Al amor de una plazuela


Paloma Pérez Sastre


Uno gusta de recordar la infancia,
por difícil y asquerosa que fuese aquella época
.
Imre Kertésk


Sentada en una banca de la Plazuela de San Ignacio, de espaldas a la entrada del Paraninfo de la Universidad de Antioquia, en medio del ruido y la basura, contempla de frente un edificio de tres plantas, de fachada de granito gris. Allí, en un apartamento interior del segundo piso vivió, en los sesenta, hasta sus ocho años. El amplio portón de madera y vidrio es el mismo pero ahora siempre está cerrado. En aquella época, el primer piso era un lugar de mucho tránsito porque ahí tenía su consultorio el pediatra de moda, y ella solía merodearlo interesada en las leches malteadas que le preparaba la enfermera. Traspasado el portón, imagina el zaguán oscuro y las escaleras anchas con pasamanos grueso de madera torneada, recostadas a la pared de la izquierda. Después de un tramo ascendente habrá un descansillo y una ventana de insolux; otro tramo corto de escaleras girará a la derecha.
Se refiere a su niñez con desgano, porque para ella la infancia no es el paraíso perdido, sino el reino del desconcierto y el miedo. Temía a sus padres inexpertos y abrumados por la inevitable llegada de un hijo cada año; a los curas y a las monjas que añadían demonio e infierno a su adustez y cicatería, y al tío político borracho de pelo blanco y cara roja que rondaba entre la chiquillada familiar. Le producían miedo los mendigos —entonces, en el mismo saco de "los mariguaneros"—; la banda de guerra de la Universidad y "los estudiantes", en general y a secas, por las griterías y pedreas que montaban afuera con frecuencia.
El temor a los mendigos se disolvió de una manera curiosa: el colegio, al que llegaba caminando de la mano de su papá, tenía doble jornada; así que disponía de dos horas para almorzar, que ella gastaba frente al plato. Refractaria a ruegos y amenazas, permanecía en la mesa con la comida intacta. Imposible imaginar qué pensaba mientras tanto, ni si participaba en las conversaciones. El caso es que cuando la familia se levantaba, uno de los padres la sacaba del apartamento y la dejaba con el plato en el descansillo de la escalera, donde permanecía llorando en la semioscuridad hasta que escaleras abajo veía al mendigo entrar al zaguán; entonces aquel hombre andrajoso y maloliente se convertía en su aliado. La comida íntegra y helada pasaba a la vasija abollada de aluminio que él llevaba, y ella agradecida, y con el plato vacío como salvoconducto, podía tocar la puerta justo a tiempo para cepillarse los dientes y volver al colegio.
A cada hechizo, su contra. La literatura llegó en la forma de la misma voz materna que le enseñó a leer. Los miedos religiosos y Dios se esfumaron el día en que terminó El Proceso de Kafka, quizá perdidos en algún cruce del laberinto. Habría sido deseable que también se extraviara la culpa, que mutó en un superyó cuya dureza años de diván amellaron levemente. Una mañana, el pariente borracho cayó al Magdalena desde el puente colgante en Puerto Berrío, después de pegarse un tiro con su escopeta de caza. El silencio que dejó la estela de su cuerpo mientras bajaba por la corriente, apenas se fisura de vez en cuando en torpe susurro durante reuniones de primos.
Vuelve a la Plazuela. Siente que la antigüedad del vecindario le da a su infancia un aire remoto. Fue afortunado haber crecido en el entorno sobrio y armónico de tal patrimonio arquitectónico: la iglesia y el Claustro de San Ignacio y el Paraninfo. Ignora cómo se salvó del afán demoledor de los antioqueños por ser "modernos", pero lo celebra. Ha leído que en 1803 los frailes franciscanos construyeron los dos claustros, con la iglesia en el centro, destinados a convento y colegio; y que luego éstos tuvieron otros usos: observatorio astronómico, estación de policía y cárcel. ¿Cuántas veces habrá oído la misa en latín en esa nave neobarroca? ¿cuántas acompañó a su mamá a recibir orientación de su confesor en el convento? Sabe que los domingos jugaba a darle vueltas al monumento del águila que separa la Universidad de su casa y que nunca entró en aquella, quizá por el terror que sus estudiantes y la banda de guerra le inspiraban.
Respira un aire mezcla de humo de diesel y papa frita. Cae en la cuenta de que la puerta siempre abierta en su infancia, el portón del edificio de granito gris, ahora le está vedada, y en cambio, la Universidad es hoy su morada. Viéndolo bien, lo único que ha hecho en la vida ha sido cruzar una calle.
A sus pies, con movimientos nerviosos, las palomas invaden el piso de adoquines tras el maíz que les ha tirado un viejo. De repente y a propósito, ella se levanta para que un estampido de plumas rodee su partida.

Paloma Pérez S. escribió la Antología de escritoras antioqueñas, 1919-1950 (Medellín: Autores Antioqueños, 2000, y el libro de cuentos y crónicas Como la sombra o la música (Medellín: Colección Madremonte de Hombre Nuevo Editores, 2007). Es profesora de la Universidad de Antioquia.

 

Casi todos los personajes de mis historias llegan al punto en que se dan cuenta de que el compromiso que les dieron juega un rol muy importante en sus vidas. Entonces en un único momento de revelación cambian la rutina de sus días. Es un fugaz momento en el que no quieren más el compromiso. Y después de todo ellos comprenden que nada cambió realmente.

Raymond Carver



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