Relato del indio José Bailarín

 

David Gonzalo Henao Alcaraz


I


Mi papá compró esa tierra cuando se cansó de trabajar pa’ otros y se resolvió a montar su tambo aparte. La llamó El Limonar, así mismito como llamaba la tierra que lo crió, donde los limones no faltaban.
De eso me acuerdo patente. Y también de lo que pasó.
No sé cuántos años tenía, pero recuerdo toda la historia. Tengo todo en mente. Todo palpable. Como si hubiera sido ayer.
Eso fue a las once de la mañana. Lo recuerdo porque la olla estaba montada en el fogón, y todavía no habíamos almorzado.
En esas llegó ese montón de gente, armados de machetes. Y allá quedó El Limonar. Allá lejos.
Allá nuestro tambo aparte. Allá lejos.
Esa era la guerra de anteriormente, la que hace tiempo me pasó a mí.

En los lados de mi tierra es muy contadita la persona que está instruida. Digo de mi tierra, pero ya no es mía. Me la quitaron. Me la robaron.
Muy contadita la gente que está instruida, como digo. Si mucho, los muchachos hacen la primaria y el bachillerato. Entonces uno llega a la ciudad sin saber nada de política. Sin saber ninguna cosa pa’ defenderse en la vida.
El indio se ve a gatas pa’ cumplir todo lo que aquí se exige. En cambio el blanco tiene su poder, tiene su entrada y la forma de conocer las cosas a fondo: los cambios de la política, todo. Tiene de adónde.
En cambio uno no llega hasta allá.

Llegué a Medellín en el año cincuenta o cincuenta y uno. Me vine a un internado de muchachos. Pasaron unos años y como no me entraba el estudio, me enseñaron a manejar carro y me dieron pase. No tenía la edad, pero me consiguieron un permiso.
Cuando tuve mis años, me largaron el Picó modelo 59 que tenían las monjas dueñas del internado. Y trabajé ahí nueve años más.
Con las monjas camellé mucho tiempo y con eso me conseguí este lote. La liquidación que me dieron después que se acabó el internado, me la pagaron con el terreno en el que hice esta casita.
Es que yo con ellas trabajé desde niño. Cuando estaba pequeño, me tocaba manejar el gallinero y las marraneras, además de hacer el aseo en la casa. En el internado se repartía a cada uno un pedazo pa’ tener limpio. Aseábamos de siete a once de la mañana. De once a doce, se desyerbaba: íbamos al solar a limpiar cafetales. De allá salíamos a almorzar. Después pa’l baño y luego a estudiar.
Cuando tuve edad, como digo, me largaron el carro y con ese trabajo me conseguí mi lote. Mi tierra. Y aquí estoy.

Luego el internado se acabó y los que tenían papá y mamá se fueron pa su región. La mayor parte se fueron pa’ las tierras, porque también tenían tierras. Los que no teníamos adónde ir, nos quedamos. Pero fue muy poquito el que era huérfano como yo. El que, como yo, tuvo que abrir monte acá en la ciudad y avisparse pa’ conseguir cómo vivir.

En Medellín terminé jubilándome como conductor de servicios urbanos, en la empresa de conducción América. Eso fue muy duro: cuando me tocó la parte de La Loma, no se podía dormir. Era todo el día y toda la noche. Salía a las cuatro de la madrugada y trabajaba hasta las once o doce de la noche. Me tocaba liquidar, echar gasolina y darle la plata al patrón, y en esas le daban a uno las dos de la mañana.
Manejé bus sólo por aquí en La América: lo que es Barrio Cristóbal, San Javier, La Loma; todo eso me tocó recorrer. Un móvil de aquí, porque ningún otro barrio me gusta: ni el Poblado, ni Campo Valdés, ni Manrique. Sólo éste. Porque yo soy de esa gente que se ubica en una sola tierra. Yo soy de los de un solo lugar.

Desde pequeñito me ubiqué en este lado de la ciudad. Aquí he estado toda la vida y aquí estaré. Problema de Víctor, el hijo mío, si quiere estar por allá en Casablanca. Eso es cosa de él. Pero yo no me voy. Aquí me quedo.
Vea: el convento de las monjas está muy cerca de aquí. Usted camina derechito por este camino nuevo, y ahí mismito está. Uno llega por esta calle, sube, y aquí, a la derecha. Ubica la terminal de buses, baja un poquito y ahí están.

Desde que me vine de Mutatá no he salido de esta zona.
Aquí me resultó mucho trabajo: buses, otros carros y mucho compañero taxista con los que también pude trabajar. Pero no. Los taxis no me gustan, porque hay que moverse por toda la ciudad. Y yo de aquí no salgo. Me da miedo. Me pongo nervioso.
Antes me mantenía de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Esa era la vida mía. Y llevar la obligación de la familia.
Ya terminé. Estoy jubilado. Y ya no me muevo. No salgo ni a la esquina.

A Mutatá no me gusta ir. Hombre, me da como cierta cosa. Yo sé que todavía está la finca, que la tiene un señor. Un señor que llama Vicente Úsuga. Dizque así se llama el que tiene metido un ganado allá, en la finca de mi papá. Dizque responde a ese nombre.
Eso me lo comentaron en el tiempo que estuve en el hospital, curándome de las cortadas, y del dolor. No sé más. No me gusta preguntar siquiera, porque uno no sabe quiénes son. Y me da mucho miedo.

Yo no me acuerdo ni de cómo llegar a El Limonar, porque me vine muy chiquito. Por ahí ocho años o algo así. Tengo en este momento sesenta y tres. Y en tanto tiempo, no he vuelto sino una vez al occidente. Fui con Nolia, la hija mía. Hace como cuatro años.
Pero fui hasta Dabeiba no más. Viajamos a conseguir documentos pa’ mi jubilación, porque allá me bautizaron. La hija mía llamó por teléfono, a ver si nos ahorrábamos el viaje. Contestaron de la notaría y dijeron que tenía que ir personalmente pa’ poder verificar los papeles. Entonces tocó ir.
Y fíjese que nos convino la ida, porque yo no soy del cuarenta y cuatro, como pensaba, sino del cuarenta y tres. Y entonces, bueno, me adelantaron un año la jubilación.
Pero hasta Dabeiba fui no más. De ahí p’allá no conozco. No quiero volver. No tengo nada. Todo me lo quitaron.

II


Anteriormente había dos caminos: rojo o azul. Entonces, no se podían ver los hijos del rojo con los del azul. Se aborrecían. Se miraban como con un corrientazo a que se mataban. Y se mataban.
Ahora es diferente: si hay un cabecilla de un lado y otro de otro, entre ellos mismos se matan, o se mandan matar. Porque hoy en día son más cobardes.
Los políticos ya no son como anteriormente. Ya no se acaba con la familia, sino que se dan entre los mayores. Sólo entre los mayores. Y si los hijos del muerto no están de acuerdo, eso es un forcejeo a ver quién gana. Y lo mismo. Se matan.
Esa era la guerra de anteriormente, la que hace tiempo me pasó a mí.

En la finca éramos como doce: mataron a mi mamá y a mi papá. Y más acacito, así de este lado del camino, iba mi hermana corriendo. Llegaron por detrás. Llegaron y ¡cam!: mochada la cabeza. Otro hermano que iba p’al pueblo a negociar con pescado, lo encontraron en el camino y lo mataron. Lo mataron en la orilla. Y mi tío, que también iba pa’l pueblo, lo toparon en el río: lo mataron. Después llegaron donde nosotros: acabaron con nosotros. Los únicos que quedaron vivos fueron los marranos. Y yo. Y el tío era hermano de papá, su hermano menor.

Yo soy nacido en Río Verde, pero de ahí nos fuimos. Mi papá consiguió una finca por los lados de Mutatá cuando ya no quiso trabajar más pa’ otro, y se resolvió a montar tambo aparte. Antes de eso había trabajado como mayordomo de fincas de gente rica, de gente ganadera, y vivíamos a orilla de carretera.
Yo no me acuerdo, estaba muy pequeño cuando la familia consiguió esa tierra pa’ los lados de Urabá. Río Verde queda un poquito más acá, por los mismos lados, pero tirando más pa’ Frontino. Esas tierras son frías y a papá le gustaba más la tierra caliente. Así que nos subimos pa’ Mutatá.
Nos pasamos pa’ esa finca, que quedaba al otro lado de un río. Pa’ uno cruzar tenía que montarse en una garrucha de cable que iba de lado a lado, de orilla a orilla. Ese río se llama Riosucio, un río grande, muy grande.
A esa tierra la llamamos El Limonar, así mismito como la tierra en que papá se crió, que no faltaban los limones. Pero allá era puro monte, no había ni un limón, ni uno solo. Y papá se reía por eso, porque llamándose así, y sin un palito de limón siquiera.

Trabajamos la tierra. Quemamos el monte. Hicimos la roza. Sembramos plátano. Sembramos banano. Y yuca. Compramos las marranas y las hicimos preñar. Y unas gallinas. Y con la madera que quedó de la roza fuimos haciendo el tambo: el techo, el piso, los cuatro guayacanes y la escalera.
Como mi papá era veterano, sabía de sobra cómo se mantenían las cosechas. Sabía todo lo que había que saber pa’ convertir un matorral en finca.
Vivíamos allá. Allá trabajábamos. Manteniendo la tierra, desyerbando plataneras y cuidando los marranos. Hasta que el día menos pensado… ¿Usted recuerda que en la violencia pasada había una parte que se llamaba la chusma? Pues no se sabe si por envidia. O por quitarle la finca a mi papá. O no se sabe qué problemas había. Pero entonces llegaron como a las…

Esa mañana mi mamá me dijo: “Mijo, vamos a traer un plátano pa darle comida a los marranos”. Entonces yo le dije: “Mamá, hoy no quiero moverme a ninguna parte”. Y mi papá le dijo: “Mija, no se lleva ese pelao, que de pronto lo muerde una culebra por ahí en esas plataneras, más bien no se vaya”. Entonces mamá bajó al tierrero a coger una gallina: la mató, la organizó, montó la olla al fogón y se fue a lavar ropa a la quebrada con una tía mía.

Esa mañana yo estaba con el machetico envainado, aquí en la cintura. Mi mamá lavando ropa con mi tía en la quebrada. Y papá, como se sentía enfermoso, en la cocina calentándose.
Papá tenía una escopeta colgada en una de las paredes de la cocina. De esas mellizas, de esas de dos cañones. Y estaba cargada.
Esa gente entró, lo arrinconaron, cogieron la escopeta y con esa misma le dieron. Papá gritó. Entonces yo salí corriendo. Me tiré. Me brinqué por un lado del tambo.
Como teníamos tanto marrano, el rededor de la casa estaba cercado con unos palos muy altos. Todo el rededor tenía esa cerca. Y esos palos no me dejaron volar. Entonces saqué el machete y mientras amenazaba a los tres que me estaban persiguiendo, desde el tambo otro me disparaba y la escopeta no daba fuego, no daba fuego. Varias veces me dispararon y la escopeta no dio fuego.
Se sabía en la región que la chusma empezaba a matar a los mayores primero. Los chiquitos los dejaban pa’ lo último. Y entonces, lo que me hicieron fue una encerrona. Me arrinconaron, todos cagados de la risa de verme ahí con ese machete de juguete.
A mí me acorralaron: llegaba el uno por acá, el otro por el frente y yo era defendiéndome con el machetico. Cuando sentí que ya me estaban rodeando, salí por el medio de ellos, abriéndome campo. Me machetearon por todos lados. Al de la derecha, por esquivarle un machetazo, me agaché y siempre alcanzó a agarrarme la cabeza. Yo tengo un poco de cicatrices: vea, vea, y aquí, vea; ésta es la más grande.
Al fin alcancé a salir por debajo de la cerca y me tiré a la quebrada donde estaba mi mamá lavando ropa. Era un pozo grande. Cerré los ojos y me tiré. Caí, y cuando abrí las vistas, ahí estaban matando a mi mamá y a mi tía, que estaba embarazada. Sí o sí, porque hay que ser berraco, logré pasarme a la otra orilla sin que me vieran.

Mi papá siempre me decía: “Mijo, cuando vea algún problema y esté herido, busque una quebrada pa’ que no sigan el rastro de la sangre”.
Como estaba todo ensangrado, me subí a la montaña, luego bajé y seguí por una quebrada p’arriba, p’arriba, p’al monte. En lo alto, había unos árboles grandes y allá me quedé. No me podía mover del dolor, pero como a la media noche me estaba muriendo de sed. Mi papá me había enseñado que hay unos bejucos en el monte, que se parecen a una botella y se les puede sacar agua. También hay venenos bejucos, yo los distinguía. Encontré uno y, como no había soltado el machetico, lo moché y empezó a echar agua.
Amanecí en el monte y me devolví a dar vuelta a ver cómo estaban las cosas en la tierra. Encontré a mi mamá y mi tía tiradas en la playita. Estaban sin cabeza y con la barriga abierta. La casa estaba quemada. La quemaron. Los marranos estaban por ahí andando.
Viendo a mamá ahí tirada, ya no quise ver más: me fui por la quebradita p’abajo. Yo sabía de un río muy grande que me llevaba donde unos familiares de mi papá. Caminé y llegué como a las seis de la mañana del otro día, porque era lejos y no podía moverme.
Los familiares me atendieron: “¿Qué te pasó, hombre?”. Entonces me paré y dije: “Vea, me pasó esto y esto y esto”. Ellos se organizaron, cogieron la escopeta, dijeron: “Vamos a dar una vuelta por allá, a ver, hombre”. Y se fueron los muchachos.
Se quedaron la mujeres conmigo, echándome agua caliente, aguasal, pa’ despegar la camisa del cuerpo, porque la sangre ya estaba seca, muy pegada contra el cuero. La camisa estaba tiesa.
Entonces una de ellas me dijo: “Vea, hombre, nosotros no tenemos con qué curarlo. Aquí no hay un remedio pa’ dale, no hay nada pa’ que se alivie. Hagamos una cosa: vamos a Dabeiba, pa’ que lo curen allá, pa’ que le sanen esas heridas”.
Yo no quería irme. Me puse a llorar. Pero al fin me resolví y me llevaron al hospital. Ahí me recibieron unas monjitas, las madres Lauras.
Los familiares me dejaron allá y prometieron volver. Pasó un tiempo, un tiempo largo, y me visitaron otra vez, a ver cómo seguía. Ya estaba mejor.
Las monjas, después de hablar con ellos, me propusieron: “Ve José, pa’ que nos vamos pa’ Medellín. Allá hay un internado y todos son indígenas, no hay ninguno blanco. Son de distintas partes: del Putumayo, de Panamá, del Cauca, del Chocó, de Cúcuta, del Amazonas y de Dabeiba. Allá no hay blancos, solamente somos blancas nosotras, las monjas”.
Yo tampoco quería irme de Dabeiba, pero me convencieron. Entonces me vine p’acá, pa’ Medellín. La primera noche amanecí en Belencito. Al otro día en Guadajama, que así se llamaba el internado.
Queda aquí arriba: usted se va derecho por este camino nuevo, llega a una calle, sube, y aquí, a la derecha, están las monjas. Llega a la terminal de buses y baja un poquito. Y ahí queda.


David Gonzalo Henao Alcaraz (Colombia)
Politólogo que ejerce su profesión en México, ya que en Colombia es actividad exclusiva de burócratas y magos de feria. Perteneció al taller de poesía de la Biblioteca Pública Piloto, dirigido por el maestro Jaime Jaramillo Escobar.


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