El último recuerdo


Andrés Delgado



Todavía recuerdo el último día que vi a mi papá. Fue una tarde en la que nos llevó a un parque infantil. Mientras mi hermanita y yo nos trepamos en los juegos, él se quedó solo, sentado en una piedra, fumando y pensando. Acababa con un cigarrillo e, inmediatamente, se prendía otro, con la mirada perdida, lejana, como si ya no estuviera con nosotros.
Unos meses atrás, mi mamá decidió que no viviríamos más con él y nos mudamos a la casa de la abuela. De modo que teníamos la costumbre de verle los domingos. El nos recogía y comenzábamos el día yendo a matiné, luego comíamos en un restaurante y terminábamos la tarde jugando en algún parque infantil. Para entonces, yo tenía seis años, estaba aprendiendo a leer y a escribir en la escuela, y mi hermanita tenía cuatro. Cada ocho días cumplíamos la misma rutina. Mi mamá nos despertaba y arreglaba desde temprano. Yo era capaz de ponerme la ropa solo, pero a la pequeña todavía tenían que ayudarle con el asunto. Desayunábamos, y a las diez de la mañana, de cada domingo, lo esperábamos mirando la calle desde el balcón de la casa. Era muy puntual. En el balcón, no teníamos que esperarlo demasiado. Cuando lo veíamos llegar por la calle, bajábamos corriendo al primer piso, gritando por las escalas que había llegado el papá. Mi mamá sentía el alboroto y, todavía en pijama, nos despedía en la sala de la casa. Luego abría la puerta de la calle, nos dejaba salir y cerraba con prontitud. Ya en la calle, al ver al papá, le abrazábamos las piernas y él nos daba picos en la cabeza.
Cada domingo era una fiesta para nosotros. Comíamos chicle todo el día, chupábamos helado, y en los parques infantiles jugábamos a las escondidas y al seguimiento. Mi papá se inventaba juegos de aventuras. Unas veces corríamos por los prados, imaginando que éramos vaqueros. Él se montaba la niña en los hombros y yo corría solo. Y otras veces hacíamos de piratas o de caballeros. Para mí, el juego más aburridor consistía en que mi hermanita hiciera de mamá. El papá se tiraba en la manga, diciendo que era un bebé, y la niña le traía la comida: hojitas y palitos que ella misma buscaba y que él simulaba comer.
Después del paseo, nos dejaba a unos metros de la casa de la abuela. Nos daba sus besos interminables, sus eternos abrazos de papá, y luego nos dejaba ir. Nosotros avanzábamos por la acera, cogidos de la mano, y yo tocaba la puerta. Cuando nos abrían, y antes de entrar, le hacíamos "adiós" con la mano, él repetía el gesto, y luego se marchaba.
Pero hubo un domingo en que mi papá no llegó. Ese día, como era nuestra costumbre, desde temprano lo estuvimos esperando en el balcón. Mirando la calle, sabíamos que en cualquier momento aparecería caminando. Después de un largo rato mirando la cuadra solitaria, fuimos en busca de la mamá.
—Mami, ¿el papá por qué no llega? —preguntó la niña.
Pero ella se quedó callada y siguió organizando su ropa en el armario. Por un momento esperamos su respuesta. Como no dijo nada, entonces fuimos a la cocina por la abuela.
—Abuela, ¿el papá por qué no llega?
La abuela nos miró decepcionada. Sin decir palabra tomó en brazos a la pequeña y a mí me cogió de la mano. Así caminamos hasta el balcón. Al llegar junto a la baranda, la abuela dejó en el piso a la niña y se asomó a la calle. De esa manera, los tres estuvimos esperando.
Cansada, la abuela volvió a la cocina. Yo me fui al cuarto y la pequeña se quedó solita en el balcón. Ya en la alcoba, me acosté en la cama y estuve pensando en el papá y en el domingo anterior. Ocho días atrás habíamos ido a un restaurante. Nos estábamos comiendo unas hamburguesas cuando empecé a contarle de una fiesta a la que habíamos asistido por esos días. Así llegamos a un punto donde él nos preguntó con quién estuvimos allí. Luego de darle un mordisco a la hamburguesa, y con la boca llena, le dije que habíamos ido con mi mamá y un amigo de ella. Mi papá se quedó callado y no preguntó más. Yo terminé con mi bocado y le seguí dando mordiscos a las chuletas y al queso. La niña ya se había tomado toda su gaseosa y había acabado con la de mi papá también, de manera que estaba llena con gaseosa y no quiso comer más. Después de oír esto, el papá clavó la mirada en alguna parte. Se quedó callado y tampoco quiso seguir comiendo. La hamburguesa de la niña y la suya quedaron enteras cuando nos levantamos de la mesa. Luego del almuerzo estuvimos caminando por varias cuadras solitarias. Ninguno de los tres habló. Así llegamos a un parque infantil. Mientras yo jugaba con la niña, él fue a sentarse en una piedra. Ese es el último recuerdo que tengo de mi papá, sentado en una piedra pensando y fumando.
Ese domingo, luego de esperar con la abuela en el balcón, me acosté en mi cama y estuve pensando en el papá. Estando allí, mi hermanita se asomó por el marco de la puerta. Abrazaba su peluche de oso panda y con su boca hacía un puchero. Ambos nos miramos desconsolados. Ella vino y se acostó a mi lado. Abrazándola, muy rápido me quedé dormido. Al rato, y a causa de un susurro continuo, me desperté. La pequeña lloraba. Era un llanto casi silencioso pero de una inmensa tristeza. La abracé y ambos lloramos por un buen rato. Desde entonces no sabemos nada del papá.

Andrés Delgado
Ha publicado crónicas en la revista Número y el periódico Universocentro. Participó en el grupo "Letras" de la Universidad EAFIT. En 2011 ganó la beca de creación en novela que otorga la alcaldía de Medellín.

 
El cuento se sitúa en el punto exquisito en donde acaba la poesía y empieza la realidad.

Henry James

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