Editar cuentos en tiempos de novela

 

Doris Elena Aguirre

 


En 1994, la editorial Tusquets publicó un llamativo y valioso texto: Los libros de los otros, una selección de las cartas que durante treinta y cinco años escribió Ítalo Calvino a centenares de autores noveles que, tímida o temerariamente, presentaban sus manuscritos a la editorial Einaudi con obvios fines de publicación.
Resulta llamativo y valioso el libro, porque supera sin duda el carácter harto explotado de la publicación de correspondencias, para entregar una selección de páginas con las cuales pueden los lectores internarse por los senderos de la crítica literaria, aventurarse por los divergentes pasadizos de la apreciación estética, sorprenderse con las contundentes e inmisericordes respuestas del editor, pero también, cómo no, tratándose de Calvino, comprender un sentido esencial de la amistad, esa “invitación a llamar a la puerta en caso de necesidad” de la cual se habla en el mismo prólogo.
Calvino nos deja así una evidencia incontestable de esa labor paralela a su destino de escritor: la de editor. Entre 1947 y 1981, escribió unas cinco mil cartas en las que expresa sus opiniones sobre los textos leídos y escrutados. A través de ellas, ejerció de la mejor manera posible el oficio de la crítica literaria, pero también, dato curioso, la tarea esencial de la edición.
Apelo a la evocación de este hermoso y siempre sorprendente libro, para pensar el tema que nos llama hoy, desde la pregunta misma por lo que significa la edición. Etimológicamente, el término edición alude, en forma inmediata, a la “impresión o reproducción de una obra para su publicación”, al “conjunto de ejemplares de una obra, producidos a partir del mismo molde, en una o varias impresiones”, o al “texto de una obra preparado con criterios filológicos”. No obstante, Alberto Manguel, en un divertido ensayo sobre los editores, a quienes denomina (sin dejarlos bien parados), “colaboradores secretos”, advierte que el término editor fue usado por primera vez en lengua inglesa para referirse a quienes “preparan la obra literaria de otros”.
Es decir, que de entrada y ateniéndonos a la terminología, la edición estaría íntimamente relacionada con la literatura. Una idea que inmediatamente abre el compás para recordar lo que el escritor Roberto Calasso sostiene sobre la edición, entendiéndola como un arte de bricolaje y como un género literario en sí misma. Ambas imágenes, la de quien prepara la obra literaria de otro y la del que ejerce un arte literario, se ajustan bastante bien a la imagen de Ítalo Calvino con quien iniciamos: lector avisado, seleccionador de textos, preparador de manuscritos. Una tarea forzosamente relacionada con los libros literarios, sin que este sea un concepto idílico y ciego frente a todo lo otro que implica el trabajo del editor en el medio contemporáneo: la atención a las exigencias de la industria editorial que busca esquemas de producción cada vez más eficientes económicamente, las ofertas infinitas de títulos diseminados en las ya estandarizadas franjas temáticas, y el rendimiento instantáneo para saciar los mega-mercados de supuestos lectores-consumidores.
Pero, para lo que nos interesa, queremos aquí pensar entonces en ese concepto del editor involucrado con obras literarias y el reto que le representa publicar libros de cuentos en una época que se asume proclive a las novelas.
Por supuesto, no sobra señalar que en mi caso, y no por otra razón, puedo asumir la voz del editor: hablo a partir del conocimiento sobre el trabajo de edición de obras literarias que se lleva a cabo en la editorial Universidad de Antioquia. Normalmente, puede asombrar que una editorial universitaria tenga aspiraciones de publicación de obras literarias, sean de narrativa o de poesía; es habitual que se hable de edición universitaria pensando en lo que es su objeto fundamental: la publicación de las mejores producciones de los miembros de la comunidad académica y, adicionalmente, de las obras de interés investigativo, formativo y cultural.
No son pocas las personas que, adicionalmente, asimilan la edición universitaria con la publicación institucional, de circulación cerrada, y, en franca apreciación despectiva, la catalogan entonces de publicación especializada, burocratizada y meramente otorgante de puntos para los profesores universitarios. Gabriel Zaid, por ejemplo, dice que el número de las personas del medio universitario deseosas de publicar, excede, por mucho, al de los lectores, en el mismo medio, demandantes de semejante oferta. Pero, tanto como estas opiniones circulantes distan de ser positivas, están lejos de ser acertadas, por lo menos en el caso de las editoriales universitarias que en el país y en el mundo han luchado por construir un sello editorial.
Esto último implica que tales editoriales logran superar las posibles trabas institucionales, atienden a su función esencial y no sólo cuentan con catálogos coherentes, sino que buscan diseñar estrategias de distribución acordes con sus medios y posibilidades, logrando un impacto, modesto pero real, frente al alud de las casas comerciales.
Que una editorial universitaria, entonces, publique literatura es otro de los difíciles —y no siempre claros— retos que debe enfrentar. ¿Razones? Además de las estructurales ya mencionadas, el reto implica vérselas con uno de los nichos más disputados en el mercado editorial actual, pues las grandes editoriales producen títulos literarios de fondo, clásicos, pero también best-sellers y títulos nuevos (con fórmula) de distribución masiva. Pero —y no sabemos si peor aún, y sin que ello signifique que tenemos las mejores noticias en materia de la calidad de la lectura— ahora resulta que los grandes están interesados en los mercados de “lo selecto” en materia literaria; hecho que ya las editoriales pequeñas, aquellas de títulos y lectores selectos, denunciaron alarmadas. Algo así sería, según una acongojada editora, como un elefante volando en una cristalería.
¿Debe entonces, frente a semejante panorama, publicar literatura una editorial universitaria? Y si concedemos que publique novelas con un aparataje crítico o interpretativo propio del ámbito académico, ¿tiene sustento que edite libros de cuentos?
Pues justamente, en un panorama como el descrito de manera rápida, resulta claro que una editorial universitaria puede hacer un trabajo invaluable editando obras literarias estructuradas con los debidos paratextos para críticos y estudiosos de la literatura mencionados, pero también debe editar obras de creación literaria en la limpia perspectiva de impulsar la escritura y la lectura en públicos mucho más amplios que los académicos. Y esas obras pueden ser cuentos o pueden ser poesías, pues la obligación del rédito para las editoriales universitarias no sólo se calcula en términos económicos: también se mide en términos de aporte cultural y formativo.
Las editoriales universitarias pueden publicar libros de cuentos, bien sean antologías o libros de autor; deben hacerlo, incluso con el firme propósito de impulsar aquellas que se denominan “voces nuevas”, las que muy probablemente no tienen un espacio en los catálogos de las editoriales comerciales. Mejor aun, la evidencia está allí: es lo que han venido haciendo editoriales universitarias como la Universidad Nacional de Colombia, la Universidad Externado, la Universidad del Atlántico, la Universidad del Valle, el Fondo Editorial Eafit, la Universidad Pontificia Bolivariana y la Editorial Universidad de Antioquia, por mencionar sólo algunas.
Y, curiosamente, buena parte de esos libros de cuentos publicados por las editoriales universitarias en el país han servido para empezar a hablar de escritores nuevos y también para volver a leer a otros ya consagrados por el tiempo y por los lectores. Han servido para que, en muchos casos, las editoriales comerciales se interesen por estos nuevos creadores, e incluso, para que estos mismos creadores se atrevan en aventuras mayores de escritura.
La publicación de cuentos es escasa pero posible. Resulta absolutamente necesaria, además. Juan Manuel Roca sostiene que este es un país “de grandes cuentistas y dudosos novelistas”. Las ilógicas del mercado globalizado han llevado a que en Colombia, de espaldas a las buenas y nuevas propuestas creadoras, muchas puertas se cierren para los libros de cuentos. Pero es cosa cierta que el género sobrevive: la evidencia son las cofradías de lectores.
Umberto Eco señala que surge la época de la novela cuando la época mítica culmina, cuando dejamos de contar lo sucedido para contar lo que va a pasar, cuando el relato de la novela o del cuento aspira a sorprendernos con lo inesperado.
Justamente es lo que proporciona la lectura de un cuento; el asombro nos aguarda en sus páginas y esa promesa de lo inesperado se renueva con cada libro, con todo buen cuentista. La edición obliga, por su sentido primigenio, a pensar en la literatura y, de todos modos, creo que nunca los medios serán escasos para que el cuento aliente a sus lectores en la escucha, para que el relato reinvente la trama, y la lectura, ese feliz e individual milagro, sea posible.

Doris Elena Aguirre (Colombia)
Comunicadora y Asistente de direción de la Editorial Universidad de Antioquia.



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