Creo que la he perdido


Isaías Peña Gutiérrez


1

Con el tiempo uno memoriza el login de los correos electrónicos de los amigos. Pero este no era “mensaje007”, ni “lobitovagamundo”, ni “duermevela”, de amigos en retirada, sino “elenhere”, algo así como “Elena aquí” en chicano, si no interpretaba mal. Podía ser un virus o, también, Elena, mi alumna de hacía 20 años, con quien había tenido un frustrado reencuentro dos años atrás. Después de borrar toda la basura de Navidad y Año Nuevo, me decidí a abrirlo. En el “asunto” del correo decía “Feliz Año” y venía con un adjunto. Le di el clic de abrir. Firmaba “Carmen Helena”. Me confundí. Sólo con el segundo apellido podría identificarla y no aparecía por ninguna parte. Entonces, me fui al clip que ataba el mensaje secreto. Esos adjuntos tienen ese matiz misterioso, así resulten un simple cuadro estadístico o una foto cursi. Están por dentro, son secretos. Le di la orden. Se demoraba en aparecer. Me hace falta la banda ancha. Hasta que por fin. Aunque el autor me deslumbró a medias, se trataba de un oportuno poema de Octavio Paz sobre el primero de enero, fecha en la que ella me escribía. (Lo trascribo para que con él me ayudes a descifrar a Elena, ya que yo no he podido hacerlo en todo este tiempo. Recuerdo, por ejemplo, la dualidad en la escritura de uno de sus nombres, que en la cédula aparece con h, pero que ella cuando escribe literatura, o sus correos electrónicos, la desaparece):
“Primero de enero. /Las puertas del año se abren,/ Como las del lenguaje, /Anoche me dijiste:/ Mañana /Habrá que trazar unos signos, /Dibujar un paisaje, tejer una trama /Del papel y del día. /Mañana habrá que inventar, /De nuevo, /La realidad de este mundo”.
Lo releí varias veces, no fuera que si se trataba de la verdadera Elena, perdiera señales de humo claves, las que por no saber leer en otras épocas, me habían privado de su compañía. Me gustaron mucho los versos finales del poema, sobre todo eso de inventar el mundo de nuevo. Me ilusioné, porque Elena había sido mi ilusión hacía veinte años. Y, en total, el poema decía lo que ella no quería decirme en su correo, pues la carta apenas era una precaria línea, escrita el 1 de enero a las 12:01 del día, donde se leía con sigilo: “Feliz Año Amigo…”, y firmaba, sin abrazos ni saludos, “Elena”.
Tres palabras frías con puntos suspensivos y un poema de Paz. ¡Qué vaina!
Sin pensarlo, le di “responder” en la barra superior de la ventana. Elena o Helena, virus o lo que fuera, descartada una jugarreta de chica caliente (Octavio Paz me lo garantizaba), me interesaba volver a hablar con quien hacía dos años no veía. Humo blanco, me dije, en el primero de enero. Aire fresco recorre el mundo. Y, atropellado y cursi, le escribí:
“Podría no creerlo, pero está ahí (el correo).
Y si tu segundo apellido es Santos, eres tú.
Un primero de enero, tú, frente a la pantalla, trascribiendo a Paz en un bello poema.
Puedo creerlo.
Pero me gustaría confirmarlo, no sea que el rescoldo de la curda (aunque tomé muy poco), me engañe.
¿Eres tú, Carmen Helena?
Dime que sí, para que esto no se me vuelva una telenovela.
Sólo me preocupa que, como tantas veces antes, no me respondas.
Te espero.
I.”.

Sin embargo, seguí preguntándome si sería ella. Quiero decir, podía ser incluso ella, pero ya otra. A mi edad, un hombre maduro, con canas repetidas, a veces olvido que el tiempo me las ha jugado tantas veces, sin que logre aprender que mis afectos pendientes, los de mi avanzada juventud, son deudas prescritas, sin lugar a conclusión. Pero un hombre nunca pierde la esperanza juvenil. Por eso, las tres palabras, “Feliz Año Amigo”, aunque frías, me pusieron en alerta. No entendía, eso sí, lo de “amigo”. Porque con Elena habíamos sobrepasado la simple amistad. Eso no encajaba, por ejemplo, con la Elena de aquella lejana noche de septiembre en Chiquinquirá, el helado pueblucho de la cordillera boyacense. Habíamos viajado desde Bogotá al Primer Encuentro Nacional de Profesores de Música Colombiana. Y al anochecer del primer día, nos fuimos para la casa de Víctor Raúl, el historiador que todo lo comprimía en coplas. Los tragos se extendieron, las risas se amontonaron, y todos comenzamos a mirar en los ojos de los otros lo que no estaba previsto en el encuentro académico. Ahí descubrí la mirada complaciente de Elena, que se cruzó con la mía. En sus ojos, o en sus labios, o mejor, en el revuelto de su rostro que estallaba iluminado, ella se me ofrecía. Alta, claras sus pupilas, sensual, de voz envolvente (por sus tonos musicales, ahora altos, luego graves), en ese momento descubrí otra Elena, diferente a la Helena de mis clases. Al terminar la reunión, salimos alegres, conversadores, a las calles pardas del pueblo y luego nos dirigimos al hotel. Una profesora muy amable, que había conocido esa noche, me hacía la corte. Yo pensaba en Elena, a quien en ese momento llevaba de gancho uno de sus amigos, el director de una revista cultural muy conocida en el país. Por escaleras diferentes, subimos todos al segundo piso del hotel, una casona colonial con habitaciones labradas por el frío, que a esas alturas, por cierto, nadie sentía. Mi amiga y yo nos encerramos en el cuarto. Y cuando comenzábamos a besarnos, golpearon en la puerta. Ella se lanzó a la cama, fingió que dormía, mientras yo abría con precaución. La cara de Elena me iluminó la noche (de nuevo). Entró su cabeza un poco hacia adentro, se dio cuenta de que la profesora había tomado posesión de las pesadas cobijas de lana virgen, y con un gesto tierno de “otro día será”, regresó a buscar al periodista (fue siempre mi suposición). Era evidente que yo no había leído en plenitud sus señales de humo en la reunión donde Víctor, y ella no había podido desprenderse a tiempo del director de la revista. Hoy que lo recuerdo como mi primer fracaso con Elena, pienso que ahí avanzamos, de todos modos, en nuestra incipiente y nerviosa relación. Ya no podría hablarse de una simple amistad, como me había escrito el primero de enero, 20 años después.
¿Me ponía una trampa con sus palabras simples? ¿No quería volver a fracasar? ¿Aparentaba desinterés? ¿Un exceso de depresión post 31? ¿Sólo quería recordar un viejo trance?
Dos días después, al ver que no recibía respuesta aclaratoria, ansioso, le puse otro correo. Ni largo, ni retórico puede ser, me dije. A ella le gustan los poetas como Paz o Borges, casi lapidarios. Debía ser algo corto, una especie de jab, que la sacara del limbo. Por eso, le envié una pregunta capciosa:

“Elena,
¿es cierto que te volviste a casar?
I.”.

Elena en sus ratos de descanso, con un dejo que se aproximaba a la tristeza, me había contado de sus amores con su primer marido, parecido en la cara al poeta José Asunción Silva, el suicida de finales del siglo XIX, y a quien amaba por la musicalidad de su literatura. A ella le interesaba muchísimo la música, que a veces bailaba, si era bailable, o escuchaba y canturreaba, si eran canciones venecianas, sonatas barrocas, o música colombiana. Pero, después de su primer y único hijo, habían decidido separarse. Una cosa era el poeta y otra, el marido. La similitud apenas resultó una ficción. Además, una mujer que ha montado caballos veloces, desnuda, a los cuatro vientos, que canta y toca la guitarra, no podía permanecer casada más allá de un hijo.
El 4 de enero, luego de entrar al internet, encontré dos correos suyos. ¡Dos seguidos, uno tras otro!, más o menos con el mismo volumen, 2.3 kb y 2.7 kb. Me contestaba, invertidos, los míos. Mi banderilla había sido efectiva. Con el “asunto” de mi anterior correo, es decir, el del remitente, “Re: Primero de enero”, me decía:
“No, no es cierto. Eso me suena a chisme-ficción del director de la revista.
Abrazo, Elena”.
Cierto. Él, el director, me había contado, como gran noticia (al fin y al cabo, seguía siendo el director de la revista literaria), que Elena, por esos días, había regresado con el profesor de historia de otras épocas. Sin embargo, del correo no me interesó que me aclarara si se había casado o no, sino que ahora me enviaba un abrazo. Podía ser un gesto de protocolo, cierto, sólo que en el primero ni siquiera eso había tenido en cuenta, así fuera inconscientemente. Y si se trataba de un chisme-ficción, pues también me sonaba a señal de humo. Seguía libre como el viento.
Pasé al segundo correo, que contestaba el primero mío:
“Puedes creerlo y acá estoy.
Elena”.
Seria, breve, directa, sin adornos, podría decir que agresiva, sin ninguna sonrisa, sin contemplaciones, como si no tuviera tiempo para decirme “fuimos amigos hace 20 años y casi lo hacemos”, no diría que despectiva, no, pero con mucha prisa, como quien contesta de urgencia antes de echar llave a la casa porque se va de viaje (ella que siempre ha viajado, no te lo había dicho, estuvo en el Mitú enseñándoles música a los niños indígenas), me puso más pensativo. Me quedé lelo, el tapiz de la pantalla me paseó por un lago frente a una montaña, por un colibrí suspendido en el aire, por un sol que cae en las montañas de arena de California. Caí en vértigo. Las mujeres te mandan señales de humo y tú no las agarras, o las interpretas con diccionario húngaro. Cuando regresé a la Tierra, pulsé una tecla, la pantalla se había oscurecido, y vi, de nuevo, su telegrama. Releí y me volvió el alma al cuerpo: “Acá estoy”. ¡Cómo no lo había visto! Lo único que no me había escrito a continuación era “y acá te espero”. Nunca pasé el examen de leer entre líneas. Qué más claro me podía hablar Elena.

2

Entonces, ¿cómo debería ser mi siguiente correo?
Lo he pensado mucho.
Una manera podría ser pedirle clemencia para este deplorable traductor del húngaro; otra, recomendarle algunas terapias alternativas contra el estrés que hoy le impide escribir con su antigua alegría; o, simplemente, recordarle la noche que deambulamos por Bogotá, hace 15 años, sin darle tregua al frío, ni al desencanto. ¿Recuerdas que paseamos por las calles de Chapinero entre ocho y diez de la noche, eludiendo malandrines y borrachos, amantes y desvencijados del destino, sin que pudiéramos encontrar una piecita para nuestros amores no declarados? Entramos, ¿recuerdas?, por un túnel intermitente, adornado con venas amarillas y verdes, locos y cansados, y nos paramos frente a una ventanilla decorada con una matera de claveles rojos, por donde una joven nos dijo el precio de tres horas la noche, y salimos despavoridos porque la plata no nos alcanzaba, o no creíamos que eso costara tanto, si no era el palacio de ningún Casanova. Y sin mapa tomamos un bus cualquiera que nos llevara al norte, al Pueblo de la Luna, que esa noche no aparecía por ninguna parte. Las calles, a las doce de la noche en esos pueblos de la Sabana helada, invitan al olvido o a la meditación trascendental, y nosotros no andábamos en eso. No encontramos nada. Nada. Todo cerrado. El bus de regreso, a la madrugada, nos dejó en pleno centro de la ciudad. Los abrazos y los besos nos hincharon el corazón. Los atracadores de la Avenida Caracas nunca nos vieron. Jamás fuimos más sensuales en medio de la ciudad de ladrillo y cemento; ni la mañana más caliente en medio del páramo. No hablábamos, no reíamos, no gritábamos, no pensábamos. Sentíamos una gran pasión que se desangraba en el más rotundo fracaso. Nos miramos a los ojos, nos abrazamos con más fuerza, nos dimos el último beso, y bajo el rescoldo de los últimos tragos, los dos nos dijimos, gitanos corridos, en la esquina corrida —la ingeniería colombiana lo había hecho con el edificio de Cudecom—, con la misma ternura de aquella ocasión en Chiquinquirá: “Otra vez será”.

3

Han pasado ocho días y no le he contestado a Elena. Si dejo pasar más días, pienso, las señales de humo se las llevarán los vientos del sureste, es decir, los del historiador y el director de la revista. Debo escribirle. Es más, quisiera verla.

4

Anoche me decidí. Consulté con la Mona Lisa que está en el pad, al lado del teclado de mi pantalla plana Samsung, prendí el bombillo azul que me ilumina de frente, limpié con la bayetilla blanca el retrato ovalado de mi bisabuela —arriba a mi derecha, desde donde me acompaña y me vigila severa—, y le envié a Elena este cauteloso mensaje, que termina un poco juguetón, así no lo quiera yo:
“Cuando recibí tu mensaje de Año Nuevo, curiosamente, las semanas anteriores había estado pensando en ti. A veces me escabullo al pasado y sonrío porque hicimos cosas irreconocibles hoy. No sé si sea el término. Hablar de literatura, de los amigos, de los chamanes, de la salud, nos mantuvo en el diálogo afectuoso. Luego ha pasado mucha agua por las tuberías. La última vez que almorzamos, no se cuándo, sin embargo, estuvimos como un palo de guayabo, duros, retorcidos, dispersos, nerviosos, como si los años esclerotizaran las amistades. (No sé si me equivoque).
¿Cómo hiciéramos para volver a un vino con las manos calientes? ¿Es posible sin tantas disculpas? (Te debo un libro, a propósito).
Perdón, de todos modos, Elena, si te interrumpo en algún enjundioso estudio de lingüística.
Abrazos,
I.”.
Me quedé pensando en cada palabra enviada. No quería fracasar esta vez. Y me quedaron sonando dos cosas: una, lo que decía de nuestro último almuerzo, y, dos, mi oblicua invitación a continuar nuestra vieja querencia “sin tantas disculpas”. Podía haber sido imprudente, o abusivo. Duro, retorcido, disperso, nervioso, esclerótico, me había sentido yo en aquel almuerzo de hacía dos años, la última vez que nos habíamos visto, y ahora proyectaba esas sensaciones mías —conato de mi infantil y crónica timidez— sobre ella. ¡Qué bruto! Menos mal que le había escrito “No sé si me equivoque”. La verdad es que con los años Elena se me desdibuja, se me convierte en dos: la alegre y la depresiva, la tímida y la arrojada, la monja y la bailarina. En aquel mediodía sombreado, la Bogotá que más me gusta, nos encontramos para almorzar en el italianizado restaurante Salerno, el de la carrera 7ª. con 19. Llegué, abrí la puerta de vidrios esmerilados y, al fondo, estaba ella en una mesa de dos puestos. Su antigua y amplia sonrisa, su pelo teñido con tonos rojizos, que no le quedaba mal, pero que no me dejaba ver la ceniza de sus canas —a lo Susan Sontag, que yo tanto admiraba en las mujeres recién maduras—. Hablamos de literatura y de trabajos. No nos tocamos una uña. Probamos (yo no pude terminarlos) unos raviolis y los bajamos con cerveza. Citamos los proyectos en que andábamos. Parecíamos dos agentes viajeros que acababan de conocerse y querían demostrar sus conocimientos. El viaje a Chía, la despedida frente a Cudecom, la celebración en la Calera de otro número de la revista del famoso director, nada se apareció en nuestra conversación, y mucho menos Chiquinquirá. “¿Te parece que podríamos convocar a un nuevo taller de baile andino?”, fue lo más inteligente que se me ocurrió decirle. Y ella me contestó que no. “Estoy dándole a mis nuevas orientaciones pedagógicas”, remató. Nos despedimos como dos villanos del oeste, armados y sonriendo a medias. Eso pensé entonces. Eso escribí en el correo. Después nunca volvimos a vernos y nunca supe qué había pensado ella, cómo se había sentido, si estaba enferma ese día, tenía otra cita o, a lo mejor, había estado contenta. Para mí, en síntesis, en ese almuerzo, todo había sido disculpas. En Chiquinquirá nada se había planeado; ahora todo se programaba. “Te debo el libro que te había prometido”, le dije. Ese era el objetivo del almuerzo, y se me había olvidado llevarlo. Una disculpa, una imbécil disculpa, por supuesto. “Mira, estos son mis libros”, me dijo ella, al golpe, como en venganza, cuando me entregó sus investigaciones en la docencia artística, muy bien editados. “¡Qué pena!”, debí decirle, “yo sólo quería verte, tocarte las orejas, mirarte a los ojos, escuchar tus carcajadas”, y todas esas estupideces que se dicen los embrujados. Me sorprendió y, entonces, no pude decir sino tonterías: “Están muy bien editados”, “¿Ya están en librería?”, “¿Cuánto valen?”. Como si fuéramos unos imbéciles vendedores de libros. Triste, todo me pareció tonto y triste. Sin embargo, ahora sentía miedo de haberle dicho que tuviéramos un encuentro “sin disculpas”. ¿De la timidez me había pasado al abuso? Las mujeres no admiten los saltos bruscos en el protocolo amoroso. No sé, ya amanece, he dormido mal, han pasado dos días después de enviado el correo y ella no contesta, ninguna otra señal de humo llega.

5

¿Y qué pasaría si no volviera a abrir el correo?
Antes de ayer, en medio del enjambre de correos que reenvían los amigos con chistes pendejos o con advertencias de virus apocalípticos, vi de reojo (eso se llama físico susto, primero porque no recibía la respuesta de Elena, y ahora por haberla recibido) su correo de respuesta, con su imperativo “elenhere”. Elena aquí, delante de mí, sin excusas. Borré toda la basura y no toqué su correo. Desde hacía una semana una presión bajo el plexo izquierdo me agobiaba y no me sentía capaz de enfrentarme con ella, cualquiera que fuera su respuesta. Apagué y salí a la calle. Necesitaba tomar aire.
En la noche tomé la decisión. No más Elena aquí. No abriría su correo. Bastaba con saber que había tenido éxito al recibir su respuesta. Veinte años cambian la tensión arterial. No más, me dije.
Sólo que después pensé que abrirlo podría ayudarme en el conocimiento de ella, de las mujeres, de la interpretación de las señales de humo de ellas, a dónde apuntaban ahora sus aspiraciones. Mi ironía al ofrecerle disculpas por interrumpir sus nuevas incursiones en la lingüística se orientaban hacia allá. Y caí en tentación. Lo abrí. No era muy largo, y ya no me trataba con el distante “amigo”:
“I.:
Por ahora de lingüística ni miércoles. Estoy en algo muy distinto que ha agotado mi energía nerviosa los últimos meses: en la Gerencia de Educación Superior de la Secretaría de Educación. Ya voy a salir porque este tsunami decidí terminarlo. Sí, tienes razón, la distancia y el tiempo nos muestran la evidencia de que el pasado ya pasó y que el presente está ahí para ser inventado y reinventado.
Claro que un vino…
Elena”.

6

Subo a la bicicleta fija y comienzo a darle pedalazos fuertes y rápidos, paso la velocidad de 30 km/h, y a los 15 minutos he superado los cinco kilómetros de recorrido. Necesito la mente despejada para responderle a Elena. Sudo y me voy a la ducha. Su última carta me desconcierta. Me visto y sin desayunar me siento al computador. Repaso su carta. Han pasado y no han pasado los años. Es la misma que dice las cosas sin ambages, ni mierda de lingüística, la que se queja del ventarrón del trabajo, porque así no puede leer ni ir a cine, la que cierra capítulos a papirotazos, sólo que ahora no ha dicho, ¡esta joda no me la mamo más! Pero ha cambiado cuando dice que “el pasado ya pasó”. ¿Y, entonces, nuestras deudas sin cancelar? Hoy ya no desayunaré. Trato de traducir del húngaro la señal de humo y me falla el diccionario. Dejamos una carrera de relevos suspendida en el tiempo, que siempre me asalta en los sueños, que me había prometido culminar. ¿Será que eso se puede reinventar en el presente? “El presente está ahí para ser inventado y reinventado”. Tanto camuflaje me rompe los huesos. Lo que yo necesito saber es si Elena puede correr conmigo los últimos cien metros planos y entregar la banderita. No más.
Cuando bajo al comedor todos se han ido. Dejo arriba el computador prendido. Me como una porción de papaya. Ese final de la carta es como una puerta, ¿cierto? Los años y los días borraron muchas huellas, que yo aún conservo intactas y ella ha olvidado. ¿Se pueden reinventar? El poema de Paz es una trampa, me digo. Pero ella deja en puntos suspensivos el vino. En La Calera acabó una botella de aguardiente por aquellos años del director de la revista. He pasado al vino para no ser inconsecuente con el paso del tiempo. Y, de repente, mientras subo de nuevo al segundo piso, no puedo dejar de pensar en las arrugas que crecieron, en los gases que atormentan el colon, en la tos de los fumadores pasivos y activos, en la taquicardia luego del vino del almuerzo, en la pereza de los ojos después de los cuarenta, en la huída de la piel joven después del mediodía. Y, sin embargo, el corazón palpita y quiere cancelar las deudas pendientes.
Otro correo para Elena se me convierte en una tortura. ¿Vive sola? ¿Cuántos cambios de apartamento? ¿Volver al cine? ¿Una salida a los bares de la Macarena, o se habrá ido para la 93? ¿Bailar? ¿Otra tertulia con el director de la revista? ¿Una caminata por la Séptima? ¿Una exposición? ¿Un concierto? ¿Un viaje a Guatavita como si fuéramos scouts? ¿Una reunión con su hijo? ¿Sigo con el vino, que ella ha puesto en suspensivos? ¿O, de frente, le pido cancelación de la deuda?
Tenaz. Mañana le contestaré. Con o sin diccionario húngaro. Así me equivoque de nuevo. Las mujeres deben ser del octavo día de la creación, pienso, y las biblias machistas se equivocaron de cabo a rabo poniéndolas en el primero.

7

“Elena,
no perdamos el contacto. No se cómo andas de horarios, ni en dónde estás viviendo. ¿Cómo andas de salud? ¿Qué andas leyendo? ¿Qué pasó con tus cuentos? ¿Muchos compromisos?
Reinventemos el presente, como dices con Paz (para ver si morimos en Paz), que en el pasado no lo hicimos mal, aunque nos quedó incompleto. Antes de que llegue el “alpiste”, ese revuelto de Alzheimer y despiste. En serio, quiero volverte a ver (al menos). I.”.

8

Fue muy difícil escribir el correo hace ocho días a Elena. El punto medio me cuesta mucho trabajo. O me oculto demasiado, o lo pido todo a manotazos. Quiero cancelar aquellos momentos interrumpidos en el pasado con Elena. Y posiblemente, ella también. Pero una descarga desorbitada puede quemar los fusibles; algo puede quedar mal traducido. Y todo se derrumba.
Al final le pregunté sandeces, aunque lo de la salud me interesa mucho, le insinué nuestro pasado incompleto, seguí con chistes flojos, y terminé con un S.O.S. que no se cómo vaya a interpretar.

9

Me tocó ir por un monitoreo Holter de 24 horas a la clínica de Compensar. Siguen las palpitaciones muy fuertes. El muchacho me colocó los cinco puntos donde van los electrodos, los conectó, me colgó la funda con la grabadora, y salí como un astronauta a la Avenida Primero de Mayo, una avenida llena de gases como casi toda Bogotá. Ya quisiera contarle a Helena en las que ando, así fuera para que me dijera que mejor lo hace un mamo de la Sierra Nevada de Santa Marta.
Pero sigo sin recibir su respuesta. Ya van 15 días desde mi interrogatorio. ¿Qué le disgustó de mi carta? ¿Muchas preguntas infantiles? ¿Herí un pliegue de su piel? Tal vez reinventar el presente no contemple la cancelación de deudas. Las canas no dan para tanto. O quizás el huracán del trabajo no la ha dejado contestar. No sé. Creo que tengo tres opciones:
1. Repetir mi ese-o-ese.
2. Ofrecerle excusas por si la ofendí (como dice Leo Marini) con alguna de mis preguntas.
3. Esperar otra semana.

10

Han pasado tres años. El Holter sirvió para descartar una probable arritmia. Me pasé a la banda ancha y tampoco allí cupo Elena. ¿Cómo y con quién habrá reinventado su presente? 9. Me propuse aprender el húngaro y releí muchas veces sus correos sin lograr encontrar respuesta. 8. Les pregunté a otras mujeres si ellas habrían escrito un correo un primero de enero por pura cortesía. 7. Incluso mi esposa leyó las cartas de Elena, y tuve de mis labios la mejor respuesta: “No les pares bolas, son pura literatura snap”. 6. El alma de una mujer no puede ser más compleja que la de un hombre. 5. Si nuestra deuda era bilateral, ¿por qué decidió incumplirla unilateralmente? 4. No estoy en Paz, ahora, ni nunca. 3. Un hombre solo sube a una carrilera que apunta al horizonte y se va contando los travesaños que jamás terminan. 2. Al final de la carrilera, allá en la lejanía, se pierden los dos rieles en un solo punto. 1. Ya no son dos. 0. Creo que la he perdido.


Isaías Peña Gutiérrez (Saladoblanco, 1943)
La literatura, por fortuna, nunca lo dejó ejercer el derecho. Tiene varios libros de ensayos, entrevistas y reseñas. Todavía circula su Manual de la literatura latinoamericana, editado en 1987. Vive el Taller de Escritores Universidad Central en Bogotá, que para sobreviir fundó en 1981. Y para seguir la tradición que comenzó en 1967, a finales de 2009 ganó el Premio de la Universidad Metropolitana de Barranquilla con este cuento.


“El cuento se sitúa en el punto exquisito en donde acaba la poesía
y empieza la realidad”.
Henry James


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