Sin noticias de Jaime

 


Juan Fernando Merino

 


—Y el resto es historia –dijo Jonathan Garfield incorporándose de su silla y asentando con fuerza su copa de vino sobre la reluciente mesa de caoba del Brooklyn Bridge Café… con excesiva fuerza, evidentemente, pues la copa explotó en añicos para gran sorpresa de Marcos y Eva, y aún mayor sorpresa del propio Garfield y de Marusha, la ucraniana.
Ninguno de los cuatro supo qué hacer o qué decir y ninguno de los cuatro dijo nada ni hizo nada, a pesar de que sobre la mano izquierda de Garfield —que por alguna superchería suya siempre usaba para brindar— aparecieron tres hilillos diminutos de sangre. En la mesa de los novios, a escasos veinte metros, distraídos como estaban todos, sólo nos percatamos Amanda y yo, pero nos limitamos a intercambiar una mirada rápida y agria. Se dio cuenta también el pretencioso camarero-jefe del pretencioso restaurante, con su ridículo corbatín alzado y un anticuado traje de tres piezas. Al punto se llevó la mano al bolsillo del chaleco, sacó un paño o pañuelo de color verde aterciopelado y empezó a avanzar hacia la mesa afectada. Algo debió percibir en el aire, la resonancia de las palabras o quién sabe qué, pues se frenó en seco, se inclinó sobre la barandilla metálica que daba al río y con la vista clavada en algún punto de la silueta de Manhattan sacudió el pañuelo sobre las aguas del East River, como ofreciendo las migajas inexistentes a una inexistente bandada de gaviotas.
—¡Maldita sea la mar que lo trajo! –espetó Garfield y se volvió a sentar, taciturno, abatido, resistiéndose a mirar en dirección de la mano lastimada o de seguir el recorrido de las gotas de sangre que se escurrían lentamente entre sus dedos.
La escena no era más que una constatación de que las cosas iban por muy mal camino y podían ponerse mucho peor antes de empezar a enderezarse. La velada se extraviaba. La noche se iba a pique. La fiesta de compromiso del Salvaje y María Fernanda Aguinaga se encontraba ya envenenada: hasta el menos intuitivo o menos supersticioso de los asistentes de haber podido habría parado en seco la celebración, le habría dado marcha atrás o la habría borrado del calendario.
Pero ya no había mayor cosa qué hacer. El terco silencio de María Fernanda lo decía todo. Aunque quizá fuese aún más indicativa y ominosa la telaraña de conversaciones tontas e inútiles en la mesa de honor para tapar el silencio de la novia. También la manera desapacible en que se había marchado Omar Rashid, el padrino por parte del novio. Ahora ya no quedaba más que hacer votos por que el desenlace fuese lo más indoloro posible.
La culpa era de Eva. Si es que a alguien se le puede echar la culpa de todo esto… Si es que había que buscar una culpabilidad personal entre toda una cadena de acontecimientos de mala voluntad o de mal presagio que se iniciaron cuando Jaime el Salvaje da Costa, celebrado compositor experimental e improbable novio —experimental o no— regresó de su última estadía en Capativa, en lo más tupido de la selva amazónica.
Quizás éste sea un buen sitio para hacer un breve alto y explicar qué era lo que se celebraba esa tarde-noche en el restaurante Brooklyn Bridge Café, quienes celebrábamos, cuáles eran los malos presagios, cuál el detonante del desastre y cuál la culpa de Eva.
En dos versiones, para no cargar tanto los dados y para tratar de ser justos… hasta donde es posible ser justo en una historia corta. Una versión del lado de la novia y otra del lado del novio.
La culpa de Eva —para los más impacientes— fue haber pedido una botella de tequila reposado cuando ya no hacía falta ingerir más alcohol fuerte… cuando algunos deberían haberse abstenido hasta de una gota más de alcohol débil.
Eva es mi amiga Evita Martínez Aranda, una ingeniera de sistemas cubana residente en Nueva Jersey desde hace doce años y casada hace siete con Marcos Peláez, un economista joven, hijo y nieto de asturianos radicados en Queens, si bien se le olvidó hasta la última palabra del español de su infancia. En la mesa, Marcos era el vecino de Sanja la croata por un costado y por el otro de Jonathan, el de la mano aporreada.
Jonathan Garfield un bostoniano alto, delgado y muy guapo, según la propia Eva quien nos lo presentó tres veranos atrás, prematuramente divorciado a los 29 años, es un arquitecto con la suerte de vivir en una ciudad en la que todavía mucha gente se queda admirada ante los alcances de la palabra “arquitecto”.
Nos encontrábamos allí reunidos en el Brooklyn Bridge Café (y restaurante) aquel sábado de principios de otoño para celebrar que después de ocho años de amores (y rencillas), después de seis y medio de cohabitación (exceptuando las largas temporadas, a veces hasta cinco meses seguidos que pasaba él cada año en la selva del Amazonas, después de haber estado a punto de separarse tantas veces y de separarse por mutuo acuerdo una vez (aunque sólo duró tres días), por fin nuestros amigos Jaime da Costa, el Salvaje y María Fernanda Aguinaga, Fercha, habían optado por contraer sagradas nupcias. Además con la asistencia de la madre de ella —llegada directamente de Bucaramanga la semana anterior— y con una ceremonia religiosa en la iglesia Santa Brígida de Manhattan que habría de tener lugar al día siguiente.
Hasta que se complicaron las cosas, tras la llegada de Liljana la macedonia.
* * *
La versión del lado de la novia me la contó su amiga y colega Martha Zetilla, también pintora, también colombiana, también residente en Nueva York desde hacía una decena de años, y pare de contar. Hasta allí llegaban las similitudes porque mi amiga Martha —quien conoció a María Fernanda Aguinaga un verano que ambas hicieron una pasantía con un museo de arte de Soho— tiene la cabeza bien puesta sobre un buen tronco y un par de buenos hombros, y jamás se le habría ocurrido enamorarse de un músico brasileño excéntrico y barbado (no por la barba sino por lo descuidado). Y mucho menos se le habría ocurrido insistir e insistir de pensamiento, omisión, palabra y obra hasta llevar al borde del altar a Jaime el Salvaje da Costa.
Era una historia larga, enredada (como todas las historias de Martha), aunque nunca aburrida, pero dejaba sin resolver la pregunta clave: ¿por qué Fercha Aguinaga, artista libre y libertaria entre las artistas neoyorquinas, enemiga declarada de convenciones, apariencias y tradiciones, se había empeñado en tener una boda de blanco? O casi.
* * *
La versión del lado del novio era bastante más sencilla. Al menos a primera escucha.
“Lo último en la vida que se me había ocurrido era casarme con María Fernanda, o con quien sea”, me dijo el fotógrafo italiano Gesualdo Capasso que le había dicho el novio la víspera de la cele­bración en el Brooklyn Bridge Café. “Pero la verdad es que la Ferchita me gusta, y me gusta mucho el sexo con ella, y me gusta todavía más despertarme y verla a mi lado. Aún más desde la pasada estadía en Curitiba, cuando estuve una semana entera enfermo en el campamento. Se le metió en la cabeza lo del matrimonio. ¡Yo qué sé! En fin… Si es tan importante para ella… Una noche lo consulté al azar con una canción del CD “Os faralloes do Regino”, y en fin, aquí estamos”.
Así es el Salvaje. Porque, que no quepa la menor duda, como el Salvaje da Costa no hay dos. Lo digo no sólo por sus prolongadas y arriesgadas incursiones en lo más recóndito de la selva brasileña, la tundra argentina o el desierto colombo—venezolano. Y no sólo por sus composiciones musicales, desmesuradas, inclasificables, que bien pueden incluir en la partitura hojas de palma estremecidas al viento, el entrechocar de fauces de cocodrilo o el gotear de las primeras gotas de lluvia sobre baldes vacíos. Sólo para dar los primeros ejemplos que me vienen a la mente.
No hay palabras sencillas para empezar a explicar la manera particular, única, que tiene Jaime para caminar, reír, comer, fumar y hasta conducir una conversación. A veces tenía la sensación de que Jaime no estaba nunca del todo con nosotros, ni en Nueva York, ni en este lado del océano. Y de la cordura. La mesura quería decir.
Por todo ello me resultaba triplemente doloroso ver al Salvaje da Costa como lo veía en aquel momento: disfrazado con un traje algo ancho para su talla y una corbata que le atornillaba el gaznate; su larga barba muy negra liberada para la ocasión de las sempiternas hilachas y de las puntas ensortijadas, tratando de hacer conversación con amigos de la novia a quienes seguramente no soportaba, de responder cortésmente a las corteses preguntas de la madre de María Fernanda, de beber con mesura el vino y el champán que los meseros de corbatín y los invitados de corbata ponían en frente suyo con mucho mayor frecuencia de lo recomendable.
* * *
Todo ocurrió tan rápida e inapelablemente como suelen caer las ilusiones o llegar las peores desgracias:
En el muelle contiguo al restaurante atracó un taxi acuático —uno de aquellos bichos estruendosos que atraviesan a toda velocidad el río entre Nueva Jersey y Manhattan y entre Manhattan y Brooklyn— y de un salto se bajaron tres personas. Diez segundos después ya se había vuelto a alejar, seguido por un par de gaviotas.
Uno de los pasajeros se encaminó en dirección del mirador de Brooklyn Heights. Los otros dos eran invitados rezagados a nuestra celebración: Liljana Valpovcankovska (a quien por obvias razones todos llamaban Liljana la macedonia) y Emmanuel Batiste, su novio de turno, afro americano nacido en El Bronx de padre caribeño (también para simplificar).
Subieron rápidamente los escalones, se acercaron a la mesa de los novios y se detuvieron a espaldas de María Fernanda mientras Liljana buscaba el regalo entre su voluminosa bolsa.
—¿Se acuerdan de aquella vez que estuvimos seis meses enteros sin noticias de Jaime? —estaba recordando en voz alta Leandro, un músico a quien yo no recordaba.
—Sí, claro, en el 2002, la temporada terrible que pasó en el desierto de La Guajira —respondió su vecino, un tal Norberto.
Pero Liljana la macedonia, que ni siquiera había saludado, no pudo evitar meter la cucharada:
—¿No era en Curitiba? Yo creo recordar que esa vez me llegó una postal.
—Ni en Curitiba ni en La Guajira –dijo Jonathan Garfield, juntando con dificultad las palabras por los efectos del tequila reposado—. Esa fue la temporada que Jaime estuvo viviendo en California.
—En California Jaime nunca... —empezó a decir María Fernanda, pero de repente sus ojos se cruzaron con los de Jaime. Un segundo. Fue sólo un segundo, pero algo acababa de partirse entre ellos dos.
Omar, el padrino por parte del novio, se puso de pie precipitadamente, le dijo algo al oído a Jonathan y se marchó.
Fue en aquel el momento que Jonathan Garfield agarró una copa de vino —que ni siquiera era suya, era la copa de Eva— y la estrelló contra la mesa.
La fiesta se había acabado.
* * *
Por alguna razón obtusa, Liljana y Emmanuel, los recién llegados insistieron en tomar fotos. Sólo Martha y Ariadna intentaron sonreír. Después de las fotos Fercha y Jaime recogieron los regalos en silencio y en silencio se alejaron hacia el muelle. Se marcharon en el siguiente taxi acuático sin mirar hacia dónde iba.


Juan Fernando Merino (Colombia)
Cuentista, traductor y periodista, reside en Nueva York. Traductor de Habrá una vez, antología de la joven narrativa norteamericana, publicada por Alfaguara.


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