En las nubes tejí mi corona

 

Armando Ibarra


De dos en dos por la escalerilla hasta la sonrisa donde cuelgan los buenos días, bienvenido a bordo de la aeromoza. Me interné en el aire de vitrina refrigerada, temperatura estable y silbido de oes metálicas en el panel superior que escupen aire y despeinan a los pasajeros. El soplido sin interrupciones del viento artificial revolvía las profundidades de la piscina de oxígeno, nitrógeno y argón. La cámara minúscula se enroscó con rapidez para asfixiarme. Como macho alfa marqué con el click metálico del cinturón de seguridad la parcela de espacio reducido acondicionada para volar. No le temo a los aviones pero debo acostumbrarme a esta finquita temporal compartiendo la tercera dimensión con el sanedrín de encapsulados voluntarios, a pesar de la fobia por los claustros que les sale a borbotones por los oídos. Siempre me ha fascinado la textura de la tapicería de los asientos de avión, las graves telas de lana que cubren los reposaderos aseñorados.
¿Por qué se demoran tanto en subir? ¿Qué será que les pasa? Tortugas, marmotas, caracoles, osos perezosos. ¡Avívense! ¡Muévanse! ¿Será que nunca nos vamos a ir? ¿Nunca van a rugir las turbinas de los protodinosaurios de la postmodernidad alumínica? Es desagradable la quietud y pesadez de animal grande de este mostrenco varado en tierra, el desperdicio de tanto tonelaje despaturrado.
Menos mal hoy la planicie está libre de la niebla que menoscaba el tráfico aéreo y perjudica el lucrativo negocio de cargar, guarnecer y descargar gentiles. Ojalá no haya mucha nubosidad y el aire del vuelo esté limpio y se puedan ver los automóviles de juguete en las carreteras y las casitas de muñecas dispersas por los pliegues del tapete verde y las vértebras blancas de las cordilleras donde se rascan las nubes y la joroba de la Tierra y la filigrana de los grandes ríos que el sol del mediodía platea y el tempranero pinta de oro.
En el bolsillo del asiento del frente alguien olvidó una bolsa con un lector de libros portátil sin desempacar. La caja todavía está envuelta en prístino celofán como una fruta sin pelar. La foto del empaque muestra un simpático aparatico que parece del tamaño de un libro de bolsillo. Un gusanito comenzó a merodear dentro de los lóbulos. ¿Qué hago? ¿Lo devuelvo o lo guardo en mi maletín ahora que nadie me ve? Trato de disimular, hago como si estuviera chequeando la bolsa de las náuseas. Me decido, abro la cremallera y lo guardo. Un pensamiento se devuelve como una banda de caucho muy estirada que se suelta de súbito: ¿Y si me lo reclaman después? ¿Debería reportarlo a Objetos Perdidos? Mejor espero hasta que termine el vuelo; si nadie dice nada, me lo llevo a casa. Qué buena suerte, jejejejejé. El que se va de Sevilla pierde la silla. A rey muerto rey puesto. ¿O lo devuelvo? Si avisan y me dicen que abra el maletín, qué pena.
Por ahora se convertirá en una distracción alterna a la revista obligatoria Aerolínea informa que pondera los placeres de viajar: entre más viaje acumule millas para nuevos trayectos aumente su kilometraje emule a los mejores échele una miradita a la buena vida sea feliz.
Por fin la recua terminó de montarse. A mi lado se sentó una señora mayor. Me recuerda a mi abuela, me sonríe y le sonrío, pero no cruzo con ella palabra. Cierran herméticamente la cápsula. Nadie dice nada del paquete olvidado. Pienso que el dueño podría llamar a la aerolínea para reportarlo, diría mi asiento era el 3d y en estos tiempos de tormentas informáticas en que todo queda en registros electrónicos, sabrían a quien le asignaron esa silla en el vuelo siguiente; entonces me podrían ubicar con facilidad.
El avión comienza a rodar con torpeza de gigante por la pista auxiliar. Busca la cabecera. Llega al borde. Acelera. Siento que el peso me clava en el espaldar. La yerba pasa veloz. Las rayas de asfalto. Las líneas de lluvia. El borrador de la velocidad. Me siento más insignificante, y arrepentido de entregarme como voluntario a este frenesí desquiciado. Más provisional, más material, más sujeto a inviolables leyes físicas. Mi psiquismo metido dentro de una cáscara de huevo que traquetea a punto de quebrarse, animada por la vibración espantosa de metales atornillados que casi se aflojan. Sería tan fácil que esta flor se deshojara y acabara con la molienda cojituerta de átomos que se aferran con terquedad al piso de la caverna.
Por fin el avión se libera de la pista de las torpezas y con suavidad y elegancia sube al espacio natural de los motores prendidos, siguiendo una cuerda de aire molido. Los motores apagados son muerte casi segura, pienso con angustia de encierro faltaire. ¡Carajo, los cielos no constituyen un medio natural para los humanos! Entonces ¿qué hago aquí? Tengo la fantasía de que las cuchillas podrían dejar de girar, ¿quien me obligó a montarme? Un bus en tierra sería más seguro; las estadísticas dicen que no, pero no le quiero creer a los estadísticos, porque si todo el mundo dice que mienten sobre los precios, cómo creerles ahora que voy en el vientre de la ballena inclinada buscando un cielo que no se me ha perdido, subiendo por frágiles escaleras de aire en las que nadie garantiza nada. Estoy aquí por apresurado. Mis abuelos en las mulas o en los veleros no tenían tanto afán como sus tecnonietos que no pueden vivir sin estas veloces máquinas.
Ya nadie quiere charlar. Una fuerza invisible fue cerrando las bocas de la congregación. Volteo a mirarlos. Las gentes de los alrededores apenas terminan de volver a encajar los ojos casi desorbitados. Sólo las aeromozas muestran sus ojos domados cansados curtidos encallados en la rutina de trepar y bajar del aire como si les sobraran plumas. Ponen cara de sor madre resignada, nos ofrecen sonrisitas bien maquilladas para calmarnos, nos prometen unos bocadillos unas bebidillas que parecen un regalo cortés pero que hemos pagado más de cien veces. Las recibimos agradeciéndoles a esas sacerdotizas de las alturas a pesar de su fingida amabilidad de figuras de cera. La cabina ya tiene visos de sala de espera, casi no parece que montáramos en el mismo filo de la guadaña.
La anciana del asiento contiguo murmura y aprieta un rosario. Sus labios ondulan en una fiebre de gorjeos con los que se envuelve para buscar seguridad, tejiendo con el zumbido espiritual una suerte de capullo protector. También oigo los sorbos del whisky que toman los ejecutivos. La ansiedad del miedo a volar les ha producido en los labios unas costras invisibles como las de los trompetistas de jazz. Han practicado todos los métodos, acatado todas las sugerencias, deje todos los miedos y preocupaciones fuera del avión los pilotos son profesionales extraordinariamente bien preparados comparta sus miedos la respiración abdonimal todo al tiempo bromee con la tripulación sea simpático la simpatía purga los parásitos del pensamiento y el buen humor sobre todo el buen humor amortigua el golpe si este mamut metálico llegara a… [Eso no se dice, eso no se piensa]. Unos niños señalan en la portilla con cara de sorpresa. ¡Qué verdes! Se les nota en el rostro que apenas estrenan la mirada. Las industriosas azafatas se dedican a elevados oficios domesticados trepadas en lo más alto del podio colectivo tocando ollas en la batería de la concineta.
El piso se estabiliza en un horizonte artificial, casi confortable. Todo aquello sucede afuera, en el teatrino de los acontecimientos diarios, en el caldo nebuloso que rellena el mundo más allá de los ojos, en la espesura traslúcida donde bracean los tiernos primates que han logrado levantar este aeroplano como quien alza un arca carcomida. Hace meses me siento lejano, como un exiliado en un coco, como si las falanges de la visión no sirvieran para nada. Metido a la fuerza en una película con sonido estereofónico, cuatrobocinas nítidas y technicolor puro. Todo es allá, nada aquí: otro el director, otros los actores, otra la escenografía, otro el libreto. Al final del estrépito hay un lejano escenario donde se desgonzan las marionetas abochornadas.
La perspectiva inmediata son seis horas y media de vuelo sin escalas, seis horas jugando al ave artificial desplumada nafta quemada, seis horas de quietud ensillada, seis horas de amasijo de cerebro rumiado, seis horas de manipulación de la masa pegajosa del aburrimiento, seis horas de telaraña destejida, seis horas de medio milímetro por segundo en el vértigo del peralte del círculo del reloj.
Resignado, bajo el maletín del compartimiendo superior y retiro la caja de la bolsa. Lo abro no lo abro lo abro no lo abro lo abro no lo abro. La cadena de la duda me frena un poco. ¡Qué carajo! Termino rasgando el celofán inmaculado y me dedico a explorar el aparatico olvidado, a practicar inglés, a veamos pues. Dice que permite guardar 80 libros con tal nitidez como si se leyera papel impreso. Un placebo para mitigar el aburrimiento.
La bolsa también tiene una factura. Fue comprado en Panamá. El párasito hambriento de la culpa regresa: volvía a preguntarme si cuando bajara del avión me iba a llevar la bolsa. Me daba temor anticipado. Seguro que el dueño ya se había enterado de la pérdida. A lo mejor había llamado a la aerolínea para reportarlo, pero qué va, quién se va a tomar la molestia, lo perdido perdido. Aunque daría mucha vergüenza que al bajarme alguien me detuviera: ese paquete no es suyo, devuélvalo por favor. Mi mejor cara de tomate frente a extraños. Nonó, qué bochorno.
Le doy una hojeada al manual del usuario. El botón para prenderlo está en la parte de abajo a la derecha. Lo prendo. Qué buena imagen, tenían razón. Trae incluido un libro del dominio público. Tecla abajo, Enter y aquí vamos: Fractus Chromosphere, de H.G. Wells, el gran alucinado que escribió La máquina del tiempo. La carátula tiene la foto de un hermoso borde de sol profundo naranja. Tecla abajo, tecla abajo y aparece el primer capítulo. La acción ocurre en una ciudad de la costa del golfo de México. No era la primera vez que me aventuraba en un libro en inglés, sin embargo no era tan fácil y sin diccionario, qué vaina.
Ya he logrado leer unas treinta páginas en un medio inglés ansioso. En mi oficina interior de quejas me quejo porque el avión no vuela más rápido o el tiempo no arroja con más rapidez virutas al girar los discos de su arado sobre la eternidad. Farewell Inconspicuous, a quien apodan Fare, nace en un pueblo de Luisiana, va a la escuela, hace las travesuras de todo niño normalizado, le da viruela o tal vez sarampión, juega a las escondidas en New Orleans con unas primas pálidas y medio bobas según sus estándares sureños. Hasta ahora no me han interesado mucho los detalles. Tampoco si me divierte o no. De todos modos el idioma es un impedimento; no permite rodar sobre el texto con soltura. Medio disfruto. Esta esgrima lingüística ayuda a que el tiempo transcurra, que digan abrochénse los cinturones que vamos para tierra firme. Siempre he querido que el tiempo fuera elástico, que se dejara acelerar como ahora que me aburro en el buche del ave artificial. Tal vez sea que he perdido el apetito por la realidad y el presente se fuga por alguna grieta del cerebro.
En la página 113 me asaltó la primera inquietud. En una ocasión, Fare asiste a una clase de Física en el college, levanta la mano y no pregunta; se queda mirando un gallinazo que toma el sol en el patio, todos se quedan esperando a que pregunte; después voltea a mirar al profesor y se sienta sin decir nada. Algo semejante me ocurrió en Bogotá en una capacitación de ventas. Levanté la mano y me quedé mirando unas palomas en el parque de Chapinero. Todos se quedaron esperando a que hablara mientras me volvía a sentar.
Otra rara coincidencia fue el episodio de la mordedura del perro en el tobillo. La dueña de la casa y del perro me dijo: “Dejélo que no esta sino jugando”. Pero no podía mover el pie atrapado en las fauces del pastor alemán. Cuando su hija gritó “!Ay sangre¡” lograron safármelo de la boca de la fiera. Lo de Fare fue un poco más grotesco. En una ocasión en el zoológico de San Antonio había un enorme letrero que decía No alimente a los animales. Fare no hizo caso. Introdujo los dedos en la jaula para darle una ciruela a un orangután que también quería el dedo. Fare se las arregló para que pareciera que estaba acariciando la cabeza del simio. Todos decían: “tan simpático ese señor con el dedo en la boca del mico”, hasta que alguien dijo “Ey! blood”; y se armó Troya. Fue entonces que comencé a notar las coincidencias. Me pregunto cómo no me había dado cuenta antes.
Tecla atrás < tecla atrás <. Esta vez fue en un viaje que Fare decidía hacer a pie desde Atlanta hasta Nueva York con un grupo que se oponía a la caza de ballenas. Cuando llegaba a Manhatan, en la penumbra del anochecer leyó un grafiti en una pared que le pareció que decía Free Jack Stamm, pero en la mañana se dio cuenta que en lugar decía Freeze Jack Stamm. Algo similar me ocurrió en un viaje a los Llanos Orientales. Cruzábamos por un campo lleno de escombros de camperos militares y, bajo el influjo de las historias de don Ernesto, durante el viaje creí que había un letrero que decía Libertad para Olivio Hinestrosa; pero en la mañana, a plena luz del día me di cuenta de que era el anuncio de un purgante. Sólo los destinos paralelos trenzan de esa forma los acontecimientos. Esta novelita comenzaba a coincidir con mi propia vida.
Tecla atrás < tecla atrás <. Busqué más párrafos para confirmarlo. Entonces los detalles paralelos comenzaron a aflorar: filas interminables en oficinas públicas, andanzas por pasillos de supermercados, chorros de agua en aguamaniles de oficina, figuras de humo en bares, tinta seca en bolígrafos de plástico, discos duros echados a perder en momentos claves, dedos suaves en grietas delicadas. Tecla adelante > tecla adelante >. Seguí leyendo y cada vez era más evidente. Tras cada párrafo los detalles cercanos al presente se iban revelando con mayor nitidez.
Una frase me despertó de no sé qué sueño, decía que Fare había abordado un avión en Dallas y en el asiento de adelante alguien había olvidado un paquete con dos libros… La taza se rebozó. Frené en seco, aunque el proyectil habitado siguió avanzando entre el túnel de nubes. En un impulso repentino despojé del rosario a mi vecina de asiento y miré las enormes cuentas entre las manos. ¿Qué hago con estas pepas en los dedos? Se lo devolví. El contador de páginas decía 333/666.
Me quedé mirando la pantalla por unos momentos. ¿Será posible que en las páginas que restan esté escrito el obligatorio futuro? Apagué el lector y lo coloqué en el bolsillo del asiento. Necesitaba pensar. La pantalla en negro me ayudaría a decantar las ideas y las emociones que ahora se agolpaban formando un tumulto. ¿Mirar o no mirar? Esa podría ser la diferencia. Es real, ¿no lo ves? Toda tu vida parece estar escrita allí. Pero ¿cómo puede ser? Extraña baraja la que tenía en frente. ¿Le ganará Cali al Nacional el domingo? ¿Pero cómo saber cuál es Cali y cuál Nacional en los equivalentes de Fare? ¿Y si tenemos pasiones antagónicas?
Es una buena oportunidad para hacer lo contrario a lo que dice el libro, para demostrar que el determinismo es una carajada, un cuento de tontos, y que el futuro no se puede escribir. Qué ganas de fisgonear en las hojas del final. Me hago el firme propósito de ahora sí dedicarme al inglés como debe ser y aprenderlo muy bien para poder conocer todos los detalles. Conocer mi pasado depedende de esto. También pienso que apenas tenga la oportunidad debo hacer dos copias de seguridad del texto, no vaya a ser que se esfume como toda burbuja informática. Ya no tenía duda de que el paquete me pertenecía.
Escogí mirar. Lo volví a prender. Opción: retomar la lectura. Releí varias páginas. En la segunda leída, las cosas se fueron aclarando. Volvieron olores y sonidos perdidos, ahora rescatados con una nitidez inverosímil. Pero los recuerdos comenzaron a confundirse. Hay cosas que no sé si en realidad ocurrieron o si las recuerdo así porque las narra el libro. Si oprimo la tecla a la derecha > salta una página, si la dejo oprimida avanza diez, si oprimo el 3 va al punto que coincide con el 30% de la historia. Oprimo el 3. Allí vuelvo a sentir el perfume de la Gringa y el bordado oscuro de su pubis como cosido por el mismo deseo; oigo el sonido gangoso de la guitarra de Yupanqui en el Teatro Municipal.
Tengo la fantasía pavorosa de que alguien me observa y escribe en el libro lo que estoy haciendo. Tal vez el gusanito que antes reptaba en mis sesos ahora deambula por el aparato. Comienzo a jugar con los botones. Oprimo el 9 que me lleva casi al final. Pero en ese punto no hay letras, ¡las páginas finales están en blanco! No hay futuro escrito, ¡bah! El presente se viene encima con los motores prendidos al tope. Con la tecla de retroceso < voy hacia atrás. < Hoja en blanco < hoja en blanco. ¿Será que todo el texto se ha borrado? < hoja en blanco… Dejo la tecla oprimida, entonces voy atrás de diez en diez, cien, doscientas. Oprimo con insistencia buscando la última página escrita, pero todo parece estar en blanco. Hasta que unas letras pasan como un leve manchón. Freno. Me devuelvo hasta encontrarlas. En ese instante suena un timbre de advertencia y al frente se prendeapaga un anuncio: abrochar los cinturones / fasten seat belts. En una fracción de segundo veo con el rabillo del ojo el cursor —que nunca antes había aparecido— parpadeando en medio de un fogonazo como un dedo machacado o la manecilla del presente diciendo adiós después de esta frase: “the airplane opened itself in such a brightness that it seemed to be an exploding sun releasing a light rain of metal, flesh, and plastic upon the earth.” [el avión se abrió en el aire con tanto brillo que parecía un sol estallado, y los trozos produjeron sobre la tierra una llovizna de metal, carne y plástico.]



Armando Ibarra Racines (Colombia)
Especialista en Traducción en ciencias literarias y humanas de la Universidad de Antioquia con la monografía La traducción semi indirecta como un viaje intertextual por la ruta de la Seda, hacía una versión de Sarada Kinenbi. Ganador del IV Premio de Poesía José Manuel Arango del Carmen de Viboral con el libro Crónica de los Deshielos, Universidad del Valle, 2007. Colaborador y miembro del consejo editorial de la revista de poesía Clave. Publicó Estación Universidad, poemas a la manera de la tanka, Hombre Nuevo Editores, 2009.


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