Por el vértice se desborda la perspectiva


Anuar Bolaños

 

A Oswaldo le decíamos Rojillo no sólo por el color de su pelo sino también por el tono de sus apuntes sobre las mujeres. A pesar de ser pequeño y tener la cara cuadrada, era un gran afortunado en la seducción. Siempre supusimos que la naturaleza debía haberlo dotado bien. De alguna manera lo envidiábamos un poco. A mí me encantaba verle su sonrisa picarona cada que la modelo de la clase de anatomía se desnudaba. Siempre fuimos buenos compinches. Pero el talento que lo haría recordar en la Escuela de Artes era la agudeza de su mirada y el temple de su mano para trabajar la figura humana. Rojillo era el campeón indiscutible de los desnudos. Yo me le pegaba para aprender su técnica. Cuando se enfrentaba al caballete, su rostro se volvía una mascara, mezcla de ironía y ensoñación. Un mal día llegó la hembra que lo haría plantar en mínimas y todo su talento fue desviado hacia los paisajes rurales. Lo perdimos. Lo último que supimos de él era que había tenido trillizas y que cada domingo acudía al parque El Peñón, al oeste de la ciudad, a vender sus oleos en la feria callejera.
Yo seguí mi búsqueda de la imagen perfecta.
El estilo de figuras al que me he dedicado se lo debo a una frase  que el profesor de dibujo soltó en una de sus clases: uno debía ser capaz de trazar a una mujer desnuda en treinta segundos y con cinco líneas. Bueno, en ese momento él tan sólo se refería al boceto inicial, pero la premisa se me quedó clavada. Uno de sus ejercicios consistía en enviarnos por la ciudad a observar, y hacerles un cuadro veloz, a aquellas personas que se congelaban unos minutos mientras esperaban algo. De allí se nutrió mi manía de estar atisbando. Pero llegó algo más. Una tarde ojeando libros de fotografía de desnudos en la librería, caí en cuenta de que lo más importante había dejado de ser la figura en sí y ahora acostumbraba a concentrarme en la mirada de las modelos. En la opacidad de los ojos flotaban datos que no me eran claros.
Dónde deambula la mente de la modelo mientras posa, de qué ensoñación es presa, qué éxtasis le hace falta o la colma.
Supe, de golpe, que lograr imponer en las miradas de las mujeres que pinto las respuestas a estos interrogantes, se había convertido en mi obsesión. Esto, sumado a mi afición por aquella tiniebla que la tarde nos obsequia cuando va gastando sus últimos kilovatios, me esclavizó en la búsqueda de la imagen que plasmara lo que había concebido en mi mente como el súmmum de mi pintura.
Había desperdiciado toneladas de material hasta que apareció Lorena con su piel rosada y sus ojos desteñidos. El resto de su torrente me llegaría después.
La cosa fue así. Un poco desesperado por no poder dar con la luz y las difuminaciones que quería lograr, me fui a buscar a Oswaldo. Fue fácil dar con él. Se había hecho a un buen nombre. Primero se negó rotundamente, me dijo que él ya no trabajaba desnudos, que si su esposa se enteraba de que andaba buscando mujeres para pintar, lo mataba, y él no quería problemas. Creo que me vio al borde de la locura y esto lo convenció de ayudarme. Averiguando con otros pintores de su cuerda, dio con los datos de una modelo exclusiva que no trabajaba por contrato sino que era ella la que escogía quién la pintaba y lo hacía basada en un capricho que ninguno había logrado descifrar. Se llamaba Lorena, a secas, y no cobraba.
La suerte me socorrió con la conexión exacta el día que la llevaron a mi estudio para conocerme. Estuvo caminando por todo el mezanine sin decir palabra y escarbando en cada rincón. Donde más se detuvo fue en el closet empotrado en diagonal en uno de los ángulos. Tocaba mis camisas y se las acercaba a la nariz, ensimismada. Escuchó varios de mis CD’s de música celta y se comió todos mis dulces de kiwi.
Luego de otear la calle y los farallones desde el ventanal detrás de la cama, me preguntó, casi con desgana, qué esperaba de ella. Como si un ángel me lo hubiera soplado al oído dije: Desdibujarte.
Llevamos varios meses haciendo pinturas que a ella le encantan, pero que a mí no me colman del todo. No puedo capturarla mientras posa. Tengo que hacerlo de memoria, secundado por el trance en que ella me arrastra. Lorena lo entendió así al poco tiempo y empezó a cambiar sus movimientos. Vive en cámara lenta para mí. Me regala todo su tiempo y no me exige nada. Es posible que ya haya entendido que su cuerpo no le interesa a mi pintura, y que es su mirada la que me lleva hacia los confines de un pensamiento que tampoco he sido capaz de atrapar.

Anuar Bolaños (Colombia)
Escribe, compone, canta, habla a la luz de las velas, cocina y se enamora. Es profesor de inglés, una lengua que ha ido modificando su acento. Es padre de la tribu Los Jelúes cuyos caciques y sacerdotisa, Esteban, Jerónimo y Luna Isabel, le arrebatan remolinos de ternura. Le encantan las ventanillas de los buses por donde puede espiar el mundo sin ser víctima de sospechas. Mirón de tiempo completo, engarza sus miradas desde las faldas de las colegialas hasta los edificios viejos de la ciudad. Los días de lluvia lo llevan a dimensiones que él transforma en literatura. Su espíritu se enreda en desamores, deseos y desserts..., cuerpos tendidos a la luz muriente de las tardes de una ciudad que él, con suave encanto, transforma en paraíso.


“La ficción opera a través de los sentidos, y creo que una de las razones por las que la gente encuentra tan difícil escribir cuentos, es que olvidan cuanto tiempo y paciencia se requiere para convencer por medio de los sentidos. Ningún lector que no experimente en verdad, al que no se le haga sentir el cuento, va a creer aquello que el escritor solamente le dice. La primera y más obvia característica de la ficción es que tiene que ver con la realidad a través de todo lo que puede ser visto, oído, olido, gustado o tocado...Aprender a observar es la base del aprendizaje de todas las artes, con excepción de la musica...LA ESCRITURA DE FICCIÓN RARA VEZ TIENE QUE VER CON DECIR COSAS, TIENE QUE VER CON MOSTRAR COSAS”
Flannery O’Connor


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