Jehová

 


Pilar Gutiérrez

 


Llegó a la casa de jardines salvajes cualquier día a las seis de la tarde. Con una sábana blanca que envolvía mal su cuerpo, sin zapatos y con el pelo largo, se hacía llamar Jehová. En un acto compasivo, la señora Sofía, dueña y ama de la mansión, le prestó como vivienda la casa de muñecas ubicada en la parte trasera del jardín. Jehová agachaba su cuerpo para entrar a la pequeña construcción de madera que en otra época había sido testigo de historias infantiles. Ya no tenía cunas, ni cuadros, ni la pequeña cocina; sólo contaba con un colchón, sábanas, cobija y un candelabro que servía de lámpara en las noches.
Hacía frío en esos días y llovía un poco. Jehová llegaba cuando caía la tarde para refugiarse en su nuevo hogar. Desde la casa de muñecas se veía la casa principal con sus luces encendidas en los salones y en las habitaciones. Mientras la familia comía rodeada por el lujo de muebles importados y con el calor de una buena conversación, Jehová al resguardo de cuatro paredes alumbradas por la vela, comía lo mismo y sin duda, esperaba la presencia intempestiva de alguien que, por unos minutos, le hablara o por lo menos le hiciera compañía.
Elisa, la menor de las hijas de la señora Sofía y en esos días una esbelta bailarina de ballet, había sido la novia de Jehová cuando este era Germán, y el mayor de la familia, ahora un ejecutivo exitoso, fue su mejor amigo. Aunque él insistía en que lo llamaran Jehová, nunca olvidé al Germán atractivo que llegaba a esta casa en una motocicleta grande y roja haciendo suspirar a Elisa y a todas sus amigas. Su pelo era dorado como ahora pero más corto y brillante. También recuerdo su casco con llamas pintadas sobre un fondo negro; se lo ponía muy poco. Lucía siempre como peinado por el viento y sus pantalones de cuadros, muy a la moda, lo distinguían como el más bien vestido de los muchachos que se atrevían a entrar a la elegante casa de la familia Fernández. Pero el tiempo pasa y va poniendo a las personas en su lugar. Yo fui una niña de campo y arriaba ganado desde el amanecer, ahora le sirvo a los Fernández y administro su casa. Germán fue un niño lindo de la alta sociedad convertido con los años en Jehová.
“Ana, ¿sí le llevó la comida a Germán?”, me gritaba la señora Sofía desde el comedor y sin oír bien mi respuesta, seguía conversando con su familia. Trece días vivió Jehová con nosotros. Una noche llegó mareado de tomar el vino barato que conseguía en la calle. Yo lo esperaba para darle la comida y cuando lo vi entrar a la casa de muñecas, encorvando su cuerpo con dificultad, comencé a arreglar su plato. Le servía con abundancia y escogía para él la bandeja grande de madera que, al sacarle unas patas plegables, se convertía en mesa.
No me importó la lluvia, salí caminado y sin tocar la puerta, entré en su casa. Tirado en el colchón con las piernas y los brazos abiertos, me dijo: “Ana, vos que sos abuela, hermana, madre, amante, vos, Ana, sentate aquí”. “Cómase esto que está caliente” le contesté con risa y en mi cabeza todavía resuenan las palabras que me dijo
Comió rápido como un loco y, con la vela prendida, lo acompañé en silencio. No soy hermana de nadie, soy hija única; no soy madre de nadie ni lo hubiera sido, sangré a los veinte años y dejé de ver esa sangre a los veinticinco; amante nunca, ningún hombre me ha tocado en los setenta y nueve anos que tengo y abuela, por obvias razones no fui. No soy nada, pensé, tan solo el ama de llaves de una casa donde los dueños me han tratado con amor y  los trabajadores, a los que tengo bajo mis órdenes, me respetan.
Terminó de comer y arrastrando la mano por el piso cogió mi zapato blanco y limpio. Yo le miraba las manos mientras él continuaba con sus palabras: “Vos sos lo que nunca he tenido. Alonso se murió y de esa vieja que nunca me miró a los ojos y que simplemente me dejaba el dinero del mes en la mesa de noche, de esa vieja, no sé nada. Alonso me adoptó porque siempre había querido un hijo, pero nunca me tocó”. Jehová hablaba y apretaba mi pie. Yo sentía dolor por sus palabras y por la artritis que en los días fríos y lluviosos se vuelve una enfermedad insoportable. Oímos de pronto que la puerta se abría con suavidad y apareció un gato ondeando la cola, acariciando y rondando a Jehová con la lentitud y el sigilo propio de estos animales. “Ahí queda en buena compañía”, le dije y aproveché el momento para despedirme; de otra manera, los dos hubiéramos pasado horas enfrascados en una conversación sin fin.
Jehová y yo nos despertábamos temprano; yo para iniciar mis labores en la casa, él para pensar y caminar por las calles hasta que de nuevo el hambre lo trajera como a un perro a su casa.
“Aaaaaana, Aaaaaana”, llegó un día gritando a la casa. “Explíqueles quién soy yo, dígales a esos policías que vivo aquí” y rodeando mi cintura seguía gritando: “dígales que usted me quiere, que usted es mi madre y que no estoy solo, Ana, hable.”
“Sí. Es hijo mío y esto es propiedad privada” fue todo lo que pude decir. Jehová fue deslizando sus manos por mi cadera y de nuevo terminó apretando mis artríticos pies y llorando sin pausa. No sé por qué recuerdo tanto a Jehová si la memoria ya no me da para nada. Lo sigo llamando con ese nombre por respeto a su voluntad y a su memoria. Pasaron esos trece días y la señora Sofía que siempre está despierta a las cinco de la mañana, apuntando cosas en las libretas que trae de sus viajes, me miró en medio de un silencio interrumpido por el canto de los pájaros al amanecer. “Ana, usted es amiga de él, usted oye sus historias y conoce su vida; dígame: ¿le estamos haciendo un favor a este hombre o mas bien, sin darnos cuenta, lo arrastramos a una condición peor al ofrecerle comida y techo? Ana, ayúdeme con esta decisión. Yo he rezado para que el Señor nos ilumine, pero tenemos que decirle, de la mejor manera, que se vaya. Además es mal ejemplo. Usted no me había querido decir, pero yo me di cuenta de esa mujer que lo ha estado visitando. Usted sabe que de la ventana de mi habitación se ve la casa de muñecas. Me he despertado inquieta varias veces en la noche y de una manera inconsciente dirijo la mirada hacia donde está Germán, como cuando se cuida a un hijo enfermo, y he visto unas sombras de mujer joven proyectadas por la luz de la vela. Por favor Ana, no me juzgue. Invéntese lo que quiera, dígale que sigue contando con nosotros, pero dígale que esa ya no es su casa”.
Sin dramas ni llantos, como quien ordena que se mueva una mesa, le dije al mayordomo que desocupara la casa de muñecas. Le dije que lo hiciera después del desayuno, cuando Jehová no estuviera. Jehová quizá no se dio cuenta pero ese día le di un huevo de más, el chocolate estaba más cargado y al pan le puse doble queso. El mayordomo no tardó más de diez minutos en sacar el colchón, las sábanas, la cobija y el candelabro. En la noche, a cualquier hora, llegaría Jehová encontrándose el frío de los lugares vacíos.
Pensé durante todo el día como debía explicarle a Jehová la decisión de la señora Sofía. Aproveché que la cocinera picaba unas cebollas, me paré a su lado y lloré por lo difícil e incomprensible que es la vida para algunos, por el carácter sorpresivo del destino y por las extrañas obligaciones que se adquieren cuando se está irrestrictamente bajo las órdenes de otros. Yo acogí y, a mi manera, abracé a Jehová. Luego, con razones inventadas, tenía que sacarlo de la casa.
A las seis de la tarde me puse unas medias de lana, un suéter grueso y salí a esperarlo. Estuve sentada en la banca vieja del jardín más de una hora. Miraba el reloj y cruzaba los dedos para que llegara pronto. Quería salir de ese mal momento lo más rápido posible. Hasta que llegó caminando, lento. Parpadeaba a la velocidad del que está cansado y con hambre. “Ana”, me dijo sin saludarme, “¿sabes qué quiere decir tu nombre?... piedad, Ana, piedad”. Me cogió de nuevo los pies y se sorprendió con las medias. “Estás fría, parece que toda esa lana te sirve muy poco”.
Abrió la puerta de la casa de muñecas, la cerró de nuevo sin hacer preguntas, se sentó a mi lado acercando su cuerpo. No hablamos y así, en silencio, se fue. Ahora recuerdo esa noche. Después de su partida me quedé en la banca, bien sentada, con mi espalda derecha como me ha enseñado la señora Sofía. Apreté mis manos y con dolor reconocí que había perdido el tiempo, de nada sirvieron las largas horas pensando lo que debía decirle. El silencio fue la mejor explicación, pero la noche fue el peor de los momentos.

 

Pilar Gutiérrez (Colombia)


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