Vinicius y el deseo


Luz Teresa Valderrama

 

Mira pasar las calles desde la ventana del taxi. Busca en el bolso la carterita azul de los cosméticos, abre la cremallera, saca el espejo. El último retoque de labial antes de llegar.
Recuerda el jueves del primer encuentro. Ella a las cinco en el rincón de la barra del restaurante, los dos paquetes apoyados contra la pared para no incomodar a nadie. La bolsa grande con la camisa y la corbata, para Arturo. Y la otra con los discos, para ella. Sus manos, como siempre, impacientes por abrirlos, las ganas de que las canciones pudieran oírse tan sólo mirando los títulos.
Recuerda el café de esa tarde, el pocillo de cerámica gris, los hilos de chocolate derretido sobre la espuma, el diminuto monte de canela.
Recuerda cuando puso la caja de los discos a un lado en la barra, junto al café. Y lo recuerda a él apoyando la mano sobre la caja abierta.
—¿Vinicius de Moraes? —dijo
—Si... ¿Le gusta? —preguntó Ángela levantando los ojos.
—Mucho. Me trae recuerdos de Brasil.
—Ah... ¿Ha estado allá?
—Viví seis años en São Paulo —dijo él.
—Siempre he querido ir. Adoro la música.
—¿Bossa nova? —preguntó él.
—Sobre todo bossa nova. Pero sólo puedo cantar las melodías. No entiendo casi nada.
—No es tan difícil.
Siete meses de encuentros puntuales desde entonces. Escogen la canción, cada semana. Y ella, por las noches, cuando Arturo no ha llegado todavía, se sienta en la sala, la hoja sobre las piernas encogidas, el disco. Transcribe las canciones, las saborea, las aprende. Y vuelve cada jueves a la cita.
No ha faltado nunca. No podría. Ya no va sólo para que él devele las palabras que ella no es capaz de descifrar. Va por la mirada lasciva, ávida, insolente, que él ya no le oculta. Va para confirmar que ella ya ha empezado a habitar sus fantasías, que ya ha dormido en sus sueños, que ya se ha paseado desnuda por su mente. Va por descubrirse, cada jueves. Va por el asombro primitivo de saberse mujer.
No quiere amor. El amor es distinto: la casa decorada, la mesa puesta, los hijos, las certezas. No quiere amor. Sólo Vinicius y el deseo.
La cita de los jueves la ha puesto a estrenar su adolescencia, la que no tuvo nunca. El temblor de las manos, el rubor que se instala a veces sin aviso, la ansiedad de la espera, la ilusión, el secreto. Esas cosas que no tuvieron en ella su momento.
En la cita del jueves se diluyen las tardes interminables de sus catorce años refugiada en su cuarto, los libros que la protegieron del mundo, la extrañeza de vivir, la soledad, que fue por tanto tiempo ese lugar conocido y seguro.
Con la cita del jueves se va quedando atrás la antigua lejanía de su cuerpo, la negación de sus ritmos, el intento de no ser, la vergüenza. Ahora se escapa de la cama por las noches y llega hasta el espejo. Se recorre despacio. Su cuerpo imperfecto: los surcos junto a los ojos, las gafas gruesas, la piel ajada, la cicatriz brutal que le atraviesa el vientre. Su cuerpo generoso: los ojos grandes, las mejillas carnosas, los senos enormes, las nalgas gruesas, las caderas anchas, las piernas firmes. Manos de mujer, piel de mujer, forma de mujer. Carne pródiga. Redonda, oscura, blanda. Cuerpo para dar y recibir. El cuerpo que él tiene en la mirada, cada jueves. Por él son los labios pintados, los aretes nuevos, el color en los ojos. Por él, los botones abiertos de la blusa, el chal sobre los hombros, el vestido que traza la línea de sus senos. La ropa se apila lentamente en el piso del baño mientras ella se recrea en la hermosura que él le ha descubierto.
Por la cita del jueves ella duerme ahora agitada por los sueños húmedos y voraces del deseo. El despertar de la hembra salvaje que tenía dentro. La polea desenrollada con violencia por su propio peso.
Guarda el espejo, cierra la cremallera de la cartera azul. Paga el taxi con las manos frías y nerviosas de los jueves a las cinco. Se cuelga el bolso, se baja, cierra la puerta.
Él ya ha llegado. El beso en la mejilla, las preguntas de siempre.
—¿Cómo estuvo la semana?
—Algo menos ocupada —dice ella.
—¿Pedimos su café?
—Y el té para usted —dice ella.
Ángela saca de la cartera la hoja doblada y la abre sobre la mesa de la barra. Los dos se inclinan sobre el papel. Los olores. El roce de la piel.
Chega de Saudade —dice él
—Sí, esa era —contesta ella
Vai minha tristeza... —repasan siguiendo con los dedos las líneas de la canción, ahora sí completa.
Hablan. Se ríen. Se cuentan. Se dibujan. Han aprendido a cantar juntos.
Y se quedan en silencio, en los ojos, cuando no tienen nada qué decirse.
—Sigue Tatuagem —dice ella.
Tatuagem —dice él mirándola sin prisa antes de irse.
—Entonces hasta el jueves.
—Hasta el jueves —responde él, mientras paga la cuenta.
Las manos que se estrechan un segundo, la espalda de él que se pierde en la calle.
Nunca se han ido juntos. Tampoco hoy.
Se queda un poco más. Quiere repasar cada momento, cada palabra, cada gesto. Almacenarlos con cuidado en la memoria hasta el próximo encuentro.
Sale a caminar. El tráfico imposible, los andenes repletos.
Hoy va a llegar tarde a la casa.

 

Luz Teresa Valderrama Valderrama (Bogotá, 1964)
Bióloga de la Universidad Javeriana con una maestría en Ecología. Trabaja desde hace 15 años en la misma Universidad como profesora-investigadora de la Facultad de Ciencias. Paralelamente se ha dedicado desde hace más de 25 años al canto coral. En los últimos años decidió combinar su actividad como profesora de Ciencias con la escritura y recientemente finalizó la Maestría en Escritura Creativa en la Universidad Nacional. Es autora del libro de cuentos “El solo hecho de existir”.


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