Música del trópico

 


Darío Ruiz

 


El orden de la música es siempre el mismo: primero unos valses criollos, música de conjunto de cuerdas, aparentemente dulce pero con un hilo de sorprendente melancolía. Aquí se suele comentar que era la música que bailaban los altos oficiales patriotas después de las batallas contra los españoles. Por eso la bailan haciendo unos ridículos ademanes, como si se tratara de un vals vienés y ellos fueran de repente altos personajes de la vida cortesana europea. Este simulacro dura poco más de una hora pero constituye un preámbulo que nunca puede eludirse ya que es, a la vez, la solapada manera de señalar la presencia en sus vidas de sus presuntas raíces españolas. El licor disimulado en zumos de frutas ha comenzado a hacer efecto en los cuerpos juveniles y entonces empieza a escucharse, así de sopetón, una música bárbara, música caribe, frenética, obsesiva en su llamado a despertar la acallada sensualidad, el sonido de guitarras, de vigüelas, de liras, da paso al bongó, a las maracas, a las trompetas.
Esta música salta el muro y se adentra en el patio y en las habitaciones de su casa, sacude el sopor que se había apoderado de su cabeza, de los objetos de la casa. Y entonces se levanta de la poltrona donde hacía que leía y se abre entusiasmado a la imagen de un caballero inglés en cuyas manos el Imperio vive y encuentra cada día una razón de ser: las praderas de Kenia asoladas por el fuego de los incendios voraces, el Caribe con su mar profundo: olores, sabores, vibraciones del agua que siente él como el legado que Inglaterra le ha concedido a quienes la representan con dignidad e hidalguía en cualquier selva asiática, en cualquier desierto africano, almirantes masacrados por rencorosos indígenas, grumetes perdidos para siempre en un pestilente pantano, traficantes de especies; todo se ha desmoronado es cierto, pero esa grandeza pervivía aún a través de pequeños empresarios, ingenieros, arquitectos, médicos de la pequeña burguesía que habían huido de la miseria de sus aldeas, de las emparamadas landas buscando prosperidad y reconocimiento en estos exóticos confines donde seguirá presente el gran imperio. Clubes de colonos, pequeñas asociaciones donde se trató de reproducir el contorno social escocés o galés, londinense, la amarga certidumbre de sentir, sin embargo que ya la epopeya colonial había terminado y su generación sólo busca reunir un poco de dinero para regresar al frío y al tedio de Inglaterra. Historias de arrebatada lujuria en las playas del Caribe; pero esta aburrida aldea andina donde ha venido a parar nada tiene de la sensualidad esperada, forjada en su imaginación durante años, bajo el cierzo y la humedad de Cardiff, el paraíso en vida, leyenda repetida en voces de viajeros, de ex militares: la exultante presencia del Caribe, Jamaica, Cuba, en novelas, folletines, la promesa de la sensualidad, del desahogo erótico.
Hacia las siete de la noche cesa la música, se deja de escuchar la conversación de los muchachos ya que el baile ha terminado y la noche de domingo ha caído precisa, como un sopapo con su silencio lleno de brumosas conjeturas: le parece ver a las familias sentadas en la mesa del comedor, mirándose sin atreverse a hacer alguna especulación sobre un suceso cualquiera, sobrecogidos ante la turbadora fuerza de un tiempo reducido por la inercia a un horario sin contenidos.
De noche, en los barrios residenciales de lo que podría considerarse una clase media, alta, un desvalido silencio se apoderaba de las casas. Se escuchaban, espaciadas, las campanas de las distintas parroquias y él, atrapado en su patética residencia sentía que la bilis se iba apoderando de sus huesos, que su alma se estrujaba ante aquella pedestre vida social. ¿Dónde estaban las criadas mestizas de cuerpos insinuantes? ¿Dónde estaban los carnavales y su estallido de ilimitado erotismo? ¿Teoría de los servicios públicos? ¿Teorías sobre las vías públicas? La radical ausencia de una mínima tecnología impedía enfrentar los grandes desniveles del terreno, impedía plantear la canalización adecuada de las quebradas, racionalizar los espacios para dar paso a una avenida principal, como un necesario boulevard. Y la falta de imaginación de estos ingenieros criollos, pobres padres de familia dominados por la vida casera, por sus agrias cónyuges. En ese lastimoso trazado urbano, ¿dónde podía tener lugar la locura ritual del carnaval?
Está recostado en la cama. El moho, el olor de los ladrillos se convierte en un vaho fétido que termina sacándolo de quicio. Ahora puede ver las grandes manchas de sangre sobre la sábana: un amasijo enrollado con furia y arrojado al suelo, y después la huella del cuerpo arrastrado hacia el centro de la sala. Entre la niebla de la desesperación alcohólica sintió de nuevo la presencia del establo y el olor a boñiga, el sonido seco del cencerro y el relampagueo de los ojos de las vacas asustadas cuando asaltó a la mujer: el despiadado ángel de piedra con la espada vengadora de la leyenda galesa como único testigo de la consumación de una venganza justificada por las leyes de la sangre.
En la casa y al lado del fuego del hogar, los dos viejos cuya mirada quieta, fija en el parpadeo de las llamas, es la mirada de la aprobación por lo que acaba de suceder: un sacrificio ritual que durante años estuvieron esperando. Afuera, el desesperado tamborileo de la lluvia sobre las oscuras y abandonadas playas. El cuerpo caería al abismo y se reventaría al chocar contra los acantilados y, después, la fuerza de la marea se llevaría el cadáver hacia el vértigo final del Mäelstrom donde desaparecería para siempre.
Pero puede ser —igualmente— que el ingeniero galés, a quien la borrachera condujo hasta otros espacios en la simultaneidad de escenarios que permite vislumbrar el aguardiente nativo, hubiera enfrentado a una princesa adolescente en los salones de un palacio en las altas montañas de la India: llevado hasta la contradicción final por las aletargadas imágenes de las milenarias costumbres, por la misteriosa elegancia de las mujeres, la enigmática crueldad de sus religiones, la seca vastedad de su geografía y la perturbadora espacialidad de sus fortalezas y castillos; años y años viviendo en el límite de la civilización, aferrado a las ya vagas imágenes de la vida londinense para no sucumbir ante la violencia soterrada de estos ritos, ante la belleza de estas mujeres que el puritanismo de Kipling había desconocido.
¿Desafuero de su propia sangre reaccionando alterada desde sus dioses seculares de la neblina y la humedad? O, ¿ceremonia sacrificial llevada a cabo para agradecer un favor a una diosa? El cadáver arrastrado hasta el balcón y arrojado hacia la callejuela de mendigos y de perros salvajes que inmediatamente caerían sobre la carne muerta de la joven desposada. Los mondos huesos como resultado del fuego abrasador en la pira donde fue atada al lado del cadáver de su marido. Huesos de huesos, trozos chamuscados de pellejo disputados por la jauría y de nuevo el flácido atardecer con sus colores desasosegantes y el presentido rugir del tigre en la selva, las ruinas de las ciudades perdidas, ahora invadidas por familias de monos. El ocaso borraría el crimen, las implacables tradiciones religiosas lo resaltarían ante los ojos de los criados. Como una tarea impostergable de necesaria venganza. Como un homenaje a los perfumes, al incienso.
Pero está aquí, balbuceante, ahora que comienza a salir del delirio alcohólico, ahora que siente sobre su esternón la implacable monotonía de la pequeña población sudamericana tratando de derrotar su imaginación. La nebulosa imagen de un rostro transformado por el delirio erótico, la nativa gimoteando como una perra, arrastrando su culo por el suelo, levantando las piernas y abriendo su sexo, arrojando babaza por su boca: las imágenes bestiales que los viajeros traen a su regreso a Cardiff, como una prueba de que estuvieron en el paraíso, aquello que había leído en folletines baratos, la alucinada babuina gimiendo sin descanso. Llamas de África, llamas del Caribe: el olor dulzarrón de las frutas pudriéndose en los huertos, fermentándose en grandes vasijas, el extrávico ojo de la leona incitando a la depredación mediante este conjuro de la primera aurora de la humanidad: ve el rostro negro, sudando, con el reflejo de las llamas como lenguas de cobre. Y escucha su espasmódica risa en el momento en que el cuchillo la penetra en el pecho, hurga entre sus costillas hasta que se desgonza, finalmente, porque ha entrado en la muerte.
Bañarse escrupulosamente, vestirse como para una gran ocasión: aquí, en esta vetusta calle latinoamericana no hay balcón sobre un abismo, ni jauría de perros hambrientos; la felina mestiza en el instante preciso sacó a flote sus ardides, su bestial astucia de hechicera, dominadora de su rito pagano. Sólo ella escuchó el tam tam de los tambores que acudieron a romper la tarde y su tedio. El rostro de los católicos parroquianos se escandalizará ante la proclividad de esta raza hacia lo peor: ¿cómo pudo aceptarla en su casa, tan conspicuo caballero inglés? El sabor de la vagina, agrio, salado, la aspereza de los pelos del pubis rayándole la lengua, los labios, impregnando en su cuerpo una fetidez que ninguna loción o jabón podrán borrar, el acre sudor del cuerpo sobre el cual salta para buscar la puerta que da a la calle, estremecido ya por el fuego de su propia religión, al descubrir el rostro apergaminado de la anciana masacrada, el ama de llaves.


Darío Ruiz
Nació en Anorí en 1936. Realizó estudios en España y se ha desempeñado como profesor de la Universidad Nacional en Medellín. Ha publicado los libros de cuentos Para que no se olvide tu nombre (1966); La ternura que tengo para vos (1973); Para decirle adiós a mamá y Tierra de paganos (1991). Además de su novela Hojas en el patio y varios libros de crítica literaria y arquitectura, ha publicado los poemarios: Señales en el techo de la casa, Geografía y A la sombra del ángel. Algunos de sus cuentos y poemas han sido publicados en antologías y revistas internacionales y han sido traducidos al inglés, francés y árabe.


www.odradekelcuento.com

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