Tren AVE

(Alta Velocidad Española)

José Zuleta Ortiz


Al entrar al coche sentí el olor de los viajes. Busqué mi asiento; había pedido una ventanilla, más tarde supe que a doscientos treinta kilómetros por hora es poco lo que se puede ver. Me distraje un momento mirando la red de rieles de la estación y no sentí cuándo se sentó a mi lado. El tren comenzó a moverse y a tomar velocidad como los aparatos de vértigo en los parques de atracciones. La mujer tiene clase, tanta que no se permite hablar, y no produce sonidos. Estamos a veinte centímetros pero la distancia entre los dos es insondable. Con un rápido movimiento encendió un diminuto ipod, conectó los audífonos y por uno de ellos, mientras lo incrustaba en su oído, alcancé a oír un aire de flautas como un reguero de vientos y colores en el espacio. Finalmente, el pequeñísimo audífono entró en la flor de su oreja y la música fue sólo suya. Me sentí más lejano, más aislado a su lado. El AVE sale de la ciudad, las edificaciones pierden sus contornos y el exterior se hace una cinta que apenas permite ver tonos de color, a lo sumo texturas, las formas quedan centrifugadas en una banda donde todo detalle es absorbido por la velocidad. Adentro hay quietud.
Con el rabillo del ojo rastreo la belleza de la mujer madura y su tardío esplendor me habla de una muchacha magnífica. Conversar con ella sería como ver sonreír el pasado; pienso en su desnudez oculta, en la carne feliz bajo la clandestinidad de sus ropas adolescentes. La imagino a los catorce años llena de susto y de alegría entrando al vivero de la casa de campo con su primo, en la veloz urgencia de lo que no se sabe, los veo entre vestidos y desnudos alcanzar al fin los frutos y saciar sus hambres. Está feliz; ahora hay un secreto para presumir, y reír con sus amigas. Imagino que ella, de cuando en cuando, evoca la cabeza turgente y rosa que antes temía y ahora después de los años todavía desea. Recuerda el olor de las plantas del vivero y la depredación de las prendas. Y los ojos del muchacho entrando en su belleza, y la ruda confrontación de sus sexos entre las flores serenas. Miro su mano jugando con la cuerda de la cámara, veo las medialunas donde nacen sus uñas sin pintar, pienso en las fotos que hay adentro, y en la luz de Barcelona atrapada en aquella cajita. Ahora los ojos de la mujer están en un libro, imagino la historia de amor que lee y pienso en que ella se excita en silencio con las escenas eróticas. Ahora mismo un rubor visita sus mejillas. La mano elegante enreda el cordel. Cierra un momento sus párpados como tomando aire. Luego de la pausa la historia regresa a sus ojos. Miro por la ventana el campo abierto. Es de noche. Veo pequeñas luces que el movimiento hace líneas luminosas como las de las fotos sobreexpuestas trazando la penumbra. La ventana produce un efecto de espejo, y así, mirando hacia la oscuridad, veo su silueta en el cristal. Reclino el espaldar de mi silla. Percibo mejor su dicha encerrada y el vuelo de su silencio en mi ventana. La luz cenital que la baña ilumina una pelusilla iridiscente sobre su cuello y en la corona de su oreja. Al pasar la página, cierra el libro un momento y reconozco la carátula: es la novela Siempre es difícil volver a casa de Antonio Dal Masseto. Me invade una ráfaga de alegría y casi rompo el abismo de silencio que nos separa. Trato de adivinar el lugar de la historia en que va su lectura. Supongo, por las páginas que lleva, que está en la escena de la mujer que hace el amor con un médico delante de su madre ciega, mientras charla con ella intermitentemente, en la medida que el placer se lo permite.
Conocer el libro que ella lee me produce una vecindad extraña, una proximidad afectuosa, la miro de frente, es decir de lado, y ella imperturbable pasa otra página. Una emoción de intriga y una tensión lujuriosa acompañan el acto. Yo, cada vez más desolado por la distante vecindad, giro la cabeza hacia la noche que la velocidad hace invisible. Me aparto, dejo ir mi pensamiento a otro lugar. Ella aprovecha y desliza su mano debajo de la blusa, no tiene sostén y con el índice toca el pezón de su seno como si dos dedos se besaran en sus yemas. Imaginar aquello hace que la sangre entre a torrentes, la turgencia de la erección presiona el jean y me incomoda. Siento arder mi rostro y creo ver gotitas de sudor emerger entre la pelusa de su cuello. Creo que ella se incorpora y se sube sobre mí, acaballándose, me baja el cierre, conduce mi erección a su espesura. La ciega en el libro abierto pregunta: ¿qué pasa? La mujer no habla, se satisface, me satisface; los dientes del cierre de bronce de mi jean rozan la carne erecta, pero estoy tan excitado que no siento dolor. El tren comienza a detenerse como los aparatos de vértigo de los parques de atracciones. Ella regresa para atender el reclamo del libro abandonado. La mujer tiene clase y no habla. Llegamos a la estación de Atocha, el AVE se detiene. Me entretengo un instante mirando la red de acero de los cientos de rieles y pienso en todo lo que pasará en los miles de trenes que van y vienen. Hemos llegado, miro a mi lado, ella se ha ido. Al salir del coche percibo el olor de la prisa del mundo.


José Zuleta Ortiz (Colombia)
Es poeta, narrador y editor. Ganador del Premio Nacional “Carlos Héctor Trejos” 2002, Riuosucio, Caldas con el libro de poemas Las alas del súbdito y del Premio Nacional de poesía “Descanse en paz la guerra” de la Casa de Poesía Silva con la obra Música para desplazados. Ha publicado los libros de poesía: Las alas del súbdito, La línea de menta, Mirar otro mar y Emprender la noche (Antología) y el libro de cuentos: La sonrisa trocada. Ganador del Premio Nacional de Literatura-Cuento Inédito del Ministerio de Cultura, 2009 con el libro Ladrón de olvidos


www.odradekelcuento.com

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