El caso de la flor de los tacones rojos

 

Claudia Ivonne Giraldo

 

 

El asunto era espinoso dada la elementalidad del lenguaje de los magistrados y la consistencia aleatoria del caso. Por eso la pertinencia del juicio. Debíamos examinar las pruebas para detenerla, incapacitarla, desautorizarla, y finalmente, callarla. Inadmisible era que esa tonta flor de las más pequeñas, y de tacones rojos, tratara de levantarse ahora por encima de la autoridad de la raíz. ¿Una flor de ésas rizomando? Inadmisible, ridículo, completamente. Por eso el revuelo de pájaros, el aleteo y el temblor que se extendía desde la sangre hasta las manos, en muchas de las cuales creí ver señales siniestras.
Ella agitaba entonces sus palabras, se preparaba, nos retaba a todos, se meneaba más y más hasta volverse a sentar sobre su mesa, con un gesto que atraía al viento. Y allí quedaba. Los cabellos imitaban el movimiento del agua, aunque ella siguiera anclada en su silencio. No iría a ser cualquier ícono, contra eso se revelaría hasta quedar diluida. No cualquiera, ¡ninguno! No bastaba ponerla sobre pedestales de mármol para que así se confundiera al final con las vetas, que seguro, se aprovecharían del impase, para subir desde sus pies por todo el cuerpo hasta adueñarse de su linda y emplumada cabeza y atornillarla para siempre a la rigidez y a la afasia más pura. Qué tontería decir entonces, -yo soy la que soy-, si en realidad ya no era ni la sombra, pensaba y proclamaba al mismo tiempo, incapaz como siempre de la noble ventaja del simulacro y el disimulo.
Eso molestaba a nuestros moluscos, a los que entraban por el caracol del oído medio en forma de susurros y se encontraban con sus palabras servidas en su concha. Debía ella responder con la aquiescencia. No podíamos comprender cómo tan bella se negara a la belleza y persistiera en su afán de sombra, y que además insistiera en su realidad carnosa, y contradijera la idea que teníamos de su levedad de mera imagen.
Sabíamos sí, y eso era vox pópuli, que ella exhibía sus taconcitos por todos lados, que dejaba panfletos en los baños en los que extendía sus raíces a lo más profundo, invitando a quien leyera y comprendiera a derretir todas las velas y echarlas a la mar. El viaje a ese territorio de profundidades que sin embargo se volvían superficiales le interesaba, y también la defensa de los silenciosos. Por eso cantaba, para ellos bailaba y taconeaba trasegando todas las calles, avenidas y viaductos, introduciéndose a veces por las líneas alternas de la electricidad, en los correos electrónicos, en las comunicaciones de ondas microscópicas, que tras su influjo e influencia quedaban hechas una madeja.
En ese momento hubo que hacer un alto en el juicio que iniciaba, pues el relato de su transcurrir había enardecido a los señores jueces y a algunas de las magistradas y ahora insistían en tocarse una cosa que escondían, púdicos, debajo de las togas rígidas. Por eso casi se diluye el argumento más álgido y hube de tocar a rebato con la más pequeña pero sonora de las campanas, para calmar a la chusma jurídica, que ahora se enredaba en su propio galimatías.
Algunos, los más osados, agarraron la palabra por la cola y la retorcieron al mejor estilo, cuando alguien se inmoló en aras de la ley natural de los hombres. -¿Cuál ley natural?-, dijo ella en un alarido mientras abría cráteres de furia con sus estiletes rojos. -Qué se larguen todos a buscarla y se la traigan, que le traigan la piedra sagrada-, decía, daba alaridos, se retorcía, -Dónde dice-, les preguntaba, -Cuál ley-, insistía. Todos recordaron entonces la búsqueda bajo sus togas, les dio comezón por el efecto de sus propios eruditos pero hipócritas conceptos, la señalaron con el dedo, que se fue volviendo un símbolo fálico, acusador.
Cuando ella se agachó para esquivarlo, por un momento quedó desaparecida y todos lelos. Pero por fortuna emergió dispuesta a seguir soportando el tufo terrible de ese juicio impertinente, según ella, tan pertinente según ellos, que gastarían las suelas de sus lenguas para vengarse de tal atrevimiento que tenia en jaque al pueblo, a ese conjunto tan homogéneo de ciudadanos y ciudadanas bien intencionados, que veían cómo, de un plumazo, y este sí literalmente, se estaba acabando la seguridad de su roca, la estabilidad de sus alcachofas puntiagudas y dictatoriales.
El caso, señores, dije, para volver al principio, es que la acusada es una simple flor que se ha subido mucho en el concepto que de sí misma alberga, y le ha dado por producir espantos y espejismos y no quiere que, proyectados, los tomemos por la pura verdad que nosotros tanto conocemos. Vuelvo a jurar y a abjurar que eso es simplemente inadmisible, y que en castigo ella será despojada de sus zapatos rojos y se la condenará a girar y a girar sin parar por bosques y cañadas, entonando himnos patrios, posando para los fotógrafos para recuerdo de la posteridad.
-¡Já! ¡Qué infaaaaamia!-. Se plantó ella en mitad del estrado para que todos le cayeran encima rememorando aquella vez en que también era una Alicia atormentada y perseguida. -Ni tan siquiera lo piensen. Podrán tener mis zapatos emplumados, mis pies engarzados en perlas, mis palabras ahumadas de incienso. Podrán tenerlo todo enjaulado, pero mi danza no se guiará ahora por sus cantos estúpidos-. Y entonces, rememorando de nuevo aquella vez en que siendo Giselle se lanzó desde el escenario y atravesó la alfombra roja en puntitas de pies, y demi-plies, salió volando literalmente de allí, sin metáforas, lo juro, como una exhalación, no sé cómo hizo para hacerse la ligera y escapar del veredicto y de la maldición de la más gorda de las magistradas.
No sé cómo, tampoco, fue capaz de revertirla y dejarla tumbada y resoplando como soldado desmayado, y danzar descalza, abandonar los zapatos rojos resplandecientes, girando, girando, levantándose la falda para que viéramos los calzones rojos que les hacían juego, los cabellos despeinados, al viento, como una vela soñada, dirigirse al bosque, perderse… Ella, la peor de todas… Presiento que después llegará al mar en donde seguramente se embarcará suplantando la identidad de la magistrada gorda, y seduciendo al oficial encapsulado en su turno.
Seguramente se irá a apestar otras ciudades, después de dejarnos a todos llenos de deseos y de temores, sumergidos en lo mismo, no sabiendo con qué llenar el hueco que dejó la ausencia de ella como ícono, no sabiendo cómo soportarla descalza, teniéndonos que oler más de lo preciso, adorando imágenes sin pulpa y sin sesos, sujetándolas con correas y con implantes tumefactos, leyendo textos de gramática precisa, esgrimiendo conceptos, soportando los gestos caninos de los magistrados, siempre con miedo y ansias de que vuelva, de que vuelva.


Claudia Ivonne Giraldo

Nací en la Clínica Soma de Medellín. Desde que recuerdo me he dedicado a leer y escribir, y fuera de aprender carpintería, pastelería o ballet, no quiero hacer otra cosa en la vida.


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