntimo, igual que todas las noches, se promete ser mejor.
La reina Victoria, cargada con el peso de su traje, la diadema y el tocado de diamantes, es obstinada, impaciente y de mal carácter. El príncipe Alberto y sus nueve hijos no lograron suavizar su boca apretada; sólo su colección de muñecas, ciento treinta y dos figuritas de madera, logra robarle una sonrisa. Sus ojos azules y las pecas son bellos. Ella no es hermosa. La nariz curvada, el rictus de su boca y la obesidad acrecientan su temido porte militar. Sólo los nietos opinan que, con su toquita blanca, el traje negro de alepín con galones blancos en las mangas y en el cuello, medias de seda negra con suela blanca, su aspecto es encantador.
El invierno es su estación preferida, lo pasa en el Palacio de Buckingham. Al de Windsor va a descansar. Antes la acompañaba la baronesa Lehzen, ahora lo hace John Brown, lacayo, paje y criado de cámara. Enviudó. Viste traje y velos negros, su toga escarlata cae sobre el trono en la Cámara de los Lores imponiendo silencio a su dolor. Fue nombrada Emperatriz de la India; su pluma delinea con fastuosidad su nueva firma: “Victoria, Reina y Emperatriz”.
De su cuerpo rollizo, en la soledad fría de la noche, emerge la niña mimada por el rey Jorge IV. Sin contener el llanto, ajusta alrededor del cuello un collar de diamantes, extiende sobre su cuerpo el traje de satén blanco adornado con encaje inglés de Honiton y un broche de zafiros y, en sus manos, con delicadeza, sostiene lo que un día fue un majestuoso ramo de azahar. Su traje de bodas. Como cualquier plebeya se enamoró y su amor por el príncipe Alberto fue verdadero. Las primeras lágrimas fueron por su marido, las otras, incontenibles, son por su gordura. Odia el aire burlón de las tardes en que la visitan sus sastres; siente que los centímetros de más en su cintura ríen sin parar, escondidos en los pliegues de las telas sujetos con alfileres que pinchan su vanidad de reina.
En la mesa de noche guarda chocolates para calmar su nostalgia. Deja de lado la bata de seda y las zapatillas. Disfruta descalza el olorcillo de sus pies y añora una piyama de franela. Hurga con el dedo índice su nariz y eructa con estruendo el salmón ahumado de la cena. El té le sienta mal, el champaña la marea. Olvida su rigidez y deja que su espalda se relaje, se sienta con las piernas abiertas y escupe hacia la ventana. Planea escapar del palacio. Ha mirado con codicia las ropas de una criada, se ha enterado de las rutas de los autobuses, ha indagado por las tiendas y los restaurantes de los barrios bajos, las peluquerías de esquina y los almacenes de zapatos. Comprará un suéter colorado y un sombrerito verde con plumas que el viento inglés pueda arrancarle.
Admiro con devoción a mi reina, la reina Victoria. Es un honor para mí poder quitar sus zapatos y ponerle las zapatillas esponjosas que usa en su habitación; ayudarla a cambiar sus trajes de telas oscuras y pesadas por la bata vaporosa que deja en libertad sus carnes fofas y sudorosas; observar cómo se hunde entre los almohadones de su cama con la mirada fija, punzante como si todavía estuviera con su primer ministro planeando estrategias contra las intrigas políticas del Continente. Nunca me dirige la palabra, ignora mi presencia, aunque sabe con certeza que siempre estoy allí. Corro las cortinas del ventanal y preparo la tina de agua caliente. Desenredo con suavidad su pelo lanudo que va quedando en el peine y me entristece ver lo vieja que está la reina. Su piel de popelina no aguantaría otra lavada y los cabellos escasos se avergüenzan bajo la corona. Sus miembros se han vuelto flácidos y sus movimientos no son los de antes. Pero mi devoción no declina. Continúo mudando sus trajes de retazos que fijo con diminutos ganchos nodriza en su cuerpo mullido, de algodón, que se ha ido recogiendo en nudos deformando su abdomen prominente. Anudo cintas brillantes en sus manos, pulseras que relucen con sus mandatos. Imparte órdenes que cumplo con la cabeza inclinada. Soy su criada fiel.
En las noches la acuno en mis brazos para dormir, sé que siente miedo y soledad, de esa que nos mira por los ojos de todos los que se apretujan a nuestro lado en el autobús; la que se asoma entre las persianas, siempre cerradas, para proteger la intimidad y que a veces se pasea por las zonas verdes que rodean las casas, pero sólo hasta las hermosas barandas de madera desde donde saluda con prevención, brevedad e indiferencia, al transeúnte que oculta su rostro bajo un sombrero o un paraguas. La soledad de la anciana que conversa, escucha y se responde en un monólogo sin fin. Esa soledad que se oye en el silencio como una gotera en el lavaplatos marcando el ritmo de un miedo impreciso, continuo, como la hilera de hormigas que trepa a la alacena para alcanzar migajas de pan. Es la soledad que se nos vuelve nudos de algodón en el vientre.
Con gesto resignado, la reina Victoria trata de entender la vida sin un séquito a sus pies. Sus ojos, un par de botones que perdieron brillo, miran con altivez a su corte: ciento treinta y un bultitos de trapo, vestidos con telas recortadas de ropa vieja, que ignoran sus órdenes recostados a la pared. Quisiera llevarla siempre conmigo, pero su cuerpo obeso no cabe en mi cartera. A las seis de la tarde corro a casa. La encuentro filada, como una más, entre muñecas descoloridas, indiferentes a su aflicción. Las pocas pestañas que le quedan se doblan decepcionadas; me ve llegar sola y ella, día a día, espera que tras mis pasos resuenen los de John Brown, su fiel criado en palacio, que no se explica por qué ahora no está a su lado. Abandono encima del escritorio mi portafolios y el abrigo de paño. Sin prisa, mis pies se liberan de los zapatos de tacón; las medias de seda y el collar de perlas cuelgan con desgano en el espaldar de un sillón, mi traje se derrumba sobre la cama vacía. Otra vez solas. Quito sus ropitas de seda raída y desteñida, la dejo descalza y envuelta en franela, la aferro con mi cansancio. Se duerme acunada en mi regazo mientras yo, con los dedos, hurgo mi nariz para no pensar más en los nudos de algodón.


María Adelaida Echeverri V
. (Colombia)
Odontóloga. Asiste al taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto. Ha publicado en Antología del taller de escritores (2003).


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